Al volante

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Sinopsis

Lauren no buscaba el amor. Y menos aún del tipo rápido, sucio y exasperante. Un año después de que le rompieran el corazón, Lauren está centrada en reconstruir su vida, haciendo malabarismos con su carrera en diseño, evitando a su engreído ex y tratando de mantener el control en un mundo que siente cualquier cosa menos estable. El amor le parece algo sobrevalorado. La estabilidad, algo esencial. Entonces, Harry se estrella en su vida, literalmente. Un piloto de rallys, lleno de grasa y con una lengua que no puede parar, que tiene demasiado encanto y ningún sentido de la oportunidad. Es todo lo que ella no necesita y todo lo que empieza a desear. A medida que su química se intensifica, desde cenas de comida para llevar a altas horas de la noche y mañanas robadas, hasta la vulnerabilidad más pura y un sexo que corta la respiración, Lauren se descubre dejándolo entrar. Pero cuando la vida real llama a su puerta, se ve obligada a enfrentarse a lo que realmente quiere. Aguda, sexy y emocionalmente honesta, esta es una historia sobre lo que sucede cuando dejas de huir y empiezas a permitir que alguien te alcance.

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Completado
Capítulos:
25
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4.9 28 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

LAUREN

Click. Deslizar. Click. Deslizar.

Movimientos: 26.

Click. Deslizar. Click. Deslizar.

¿Sexta partida? ¿Séptima? Ya había perdido la cuenta. El Solitario Spider era ahora lo mejor de mi día. Caer en la cuenta de eso me dolió como una patada en el mismo coño. Me quedé mirando la pantalla con la mente en blanco.

—Haz algo —me susurré a mí misma, pero no me moví.

Click. Deslizar. Click. Deslizar. Click. Deslizar. Click. Deslizar.

Terminado en 101 movimientos. Una pequeña chispa de triunfo brilló en mi pecho, pero desapareció con un suspiro tan profundo que casi me llega al alma.

Puto. Solitario. Spider.

Mátame de una vez.

Me quedé mirando el portátil, como si fuera a darme alguna respuesta. ¿Cómo se había convertido esto en el momento más emocionante de mi día?

¿Cuándo dejé de hacer las cosas que me daban vida?

Ni siquiera podía recordarlo. Debió ser hace años. Con las manos apoyadas en las sienes, vi cómo estallaban en la pantalla los pobres fuegos artificiales para celebrar mi victoria. «¿Quieres otra partida?», se burlaba el mensaje con alegría.

—No, ni de puta coña —mascullé.

No es que mi vida fuera mala. Para nada. De hecho, era todo lo contrario. Tenía un buen trabajo, un trabajo fantástico. Amigos majos, aunque ya casi no los veía. Clases semanales de mis aficiones. Sooz me arrastraba a campamentos de entrenamiento físico que solo me hacían fantasear con la pizza de después. Me gustaba el Pilates, sobre todo porque podía tumbarme y respirar durante una hora sin que nadie me preguntara nada.

Entonces, ¿por qué sentía que me aferraba a cualquier excusa para justificar que estaba bien?

Ese era el problema. No recordaba la última vez que sentí un subidón. No de drogas, sino de los que te da la vida. Adrenalina. Una euforia de esas de reírte hasta que se te escapa un bufido por la nariz. Ese mareo al estar en la cima de una montaña, o la electricidad por todo el cuerpo de un buen polvo. ¿Cuándo fue la última vez que me solté de verdad?

Esa idea se me quedó grabada en el cuerpo y me puso nerviosa. Intenté quitármela de encima y busqué en mi memoria para ver si estaba exagerando. Intenté recordar algún subidón reciente, pero mis pensamientos se quedaron mudos.

No soy una reprimida. Ni mucho menos. Siempre digo que sí a los planes. Pero en algún momento del camino, debí de tirar del freno de mano. Con fuerza. Y nunca lo solté.

Mierda.

Ahora me sentía peor que cuando empecé la estúpida partida.

Mi portátil, mi supuesta ventana al mundo, me devolvía la mirada. La barra de búsqueda seguía en blanco. Igual que mi cerebro.

Me levanté hablando sola, porque al menos así alguien me escuchaba. —A ver, ¿qué opciones tengo? —Caminé por el piso y puse el lavavajillas con una sola taza y un par de cubiertos tristes. Qué emocionante.

Necesitaba una sacudida. Algo, lo que fuera, que me despertara.

¿Ir a un acantilado y gritarle al viento? Terapia gratis. Pero dura poco.

¿Un día de chicas en un parque de atracciones? El riesgo de acabar vomitando era alto. Pero bueno, era una opción.

¿Subir el Kilimanjaro con fines benéficos? Muy noble. Pero no va conmigo.

¿Qué era eso que siempre había querido probar, pero nunca tuve la oportunidad? ¿O las agallas?

La respuesta apareció en mi mente, segura de sí misma, como si siempre hubiera estado ahí. Carreras de rally.

Siempre había querido hacerlo. Y siempre me había rajado.

