AGNOSIA

Sinopsis

Se conocieron cuando aún no sabían lo que era el poder… Ahora, siendo jefes de la mafia, se reencuentran en un mundo donde la traición pesa más que el amor. Ella, una pelirroja con garras ocultas. Él, un rey roto con hambre de control. Lo suyo nunca fue sano. Pero tampoco pudieron soltarse. Entre sábanas, sangre y silencios, su relación se convierte en un juego peligroso: no son enemigos, pero tampoco aliados. No se aman… pero no pueden dejar de destruirse

Genero:
Thriller
Autor/a:
Umi
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

ℰ𝓁 𝓅𝓇𝒾𝓂𝑒𝓇 𝒶𝓂𝑜𝓇 𝒾𝓃𝑜𝒸𝑒𝓃𝓉𝑒....

Odio los recuerdos, no son mas que putas sombras de un pasado que no volvera ni volviendo a nacer...




<<Manjiro Sano - 2005>>



Siempre he dicho que no me gusta cuando los de Toman se pasan. Hay reglas. Puedes pelear, puedes romperte la cara, pero hay límites. Y justo hoy, en el parque, las estaban ignorando como si nada.


Draken y yo llegamos porque escuchamos el escándalo desde la calle. El sol ya comenzaba a bajar, la luz colándose entre las hojas de los árboles, proyectando sombras largas sobre los juegos oxidados. Ahí estaban: tres idiotas de tercer grupo pateando al mismo chico de siempre.


—Otra vez ese idiota —gruñó Draken, ajustando la cadena de su pantalón.

—Sí —respondí—. Takemitchy tiene talento para meterse en problemas.


No tardamos mucho en echar a los imbéciles. Draken solo necesitó fruncir el ceño y yo, bueno... yo solo lo miré. A veces ni hace falta levantar la voz.


—¿Estás bien? —le pregunté a Takemichi, mientras se sobaba la cabeza.

—S-sí, Mikey... gracias.


Me encogí de hombros. No me gusta que me den las gracias. No lo hacemos por eso.


Ya estábamos por irnos, caminando entre los columpios oxidados, los tubos medio doblados y la resbaladilla que chirriaba con el viento. Era un parque viejo, de esos que huelen a tierra húmeda y a infancia que ya no está.


Y entonces la vi.


Estaba sentada en el borde del sube y baja, con las piernas recogidas y un pequeño gato blanco en su regazo. No debía tener más de nuestra edad. El cabello era lo primero que se notaba… un rojo suave, algo desordenado por la brisa. Sus cejas y sus pestañas eran del mismo tono. No era como las chicas de aquí. Su piel pálida parecía casi brillar con la luz dorada del atardecer, y sus rasgos eran diferentes... extranjeros, pero suaves, como si estuviera hecha de algo más delicado que el resto del mundo.


Y cantaba.


—Nya, nya… nyaaa~ —entonaba bajito, acariciando el vientre del gato, que rodaba con total confianza bajo sus dedos.


Me detuve sin darme cuenta. Draken caminó unos pasos antes de voltear hacia mí.


—¿Qué pasa?


No respondí.


Porque por alguna razón... no podía dejar de mirarla.


Ella no se percató de mi presencia. O si lo hizo, no le importó.


"Nya, nya..."


Su voz tenía algo que no sabía explicar. Como si... el mundo entero se hubiese quedado en silencio para escucharla jugar con un gato callejero en un parque olvidado.


No entendía por qué, pero algo en mí… algo muy profundo… quería quedarse ahí un poco más.


El primer quejido de Takemitchy rompió la escena.

—¡Gracias, Mikey! ¡Gracias, de verdad! ¡Pensé que esta vez sí me mataban!


Otra vez lo mismo. Lloriqueando con mocos en la cara. Me rasqué la nuca, molesto… y entonces lo vi: el pequeño gato blanco alzó la cabeza, sus orejas se movieron inquietas y salió disparado de los brazos de la chica.


Ella se quedó unos segundos con los brazos en el aire, vacíos.

Frunció el ceño.


Qué mona, pensé.

Ese gesto molesto, casi infantil, me hizo sonreír por dentro.


Pero se giró.

Y ese pensamiento murió.


Sus ojos estaban fijos. No en mí. En Takemitchy.

Dio un paso al frente, directo hacia nosotros.

