Capituló 1
¿Nunca les ha pasado que, al ser muchos hermanos en la familia, los mayores siempre hacen y dan lo mejor de sí, obtienen algunos privilegios y los que son menores nos hacen sentir que debemos ser como ellos o, en ocasiones, excluidos?
Pues ese no es mi caso; admito que tuve mis problemas en mi adolescencia, quería tener el poder y la libertad que tenían mis hermanos mayores.
Sin embargo, aquellos tiempos han quedado atrás, porque ya no tengo dieciséis años; ahora tengo treinta años y tengo mi propio negocio que forjé con mucho esfuerzo.
Del cual me siento totalmente orgullosa porque sé que mi familia está llena de mafiosos. Pero no me dedico a ese tipo de negocios. No vendo cosas ilegales, ni mucho menos me arriesgo a tanto como ellos.
Prefiero estar más alejada de ese mundo debido a un inconveniente que tuve hace muchos años y me di cuenta de que ese mundo no era para mí.
Sé que en algunas ocasiones corro el riesgo debido a que soy su hermana, pero no importa, me sé cuidar sola.
Mis padres no están del todo conformes con lo que me dedico; dicen que me la paso rodeada de muchos hombres; sin embargo, no me importa, sino todo lo contrario, me encanta tener el dominio sobre ellos.
Alguien toca la puerta, provocando que deje de pensar en mi infantil pasado.
—¡Entra, Sasha! —Estoy segura de que es ella, ya que es mi sobrina y mi asistente.
La puerta se abre; giro para encontrarme con mi sobrina de piel pálida, cabello oscuro, complexión delgada y los ojos verdes de mi cuñada Arianna, aunque también poseo los ojos verdes como ella.
Dejo de verla y volteo nuevamente para ver por la enorme ventana que tengo frente a mí.
—Los chicos la esperan. —Habla con esa voz tan delicada que pose y lo entiendo porque apenas tiene quince años.
—¿Tienes la lista para la fiesta de esta noche? —pregunto para estar segura.
—La tengo, pero hay un problema. —Añade —y volteo a verla.
—¿Qué problema? —la interrogó para saber qué pasa.
Ella está picando la tableta con sus delgados y delicados dedos. Pongo una sonrisa al ver a mi sobrina, ya que me recuerda a mí.
—La señora Romanova quiere asistir nuevamente a la fiesta. —Añade con su voz delicada.
Al escuchar el apellido de esa señora, pongo los ojos en blanco al recordar el inconveniente que tuvimos hace unas semanas.
—Respóndele y dile que no. Que su actitud de la vez pasada es inaceptable y más sabiendo las reglas —digo con voz decidida.
—Está bien. —Ella obedece mis órdenes y teclea algo en la tableta.
Termina de hacerlo; me observa detenidamente sin moverse de su lugar.
—¿Algo más? —pregunto para saber qué es lo que la detiene.
—No, nada —responde pegando la tableta a su pecho.
—Perfecto, puedes marcharte y ver que todo esté en orden para esta noche. —La mando y mi pequeña asiente.
Se aleja dejándome sola nuevamente; sigo viendo por la ventana, me encanta ver el paisaje, siempre he adorado ese tipo de cosas.
Suelto un suspiro. Doy la vuelta. Camino a través de la habitación en lencería blanca y con los pies descalzos. Ya que me encanta mi cuerpo. Además, en lencería me siento más libre.
Antes de salir, agarro la bata blanca que está sobre el diván de terciopelo beige y el par de sandalias plateadas con pedrería.
Dispongo a colocármela, sintiendo como la bata cae hasta los pies, amarrándola enfrente para cubrir mis atributos.
Mientras camino por los corredores de la enorme mansión, escucho el ruido que hacen las sandalias al caminar.
Sonrío alegremente al ver que logré comprar esta mansión después de varios años de trabajo duro.
Llego a la escalera, pongo mi mano izquierda en el barandal, doy el primer paso bajando con elegancia y delicadeza, sintiéndome una reina.
Al bajarlas por completo, Sasha me espera al final de estas; continúo mi camino girando a la izquierda, siguiendo derecho hasta llegar a un par de enormes puertas de madera, donde dos de mis sirvientes las abren para mí.
Entro en esta seguida de mi sobrina, las puertas se cierran tras mí y al frente contemplo a mi fuente de ingresos.
Diez hombres ya hacen frente a mí, sin camisa, mostrando sus esculpidos torsos, además de que así lo quiero para poder inspeccionarlos.
Camino acercándome a ellos y caminando frente a ellos.
Contemplo a cada uno de los hombres que tengo aquí; poseo variedad, algunos de piel blanca, morena y oscura.
Ojos claros, hasta oscuros, de diferentes estaturas, cabello rizado o liso, pero lo que todos tienen en común es el espectacular cuerpo escultural que poseen.
Cada uno entrenado por su servidora para complacer cada uno de los deseos de las mujeres.
En pocas palabras, mis negocios son exclusivamente de gigolós para complacer a las damas de la élite, ya sean casadas, solteras, viudas y solteronas.
Primero llegan a mí, me cuentan sus necesidades, qué es lo que quieren de un hombre, incluso me tienen que contar qué es lo que desean en las relaciones íntimas. Al terminar todo eso, firman un acuerdo de confidencialidad en el que ni ellas ni yo podemos decir nada de lo que pase mientras dure nuestro acuerdo.
Dado por finalizado todo el papeleo, procedo a escoger el mejor candidato que cumpla con los requisitos que ha puesto mi clienta. Pagan lo que cuesta estar con mis chicos. Y los agendo para que se encuentren.
Con la ayuda de mi amiga Kate organizamos una fiesta con la fachada de vender su joyería; así mis clientas se encuentran con mis chicos, se conocen y, si ella está complacida con él, salen del lugar para seguir con su diversión.
Kate sabe que tengo mi negocio, pero las ganancias que ella obtenga de sus joyas son para ella y las ganancias de mis chicos son solo mías. Solo nos apoyamos mutuamente para salir adelante.
Sin embargo, poseo varias reglas que deben cumplir tanto mis clientas como mis chicos.
Las reglas para mis clientas son:
Regla número uno: total confidencialidad, como ya lo había dicho.
Regla número dos: por nada del mundo se deben enamorar; si ocurre eso, se rompe todo lazo que me une a la clienta.
Regla número tres: si necesitan a uno de mis chicos fuera del país, los gastos proporcionados por mi chico deberán ser cubiertos por ella, aparte de que el pago por llevárselo será un poco más elevado.
Regla número cuatro: no se permiten drogas, ni ninguna sustancia ilícita (excepto el alcohol que sí está permitido).
Regla número cinco: no se permite comprarles ningún tipo de regalo, premio y objeto a ninguno de mis chicos.
Regla número seis: si recomiendan a una de sus amigas, estoy en mi derecho de negarme a darle servicio si veo que no es apropiada para mi negocio.
Regla número siete: deben poseer un anticonceptivo eficaz. Si se niegan a usar uno, estaré en mi derecho de negarles el servicio.
Regla número ocho: Deben darme un certificado de que no poseen ninguna infección, porque si tienen alguna, estaré en mi derecho de negarles servicio.
Al cumplir todos esos requisitos, podrán gozar de mis chicos tanto como ellas quieran…