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Antología de Historias Cortas.

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Sinopsis

Pequeñas historias, cuentos y retos de escritura.

Genero:
Literary Fiction
Autor/a:
Any
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

El ComeSueños


— ¿Qué es una pesadilla? —preguntó un niño a su madre.

El reloj de la habitación tintineaba. Al marcar las nueve, soltó un suave cántico que fue tragado por el aire pesado en la habitación.

El niño se removió entre las sábanas esperando la pronta respuesta de su madre. Sus ojos se detuvieron en las manos temblorosas de la mujer que colocaba el libro de cuentos en la mesita al costado de la cama.

—Solo es un mal sueño—respondió ella con ternura después de analizar el rostro esperanzador de su hijo durante unos breves segundos. El niño, en cambio, resopló, frunciendo los labios en un puchero. No era la respuesta que esperaba.

Todos en su escuela habían comenzado a hablar sobre la cosa en sus sueños. Algunos decían que era tan grande que podía tocar la luna; otros aseguraban que era pequeño, más chico que un ratón, capaz de escabullirse de sueño en sueño entrando por una oreja y saliendo por la otra. Cuando la profesora trató de calmar la acalorada discusión, alguien mencionó que solo se trataba de una pesadilla.

Él no lo entendió. ¿Qué era una pesadilla?

¿Eran capaces de tocar la luna? O ¿Eran tan pequeñas que podían saltar de sueño en sueño?

El pequeño pensó que su madre tendría la respuesta. Ella sabía miles de cosas: sabía donde ponía sus zapatos cada mañana, también en donde estaba esa goma que siempre se le perdía, incluso notaba cuando escondía sus exámenes debajo de la cama.

Pero no sabía que era una pesadilla.

Miró a su madre caminar hacia la puerta de la habitación con cierta decepción. Había esperado poder hablar con los otros niños sobre cómo era una pesadilla de verdad. Pero al final, terminaría comiendo solo, como todos los días.

Su madre le dio las buenas noches, con una tierna sonrisa que le hizo olvidar. Esas miradas. Esos cuchicheos. Esas risas. Su cuerpo se llenó de una paz inmensurable. Y le sonrió de vuelta.

Chilló un buenas noches, que no estuvo seguro si su madre escuchó.

Su habitación quedó en silencio por unos breves instantes y poco a poco las pequeñas estrellas que su padre había colocado comenzaron a brillar, coloreando la oscuridad con una hermosa luz verde que le hacía recordar ese campo de rosas que vio en una película aquella tarde.

El reloj hizo tick-tack.

Tick-tack.

Tick-tack.

Tick-tack.

Las escaleras crujieron con el peso de un andar y unos suaves tacones se acercaron a la habitación. La puerta rechinó al abrirse.

El niño sonrió.

En la puerta su madre le miraba con esa sonrisa que al niño tanto le encantaba. No importaba que fuera tétrica, que pareciera que sus músculos se desgarraban cada vez más o que sus ojos parecieran muertos y vacíos sobre la tenue luz de las estrellas de goma. Le hacía feliz verla sonreír de nuevo.

Su madre se acercó a él, silbando esa alegre canción que cantaba cada noche para que él pudiera dormir en sus brazos.

Pronto la melodía hizo que sus párpados se sintieran pesados, su cabeza empezó a dar vueltas y vueltas, sus extremidades se sintieron flojas y pesadas. Todo el sonido de la habitación parecía desvanecerse. No oyó cuando el libro de cuentos se estrelló contra el suelo o los fuertes sollozos que parecían venir de la habitación principal al fondo del pasillo. Solo la canción le llenó el alma y un profundo sueño vacío se hizo visible poco a poco frente a él.

Pero no quería dormir. No podía. Debía intentar preguntar otra vez.

Su madre siempre lo sabía todo. Pero era más sabia cuando las luces de la casa se apagaban y la luz de la luna brillaba en el cielo.

Fue ella quien le dijo que su padre se había ido para jamás volver.

El niño gimió, trató de mover alguna parte de su cuerpo pero nada respondía a su voluntad. Llamó a su madre, pero el grito se atoro en su garganta.

Las manos de la mujer rodearon su cuerpo poco a poco. Los brazos parecían romperse sobre sí mismos mientras lo envolvían cual serpiente, cubriendo cada extremidad y rastro de luz. El tacto era frío y áspero, como una lija que pasaba sobre el cuerpo del niño.

Sus ojos se movieron de un lado a otro en la oscuridad. Sin poder hablar. Sin poder moverse, dejó que la canción lo guiara hasta el amanecer.

Por la mañana su madre se había ido. Y como cada vez, ella no parecía recordar nada de la noche anterior.




Los botines del niño chocaron contra la madera del piso. Se alzó de puntillas sobre la mesa de la cocina y extendió una pequeña caja a su madre. La empujó suavemente junto al café que ella no dejaba de observar.

Cada mañana su madre lo saludaba con esos ojos preocupados y esos labios fruncidos. Como si deseara hablar de algo que no podía.

— ¿Qué es esto? — le preguntó ella.

— Unos guantes — respondió el niño, subiendo a la silla con dificultad. La mujer sacó la prenda de la caja, unos guantes blancos. Ella miró al niño con una pequeña sonrisa —. Son de tu cajón — admitió él.

La mujer dobló los guantes y los colocó de nuevo en la pequeña caja. Pasó una de sus manos por el rostro del niño, un agradecimiento silencioso. Su tacto era acogedor y suave como una brisa cálida en invierno.

— ¿Puedes cantarme esa canción? — preguntó el niño.

— ¿Cuál, cariño?

— La de anoche.

El regalo cayó al suelo. Su madre lo miró con unos ojos muy abiertos, inyectados de algo que asemejaba un miedo profundo e irracional. Una expresión que no reconocía en su rostro.

Cada mañana él solo deseaba verla feliz y oír esa dulce melodía que le cantaba cada noche.

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