Capítulo 1 “Lata de Duraznos”
Capítulo 1 “Lata de Duraznos”
El sol nunca lograba traspasar por completo el manto de ceniza que ahogaba la ciudad. Yo lo llamaba el resplandor enfermo: esa luz anaranjada que se aferraba al cielo como si el mundo estuviera atrapado en el último suspiro de un moribundo.
Avancé junto a los restos de un autobús escolar volcado, donde pequeños esqueletos aún cargaban mochilas adornadas con personajes de dibujos animados, ahora borrosos por la radiación. Mi hacha reflejaba esa luz mortecina mientras me adentraba en el Fresco Más, el supermercado donde, tres lunas atrás, había encontrado una caja de leche en polvo que todavía no estaba vencida.
[Flashback]
“¡Corre, Aldair!” La voz de Camila se perdió entre el estruendo del Refugio 12 colapsando. Su brazalete rojo—el mismo que todos los voluntarios llevábamos—desapareció bajo una avalancha de hormigón...
El crujido de vidrio bajo mis botas me devolvió al presente.
El supermercado ya no era más que una tumba de estantes vacíos y anuncios podridos. Pisé con cuidado los fragmentos de cristal, mi hacha—hoja mellada, mango envuelto en cable de cobre—lista en mi mano. Mi mochila apenas contenía tres latas sin etiqueta y un paquete de curitas.
Cada pasillo contaba una historia:
Sección de bebidas: Botellas rotas con líquidos evaporados hacía años, excepto una de vodka que guardé para trueques.
Caja registradora: El esqueleto del cajero aún llevaba su corbata ajustada, los dedos óseos aferrados a un billete de $20 como si todavía tuviera valor.
Fue en la sección de conservas donde la vi. Entre latas abolladas y oxidadas, una brillaba intacta: Duraznos en almíbar — “Hecho con fruta natural”. Y la etiqueta... oh, la etiqueta. Un sol amarillo, radiante, cegador, obsceno en su alegría, sonriendo sobre un mundo que ese mismo sol había abandonado hacía siglos. Era una bofetada de color en la grisura, un susurro de vida en el silencio de la tumba.
[Flashback]
El golpe fue físico, un puñetazo en el pecho que me arrancó el aire. Camila. Súbitamente, con una claridad que me dobló las rodillas, no estaba entre escombros, sino en nuestra cocina bañada por la tarde. Ella, con sus dieciséis años eternos, luminosa, viva, sostenía dos latas idénticas, tesoros rescatados de quién sabe dónde, con una sonrisa que rivalizaba con ese sol de la etiqueta. “¡Mira, hermanito!” Su voz, un susurro cargado de conspiración y un amor que ahora me quemaba como hierro al rojo, resonó en el silencio del supermercado muerto. Sus dedos, ágiles y cálidos, abrían la lata con un clic que entonces fue música. El almíbar, espeso como oro líquido, brillaba. “—Los duraznos...” murmuró, acercándose, sus ojos reflejando la dulzura del fruto, “...saben a futuro, ¿verdad?” “Futuro”. La palabra resonó en mi cráneo ahora, un eco cruel y hermoso de una promesa que el mundo había roto, encapsulada en esta última lata, este último sol, este último recuerdo de ella.
El estruendo de la puerta trasera me sobresaltó.
¡CRAC!
La puerta tembló. Demasiado fuerte para zombis, demasiado preciso para ser casual. “Equipos de asalto. Ciudadela o Lobos. Y vienen por algo bueno”, musité, guardando la lata como si contuviera el último aire limpio del mundo.
El vidrio de la ventana de seguridad se quebró con un suspiro. Una silueta se deslizó dentro—delgada, ágil, moviéndose con la gracia de una gata. Contuve la respiración mientras observaba:
Vestimenta: Chaqueta militar adaptada, con placas de plástico fundido a modo de armadura ligera.
Armas: Rifle casero con mira de botella, cuchillo de cocina atado al muslo.
