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El amor todo lo sufre

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Sinopsis

Elias y Cassiel son dos jóvenes que han crecido dentro de una comunidad religiosa, entre versículos y promesas que no siempre comprenden del todo. En el campamento de jóvenes de su iglesia, no pueden evitar coquetear entre risas y bromas. Pero lo que parecía solo un juego, de pronto se siente demasiado real. Ambos saben que no deberían sentir lo que sienten. Pero, ¿cómo callar al corazón cuando empieza a hablar? ¿Vale la pena arriesgarlo todo por algo que incluso a ellos les parece incorrecto?

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Delphes
Estado:
En proceso
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Primer dia

Narrado por Elías.

El primer día siempre huele a pasto recién cortado, a bloqueador solar… y a secretos que aún no tienen forma.

El bus apenas se había ido cuando ya todos se dispersaban: unos inflaban colchones, otros recorrían el lugar o levantaban sus carpas a toda velocidad.

Vi a Cassiel ayudando a Olivia y Alicia con la suya. Mientras tanto, yo observaba en silencio a cada uno de los presentes: varios nuevos, muchos conocidos.

Siempre es bueno volver. Las actividades (si ganas, lo disfrutas aún más), la comida, las oraciones y las personas... Algunas personas.

—¿No vas a armar tu carpa? —me preguntó Cassiel, sin dejar de ajustar las estacas de la suya.

Me encogí de hombros.

—Estoy esperando que el suelo se ablande solo.

Él sonrió. No cualquier sonrisa: su sonrisa.

Esa que muestra todos los dientes y parece que se le escapa sin permiso. Cassiel nunca puede fingir una sonrisa.

—Suerte con eso, mártir.

—Al menos no vine a ganarme el cielo armando carpas ajenas —le dije, y crucé los brazos.

Cassiel me lanzó una mirada rápida y la sonrisa le quedó un momento más en la cara.

-¿No me digas que estás celoso? Si solo hice la de Liv, quien, según recuerdo, es mi pareja. - Aclara medio en burla

-Mejor dime que no me amas. - Suspiro dramáticamente, poniendo mis manos en mi rostro fingiendo llorar.

—¡Chicos! ¡Reúnanse por aquí! —nos llama Ethan, de la directiva juvenil.

—Bien, chicos, una vez todos reunidos, vamos a repasar las reglas para evitar inconvenientes —dice, con su entusiasmo habitual.

Escucho la explicación una vez que me acerco lo suficiente.

La mayoría ya nos sabemos esas reglas. Siempre son las mismas:

A las nueve, todos en el desayuno.

Hay horarios establecidos.

Las chicas por un lado y los chicos por otro.

No piscina después de la cena.

El día que te toque comisión, ve a comisión y colabora.

Asistir a las reuniones y actividades.

—Cualquier conducta inapropiada será reportada a los encargados de sus ciudades —remata Mateo, como siempre.

No entiendo por qué pierden tiempo explicando las reglas. Hasta ellos mismos las rompen.

—Menos mal que ambos somos chicos, ¿cierto? —me sobresalta la voz de Cassiel por la espalda.

—¿Qué? —pregunto, confundido—. Estaba en otra, lo siento.

—Que menos mal ambos somos chicos, y la regla no nos perjudica —repite Cassiel, sonriendo.

Río, negando con la cabeza, cuando me guiña un ojo y sigue su camino.

Cassiel y yo hemos hecho estás bromas desde el año pasado. Es como un juego, todos se rien con nuestros "coqueteos" y molestan a Olivia, la polola de Cassiel, con eso. Pero, son bromas, así que en verdad nadie se molesta con ellas.

---˖†. ༶ ⋆˙⊹❀♡❀˖†. ༶ ⋆˙⊹---

Después del almuerzo vino la primera actividad.

La llamaban “el reloj”. Consistía en tener una hoja con un reloj (duh) y escribir, en cada hora, una persona diferente.

Y cuando el encargado decía una hora, te juntabas con la persona que habías anotado ahí para charlar por tres minutos enteros.

Sí, incómodo.

—¡Una de la tarde! —gritó Ethan desde el centro del círculo.

Me tocó con Benjamín, un chico nuevo de Talca. Tenía una cruz enorme colgando del cuello y hablaba como si cada palabra fuera parte de un testimonio. Me preguntó qué versículo me representaba. Le dije “Jesús lloró”. No le causó gracia. A mí sí.

—¡Seis de la tarde!

Ahora con Marina. Siempre trae cuadernos decorados y un estuche con cien lápices. Es un poco mandona pero divertida y amable. Me preguntó si me gustaba alguien. Le dije que sí. Me preguntó quién. Le dije que era secreto. Se fue con curiosidad.

—¡Cuatro de la tarde!

Cassiel.

Por supuesto que lo anoté en alguna hora.

Se acercó levantando su hoja como si fuera una broma compartida, y solo la bajó cuando se sentó frente a mí.

—¿Y… cuál es tu película favorita? —preguntó, sonriendo.

—Creí haberte respondido eso en la misma actividad… hace un año —recordé con una sonrisa. Mi película favorita es "Como si fuera la primera vez", pero no le diré.

—¿Y creíste que iba a acordarme?

—Esperaba que sí.

"—Mmm… no recuerdo bien tu película favorita, pero ¿sabes qué sí recuerdo? —dice, acercándose más, como si fuera un secreto.

Inclina apenas el cuerpo hacia adelante, como si de verdad lo que va a decir tuviera peso. Por un segundo, creo que va a decir algo importante. Algo que me deje sin aire.