Era apenas un poco más baja que yo, pero cada pisada parecía pesar más de lo que medía.


No me moví. No sonreí.

Pero por dentro…


Algo me gritó:

Corre.


Y eso no me pasa.

He peleado con bastardos dos veces más grandes que yo.

Con fieras, asesinos, drogadictos, matones.

Nadie me ha hecho retroceder.


Pero esta chica… esta pelirroja de voz dulce y ceño torcido…

había algo en ella que me empujaba hacia atrás sin tocarme.


Se paró frente a nosotros. Frente a mí.

Y no me dijo una sola palabra.


En cambio, se inclinó hacia Takemitchy y le apuntó con el dedo.


—Por tu culpa el gato escapó. Quería llevarlo a casa.

Ahora ve… y atrápalo.


Su japonés era… torpe. Suficiente para entender, pero con ese acento extranjero que se clava entre las sílabas.


Yo quería reír. Takemitchy siendo regañado por una desconocida.

Pero no lo hice.


Porque estaba mirándola.

Estudiando sus ojos.


Y cuando por fin los posó en mí…

mi pecho se apretó.


No era una mirada desafiante. Ni intimidante.

Era como si…

estuviera gritando desde muy, muy lejos.

Desde dentro de un pozo profundo que nadie había escuchado nunca.


—¿Cómo te llamas? —pregunté, sin cambiar el tono. Apenas una sonrisa en los labios.


Ella me miró.

Y no respondió de inmediato.

Porque a veces, cuando dos fieras se encuentran, no hace falta hablar tan rápido.


—Mei… —dijo.


Una sola palabra. Su nombre.


No necesitaba más.

Su voz era suave, casi frágil. Pero escondía algo detrás.

De adulta, pensé, esa voz podría romperle la voluntad a cualquier tipo sin necesidad de gritar.


Mei.


Se giró otra vez hacia Takemitchy, como si yo no estuviera ahí, y volvió a reprenderlo como si él hubiera cometido el crimen más imperdonable: asustar a un gato.

Yo la seguía mirando. Y sí, quería reír. Quería soltar una broma estúpida.

Pero algo en mí se quedó en silencio.


Entonces, como si lo hubieran invocado con la intensidad de su reclamo, el gato regresó.


Se acercó despacio, se enredó entre sus tobillos y ronroneó.

Ella se detuvo. Se agachó y lo cargó entre sus brazos como si el mundo desapareciera.

Y sonrió.


No de forma seductora, ni coqueta, ni con la intención de impresionar.

Sonrió como si no hubiera nadie alrededor.

Como si ese animal fuera su único mundo.


Y sin decir nada más… se fue.


Draken se rascó la cabeza.


—Qué extrañas son las mujeres… cambian de humor muy rápido.


Los tres nos reímos.

La tensión se disipó un poco y comenzamos a caminar fuera del parque, dejando atrás los columpios oxidados y la resbaladilla chirriante.

Pero no pude evitarlo. Giré el rostro por encima del hombro.

La vi acercarse a otro niño que estaba de espaldas, también pelirrojo.

¿Su hermano, quizás?


Ella le mostró el gato como si le enseñara un tesoro.


Volví a mirar al frente.


Y ahí estaba Draken. Observándome con una ceja levantada, como si ya supiera lo que ni yo quería admitir.


—¿Te gustó esa chica?


Alcé una ceja, casi ofendido.

—No digas tonterías. Las mujeres son una pérdida de tiempo.


Mentí con tanta naturalidad que casi me lo creí.

Y sonreí, como si nada.


—Mejor dime, ¿vas a llevar a Emma al festival esta noche?


Draken gruñó, desvió la mirada con esa incomodidad que siempre le salía cuando nombraban a Emma.

Perfecto. Cambio de tema: exitoso.


Y sin embargo…

aunque hablábamos de fuegos artificiales, comida callejera y las bromas que haríamos, una parte de mí seguía atrapada en el parque.


En ese ronroneo.

En esa sonrisa.

En ese nombre: Mei.


Yo nunca me había enamorado.

A los quince ya había estado con varias chicas.

El sexo no era un misterio para mí. Pero el amor…

Ese sí.


Y algo me decía que, si alguna vez me llegaba, no iba a ser suave.

Iba a ser como ella.


Peligrosa, impredecible…

Y con los ojos llenos de gritos que nadie más escuchaba.