Cuando giró, la luz reveló que su máscara anti-gas tenía grabado “PROP. LAB 7” en la mejilla derecha.
Me convertí en sombra y metal frío antes de que pudiera parpadear.
Cuando la inmovilicé, noté tres cosas en menos de un segundo:
Su piel olía a alcohol quirúrgico y ceniza.
Llevaba una cicatriz en forma de estrella bajo la clavícula.
Sus ojos—verdes como líquido radiactivo—no mostraron miedo, solo cálculo.
—No tienes que hacer esto—susurró, con una voz que sonaba a metal raspado.
Pero en este mundo, sí tenía que hacerlo. La pregunta era: ¿quién de los dos lo entendería primero?
Los nudillos de su mano izquierda mostraban cicatrices de mordeduras. Humanas, no zombis. El tipo de marcas que dejan los dientes desesperados de alguien que pelea por su vida.
Pero lo que realmente me paralizó fue el brazalete.
Tela roja desteñida, el nudo torcido y manchado de sangre seca. Igual que el de Camila.
—¿Quién te envió? — El filo de mi cuchillo rozó su garganta. Noté un temblor leve bajo su piel. Fiebre.
—¡Las pastillas violetas! — tosió, la voz quebrada bajo la máscara anti gas agrietada. —¡El niño... necesita...!
Entonces lo vi con claridad. El brazalete no era parecido al de Camila. Era idéntico. La misma tela, el mismo nudo de supervivencia que mi hermana había hecho la noche que el Refugio 12 se vino abajo.
—Si me matas —susurró la extraña, sus labios rozando el acero—, el niño de la Iglesia de Saint Mary morirá. ¿Eso pesa en tu conciencia, lobo solitario?
Un escalofrío me recorrió. Saint Mary estaba a quince kilómetros de aquí.
—¿Qué eres? —gruñí— ¿Mensajera, mártir, o monstruo?
Ella sonrió, mostrando un colmillo ligeramente más afilado de lo normal.
—Sobreviviente. Como tú.
El estruendo de la puerta derribada nos sacudió a ambos. Una docena de Muertos Vivientes —bocas negras, ojos como huevos podridos— entraron arrastrándose.
El mundo se redujo a un instante de caos calculado.
La mujer —que se llama Lina, supe después— giró con la precisión de quien había bailado con la muerte antes. Su mano emergió del chaleco rasgado como un relámpago plateado, empuñando un artefacto que parecía más chatarra que arma: un tubo de metal retorcido con mecha de tela quemada.
—¡Cúbrete! — gritó.
Obedecí justo a tiempo.
El estallido no sonó como ninguna explosión que conociera. Fue un suspiro sibilante seguido de un fogonazo verde que me quemó levemente el brazo. El aire se espesó con olor a baterías rotas y carne chamuscada.
Cuando abrí los ojos, el humo fosforescente se arremolinaba en espirales grotescas. Los zombis se retorcían en el suelo, miembros convulsionando en ángulos imposibles.
Y entonces la vi a ella.
La chica yacía de costado, su rifle destrozado a un metro de distancia. Lo que más me llamó la atención fue la mancha amarillenta que se extendía por su costado, pegando la camisa militar a la piel como un segundo pellejo enfermo. Conocía ese color. No era la necrosis negra de los mordiscos zombis. Era algo peor. Infección por radiación. O quizás algo más.
—Idiota de mierda— escupí mientras mis dedos buscaban su pulso.
Latía rápido y débil, como un pajarillo atrapado.
Desde los pasillos llegaron voces ásperas y el sonido metálico de armas siendo preparadas.
—¡Revisen los pasillos traseros! — ordenó una voz que reconocí demasiado bien. Rottweiler, el segundo al mando de los Lobos. —El explosivo era nuestro sello.
Maldije en voz baja. Los Lobos no perdonaban el robo de sus juguetes, mucho menos su uso contra ellos.
