𝔻𝕣𝕒𝕫𝕖𝕣𝕜 «𝔼𝕟𝕥𝕣𝕖 𝕊𝕠𝕞𝕓𝕣𝕒𝕤 𝕪 𝕃𝕝𝕒𝕞𝕒𝕤»

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Desde tiempos inmemoriales, los dragones han sido el peor enemigo de los vikingos. Una guerra interminable se libra entre ambos bandos, con los dragones siempre llevando la ventaja gracias a sus afiladas garras, su tamaño colosal y su fuerza descomunal. Algunos son tan grandes que superan las montañas más imponentes que he visto en mi vida. Sus rugidos hacen temblar la tierra, y su fuego devora todo a su paso sin piedad. Y en medio de toda esa guerra entre vikingos y dragones estoy yo: Leif. Un guerrero flaco y pálido, hijo del jarl de Sigvik. Difícil de creer, ¿no? Llevo años intentando ser un gran guerrero como mi padre... o eso pensaba de él. Me pasé la vida ansiando su aprobación, creyendo en sus historias de honor y valentía. Pero desde aquel momento, desde ese maldito instante en que descubrí quién era realmente, todo cambió. Él no es un guerrero. No es un héroe. Es solo un maldito cobarde que abandonó a su hijo mientras el mundo ardía. Y yo... juro que si salgo con vida de esta guerra, nadie volverá a verme como un estorbo. Aunque tenga que enfrentar dragones, vikingos o dioses, haré que todos recuerden mi nombre. Porque aunque mi destino ya esté escrito, lo romperé con mis propias manos, sin importar cuánto me cueste.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
[S.A.D.E.F]
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

𝐂𝐀𝐏Í𝐓𝐔𝐋𝐎 Ⅰ: No Me Abandones

Son las 11 de la noche y todavía estoy despierto, sentado en mi escritorio, en mi cuarto. Estoy terminando un proyecto en el que he estado trabajando: un almanaque donde guardaré toda la información que llegue a aprender sobre los dragones en el futuro.

Por ahora, la idea es enfocarme únicamente en los dragones que haya visto con mis propios ojos, ya que pienso ilustrarlos yo mismo. Aún no he registrado ninguno, pero ya terminé de fabricar el libro donde anotaré todo. La verdad es que le dediqué mucho tiempo a la portada. Usé arcilla para modelar el relieve de un dragón en la tapa, junto con otras decoraciones. Es algo meramente estético, pero me encantó el resultado.

Después de todo, llevo todo el día —y buena parte de la noche— en esto. Creo que ya es hora de dormir.

Estaba a punto de irme a dormir, pero justo en ese momento un gran estruendo me lanzó al suelo. Intenté incorporarme, pero, para mi mala suerte, el enorme armario donde guardo todos mis libros se desplomó sobre mí. El golpe fue tan fuerte que quedé inconsciente por un buen rato.

Después de unas dos horas, desperté debajo de aquel mueble pesado. Con las pocas fuerzas que me quedaban, logré moverlo y ponerme de pie. Tenía la memoria borrosa, y lo único que recordaba con claridad era mi almanaque de dragones... y cómo el armario me había caído encima. También recordaba, vagamente, haber visto a mi padre salir rápidamente de la casa, sin siquiera detenerse a ver si yo estaba bien.

Salí tambaleándome al exterior, y me quedé paralizado al ver cómo la mayoría de las casas ardían en llamas. Vikingos y dragones estaban enfrentándose con una violencia inusual. Era normal que a veces hubiera ataques o encuentros, pero nunca de esta magnitud.

No sé mucho sobre dragones… pero estoy seguro de que algo extraño está pasando.

Miré al cielo por un instante y logré ver… ¿círculos blancos? ¿Un dragón? Eso parece. Se mueve a una velocidad tan alta que no soy capaz de seguirlo con la mirada, pero sé que está ahí. En ese instante, corro hacia la herrería para ayudar, aunque sea un poco, en esta guerra.

Después de atravesar varias calles infestadas de dragones y vikingos, finalmente llego a la herrería. Aún está en pie. Sin pensarlo demasiado, entro para intentar ayudar a Arne. Él es el herrero... y, en estos momentos, mi jefe.

—Arne, ya llegué —anuncio, esperando una respuesta que nunca llega—. ¿Arne?

Al parecer, no hay nadie más que yo en la herrería. Algo raro, considerando que en tiempos de guerra este lugar es fundamental para rearmar a quienes han perdido sus armas durante la batalla. Parece que esta vez me tocará trabajar solo.

La verdad, eso es bastante inusual. Casi nunca confían en mí. Siempre estoy bajo supervisión.

No quería decepcionarlos, así que me puse manos a la obra y comencé a alistar armas y escudos para todos los vikingos que vinieran. Al principio llegaban bastantes, pero no los suficientes. Muchos estaban más devastados de lo normal… y cada vez llegaban menos.

