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El túmulo de los desterrados

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Sinopsis

En "Túmulo", Aurora y Derek, dos almas traicionadas por sus propios compañeros, son arrojados a un laberinto subterráneo conocido como el Túmulo de los desterrados, un lugar oscuro y letal lleno de criaturas y peligros. Unidos por el abandono y la lucha por sobrevivir, forjan un vínculo inquebrantable mientras enfrentan bestias y descubren secretos antiguos. En una sala oculta, encuentran un ritual místico que los transforma, fusionando sus cuerpos y almas con un poder sobrenatural. Con habilidades mejoradas y una conexión profunda, emergen un año después al mundo exterior, listos para vengarse de quienes los traicionaron. Esta épica historia de fantasía oscura combina traición, supervivencia, amor y venganza, mientras Aurora y Derek se convierten en una fuerza imparable dispuesta a cambiar su destino y el del mundo que los traicionó.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Nicolas Aravena
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

abandonados

Aurora

El frío de la madrugada se colaba por las rendijas del refugio. Aurora ajustó su capa mientras el grupo Drenhaal dormía disperso entre pieles sucias y restos de comida. No era la primera vez que sentía que no pertenecía, pero esa noche, algo en el silencio la puso en alerta.

Ely, la líder, se le acercó en la penumbra. Su rostro, elegante y cruel, dibujaba una sonrisa fingida.

—Ven conmigo —susurró.

Aurora la miró con desconfianza, pero asintió. Cualquier oportunidad para demostrar su valor era mejor que pasar otra noche siendo ignorada.

Cruzaron un pasillo de piedra agrietada. Krelthas y Veisha las seguían unos pasos más atrás. Nadie hablaba. Solo una antorcha iluminaba el camino.

Al llegar al final, un agujero inmenso los esperaba. Ely lo señaló.

—Ahí está lo que buscamos.

Aurora no veía nada. Dio un paso al borde y murmuró:

—No hay nada ahí...

Se giró para preguntar, pero solo alcanzó a ver el pie de Ely lanzándose hacia su pecho. El golpe fue brutal.

Cayó.

Oscuridad. Aire que se volvía piedra. Silencio roto por el crujido de su cuerpo al impactar.

Derek

El sudor le ardía en los ojos mientras trepaba por el risco. Koru le había dicho que una “prueba final” lo esperaba en la cima. Te hará fuerte, le había dicho. Te hará uno de nosotros.

Cuando llegó, jadeando, solo encontró silencio. Una antorcha encendida junto a una inscripción marcada en sangre:

“El débil no regresa. El fuerte no cae.”

Sintió un escalofrío. Detrás de él, el sonido de pasos… Jared.

—¿Qué es esto? —preguntó Derek, con el corazón golpeando su pecho como un tambor.

Jared no respondió. Su rostro estaba tenso, sus ojos esquivaban los de su amigo.

Entonces llegaron los demás. Koru al frente, seguido de Sutha y Morvik.

—No podemos cargar con lastres —dijo Koru.

Desenvainó su espada y, con un corte brutal, rasgó el pecho de Derek hasta su rostro. Luego lo empujó al abismo.

Mientras caía, lo último que vio fue la mirada de Jared. Lleno de culpa. Pero inmóvil.

El Túmulo

Ambos despertaron en lugares distintos del laberinto. El aire era espeso, húmedo, y olía a piedra podrida.

Aurora intentó incorporarse. Tenía el hombro dislocado. Se lo acomodó sola, con un grito seco que se perdió en la oscuridad. Caminó. Sangraba. Sus pies arrastraban polvo y ecos.

Derek se arrastró por un túnel angosto. La herida en su rostro latía con cada pulso. Estaba vivo. Apenas. Sabía que si no se movía, no duraría mucho más.

El encuentro fue accidental.

Aurora bajaba por una escalera rota cuando lo escuchó: una respiración agitada, el crujido de piedra suelta. Él, al pie del descenso, se había detenido.

Ambos se miraron. Callados. Sucios. Doloridos.

Derek alzó una piedra. Aurora desenfundó una daga vieja.

—No quiero problemas —gruñó él.

—Los problemas ya me los dejaron allá arriba —respondió ella.

Un rugido cortó la tensión. Una criatura cuadrúpeda, huesuda y de ojos lechosos emergió del pasadizo tras ellos.

No hubo tiempo para dudas.

Peleaban o morían.

Derek lanzó la piedra con fuerza, pero fue inútil. La criatura la esquivó con agilidad antinatural y cargó contra él. Derek echó a correr por instinto, pero no fue suficiente. El monstruo saltó sobre él y lo derribó.

Forcejeó, sujetando como podía las mandíbulas del engendro. Logró alzar una mano, temblorosa, y la clavó en el ojo de la criatura. Una chispa brotó entre sus dedos, seguida de una explosión repentina. El impacto hizo que la bestia se echara hacia atrás con un gruñido desgarrador.