Mi mirada volvió al brazalete rojo en la muñeca de Lina, tan descolorido que casi parecía rosa. El mismo nudo. El mismo patrón de desgaste.
Una memoria me golpeó con la fuerza de una descarga eléctrica: Camila sosteniendo mi mano moribunda en el Refugio 12, ese mismo pedazo de tela atado a su muñeca mientras el techo se derrumbaba sobre nosotros.
—Una última puta vez— mentí entre dientes mientras la levantaba en vilo.
Su cuerpo era más liviano de lo esperado, pero la fiebre que emanaba de ella quemaba a través de mi ropa. Ajusté el agarre, notando con sorpresa las cicatrices de quemaduras en sus brazos. No eran de fuego. Parecían marcas cristalizadas, como gotas de vidrio fundido bajo la piel.
Corrí cargándola en dirección hacia mi escondite que era un apartamento en el 5to piso, salpique lejía en la entrada antes de pasar.
Mi apartamento olía a pólvora y desinfectante rancio. Las “cortinas” hechas de cuerdas de ahorcar viejas crujieron cuando las aparté bruscamente.
Deposité a Lina sobre la mesa de operaciones improvisada —en realidad, una puerta apoyada sobre dos barriles— y busqué el botiquín con dedos temblorosos.
Al rasgar la tela pegada a su herida, algo brilló entre el pus y la sangre.
No era metal. No era vidrio. Era como una piel sintética.
Un tatuaje de coordenadas geográficas precisas. Y sobre ellas, el emblema que me hizo retroceder como si hubiera tocado un cable pelado: la Serpiente de Uranio, su cuerpo formado por el símbolo de peligro radiactivo, devorando su propia cola.
—Mierda— escupí, esta vez con genuino terror.
Conocía ese símbolo. Lo había visto en los uniformes de los científicos aquel día en la Zona Cero, cuando los reactores comenzaron a cantar su canción mortal.
Pero había algo más.
Al inclinarme, noté marcas diminutas alrededor del tatuaje. Cicatrices quirúrgicas. Alguien había intentado borrarlo... y luego, con menos cuidado, volver a ponerlo.
Desde la inconsciencia, Lina murmuró algo que me heló la sangre:
“—Protocolo Fénix...”
Las mismas palabras que el oficial al mando había gritado antes de que el mundo se convirtiera en este infierno.
Por un instante, dudé. ¿Ayudarla o matarla?
Un recuerdo de Camila me atravesó como un cuchillo. Ella siempre ayudaba a quienes más lo necesitaban, incluso cuando todo se fue al carajo. Regalaba provisiones a viajeros perdidos, compartía su ración con niños...
¡Pum! ¡Pum!
Disparos a lo lejos me sacaron del trance.
Con un gruñido, levanté la camisa pegajosa de Lina. Olía a carne podrida y sudor ácido. La tiré al suelo sin miramientos.
Tenía buen cuerpo, a pesar de lo delgada que estaba. Marcas de costillas visibles, músculos tensos incluso inconsciente. Vertí alcohol directamente sobre la herida. Ella ni se inmutó. Mala señal.
Con gasas limpias, limpié la zona. Era un corte limpio, no muy profundo, pero la piel alrededor ya empezaba a ponerse amarillenta. Infección por radiación.
Apliqué antibióticos triturados mezclados con miel de abeja —el mejor antiséptico que quedaba en este mundo de mierda— y la vendé.
Al cambiarla de ropa, mis dedos rozaron su piel suave. Por un segundo, imaginé tocar sus pechos. Me aparté con un gruñido. No era el momento.
Le puse una de mi polera. Le quedaba enorme, pero al menos estaba limpia. La cargué hasta mi cama y la dejé allí, respirando débilmente.
Los disparos ya se escuchaban a cincuenta metros.
Me asomé por la ventana. Los Lobos.
Un grupo de la Ciudadela —cuatro chicos y una chica— estaban acorralados. Los Lobos los superaban en número, y los chicos gritaban que se quedaban sin balas.