<<Manjiro sano - Actualmente 2025>>


Lo bueno dura poco...


Así dicen.

Y los recuerdos...

Solo son eso: sombras lejanas. Ruido sin forma. Dolor que se maquilla de nostalgia para no doler tanto.


Abrí los ojos de golpe.

El sonido estalló a mi alrededor como un disparo mal contenido.

Había olvidado que estaba en una junta. Otra más. Una reunión de hienas con trajes caros y manos manchadas.


Frente a mí: los idiotas con los que trabajo ahora.

Bueno… trabajan para mí.


Sanzu estaba con esa mirada perdida, la lengua apenas asomando entre los labios partidos. Drogado, como siempre. Su risa suave era tan molesta como familiar.

A su lado, Kakucho, frío como siempre, callado, atento.

Los Haitani, jugando con sus teléfonos, lanzando comentarios imbéciles que solo ellos entienden.

Kokonoi revisaba la tablet como si fuera más importante que el resto del mundo. Supongo que lo es: es mi billetera con patas.

Mochizuki, por supuesto, el viejo molesto, con cara de funeral eterno, gruñendo mientras movía papeles que nunca leo.


—Sus putos juegos de niños mimados un día nos van a llevar a la perdición —soltó Mochi, sin mirarme. Como si eso hiciera su queja más valiente.


—Vamos, Mochi… deja de joder. Solo fue una esta semana. Para eso están las mujeres, ¿no? Las usas una vez y las tiras —rió Sanzu, con esa voz rasposa que parece arrastrar sangre seca.


Qué asco.

Y, sin embargo… nadie dijo nada. Porque es Haruchiyo.

Mi perro rabioso.

Mi sombra torcida.


—Sí, imbécil —bufó Takeomi desde el otro extremo—. Pero tú te lo tomas literal. ¿Quién mierda crees que se encarga de los cuerpos de las personas que matas?


Ah, cierto.

Ese es el juego ahora.

Sexo, muerte, dinero… y una lealtad que huele a veneno.


Después de la muerte de Draken… todo cambió.

Emma también. Ella no debería haber muerto.

Yo los maté con mis decisiones. Con mis silencios.

Después de eso me alejé de todos. Me encerré en la única idea que aún tenía sentido: Izana.

Y Bonten nació como un monumento a su nombre.

Una organización sin alma, guiada por un fantasma.


No hablo de ellos.

De Draken.

De Emma.

De Shinichiro.

Pero siempre están ahí.


En mi cabeza.

En cada segundo de silencio entre los gritos.

En el borde de cada risa falsa.


—¿Mikey...? —preguntó Kakucho de pronto, notando mi silencio.


Lo miré sin expresión.

A veces se les olvida que yo no necesito hablar para decidir quién vive y quién no.


—... Continúen —murmuré, recargando el mentón sobre los dedos entrelazados.


Ellos siguieron discutiendo como hienas hambrientas, sacando números, rutas, contactos, muertes.

Yo solo pensaba en un parque oxidado…

y en una voz que decía "Nya, nya…"

como si el mundo fuera menos cruel de lo que es ahora.

Suelo ignorar a estos idiotas la mayor parte del tiempo. No me interesa perder el tiempo con discusiones inútiles, así que cuando terminan las reuniones, Kakucho siempre me pasa un informe detallado. Aunque sea el tercero en la cadena de mando de Bonten, es el que más se encarga del papeleo, de que todo esté en orden.

¿Su función? Supongo que hablar bien con la gente y evitar que todo se vaya a la mierda. Gracias a él hemos cerrado tratos importantes.


—Debemos ponernos serios —dijo Kokonoi levantando la vista de la tablet—. Mañana llega el representante de los Sergeyev, y es importante dar una buena presentación a los rusos.


—¿Por qué deberían importarnos? —ladró Rindou, que normalmente se calla todo—. Son solo presumidos que ganaron territorio. ¿Hacer una alianza con ellos solo porque la señora Elizabeth es esposa de ese tipo…? Qué mamada.


—La señora Elizabeth organizó la reunión y la vamos a aceptar porque es una socia importante —respondió Kakucho mientras bebía sake—. Dijo que hace un año su esposo le cedió el puesto a sus hijos, y quiere que los tratemos bien. Según ella, le conviene que nos llevemos.


