1 *ૢ
El mundo de Jungkook se sentía como una película sin pausa: luces cegadoras, gritos, euforia, cámaras, cuerpos rozándose, agendas imposibles y mentiras bellamente disfrazadas de estrategia. Dormía poco, comía peor, y sonreía por compromiso más que por emoción. Había aprendido a encantar, a complacer, a fingir.
Era el rostro perfecto de una industria que devoraba incluso a quienes más brillaban.
Y luego estaba Jimin.
La antítesis de todo eso.
Conoció a Jimin un jueves helado de enero. Acababa de terminar una firma de autógrafos, una de esas donde le preguntaban si estaba bien mientras le exigían sonrisas más anchas y autógrafos más rápidos. Necesitaba escapar. Se puso una sudadera, se encasquetó una gorra negra y caminó sin rumbo, hasta que el olor a pan horneado lo atrajo como un faro. Una cafetería pequeña, escondida entre calles con hojas secas y charcos grises. Casi vacía. Casi invisible.
Entró sin esperar nada.
Y entonces lo vio: Jimin, detrás del mostrador, canturreando suavemente mientras limpiaba con cuidado una taza rota. Tenía las mejillas sonrojadas por el vapor, un suéter ancho que le colgaba de los hombros, y una sonrisa tranquila que no parecía fingida.
No gritó al verlo. No se sobresaltó.
Solo le dijo con voz suave:
—Está muy frío hoy. Puedes quedarte adentro si gustas. Nadie te molestará aquí.
Ese fue el comienzo.
Volvió al día siguiente. Y al siguiente.
Al principio solo hablaban del clima, del tipo de café que prefería, del pan de canela que a veces quedaba al final del día. Jungkook encontraba en esas conversaciones algo que ni el dinero ni la fama le habían dado nunca: silencio que no juzga, compañía que no exige.
Luego vinieron las conversaciones más largas. Las miradas prolongadas. Las tardes donde Jungkook leía partituras mientras Jimin trapeaba el suelo, y las noches donde se quedaban hablando por mensajes que ninguno se atrevía a borrar. Todo era simple. Íntimo. Casi invisible. Y profundamente adictivo.
Fue Jungkook quien lo besó primero.
Una noche, después de haber dormido en el sofá del pequeño departamento de Jimin, bajo una manta delgada y rodeado de olor a jabón barato y eucalipto, lo miró con los ojos cansados y le dijo:
—No me mires así. Como si valiera la pena.
Jimin sonrió.
—Es que lo haces, aunque no lo creas.
Jungkook lo besó con torpeza, con hambre, con miedo. Como si besar a alguien que no pertenecía a su mundo fuera un pecado… pero uno del que no podía escapar.
Así comenzaron. Sin promesas. Sin títulos.
Solo ellos dos, compartiendo rincones que nadie más conocía.
Pero amar a alguien como Jungkook no era sencillo.
Y estar con él… era, poco a poco, una forma de desaparecer.
—¿No te molesta que nunca salgamos juntos? —le preguntó Jimin una vez, mientras doblaba su ropa. Era de noche. Jungkook estaba acostado, con el rostro hundido en una almohada.
—¿Salir juntos? ¿Te refieres a en público?
—Sí.
Jungkook tardó en responder.
—No es buena idea. Podría lastimarte. Ya sabes cómo es este mundo.
Jimin asintió.
Lo entendía. O al menos quería creer que lo entendía.
Pero en el fondo, una pequeña voz comenzaba a murmurarle que quizás lo que Jungkook no quería… era compartirlo.
La relación siguió creciendo como una planta en una habitación sin ventanas: viva, pero pálida.
Jimin lo cuidaba. Lo amaba con ternura silenciosa. Cocinaba cuando podía, dejaba notas escondidas en su maleta antes de que saliera de gira, soportaba titulares crueles, rumores constantes, y fotografías de Jungkook rodeado de otras personas, de cuerpos más bellos, de rostros más “perfectos”. Sabía que la industria era así. Sabía que Jungkook tenía que mantener una imagen.
Pero una cosa era comprenderlo.
Y otra era fingir que no dolía.
Cada vez que Jungkook llegaba tarde —con el cuello marcado, con el celular sin batería, con ojeras y el alma ausente— Jimin fingía no ver.
—¿Cenaste? —preguntaba, en lugar de “¿con quién estuviste?”.
Y Jungkook asentía, a veces sin mirarlo.
El amor de Jimin era tan generoso que daba vergüenza.
Y sin embargo, Jungkook comenzó a darlo por sentado.
Se acostumbró a que todo estuviera listo.
A que el apartamento oliera a hogar.
A que Jimin lo esperara.
A que lo perdonara.
No lo hacía con crueldad.
Solo con descuido.
El tipo de descuido que nace cuando alguien cree que el amor estará ahí para siempre.
Pero algo en Jimin comenzó a cambiar.
Aquel corazón que antes latía solo por él… empezaba a agotarse.
Se dio cuenta un martes por la noche, mientras doblaba la camisa de Jungkook y sentía otro perfume impregnado en ella. Era caro, floral, ajeno.
Se quedó inmóvil un momento, con la tela entre los dedos.
Y entonces, sin saber por qué, lloró.
Lloró sin ruido, de espaldas al mundo.
Como si cada lágrima fuera una factura no cobrada.
Sabía que no podía seguir así.
Pero también sabía que aún no estaba listo para irse.
Porque el amor —el verdadero, el que nace sin pedir nada— tarda en morir.
Y cuando muere, lo hace en silencio.
Esa noche, mientras Jungkook dormía a su lado, respirando hondo y sin preocupaciones, Jimin se quedó despierto, mirando el techo. No pensaba en venganza, ni en castigos, ni siquiera en confrontarlo. Solo pensaba en lo mucho que había dado… y en cómo él, que lo había amado todo, aún no se sentía suficiente.
Solo entonces comprendió algo.
No estaba dolido porque Jungkook no lo amara.
Estaba dolido porque no sabía cómo.
Y eso era lo que más pesaba.