De pronto, silencio.
Rottweiler salió aplaudiendo, con esa sonrisa de hiena que siempre llevaba puesta.
—¡Entréguennos a la chica y a uno más, y dejamos que los otros tres se vayan con vida! —dijo, como si estuviera ofreciendo un trato justo.
Uno de los chicos, tembloroso, preguntó:
—¿Y qué harán con ellos?
Rottweiler se rio, demasiado calmado.
—¿No es obvio? A la chica nos la vamos a coger. Al otro, nos lo vamos a comer.
El chico no dudó. ¡Pum! Le disparó a Rottweiler en el pecho.
Pero el hijo de puta ni se inmutó. Solo se rio más fuerte, mostrando el chaleco antibalas bajo su chaqueta.
—¡Lástima tu elección!
Los Lobos se abalanzaron. Golpes de bates, fierros, botellazos. La chica gritó cuando dos sujetos la agarraron. Rottweiler se acercó, le agarró la cara con sus manos sucias y la besó como un perro rabioso.
¡Grito de dolor!
La chica le había mordido el labio.
Rottweiler la golpeó en la cara y empezó a desgarrar su ropa.
—¡Párenle! —gritó uno de los chicos desde el suelo, con la boca llena de sangre.
Rottweiler se rio.
—Mira bien, pendejo. Después te tocará a ti.
Bajar era suicidio.
Pero quedarme quieto... eso era peor.
Busqué entre las cosas de Lina. Tenía que haber algo
¡Bingo! Una granada de luz y otra de humo. Era mi chance.
En el momento en que uno de los Lobos le bajó los pantalones a la chica, actué.
Granada de luz. ¡Flash! Cegué a medio grupo.
Granada de humo. ¡Paf! Cubrí mi avance.
Disparo certero. ¡Pum! El primer Lobo cayó con un agujero en la frente.
—¡Cúbranse, hijos de puta! —rugió Rottweiler en la confusión.
Un Lobo corrió hacia mí, machete en mano. Idiota. Sabían que su ropa era antibalas, por eso iban tan confiados.
¡Pum! ¡Pum! Un disparo al pecho (inútil) y otro a la pierna (efectivo). Cayó gritando. Lo agarré y lo usé como escudo humano mientras avanzaba.
¡Zas! Una bala me rozó el hombro.
Entonces Rottweiler me vio.
Tenía a la chica semidesnuda, sujetada del cuello.
—¡Aldair! —gritó, riendo—. ¡El último superviviente del Refugio 12! Pensé que ya serías banquete de zombis.
—Suelta a la chica —grite, apuntándole con mi pistola.
—¿Y por qué haría eso? —sonrió, mostrando dientes manchados—. ¿Te crees héroe?
Un aullido lejano cortó el aire.
—¡jefe! —gritó uno de los Lobos—. ¡Son las cuatro! En una hora salen los vampiros con sus perros.
Rottweiler no soltó a la chica.
—¿Alguna vez viste a un perro soltar su comida cuando tiene hambre?
No, sin embargo, tampoco, me quedaría quieto esta vez. -
El humo aún flotaba en el aire cuando Rottweiler y yo nos miramos fijamente, como dos lobos midiéndose antes del ataque. La chica que sostenía —ahora con el labio partido y los ojos llenos de terror— jadeaba entre sus brazos.
—¡Suéltala, Rottweiler! —grité, ajustando mi agarre en la pistola—. ¡O te juro que, aunque lleves chaleco, te vuelo la cabeza de un balazo!
Los Lobos dudaron. Sabían que, a esta distancia, incluso con protección, un disparo certero podía ser letal.
Rottweiler escupió al suelo, pero su sonrisa ya no era tan segura.
