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El guardián

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Sinopsis

Aine es una joven diferente que es rechazada por su pueblo. Ve hadas, conversa con duendes y tiende a escapar al bosque tras ellos... Y un día, guiada por las hadas, se adentra más allá de lo permitido, encontrándose con el peligro. Allí, un ser alado aparece para cambiar su destino.

Estado:
Completado
Capítulos:
4
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
16+

Parte 1. ¿Quién encontró a quién?

A orillas del bosque que rodeaba a una antigua villa de techos de paja y caminos de adoquines, se encontraba una ruinosa choza humilde. Allí vivía una familia numerosa, rodeados de huertos y corrales de pollos.

Entre todos sus parientes destacaba la figura menuda y desaliñada de Aine, la hija mayor de la familia, una jovencita cuya vida estaba marcada por lo inexplicable, pues Aine era capaz de percibir el mundo que la rodeaba con más sensibilidad de lo que podían hacerlo los demás. Ella era quien veía a los duendes esconderse entre los huertos; era quien seguía a las menudas hadas a través de los bosques oscuros y retornaba a casa sin esfuerzo, y era quien veía a los espectros deambular por el pueblo.

A causa de esta inusual habilidad, el pueblo comenzó a apodarla cruelmente como La loca del bosque, y era tratada como una paria por todos ellos, que asumían que la joven estaba maldita.

Solo su padre la comprendía, y con el amor más puro que podía profesarle, afirmaba que aquello que portaba consigo seguramente era un regalo de los dioses.

Lamentablemente para Aine aquel buen hombre fue reclamado por los dioses hacía un par de inviernos, y siendo rechazada por el resto de su familia, tras su partida se halló completamente sola en el mundo.


Un ocaso, Aine comenzó a seguir a las hadas otra vez. Las criaturillas aleteaban en el aire con sus alas cristalinas y la saludaban con sus menudos miembros que asemejaban a plantas y raíces, indicándole —con gestos— que se adentrara más y más, hasta aquel territorio inexplorado por los hombres.

La jovencita acataba las súplicas de las pequeñas criaturas, saltando raíces y piedras, esquivando zarzos y ramas que amenazaban con rasgarle las desgastadas prendas o mallugarle su pálida piel. Algunos pequeños gnomos con apariencias fúngicas se sumaban a la empresa de las hadas y tiraban de sus faldas con urgencia, como si rogaran que no se detuviera. En los ríos encontró ninfas y faunos, y en los montes los basiliscos trepaban hasta las cimas, ocultándose en sus nidos.

El brillo de la luna ya hacía resplandecer su melena rubia cuando los menudos seres cesaron su intervención; la habían abandonado al ser repelidos por algo que hasta ese momento Aine ignoraba.

Entonces escuchó un gruñido animal a su espalda, y se creyó condenada cuando su mirada sintonizó los ojos de un enorme lobo.

Una manada completa de bestias la estaban acechando.

La chica se paralizó por el pánico, apenas respirando. Iban a comerla, lo sabía; podía verlo en sus ojos atentos, en sus fauces abiertas, en el andar seguro de quien tiene la presa. No podía correr aunque quisiera, pues se hallaba acorralada contra las faldas de una colina empinada.

Un lobo comenzó a acercarse, enseñándole los dientes, y cuando creyó que su vida sería tomada por aquel animal, algo descendió de los cielos.

La criatura alada, oscura e intimidante arremetió con ferocidad contra las bestias. Aine no fue capaz de comprender lo que estaba pasando; todo iba demasiado rápido para procesarlo. Solo distinguía la sangre y los rugidos inquietantes en medio de la bruma pesada que envolvía la batalla.

Aquello no era humano.

Nada en aquel bosque era humano.

Cuando la ultima fiera escapó abandonando a su manada caída, la criatura se giró a verla, con una mirada penetrante y primitiva. Aún estaba mostrando los colmillos, visibles entre su piel cenizo y su despeinada melena oscura.

Fue aquí cuando Aine percibió algo: su inusual salvador sostenía con fuerza su costado, y su respiración agitada era interrumpida por las punzadas de dolor que lo hacían contener los quejidos. Cuando los impulsos salvajes de este ser comenzaron a amainar, se desplomó de espaldas contra el suelo.

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