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🔞 ADVERTENCIA DE CONTENIDO
Esta historia contiene temas explícitos y controversiales que pueden resultar perturbadores para algunos lectores:
• Relación incestuosa consensuada entre un tío y su sobrina (explícita y detallada).
• Inicio de la relación cuando la protagonista es menor de edad (aunque todo ocurre dentro de un marco de consentimiento mutuo).
• Contenido sexual explícito.
⚠️ Esta ficción es una exploración de fantasías tabú y NO promueve ni condona estas relaciones en la vida real.
Recomendado únicamente para mayores de 18 años con criterio para separar ficción de realidad. Si este tipo de contenido te resulta incómodo, por favor abstente de leer.
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𝖪𝖮𝖪𝖮
Tomé un pañuelo del escritorio del abogado de papá y me sequé los ojos, incapaz de contener el llanto. Solo habían pasado cuarenta y ocho horas desde el accidente, cuarenta y ocho horas desde que los había enterrado. El dolor era tan agudo que cada respiro me quemaba el pecho.
—Bien, como le había dicho, señorita Hart, vamos a proceder a leer el testamento de su padre —anunció el abogado con voz grave, ajustándose las gafas.
Asentí en silencio, apretando el pañuelo entre mis dedos.
—Yo, Jonathan Hart... —comenzó a leer.
El testamento no tenía sorpresas: papá había dejado todo a mi nombre. No era algo inesperado, después de todo, era su única hija. Mamá, después de tenerme, había intentado embarazarse de nuevo en varias ocasiones, pero le habían detectado pequeños tumores en la matriz. Tuvieron que extirpársela. Fueron años de sufrimiento para ambos, porque, aunque yo era su princesa, siempre lamentaron que creciera sola. Ahora lo entendía demasiado bien.
—En caso de algún acontecimiento que tanto mi esposa como yo perdamos la vida y Koko aún sea menor de edad, la custodia pasará a manos de John Hart, mi hermano, hasta que Koko alcance la mayoría de edad o tenga la capacidad suficiente para tomar posesión de la empresa y los bienes.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Espere un segundo —interrumpí, con la voz temblorosa—. ¿John... qué?
El abogado bajó las hojas y se ajustó las gafas antes de responder.
—John Hart, el hermano de su padre, señorita Koko.
—Eso debe ser un error —dije, sintiendo cómo el pánico se apoderaba de mí—. Papá no tenía hermanos. Bueno, al menos nunca mencionó tener uno.
—Lamento decirle que no hay error —respondió con firmeza—. Según los documentos legales, el señor John Hart fue notificado de esta cláusula en el testamento. Por lo tanto, deberá mudarse con él.
—¿Mudarme? ¿A dónde? —pregunté, aunque algo en mi instinto ya me decía que no me gustaría la respuesta.
—A Bigfork, Montana.
—¿Qué? —me levanté de un salto, las piernas temblorosas—. ¿Me está diciendo que debo irme a vivir a un pueblo perdido con un completo desconocido?
El abogado no se inmutó.
—Así es. Según los términos del testamento, hasta que cumpla los veintiún años o demuestre la capacidad de administrar la herencia, su tutor legal será su tío John.
—¡Pero yo ni siquiera lo conozco! —grité, sintiendo cómo las lágrimas volvían a brotar—. ¿Y si es un psicópata? ¿O un borracho? ¡No puedo simplemente irme con él!
—Señorita Hart —dijo el abogado con calma—. Entiendo su angustia, pero legalmente no hay otra opción. Su tío ya ha sido contactado y está al tanto de la situación.
Me dejé caer en la silla, sintiendo que el mundo se desmoronaba a mi alrededor. Bigfork, Montana. Un lugar del que nunca había oído hablar. Un lugar frío, lejano, lleno de desconocidos. Y él... John Hart. Un hombre del que mi padre nunca habló, un secreto enterrado en el pasado.
—¿Cuándo... cuándo debo irme? —pregunté en un susurro.
