Nueva vida
Jeon Jungkook nunca fue un flojo.
Desde muy joven, aprendió a vivir con prisa. Saltarse comidas era algo tan normal como respirar; una necesidad secundaria frente a la urgencia de cumplir, de destacar, de no ser una decepción. La frase “comeré después” era tan cotidiana como su nombre, y “no tengo tiempo” se convirtió en su religión.
Se graduó con honores de una de las universidades más prestigiosas del país y al poco tiempo, consiguió un puesto en una de las agencias de relaciones públicas más exigentes del medio, de esas que moldeaban la imagen de políticos, celebridades, CEOs y hasta reinas de belleza.
No había lugar para errores, todo debía ser perfecto y esa, era la especialidad de Jungkook, ser Perfecto.
—Tu trabajo es hacerlos perfectos —le dijo su jefa la primera semana— aunque sean miserables por dentro.
Y Jungkook lo hizo, siempre fue el mejor, el más dedicado. El que no tomaba vacaciones, el que resolvía crisis mediáticas en la madrugada, el que escribía discursos falsos con tanta emoción que parecía verdad.
La paga era bastante buena, al principio.
Pero con los años, mientras nuevos empleados entraban y los contratos se reestructuraban, su salario se fue reduciendo sin que él se diera cuenta del todo. Recibía siempre menos de lo que valía, pero el agotamiento era tanto que ni siquiera se detenía a preguntar por qué.
Vivía a base de café. A veces frío, a veces negro como la culpa que ignoraba, siempre cargado.
No tenía horarios de comida y tampoco horarios de sueño. Dormía en intervalos de tres o cuatro horas, con alarmas programadas para que su cerebro no recordara cómo se sentía el verdadero descanso. La piel se le volvió más pálida, las ojeras más marcadas, y su ropa empezó a quedarle grande. A veces temblaba sin razón, otras veces, le dolía el pecho. A veces, olvidaba que existía un cuerpo que necesitaba cuidados.
Pero no se detenía, porque estaba por ascender. Solo debía aguantar un poco más.
El día que murió… amaneció raro.
Se levantó más lento que de costumbre. El suelo parecía inestable. Le costó enfocar los ojos en la pantalla de su celular. Vio las noticias: “Esta noche se verá una luna roja. Fenómeno astronómico poco común.”
Bufó.
Recordó la voz de su madre, diciéndole cuando era niño que él había nacido bajo una luna así. “Un presagio sagrado”, le decía ella, como si el cielo lo hubiera elegido para algo grande. Jungkook siempre se reía.
Jungkook llegó a la oficina sintiéndose más débil de lo normal. Se tambaleaba al caminar, y las luces blancas del techo parecían parpadear desconsoladamente ante sus ojos, pero su solución fue automática, necesitaba un café cargado, bien caliente, sin azúcar.
Seguro es sueño. No dormí nada anoche. Estoy bien.
Le temblaban las manos.
Estaban a mitad de una reunión con el equipo de imagen de un senador corrupto cuando simplemente se desplomó.
Nadie reaccionó de inmediato. Pensaron que se había desmayado. Un par de risas incómodas y otras de burla, siguió una pausa incómoda, una llamada de emergencia tardía.
Pero ya no había nada qué hacer.
Había muerto y todo su esfuerzo había sido en vano.
Cuando abrió los ojos, no estaba en la Tierra.
Ni en una sala de hospital, ni en el más allá.
Estaba acostado en un lecho ancho de sábanas suaves y extrañas, en una habitación que olía a incienso y jazmín. Lo primero que notó fue el silencio. Luego, su cuerpo.
Era él, pero no era él.
Vio su reflejo en el cuenco de agua y notó su piel, más suave, más limpia, mucho más joven y más etéreo.
Entró un joven de ropas finas, rostro amable y ojos de pétalo. Caminó hasta él con cuidado.
—¿Cómo se siente, mi señor?
—¿Quién eres tú? ¿Dónde estoy?
El pánico se apoderó de él. Se incorporó de golpe, pero su cuerpo lo traicionó. Todo le parecía ajeno.
—mi señor, por favor… cálmese.
Cuando Jimin pudo tranquilizarlo, le dio un pequeño cuenco con agua y lo sentó sobre la cama.
—mi señor, creo que tuvo un mal sueño y por eso esta un poco desorientado. Mi nombre es Park Jimin, soy su asistente personal, su sirviente y su omega de compañía.
¿Omega? ¿Compañía?
Jungkook no entendía nada.
—¿Omega de qué…?
—¿Se siente usted mejor, mi señor? —preguntó Park Jimin con voz baja mientras colocaba una bandeja con frutas dulces sobre la mesita baja de madera— Mi señor, me esta asustando. Pero con gusto le explicaré lo que quiera saber.
Jungkook lo miró. Sus pupilas seguían nubladas por la incredulidad.
—¿Qué soy…?
Jimin lo caminó hacia él y se arrodilló a su lado, con la espalda recta y las manos juntas sobre el regazo.
—Usted es Jeon Jungkook, omega noble, hijo del ministro del Este y esposo legítimo del general Kim Mingyu.
Jungkook frunció el ceño, negando lentamente con la cabeza.
—No, eso no… eso no puede ser. ¿Qué es eso de “omega”? ¿Qué significa? ¿Dónde estoy?
Jimin bajó un poco la mirada, no entendía la actitud de su amo, pero suspiró y trató de mantener la calma.
—Mi señor… —susurró— creo que aún está confundido por el agotamiento de la ceremonia de su boda.
