El Último Bulto.

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Sinopsis

Para el joven Mark Spencer, la guerra no tiene el rostro de un héroe, sino el hedor de la descomposición. Arrancado de su vida como mecánico en Ohio, su misión no es combatir, sino limpiar los despojos del combate, una tarea que la burocracia militar llama eufemísticamente "saneamiento". Para no quebrarse ante el horror, su mente crea una barrera: los cadáveres dejan de ser humanos para convertirse en "bultos", un peso muerto que simplemente hay que mover y registrar. Pero a medida que el olor a muerte se adhiere a sus recuerdos y corrompe su alma, Mark comprende que en esta macabra línea de producción, él es solo una pieza más. En un mundo donde la vida se mide en bolsas negras, él empieza a vislumbrar el final de su propia lista, preparándose para convertirse en lo que tanto ha temido y manejado: el último bulto.

Genero:
Thriller
Autor/a:
Noir Felshade
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

La oscuridad tiene un peso, sí, pero también un sabor y una textura que se han vuelto tan familiares como la propia saliva. Ya no es la mera ausencia de luz, como un niño podría definirla, sino una entidad con voluntad propia, una presencia densa y aceitosa que se compacta en los pulmones con cada inspiración, recordándome que el aire mismo está contaminado por la memoria. Se arrastra bajo la piel, un escalofrío perpetuo que ni el sol más inclemente del desierto logró evaporar, ni las noches heladas consiguieron congelarse del todo. Es un compañero constante, este sudario invisible que me envuelve.

A veces, en los raros interludios entre el presente opresivo y los recuerdos que acechan como hienas, creo recordar un mundo diferente. Un eco lejano, distorsionado, como una transmisión de radio captada desde una galaxia moribunda. Había colores entonces, o eso me dice una parte de mi cerebro que aún lucha por encontrar patrones lógicos en el caos. El verde de los árboles y azul pálido del cielo de Ohio al amanecer, el rojo vibrante del viejo Ford de mi padre. Ahora, esos colores aparecen teñidos, manchados. El verde es el de los uniformes desgarrados y cubiertos de moho; el azul, el de los labios de un cadáver que lleva demasiado tiempo expuesto al frío; el rojo… ah, el rojo es el color primordial, el que lo impregna todo, desde el óxido de la sangre seca hasta el brillo húmedo de las entrañas frescas.

Los olores también eran diferentes. El aroma del café por la mañana, el del césped recién cortado, el perfume barato de Sarah en nuestra primera cita. Olores que prometían vida, continuidad. Ahora, mi universo olfativo es un catálogo de descomposición. La dulzona y penetrante fetidez de la carne humana pudriéndose bajo el sol implacable, un aroma que se te adhiere al paladar y a los senos nasales durante días, semanas. El hedor químico del desinfectante clorado, tan agresivo que quema las fosas nasales, pero nunca lo suficientemente fuerte como para erradicar la peste subyacente. El olor a metal quemado, a plástico derretido, a tierra removida y a miedo coagulado. He aprendido a clasificar los matices de la muerte con la precisión de un sommelier macabro.

Las formas humanas. Hubo un tiempo, lo juro, en que un cuerpo evocaba una historia, una posibilidad, una conexión. Un rostro era el mapa de una vida, unas manos, las herramientas de un propósito. Ahora, solo son contornos, siluetas que definen una tarea. Recogida. Clasificación. Embolsado. Disposición final. Un bulto. Eso es lo que son. Un objeto que hay que mover del punto A al punto B. Una masa inerte que interrumpe la pulcritud aséptica de un informe.

La palabra "bulto" no llegó de inmediato. Al principio, intenté usar los términos oficiales: "restos", "bajas", "fatalidades". Pero eran demasiado clínicos, demasiado distantes para el trabajo manual y sucio que realizábamos. "Cadáver" era demasiado directo, demasiado humano. Necesitaba algo que me permitiera crear una barrera, un espacio entre la cosa que tenía entre mis manos enguantadas y el ser humano que una vez fue. "Bulto" funcionó. Implica peso, incomodidad, algo que simplemente está ahí y necesita ser retirado. Un problema logístico, no una tragedia existencial. Aunque, por supuesto, siempre fue ambas cosas.

Y siempre, siempre hay otro bulto. Como una marea implacable, la guerra los arrastra a nuestras costas improvisadas. No importa cuántos recojamos, cuántos procesemos, la línea de producción de la muerte nunca se detiene. A veces, en medio de la noche, cuando el generador de la base falla y el silencio se vuelve tan denso como la oscuridad, me pregunto si el universo entero no es más que una vasta cinta transportadora de bultos, moviéndose inexorablemente hacia un olvido final.

Pronto, solo quedará uno. El último. He visto suficientes finales como para reconocer el prólogo del mío. El ciclo debe completarse. La limpieza debe ser total. Y este último bulto, el que pondrá fin a la cuenta, el que ya no requerirá una bolsa negra ni una etiqueta… ese, ese soy yo. Mark Spencer. O lo que queda de él. Preparado para ser el punto final de mi propia y sórdida historia.