Por primera vez, empecé a preocuparme. Esto ya no era normal. Cansado de no saber qué estaba pasando realmente, salí a buscar a mi padre. Temía lo peor.

¿Estaremos perdiendo? ¿Cuántos habrán muerto? ¿Debería haberme quedado en la herrería? ¿Debería volver? Las preguntas me invadían mientras lo buscaba. Estuve a punto de regresar, pero necesitaba saber qué tan grande era la amenaza. Además, seguramente ya no quedaban muchos vikingos que rearmar. La isla estaba cada vez más sumida en el caos... y cada vez había menos gente. Fue entonces cuando logré ver a mi padre.

—¡Padre! —grité, algo desesperado—. ¿Por qué somos tan pocos? ¿Qué pasó?

—Leif —respondió con alivio—. Es bueno verte bien.

—¿Estamos perdiendo? —pregunté con creciente preocupación.

—No del todo —contestó con seriedad—. Estamos evacuando.

—¿Evacuando? —repetí, sorprendido.

—¿Sabes a quiénes nos enfrentamos? —preguntó mi padre con el ceño fruncido.

—¿Dragones? —dije, inseguro.

—Sí… pero no cualquiera. Son de la legión de los Terna —respondió con gravedad.

—¿La legión de los qué? —pregunté con duda.

—Los Terna. Es una de las legiones más antiguas y peligrosas —explicó, visiblemente tenso.

—¿Y eso qué significa? —insistí.

—Que no es un simple ataque, Leif. Es una cacería organizada. Los dragones no están solos: se agrupan en legiones, como ejércitos vikingos... pero mucho más letales.

—¿Son tan fuertes? —pregunté, intrigado.

—Sí. Pero lo peor son quienes las lideran —respondió con preocupación.

—¿Quiénes? —quise saber.

—En este caso son dos. Primero llega Nocheterna, el que anuncia la caza. Solo su presencia es una advertencia —dijo, con voz grave.

—¿Y luego? —pregunté con miedo.

—Después viene Solterna, el verdadero cazador. Él no da advertencias. Él arrasa —contestó, claramente preocupado.

—¿Tan fuerte es? —dije con voz temblorosa.

—Ya él solo es un monstruo, pero lo peor es que viene acompañado del resto de la manada —agregó con seriedad.

—¿Cuántos son? —pregunté, cada vez más alarmado.

—Se especula que son más de mil dragones —respondió con el ceño fruncido.

—¡¿Mil dragones?! —exclamé, horrorizado.

—¿Entiendes la gravedad de la situación? —preguntó, mirándome con dureza.

—¿En serio vamos a evacuar y abandonar la isla? —dije, con la voz quebrada.

—No nos queda opción, Leif —respondió con seriedad.

—¿Por qué huimos? ¡Somos vikingos! —le reclamé, frustrado.

—Porque no hay Valhalla para quien muere bajo su fuego —contestó en voz baja.

—¿Qué...? —pregunté, atónito.

—Los Terna no solo matan. Te borran. Nadie cantará tu nombre. Nadie te recordará. Ni los dioses —dijo con un temblor apenas perceptible en la voz.

Me quedé en silencio, impactado por la idea de un destino peor que la muerte.

—Prefiero ser cobarde y vivir, que morir y desaparecer para siempre —añadió mi padre con amargura.

—Iré por mis cosas —dije sin dudar.

—Date prisa. Debes estar en la cueva de la cascada antes del amanecer —me advirtió.

Sin perder tiempo, salí corriendo hacia nuestra casa. No podía dejar atrás el almanaque de dragones que me había costado tanto fabricar el día anterior. Crucé varias calles llenas de destrucción, con un silencio falso que parecía paz... pero solo era la calma antes de la tormenta. El amanecer se acercaba, y con él, la invasión de los dragones.

Finalmente llegué a lo que solía ser nuestro hogar. Estaba en llamas, destrozado. Era peligroso entrar, pero me negaba a dejar mi almanaque atrás. Reuniendo todo el valor que pude, me adentré con cuidado.

El humo era espeso y me costaba respirar. Avancé rápidamente hasta mi cuarto, que estaba hecho un desastre. El armario que me había caído encima unas horas antes seguía en el suelo. Revolví entre el desorden y, tras unos minutos de sofoco, lo encontré debajo de mi escritorio.

Me dolía dejar atrás todo lo que había en ese cuarto. Era un buen herrero, y ahí tenía planos de futuros inventos que nunca llegaría a construir. Pero, con resignación, logré salir antes de que la casa colapsara sobre mí.

Apenas salí, corrí unos metros y me tiré al suelo para tomar aire. El humo casi me mata. Mientras recuperaba el aliento, miré al cielo... y ahí estaban otra vez: los círculos blancos que había visto antes. Tenía que ser Nocheterna. Estaba seguro.

