Capítulo 1
Hola a ti, lector interesado,
mi nombre es Emilio Pérez Castillo,
de mí trata este relato sencillo;
digo, si te lo habías preguntado.
Año mil ochocientos veintinueve,
época donde el relato se mueve;
te contaré por completo esta historia,
no la olvido, aquí está en mi memoria.
Todo inicia en un pueblo mexicano,
país donde el maíz es cotidiano;
lugar del pollo en mole y los tamales;
y hasta son únicos los animales.
Hay bestias imponentes como los caballos
y hermosas aves pintadas como los gallos;
desde águilas surcando el basto cielo,
hasta serpientes que vagan por el suelo.
«Las Vacas» se llama este poblado,
que está en el centro de este país hermoso;
«Coahuila» le llaman al estado,
el cual pienso, ha de ser el más caluroso.
Aquí los días son candentes,
las tardes no tan diferentes;
las noches frescas, oscuras y estrelladas;
por los que aquí vivimos muy disfrutadas.
En este pueblo tan bello y tranquilo
es donde se desarrolla mi narración;
te cuento lo que hasta hoy recopilo,
esperando que aprendas alguna lección.
Siempre he trabajado de carpintero,
desde chico mi padre me lo enseñaba;
cada día aplicándole todo esmero,
aprendía mucho y eso me encantaba.
Componiendo mesas, fabricando sillas;
de lo más complejo, a cosas sencillas.
¡No me imaginaba lo feliz que me haría
aprender cada día la carpintería!
Todo empezó un día de la primavera,
cuando cumplía veintidós de edad,
que me preguntaba en mi soledad
si tendría una compañía sincera.
A una esposa es a lo que me refería,
alguien que llenara mi vida vacía,
a quien pudiera darle amor y alegría,
de quien me enamorara día tras día.
Parecía que el destino era malvado,
como si conmigo estuviera peleado,
pero esperaba que en algún momento
llegara la princesa de mi cuento.
Desde que era un joven solamente
no podía hablar con alguna mujer;
no sabía cuál causa podría ser
que me hacía a mí tan diferente.
Me dirán raro, lo sé,
pero es que mi vida siempre fue así,
no comprendía por qué
las mujeres se alejaban de mí.
Veía a hombres que a muchas enamoraban,
luego las engañaban, no las valoraban;
me decía: Si tuviera a una compañera,
bastaría para amarla mi vida entera.
Esa era mi principal tristeza,
pero habían otras rondando mi vida;
otra de ellas era la pobreza,
la cual parecía no tener salida.
Pues aunque con esfuerzo trabajaba,
no ganaba mucho dinero;
y al final muy cansado terminaba,
por trabajar el día entero.
Y es que en este país así estamos;
hay poca gente que vive en la riqueza,
hay otros que de esclavos son amos,
pero la mayoría vive en pobreza.
Aún así, no perdía la esperanza
de que mi estado podría mejorar;
yo tenía, de algún modo, la confianza
de que algún día todo iba a cambiar.
También sobre mi padre les quiero contar,
él fue el que siempre me inspiró,
me enseñó y su apoyo me dio;
me dijo que los sueños se pueden lograr.
Y lo que siempre deseé tener
fue un poderoso caballo,
tener la dicha de hacerlo correr
velozmente como un rayo.
Y entonces miré que vendían un buen potro,
con el señor de los caballos: don Severiano.
Era un potro bonito y se veía muy sano;
yo quería a ese caballo y a ningún otro.
Así que me esforcé y comencé a ahorrar,
y así algún día el caballo podría comprar,
hasta pensaba en nombres que le podría dar;
«será mío», me lo repetía sin parar.
Así es como todo comenzó,
como inició toda esta historia;
pero hubo algo que todo cambió
y levantó toda mi euforia.
Con el sudor de mi frente
trabajaba duramente;
con el martillo estaba clavando,
pues una mesa andaba arreglando.
Esa misma tarde cuando en mi casa estaba,
vi que el carruaje de don Agustín llegaba,
no me sorprendió que trajera una cama,
sino que a él lo acompañaba una dama.
Al instante bajó don Agustín,
también bajó aquella joven mujer,
la cual era de bello parecer;
hermosa, como una flor de jazmín.
Tenía cabello largo, dorado,
lindos ojos de zafiro azulado,
pequeñas manos delicadas,
y mejillas como de hadas.
Mi corazón se aceleró,
mis ojos se llenaron de brillo;
y sentí que el pie me dolió
porque encima le cayó el martillo.
—Hola —dijo ella con una sonrisa,
de pronto me quedé paralizado;
pero don Agustín habló de prisa
para que yo me quedara callado:
—Quiero que me arregles esta cama bonita,
pero es muy cara, mucho cuidado;
la quiero cuanto antes, mi hija la necesita,
pues desde hoy vivirá en el poblado.
En mi catre, acostado, mientras descansaba,
viendo a la ventana la noche silenciosa;
profundo respiraba y tan solo pensaba
en aquella muchacha, la joven hermosa:
Si tan solo yo fuera su amigo,
o tal vez ser esposo de esa mujer.
¡Pero qué locura es la que digo!
Un amor como ese no podría ser.
Pues ella es alguien con dinero,
y yo soy un pobre carpintero;
será mejor que ya no piense eso,
Pues sería un imposible suceso.
La tarde siguiente fui al pueblo de enseguida,
buscaba nopales para hacer la comida,
me gustaría que, ya picados, los vendieran a tu hogar,
pero es como un sueño, a venderlos así no podrán llegar.
Cuando terminé la cosecha, emprendí regresar,
atravesé el pueblo y a mi casa estaba por llegar,
cuando miré a don Ernesto en la pared recargado,
y me dijo con voz seria—: Algo malo ha pasado.