—Mañana por la mañana. Su tío ha enviado un boleto de avión.
Cerré los ojos, intentando contener el mareo. Mañana. Tan pronto. Tan definitivo.
—¿Y si me niego?
El abogado suspiró.
—En ese caso, el tribunal podría intervenir y decidir su custodia de otra manera. Pero, sinceramente, señorita Hart, no creo que quiera arriesgarse a terminar en el sistema de acogida.
Eso me calló. No tenía elección.
—Muy bien —murmuré, derrotada—. Me iré.
Pero en mi mente, una pregunta resonaba con fuerza:
¿Qué demonios me esperaba en Montana?—¿Bigfork, qué? —preguntó Fabiano, arrodillado frente a mi maleta mientras doblaba mis suéteres con torpeza.
—Montana. Un pueblo perdido, al menos para nosotros —respondí, metiendo con fuerza mis botas blancas de cuero en el equipaje. El sonido del cierre al cerrarse resonó como un portazo en mi corazón.
Fabiano se quedó quieto por un segundo, sus ojos oscuros llenos de una mezcla de frustración y preocupación. Nos conocíamos desde niños, y llevábamos saliendo desde los catorce. Cuatro años de risas, peleas tontas y promesas susurradas en la oscuridad de su coche. Ahora, con solo diecisiete, todo se desmoronaba.
—Koko, ¿por qué no le decimos a mis padres que peleen tu custodia? Al menos hasta que seamos mayores y podamos casarnos... —dijo, acercándose y tomándome las manos.
Su piel estaba cálida, familiar. Pero sus palabras, aunque dulces, eran ingenuas.
—Es muy lindo de tu parte, Fabi —susurré, evitando su mirada—. Pero no quiero quedarme en limbo durante meses, o años, mientras se resuelve el trámite. Menos en casas de acogida. No... jamás aceptaría eso.
Fabiano apretó mis dedos.
—Pero ¿irte con un tipo del que ni siquiera sabías que existía? ¡Es una locura!
—No tengo opción —respondí, desprendiéndome de él para agarrar el último vestido de mi armario—. El testamento es claro. Y prefiero esto a que me manden con una familia aleatoria.
Él se pasó una mano por el pelo revuelto, exasperado.
—¿Y qué hay de nosotros? ¿De nuestros planes?
La pregunta me golpeó como un puño. Nuestros planes. La universidad juntos en California. El departamento cerca de la playa que tanto habíamos fantaseado. Los nombres ridículos que le pondríamos a nuestros futuros perros. Todo se esfumaba en cuestión de horas.
—Montana no está en otro planeta, Fabi —mentí, forzando una sonrisa—. Podrás visitarme en vacaciones. Y hablaremos todos los días.
Pero ambos sabíamos que no sería lo mismo. Bigfork estaba a miles de kilómetros de Nueva York. De nuestra vida.
De repente, Fabiano me agarró de la cintura y me atrajo hacia él. Su beso fue desesperado, salado por mis lágrimas.
—Te esperaré —murmuró contra mis labios—. No importa cuánto tiempo. Te juro que lo haré.
Yo no respondí. No podía prometerle algo que tal vez no cumpliría.
Un golpe en la puerta nos separó.
—Señorita Hart, el auto está listo —anunció la voz neutra de la asistente de mi padre.
Fabiano me abrazó con fuerza, como si intentara memorizar cada curva de mi cuerpo.
—Te amo —susurró.
—Yo también —respondí, ahogando un sollozo.
Cuando salí de la habitación, no me atreví a mirar atrás. Sabía que si lo hacía, me derrumbaría.
El viaje al aeropuerto fue corto. Las luces de la ciudad, los anuncios brillantes, todo parecía irreal. Como si ya no fuera parte de mi mundo.
Mientras subía al avión, una sola pregunta martilleaba en mi mente:
¿Quién era realmente John Hart... y por qué mi padre lo había borrado de nuestras vidas?