—Recuerdo que en esta misma hora, el año pasado, te sentaste igual que ahora —continúa—. Y no dejaste de mirar al suelo ni un solo segundo.

—No es cierto —digo, pero me río.

—Lo es. Hasta te acomodaste los cordones tres veces para no levantar la vista.

—Qué observador.

—Qué nervioso estabas.

—No estaba nervioso —miento, con toda la tranquilidad que puedo fingir.

—Claro, claro… —responde, sin dejar de sonreír. Pero ya no es una sonrisa tan burlona. Ahora es más suave.

Me mira como si quisiera decir algo más. Como si lo pensara. Pero al final, no lo hace. Solo juega con la pulsera de su muñeca, una que lleva desde que lo conozco.

—Y tú —digo yo ahora—, el año pasado no dejabas de rascarte la nuca cuando hablabas conmigo.

—¿Yo?

—Sí. Es tu tic.

Cassiel se pasa la mano por la nuca, de inmediato.

—Eso no cuenta. Eso lo hago siempre.

—Especialmente cuando estás incómodo.

—No estoy incómodo —responde, aunque ahora tiene las orejas rojas.

Nos quedamos callados por un segundo. El tipo de silencio que no molesta. Que incluso se siente bien.

Quiero decir algo, pero no sé qué. Tengo tantas palabras atrapadas en la lengua que ninguna se atreve a salir.

Entonces Cassiel habla primero:

—¿Sabes qué más recuerdo? —dice, sin mirarme directamente.

—¿Qué?

—Ese día… también se nos acabaron los tres minutos justo cuando empezaba a ponerse interesante.

—¿Hoy o el año pasado?

—Ambos.

—Qué conveniente —respondo, tratando de no sonar más torpe de lo que ya me siento.

—Qué frustrante —dice él, pero sonriendo.

No digo nada. No hace falta. Hay cosas que no caben en tres minutos. Ni en palabras.

-Oh, mira, ahora me toca con tu querida Liv. - Le cuento, mirando mi hoja-

Cassiel se asoma a verla también.

—¿Querida, eh? —dice, con una ceja levantada.

—Bueno, es tu novia. No me mires así.

—¿"así" como?

—Te estás riendo.

—Es que suena raro cuando lo dices tú.

—¿Por qué raro?

—Porque nunca la llamas así. “Querida Liv”. Es como... no sé. De telenovela.

—Y tú miras muchas telenovelas, claramente.

—Con mi mamá, todos los domingos. Respeto.

Se ríe bajo. Muy bajo. Pero no me mira.

Yo tampoco lo miro. No ahora. No justo cuando todo se está volviendo demasiado real.

—Ya conoces a Olivia, no creo que sea tan incómodo, ¿verdad? —duda un poco, mientras su mano vuelve a la nuca, pero esta vez se desliza por su pelo negro antes de bajarla.

—¿Es broma? Livy me cae hasta mejor que tú. Vamos a hablar mal de ti y todo —aclaro, sonriendo. En parte es broma, pero es cierto que Olivia me agrada.

La voz de Ethan suena otra vez, llamando la próxima hora.

Cassiel se levanta antes que yo. No dice nada más. Solo se va, caminando tranquilo, como si esa conversación nunca hubiera pasado.

—¡Olivia, hola! —la saludo en cuanto me acerco a ella.

—¡Holaa! —responde, y caminamos juntos hasta unos asientos vacíos.

Olivia tiene una forma de hablar que te hace sentir que todo lo dice con calma. Es fácil estar con ella. Demasiado fácil.

—Me alegra hablar contigo —sonríe—. A veces siento que no te conozco, a pesar del tiempo que pasamos sentados al lado del otro.

—Oh, es cierto —sonrío también. Tiene razón. Siempre estamos uno al lado del otro o con Cassiel en medio, pero no hablamos mucho. Simplemente estamos en silencio… o bromeamos.

—Igual me caes bien —añade—. Aunque no hablemos tanto. Eres como… tranquilo.

—¿Tranquilo como en aburrido?

—Tranquilo como en que da gusto tenerte cerca.

—Wow. Eso es lindo.

—Así eres —dice, encogiéndose de hombros.

Me quedo en silencio. No porque no tenga algo que decir, sino porque no sé por qué esto me incomoda un poco.

—¿Y tú? —pregunto—. ¿Te gusta venir a estos campamentos?

—Sí. Me gusta ver a las mismas personas en distintos años. Me gusta cuando me acuerdo de alguien solo por la forma en que reía.

—Eso suena bonito.

—¿Y a ti?

—Me gusta… volver —respondo, sin pensarlo mucho—. Aunque a veces siento que todos cambian, menos yo.

—¿Y eso es malo?

—No lo sé.

Olivia me mira con esa manera suya de mirar: sin juicio, sin prisa. Me da la sensación de que si le contara todo lo que pienso, sabría escucharlo sin interrumpir. Y a la vez, eso me asusta un poco.

—Cassiel dice que contigo siempre es más fácil reírse —comenta, como al pasar.

—¿Y tú qué piensas?

—Creo que contigo es fácil quedarse. No es lo mismo, pero también es importante —dice, con una sonrisa serena.

La voz de Ethan interrumpe otra vez. Se acabaron los tres minutos.

Nos levantamos casi al mismo tiempo. Olivia me sonríe, una de esas sonrisas sin peso ni segunda intención. Una sonrisa que solo quiere ser buena.

—Gracias por hablar conmigo, Elías. De verdad.

—Gracias a ti, Livy.

Y mientras se aleja, me quedo con esa sensación extraña: como si no supiera exactamente por qué me siento un poco fuera de lugar, cuando en teoría… todo está bien.

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