—¿Qué sucedió? —respondí confundido—,
¿Dónde está mi padre? ¿A dónde ha ido?
—Y me dijo—: Por favor, ten paciencia,
con el médico ha ido de urgencia.
—¿Por qué? ¿Qué le ha pasado?
—contesté preocupado.
—En su pecho sentía un gran dolor,
—dijo don Ernesto el agricultor.
Y dijo—: Lo siento, me tengo que ir,
el sol pierde fuerza pues el día declina;
voy a mandar a mis bestias a dormir,
y también me urge llegar a la letrina.
Entonces muy pensativo me quedé,
pues lo que había pasado recordé;
cuando mi madre aún vivía,
amaneció enferma un día.
Nadie sabía lo que tenía,
era un dolor insoportable,
algo que a ella la consumía,
una enfermedad incurable.
Intentamos de todo para ayudarla,
pero ella empeoraba cada vez más,
hasta que al final me sentí incapaz;
no funcionó nada, no pude salvarla.
Llegó el peor día que había tenido,
pues mi madre había fallecido,
un grave dolor en mí sentía,
no saben cuánto lloré ese día.
Querido lector que esto lees,
si tú a tu madre aún la tienes,
no solo le digas que la quieres,
demuéstraselo con actos fieles
Porque un alago, un beso o un abrazo
fácilmente lo puedes fingir,
pero verte obedecerle y hacerle caso
es algo que ella va a preferir.
La noche estaba llegando,
la luz ya estaba menguando,
el cielo se tornó naranja,
silencio se oía en la granja.
Miré allá enfrente, a lo lejos,
una sombra que se acercaba,
con sus zapatos bermejos,
y a paso lento caminaba.
Mi padre era que había vuelto.
—No te preocupes —me dijo—,
todo resultó bien, mi hijo,
tan solo es que estoy un poco esbelto.
—¿Qué pasó? Aún no lo entiendo,
—le dije con gran asombro.
—De pronto yo estaba sintiendo
un dolor del pecho al hombro.
»Me quedé paralizado,
el dolor más se agudizaba;
y aun estando sentado,
mi cuerpo muy fuerte temblaba.
»Querido hijo, no estés preocupado,
el dolor aquel se me ha quitado,
y el médico dijo que nada malo pasa;
así que será mejor regresar a casa.
Recostado, pensaba esa noche,
los grillos cantaban su dulce canción,
sentía en mi ser un gran reproche
que partía mi alma y mi corazón:
¿Qué has hecho tú por tu buen padre?
Lo mismo que hiciste a tu madre;
llenarlos de angustia, hacerlos llorar,
nunca entendiste lo que puede pasar.
De tu madre hoy dices que la querías,
pero en vida, casi nunca obedecías,
ahora que ya no está aquí a tu lado,
te sientes débil, te sientes turbado.
¡Yo no quiero pasar por eso otra vez!
Porque desmayaría, ¿O yo qué sé?
Veo a mi padre llegando a su vejez;
el tiempo transcurre y no vuelve —pensé.
Recuerdo cuando era un pequeño niño,
mi madre me trataba con cariño,
aunque a veces la desobedecía,
con amor siempre ella me consentía.
Ahora que soy adulto tengo este sentir:
cuidar a mi padre será mi deber,
aún mucho más que a mi cuerpo y mi ser;
no quiero que la historia se llegue a repetir.
Ya era el siguiente día, y me puse a trabajar;
la cama de esa joven tenía que terminar,
y justo cuando la estaba recordando,
la carreta suya venía llegando.
Se acercó don Agustín y la joven bella;
los ojos de ella brillaban como una estrella.
Acercándose hacia mí, se detuvo y dijo—: Hola—
más dulce que el sonido de una guitarra española.
Cuando estaba pensando qué podría yo decir,
dije—: Hola, soy Emilio —Con una sonrisa.
La mirada de su padre podía en mí sentir,
y ella me responde—: Mucho gusto, yo soy Luisa.
—En una hora por la cama regresaré
—me dijo su padre con un tono molesto.
—No hay problema, la tendré lista —le contesté.
—¡Vámonos! —dijo a su hija haciendo un gesto.
¿Ahora qué podrá ser lo que le diga?
—me quedé de pronto pensando—.
Espero no le prohíba ser mi amiga,
—Nervioso, seguí trabajando.
En una hora el trabajo listo quedó,
luego don Agustín solitario regresó;
subimos la cama y me pagó el dinero,
pero antes de irse me dijo primero:
—Allá en un país, de aquel lado del mar,
había un rey que era rico sin par,
y a su hija que era la princesa,
todos admiraban por su belleza.
»Había también un caballero muy pobre,
tan solo tenía unas monedas de cobre,
ideó casarse con la princesa,
y del rey heredar la riqueza.
»Comenzó a hostigarla hasta que ella se hartó;
ella enojada a su padre le contó;
este ordenó que le cortaran la cabeza.
Así es como esta historia termina en tristeza.
Y le dije—: Mi padre esa historia me contaba,
pero de una forma diferente;
pues la princesa del caballero se enamoraba,
y el rey se convencía finalmente.
—¡Esta es otra historia, tonto!
—me insultó así de pronto—,
todo fue de mi invención
para darte una lección.
»Solo escucha, memoriza,
y aprende bien esta frase:
no intentes nada con Luisa,
tú no eres de nuestra clase.
—No intentaré nada con ella —dije yo.
—Entonces ya quedas advertido
—dijo don Agustín y luego se marchó;
y otra vez me quedé pensativo:
Parece ser que este será el fin
por lo que dijo don Agustín,
Lo que ordenó cumpliré sin aplazo,
¿O qué tal si mejor no le hago caso?