—No estoy para jugar con unos putos niños que crecieron mimados toda su puta vida —gruñó Sanzu, como siempre.


—Se van a comportar y se van a dejar de quejar, a menos que quieran que les meta una bala en la cabeza —solté, y al azotar la mano en la mesa, los vasos vibraron. Me dio igual.


En ese momento, me quedé pensando en lo que dijo Kokonoi.

Los rusos.

Ella es rusa...

Me lo contó una vez, cuando la llevé al dōjō para que conociera a Emma....

Fastidiado, di por terminada la reunión.

No dije nada, solo me levanté y los ignoré como siempre. Caminé hacia mi oficina privada. Tomé un vaso de whisky.

No tengo muchos vicios, la verdad. Solo el alcohol de vez en cuando… esa noche fue una de esas veces.


No volví a casa.

Aunque, si se le puede llamar casa… solo es un maldito departamento vacío, con lo necesario para vivir y todo lo demás me sobra. De todas formas, la sede tiene una habitación solo para mí. Más práctico.


10:15 a. m. Jueves

Supongo que me quedé dormido.

Desperté por culpa del sol colándose por la ventana y un leve dolor de cabeza. Botella completa. No fue mi mejor idea.

Fui directo al baño, me lavé la cara y me puse uno de esos trajes que odio con toda el alma. Si por mí fuera, no usaría estas mierdas, pero si no lo hago, Kakucho empieza a joder… y odio escucharlo cuando se pone en plan regañón.


Vestido y sin desayuno, como siempre, me dirigí a la sala de juntas.

No me interesa comer. No me interesa nada, en realidad.


Me senté en la cabecera. Como siempre.

Y como siempre, estaban discutiendo entre ellos, como una bola de pendejos sin cerebro. Pero apenas me senté, se callaron.

Así debe ser.


—El representante de los Sergeyev ha llegado. Viene subiendo —anunció Kakucho, puntual como un puto reloj suizo.


Unos minutos después, la secretaria abrió la puerta de cristal.

Los guardaespaldas se frenaron, como bien entrenados, pero él no. Caminó sin miedo, directo a la mesa.


Un joven pelirrojo. Ojos azules.

Mi expresión cambió sin que pudiera evitarlo.

Abrí los ojos como platos.

Lo reconocí al instante.


Mel Sergeyev.


—Vaya, vaya… qué sorpresa.

—Me pregunto qué diría mi hermanita si viera a su exnovio como su próximo socio —dijo Mel, con ese maldito sarcasmo que siempre odié.


Ninguno de estos imbéciles presentes tiene idea.

No saben que alguna vez estuve con Mei.

Ni siquiera saben quién es.


Y así está bien.


Aunque siempre supe que la familia de Mei tenía dinero, nunca me importó demasiado.

Sabía lo justo. Lo suficiente para no preguntar más.

Nunca imaginé el por qué de su riqueza. Tampoco que algún día volveríamos a coincidir.

Y mucho menos… que terminaría viendo de nuevo a su fastidioso hermano gemelo.


Mel Sergeyev.


El mismo hijo de puta arrogante de siempre, con esa sonrisa torcida y ese tono altanero que me daban ganas de romperle la cara desde la primera vez que lo conocí.

Y ahí estaba, parado frente a todos los líderes de Bonten, hablando como si la sala fuera suya.

Como si no fuera un maldito recuerdo que yo había enterrado junto con todo lo que significó Mei.


—¿Qué? ¿Se quedaron sin palabras? —soltó mientras se acomodaba el saco, caminando con paso confiado hacia la mesa—. Esperaba un poco más de emoción para la presentación oficial.


Nadie dijo nada.

Rindou levantó una ceja.

Sanzu chasqueó la lengua, fastidiado.

Kokonoi giró los ojos, ya aburrido.

Y Kakucho… Kakucho me miró. Solo a mí. Porque notó algo. Porque él siempre nota.

Pero no dije nada.

No moví un solo músculo.

Solo lo miré directo a los ojos.

Y aunque por dentro sentía cómo todo el pasado me mordía desde dentro… por fuera, era Manjiro sano.

El Jefe de Bonten.

Frío. Inquebrantable. Intocable.


—Toma asiento —dije, con voz baja, controlada. Pero que llenó toda la sala.


Mel sonrió.

Ese maldito sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Y ahora… iba a jugar sucio.