—¿Por qué te importa? —gruñó—. ¿Te la quieres coger tú primero?— —Su voz era un ronroneo áspero, cargado de una intimidad repugnante. Mientras hablaba, su mano izquierda, enorme y sucia, no solo agarraba; escarbaba. Se cerró con posesión brutal sobre uno de sus pechos, hundiendo los dedos en la carne blanda a través de la tela delgada y sudada. Un grito ahogado, corto y agudo como el de un animal herido, brotó de la chica. Él apretó hasta blanquear sus nudillos, torciendo la tela, moldeando la forma bajo su palma con una familiaridad violenta. —¿Quieres probar esta fruta primero, cazador? ¿Quieres sentir cómo tiembla... antes de romperla? —Su pulgar rozó, lento y deliberado, el pico erecto del pezón a través de la tela húmeda, dibujando un círculo cruel.
—No soy un animal como tú —escupí las palabras, pero mi voz sonó extrañamente ronca, ahogada por la imagen de aquellos dedos profanadores y la carne blanca palideciendo bajo la presión. —Solo tú disfrutas el sabor de la podredumbre.
Se río, pero fue una risa forzada. Otro aullido resonó en la distancia, más cerca esta vez. Los vampiros y sus perros. Todos lo sabían: cuando el sol se ocultará por completo, esta calle se convertiría en una trampa mortal.
—¡Jefe! —urgió otro Lobo—. ¡Tenemos que irnos ya!
Rottweiler maldijo, pero finalmente cedió. Con un gesto brusco, empujó a la chica hacia adelante.
—¡Lárgate, perra! ¡Pero la próxima no habrá héroe que te salve! Sin embargo, me llevare a los otros dos, grito rottweiler con una sonrisa burlona.
Ella tropezó, pero dos de los chicos —los menos golpeados— corrieron hacia ella y la sostuvieron. Sangraban, cojeaban, pero seguían en pie. La chica no quería que se lleven a los otros chicos. —¡NO! ¡No se los lleven! —aulló, trato de ir hacia Rottweiler.
Fue entonces que el mayor de los chicos, el de la ceja abierta chorreando sobre su ojo izquierdo, actuó. No un golpe, sino un impacto seco y calculado: el puño cerrado como un martillo contra su estomago.
—¡CÁLLATE, ESTÚPIDA! —rugió, agarrándola por los harapos del vestido y sacudiéndola hasta que sus dientes castañetearon—Lo juramos, ¿recuerdas? Uno por todos. Nosotros volvemos por ellos... o morimos intentándolo.
—¡Vamos! —les grité, sin bajar la pistola—. ¡Corran hacia el edificio derrumbado al final de la calle! ¡Ahí hay un túnel que los dejara cerca de la ciudadela!
Los tres asintieron, desesperados. Uno de ellos —un chico flaco con el brazo sangrando— me miró fijamente.
—Gracias... —murmuró, con voz ronca—. No te olvidaremos.
—No hay tiempo para eso. ¡HUYAN!
Rottweiler y los Lobos ya retrocedían, pero no sin antes lanzarme una última mirada asesina.
—Esto no terminó, Aldair —escupió—. Te voy a encontrar. Y cuando lo haga, te haré sufrir como nadie ha sufrido.
—Sueña lo que quieras, basura —le respondí, manteniendo mi pistola apuntada hasta que se perdieron en el humo.
Los tres sobrevivientes corrieron como alma que lleva el diablo, desapareciendo entre los escombros. Habían escapado.
Pero yo no podía celebrar.
Los aullidos eran cada vez más recurrentes. Los vampiros. Criaturas que ni siquiera los Lobos se atrevían a enfrentar.
Con un último vistazo a la calle ensangrentada, corrí de vuelta a mi escondite. Cubriendo mi recorrido con alcohol y legía.
Al llegar me di cuenta que la chica seguía inconsciente en mi cama, pero ahora su respiración era más estable. Había resistido. Me tumbe en el sofá que estaba cerca de la cama.
Afuera, la noche caía con rapidez. Y con ella, los verdaderos depredadores despertaban.