Pero había algo extraño. Esta vez, estaba quieto.

Su cuerpo negro se fundía con la oscuridad de la noche, pero esos círculos blancos puros delataban su posición. Al verlo, sentí que se me abría una oportunidad.

¿Y si lo cazo? ¿Y si me convierto en una leyenda?

Cerca de mi casa tenía un almacén donde guardaba mis inventos y varias armas: hachas, escudos… y un cañón de red. Esta era mi oportunidad. Solo necesitaba encontrar un buen lugar desde donde disparar.

Rápidamente me levanté del suelo y me dirigí al almacén, donde, tras buscar un poco, encontré el cañón de red. Sin dudarlo, me lo llevé como pude hasta un risco donde tendría tiro libre hacia el dragón. Tenía miedo: si fallaba y llamaba su atención, seguro terminaría siendo su banquete. Tenía que apurarme: ya casi estaba amaneciendo. Es verdad que atraparlo no solucionaría nada, pero si lograba hacerlo y se lo demostraba a mi padre, seguramente él vería por fin que sí valgo la pena, no solo mi padre, todos los vikingos me respetaran. El tiempo se me acababa, pero tenía que ser preciso: si fallaba, esto terminaría conmigo en el peor estado posible. Calibré todo para que el disparo fuera perfecto. Lo que más me extrañaba era que él seguía ahí, inmóvil, fundido en la oscuridad de la noche, aunque ya un poco más visible gracias a que el amanecer se acercaba. Tenía miedo de fallar, pero estaba decidido.

—Ya no seré un estorbo —me dije—. No fallaré nunca más.

Con un poco de miedo, pero sin dudarlo, apreté el gatillo. En un parpadeo y antes de que la red llegara, el dragón desapareció. Parecía algo surreal. ¿Lo había imaginado y nunca hubo nada?, pensé antes de darme la vuelta y verlo, sus ojos blancos puros me perforaban. Quedé paralizado. ¿Cómo se movió tan rápido? ¿Eso era siquiera posible?

Por instinto, comencé a correr sin mirar hacia atrás, aterrado. No lo veía, pero lo sentía: él me seguía con la mirada incluso cuando ya me había alejado. No podía parar de correr. Estaba a punto de llegar, pero de pronto sentí un impacto brutal. Salí volando y me estrellé contra una pared de roca. Grité; no podía contenerlo.

Pude ver a varios vikingos mirándome desde la cueva de la cascada. Ninguno hacía nada para ayudarme. Seguía gritando sin poder detenerme. Todos me miraban aterrados, no por mis gritos, sino porque él estaba allí, encima de la pared de rocas donde había sido lanzado, viéndome desde arriba con esos ojos de blanco puro, sentía como esa mirada seguía perforándome sin piedad lo mas profundo de mi alma.

Estaba mareado y dejé de gritar de dolor por miedo. Podía sentir varias costillas rotas, mi pie estaba totalmente destrozado, pero el miedo era más fuerte que el dolor. Esa bestia era peor que cualquier cosa. Desvié la mirada desesperadamente, mientras me mentía diciéndome que él era mentira y que no estaba allí.

En esa desesperación vi a mi padre a lo lejos y, sin pensarlo, empecé a pedirle ayuda.

—¡PADRE! —grité de forma desesperada—. ¡AYÚDAME!

Él se quedó inmóvil, viendo a la criatura.

—Leif —dijo en un tono algo petrificado—. Yo…

Pude ver el miedo en su rostro. No era capaz de enfrentarlo. Durante mucho tiempo creí que mi padre no tenía límites, que nada podría frenarlo. Pero su expresión me demostró lo contrario: miedo, puro y simple. Mis ojos se quedaron en blanco al verlo marcharse en silencio, intentando ignorar mis súplicas.

—¡PADRE! —grité desesperado—. ¡NOOOOO! ¡ESPERA!

Escupí sangre mientras trataba de acercarme gateando con todas las costillas rotas.

—¡PADRE! —seguí gritando—. ¡POR FAVOR, NO ME ABANDONES!

Se detuvo por un momento, como si quisiera vencer el miedo que lo dominaba… pero no lo logró. Terminó dándose la vuelta y siguió caminando, tratando de hacer como si yo no estuviera allí, con mi último aliento, grité mientras dejaba de gatear y me rendía:

—P-por f-fa-vor —dije muy adolorido y sin fuerzas—. No me aba-ndo-nes.

Nocheterna no se movía, solo vigilaba. Me usaba como última advertencia, avisando a los vikingos que ya era hora de marcharse En ese momento, mis ojos se cerraron. Ya no sentía nada: ni dolor, ni miedo, ni frío... ni vida. Solo paz. ¿O no? ¿Realmente no sentía nada? Era algo confuso. ¿Estaba inconsciente?