Derek intentó incorporarse, pero un zarpazo lo lanzó varios metros. Golpeó el suelo con fuerza y rodó hasta quedar inmóvil. Abrió los ojos justo a tiempo para ver cómo la criatura se acercaba, su rostro parcialmente calcinado y más furioso que nunca.

Entonces Aurora apareció por detrás. Saltó sobre el lomo de la bestia y se aferró a su espalda. Derek la miró, sorprendido. Aurora desenfundó su daga y la clavó en el cuello del monstruo. Este chilló de dolor, sacudiéndose con violencia. Ella sostuvo la empuñadura con ambas manos, sacó la hoja y la hundió con furia en la cabeza. La criatura cayó. Y ella con ella.

Ambos quedaron tendidos, respirando con dificultad.

Derek se levantó con esfuerzo. Se acercó, le tendió la mano y la ayudó a incorporarse.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Aurora —respondió ella, aún jadeando.

—Yo soy Derek... y gracias por salvarme.

Aurora asintió en silencio. Sus miradas se cruzaron unos segundos, y luego observaron la cueva. El ambiente era opresivo, el techo apenas visible. Solo pequeñas vetas de cristales luminiscentes alumbraban la oscuridad con un tenue resplandor violeta.

Derek siguió caminando. En el suelo encontró una espada vieja, oxidada. La levantó y sin mirar atrás se adentró más en la caverna.

—¿A dónde vas? —preguntó Aurora.

—A salir de este infierno. Y a matar a mi jefe.

Aurora frunció el ceño y lo siguió.

—¿Por qué a él?

Derek le contó lo ocurrido. La traición. El corte en su rostro. La caída.

Aurora escuchó en silencio. Luego respondió:

—Te entiendo. A mí me hicieron lo mismo.

—¿También tu grupo?

Aurora asintió. Le narró su abandono, el engaño, la caída.

El silencio se instaló entre ellos, denso pero compartido.

—Quiero salir de aquí —dijo él al fin—. Y cuando lo haga, voy a acabar con cada uno de los Skarn. Si tú también quieres venganza... podríamos ayudarnos.

Aurora lo miró. Dudó. Pero luego asintió con firmeza.

Derek le tendió la mano. Ella la tomó. El pacto era simple. Brutal. Real.

Caminaron juntos durante horas, avanzando entre túneles y sombras hasta que un zumbido rompió el silencio.

Una flecha atravesó el abdomen de Aurora. Su grito fue ahogado por el eco de la piedra. Cayó de rodillas. Derek la sostuvo antes de que tocara el suelo.

De las esquinas emergieron orcos. Altos, con armaduras negras de hierro corroído. Uno de ellos habló con voz áspera y grave:

—Morirán aquí.

Derek se puso de pie, furioso. Miró a Aurora desangrándose entre sus brazos. Algo se rompió dentro de él.

Los orcos avanzaban, confiados.

Derek apretó los dientes. Su cuerpo comenzó a chispear. Sus ojos brillaron con un rojo intenso. Alzó ambas manos, las palmas abiertas, y gritó con rabia.

Una explosión gigantesca llenó la cueva.

Los orcos volaron por los aires, desintegrados en un instante. El temblor posterior sacudió la caverna. Rocas caían. El suelo se abrió bajo ellos.

Derek tomó a Aurora en brazos e intentó correr, pero fue tarde. El piso se derrumbó y ambos cayeron.

Rodaron por una pendiente de piedra suelta y cayeron en un lago subterráneo. El agua helada los envolvió.

Derek salió a la superficie, jadeando, y buscó a Aurora desesperado. La encontró flotando. Nadó hasta ella y la sacó a la orilla.

Aurora no respiraba.

Derek la colocó en el suelo y presionó su pecho. Le dio respiración boca a boca.

—Vamos... vamos, por favor...

Entonces, ella tosió. Abrió los ojos con dificultad.

Derek sonrió, aliviado.

—Aguanta —le dijo—. Ya va a pasar.

Rompió el extremo de la flecha que seguía atravesándola. La cargó con esfuerzo y la llevó hasta un rincón más seco, rodeado de raíces y madera vieja.

Hizo fuego como pudo. El calor envolvió sus cuerpos temblorosos.

Pasaron unas horas. Derek calentó la punta de la navaja de Aurora con las brasas. Ella lo observaba, pálida, respirando con dificultad.

—Esto va a doler —le advirtió.

—Hazlo.

Derek respiró hondo. Le sacó la flecha con cuidado y, sin perder tiempo, aplicó el metal candente sobre la herida.

Aurora gritó, retorciéndose. Derek la sostuvo.

—Ya pasó... ya pasó...

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