Jungkook lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿de verdad estoy casado? No entiendo de qué estás hablando. No soy parte de esto. Yo no soy omega. Yo era un humano y tenía un trabajo. Vivía en una ciudad, comía comida rápida, bebía café. Yo… yo no soy esto.
—Mi señor —dijo Jimin con más calma— no existe otra forma de vida. Usted está aquí, en el Reino de la Diosa Luna. Y los alfas, betas y omegas son el orden sagrado de la existencia. Usted es un omega. Su cuerpo fue bendecido por la luna para concebir vida. Para dar continuidad a las líneas más nobles. Por eso Su Majestad arregló su matrimonio con el general.
Jungkook se echó hacia atrás, respirando agitadamente y se cubrió el rostro con las manos.
Jimin esperó. Siempre sabía cuándo debía guardar silencio.
—Yo… no puedo tener hijos —murmuró Jungkook tras un momento— eso no es posible. No tiene sentido, no puede ser real.
—Con su permiso, mi señor… —Jimin habló muy despacio— su cuerpo sí puede. Nuestro cuerpo de omega tiene un vientre en el que los alfas ponen a los cachorros. Mi señor, su aroma es dulce como las gardenias, su piel reacciona a los cambios lunares. Usted fue elegido por la Diosa y aunque su esposo no lo ha tocado aún, es legítimamente el esposo del general. Su vientre está en calma ahora, pero florecerá cuando llegue el momento… si así ustedes lo desean.
Jungkook lo miró y su voz se quebró.
—¿Esto es un sueño?
Jimin sonrió con dulzura y negó con la cabeza.
—Si lo es, mi señor… entonces los dos estamos soñando y no me importaría seguir aquí si es con usted.
Jungkook bajó la mirada, las manos temblando levemente.
—No quiero esto —murmuró— no lo pedí. Solo quería dormir una noche entera después de mi reunión. Solo quería descansar y ahora… esto.
Jimin se inclinó un poco más, colocando una mano ligera sobre el dorso de la de Jungkook.
—No está solo, mi señor. Yo estoy a su lado yaunque no entienda lo que siente… lo cuidaré, si me lo permite.
La residencia del general Kim Mingyu era un lugar amplio y bastante elegante. Estaba hecho de piedra, madera tallada, tapices con bordados de dragones. Nada parecía tener algo moderno, todo parecía sacado de templos antiguos, pero en lugar de antiguos, era el presente para el omega.
Jungkook estaba de pie, junto a Park Jimin, con las manos cruzadas delante del cuerpo. Su atuendo era ceremonial, pues apenas había pasado un día de su boda. Su cabello, recogido con cuidado, dejaba a la vista la línea de su cuello, y sus ojos grandes estaban fijos en la figura que se acercaba.
Kim Mingyu.
Era un alfa alto, de porte imponente, con la armadura aún parcialmente puesta sobre una túnica negra. El cabello atado en una coleta baja, la expresión era inexpresiva.
Ese era su esposo, o al menos eso decían.
Jungkook lo observó en silencio mientras el alfa se detenía frente a él.
Ninguno de los dos habló por un instante.
Mingyu lo miró de arriba abajo, evaluando al omega más hermoso, fértil y puro del reino, el cual era su esposo por mandato de su majestad. Aunque le hubiera gustado escoger a su esposo, si se negaba a ese matrimonio, le hubieran cortado la cabeza.
—Jeon Jungkook —dijo al fin, su voz era grave — hijo del ministro y ahora mi esposo.
Jungkook asintió, confundido por el tono seco.
—Sí, señor.
—Parto ahora hacia la frontera. No sé cuánto tiempo estaré fuera.
Silencio.
Mingyu giró hacia uno de sus sirvientes y comenzó a dictar órdenes como si Jungkook no estuviera allí.
—Que se le sirva la mejor comida tres veces al día. Que tenga agua fresca a toda hora. Que se le traigan los mejores tejidos, perfumes, lo que pida y que sea protegido. Con su vida, si es necesario.
—Sí, general —respondieron varios a coro, inclinando la cabeza.
Luego, volvió a mirarlo.
No se acercó, ni siquiera un centímetro.
—Eres mi esposo y eso te hace parte de mi casa. Sé leal, omega. Guarda las formas y no causes problemas.
Jungkook sintió que algo dentro de él se encogía.
—¿Eso es todo?
Mingyu no respondió, solo media vuelta y se marchó.
Un asistente le entregó el casco, otro ajustó las correas de su montura. Afuera, el sonido de cascos de caballo y estandartes ondeando rompía el silencio de la mañana.
Jungkook lo siguió con la mirada mientras caminaba hacia el gran portón.
Mingyu subió a su caballo sin mirar atrás.
Detrás de él, un ejército de soldados comenzó a moverse con orden y fuerza. El polvo se levantaba del suelo mientras las ruedas de los carros y los cascos de las bestias hacían retumbar la tierra.
Jungkook caminó hasta el umbral del pórtico.
El viento le agitó las mangas del hanbok blanco y el sol comenzaba a elevarse sobre el horizonte.
Y allí, lo vio alejarse, a ese alfa imponente que era su esposo.
No entendía por qué estaba allí, no sabía qué papel debía cumplir y terminaba de comprender aún si eso era un sueño o un castigo.
Pero lo único que sabía, era que acababa de ser dejado atrás por alguien que no lo miró dos veces.
—Jimin —murmuró, sin apartar los ojos del horizonte— ¿esto es el matrimonio?
Jimin, a su lado, bajó la cabeza con pesar.
—No, mi señor. No debería serlo, pero es el deber del general proteger al reino.