Pero después de siete partidas de Solitario Spider, ¿qué tenía que perder exactamente?

Abrí Google con el corazón a mil y busqué «experiencias de conducción de rally»... para putos perdedores, me entraron ganas de añadir. No tenía ni idea de cómo funcionaba. ¿Podía conducir el coche de otro? ¿Necesitaba estar en una liga o en un equipo? Pasé media hora pegada a la pantalla y, de repente, ocurrió.

Click. Enviar. Hecho. Reservado.

Una sesión de prueba a poco más de una hora de distancia. El sábado de la semana que viene.

Leí por encima el itinerario y enseguida me entraron ganas de cagarme encima.

¿Pero qué cojones acabo de hacer?

Ven a conducir en nuestro circuito especializado de 4 millas en pleno bosque y campo.

Aprenderás:

Conducción.

Copiloto.

Sin límites de velocidad.

Sin límites de revoluciones.

Entrenado por nuestros expilotos profesionales de rally.

Experiencia de día completo de 7 horas. Almuerzo incluido.

Se me aceleró el pulso. Solté un chillido de nervios.

Esto era. Justo lo que necesitaba. Algo atrevido. Algo caótico. Algo que me sacara por completo de mi zona de confort.

La página web se veía bien: buenas críticas y un diseño cuidado. El curso incluía pistas de tierra, terreno de rally y un circuito de carreras. Eso me tranquilizó un poco. Quizá atraía a gente de todo tipo, no solo a locos del motor.

Pero en el fondo, me imaginaba a chavales con camisetas de «Fast & Furious», la versión automovilística de las bandas de moteros y camioneros con panza cervecera. Definitivamente, no eran mi tipo de gente. De hecho, ni siquiera sabía quién era «mi gente».

¿En qué demonios estaba pensando?

No, vamos a ver, me dije a mí misma; a mí me encantaban los coches. Siempre me habían gustado. El rugido del motor, esa vibración en el pecho cuando pisas el acelerador. No me asustaba la velocidad ni que me sacudieran. Una vez hasta miré un curso de control de derrapes, de esos donde ponen ruedas extra para que el coche trompee de forma segura.

Nunca llegué a hacerlo, por supuesto.

Otra cosa más que quería pero que no hice.

¿Pero ahora? Ahora iba a por todas.

Sería divertido.

Sería algo nuevo.

Valía la pena intentarlo.

***

Me pasé toda la semana discutiendo conmigo misma. Unas veces sí, otras no. Pero ya era tarde. Perdería el dinero de la reserva si me echaba atrás.

Sooz se rió cuando se lo conté.

—Claro que sí —dijo con un tono muy sarcástico—. Tú no puedes hacer nada normal, ¿verdad? Siempre te vas al extremo.

—Puede ser —respondí, enfurruñada con mi copa.

—No es algo malo. Es solo una observación. —Levantó las manos como si fueran una balanza—. Por un lado, nada. —Su mano izquierda se quedó abajo—. Y por el otro, conducir rallys. —La derecha subió de golpe de forma exagerada. Puso una sonrisita.

Estábamos en el bar de siempre después de trabajar. Un sitio acogedor, con buenos cócteles, buena música y, lo más importante, tíos muy guapos a la vista. Nos estábamos bebiendo las copas demasiado rápido, y ella se partía de risa con la hoja de mi reserva.

Ella me conocía, probablemente mejor que nadie. Así que nada de esto le pillaba por sorpresa. Yo era impredecible: un día no hacía nada y al siguiente era un volcán. Muy motivada cuando algo me importaba, y terriblemente vaga cuando no. Además, era la única persona que todavía imprimía las entradas o las reservas.

—En fin —dije—, es este sábado. Te enviaré una foto si no me he estampado contra un árbol antes de la hora de comer.

Le bajé la mano de un manotazo y ella soltó una carcajada.

—Madre mía. ¿Cómo será el seguro de responsabilidad civil en un sitio así? La gente debe de destrozar los coches a cada momento.

Sooz era mi apoyo. Susie McCloughan, para ser exactos. Estaba como una puta cabra, pero era la tía más leal del mundo. Nos conocimos en la escuela de arte y seguimos muy unidas, incluso cuando perdí el contacto con todos los demás. No se me da bien mantener las amistades, ¿pero Sooz? Ella sacaría matrícula de honor en un curso de «cómo cuidar a tus amigos».

Tenía unos rizos rubios que saltaban como muelles cuando hablaba, y hablaba con todo: con las manos, las cejas, el cuello, los hombros. Siempre expresiva. Siempre ahí.

—Joder, qué bueno está ese.

Sus ojos se habían ido a la barra. Acariciaba distraídamente el tallo de su copa de vino. Yo seguí su mirada.

Matt acababa de entrar con unos amigos. Charlaban relajados. Ella sonreía como un gato al sol.

Llevaban saliendo un par de meses. Él estaba coladito por ella. Ella brillaba. Juntos eran como una lista de música relajante: sin dramas, sin líos, totalmente tranquilos.

—¿Cómo va la cosa? —pregunté, intentando parecer casual. Lo máximo que yo había ligado últimamente fue con mi gato. El otro día me masajeó una teta mientras buscaba el sitio perfecto para la siesta. ¿La otra única presencia masculina en mi vida? Mi vibrador, y ese estaba cargándose más a menudo que mi móvil.

—Bien. Muuuuy bien —dijo ella con una sonrisa de ensueño.

—Ya era hora de que te bajaras del tren de los capullos —bromeé—. Si eras casi la revisora.

—Lo sé. Mi radar es una mierda.

—¿Mierda? Sooz, tu radar para los capullos es excelente. Es como si soltara un silbato para atraer a todos los golfos. Vienen corriendo.

Las dos nos partimos de risa. No es que mi vida amorosa fuera menos trágica que la suya.

—Creo que las dos hemos sido un poco desastre en ese tema —dijo ella encogiéndose de hombros—. Pero bueno, hacia adelante. Quizá es que hemos estado buscando en los sitios equivocados. ¿Cómo dice el refrán? No levantes piedras o encontrarás lombrices.

Fruncí el ceño. —¿Eso es un refrán de verdad?

—Ni idea. Pero ya sabes a qué me refiero.

Curiosamente, lo sabía.

Las discotecas por las que salíamos de jóvenes no es que ofrecieran los mejores partidos. Pero bueno, hubo buenos momentos. Antes de él. Antes de Josh.

Rollos de una noche, líos, chispazos de algo pasajero. Era divertido. El sexo estaba... bien. Incluso era bueno. Pero viéndolo ahora, era un poco aburrido.

Sin chispa. Sin fuego. Sin garra.

¿Qué me pasa con eso de la garra? Quizá yo sea el problema. ¿Cómo me va a impresionar alguien si siempre los estoy comparando con una especie de escala invisible de «garra»?

Sooz notó que me estaba empezando a rayar y, sabiamente, cambió de tema.

—Oye, ¿y el curro? ¿Ya fuiste a esa feria tan grande?

—Sí, la semana pasada. Enorme. No paré de saludar a gente, di dos charlas, una para un grupo importante. Todo con gastos pagados.

—Vaya, qué nivel, señorita —dijo ella con aires de grandeza fingidos.

—Me lo pidieron —protesté—. Y me pagaron, gracias. Es bueno para la empresa. Creo que me han salido tres posibles contratos, pero ya veremos.

Todos mis amigos se esfuerzan mucho por entender qué hago. Pero siempre acaban con la misma cara: mitad curiosidad, mitad estreñimiento. Como si les faltara una sola pieza de información para resolver el misterio.

Ya no me molesta.

Todo encajó en aquel episodio de «Friends» cuando nadie recordaba el trabajo de Chandler. Creen que lo saben... pero si les pides que lo expliquen, no tienen ni idea. Se quedan en blanco.

Así que, allá va.

Soy Directora de Licencias Creativas.

¿Seguís confundidos? Sí. Como casi todo el mundo.

En cristiano: contrato a artistas y ponemos sus obras en cosas. Ropa, tarjetas, puzles, papel pintado. Trabajo con gente creativa increíble que no sabe cómo ganarse la vida con su talento. Yo les ayudo a sacar dinero de ello. Y me encanta. De verdad.

Es un sector muy pequeño, eso sí. Y follar, follar como conejos. Aventuras, triángulos amorosos en la oficina, intercambios, ascensos bajo cuerda. Lo que quieras.

Eso fue lo que me inspiró a empezar mi blog erótico. Había tanto material circulando que no podía con tantos cotilleos de oficina. Cambié nombres y le puse un poco de imaginación, pero cada publicación tenía algo de verdad. No siempre era mía. Algunas eran fantasías, claro. ¿Pero la mayoría? Salían de los cotilleos más jugosos de la oficina.

Se convirtió en una vía de escape sorprendentemente buena, sobre todo después de romper con Josh. Empecé a publicar relatos cortos en blogs eróticos, y escribirlos me ayudó a procesar todo lo que no podía decir en voz alta. Los comentarios de los lectores, y a veces sus propias historias, me hacían sentir menos sola. De forma extraña, aquello me guió. Era como una terapia secreta.

Nadie en mi vida real sabe que escribo. Supongo que una parte de mí todavía se siente un poco avergonzada, como si la literatura erótica no fuera escribir «de verdad». Pero es una liberación. Me dio un sitio donde soltar la pena, el cabreo y las ganas. Y me ayudó a sanar.

Josh y yo habíamos terminado: dieciocho meses de nada seguidos de nueve meses de resaca emocional. Estaba con las hormonas a tope, sola y a veces muy salida. Así nació el blog, y el cargador del vibrador se convirtió en un fijo en el enchufe.

Si hubiera sabido cuánto iba a durar esta etapa de celibato, quizá me habría esforzado más por volver al ruedo antes.

Pero una cosa es decirlo y otra muy distinta, hacerlo.