Capítulo 1 – El Hijo del Panadero
Capítulo 1 – El Hijo del Panadero
Narrado por Titán
No siempre fui el caballero que todos recuerdan.
Antes de la armadura, antes de las guerras, antes del apodo… yo era solo un niño.
Un chico con las manos llenas de harina y los pies llenos de tierra.
Mi nombre entonces no importaba. En el mercado me conocían simplemente como el hijo del panadero.
Mi padre era un hombre de manos ásperas y sonrisa fácil. Horneaba el mejor pan del pueblo, y su horno era el corazón de nuestro hogar. No sabía blandir una espada, pero sabía alimentar a todo un barrio con solo harina, agua y paciencia.
Mi madre, en cambio, era el alma silenciosa de la casa. Siempre estaba cosiendo, cocinando o cuidando de los demás, aunque nadie se lo pidiera.
Vivíamos en el Reino de Velmora. Un lugar pequeño, escondido entre valles y montañas, donde la guerra era un susurro lejano. O eso creíamos.
Yo tenía once años cuando la guerra dejó de ser un susurro.
Recuerdo esa noche como si aún estuviera atrapado en ella. Las llamas trepaban por los tejados. El sonido de los cascos enemigos rompía la paz de nuestras calles. Gritos. Llanto.
Mi padre me sacó de la cama, me puso una capa sobre los hombros y me abrazó tan fuerte que creí que me iba a romper.
—No mires atrás, hijo —me dijo—. Agarra la mano de tu madre y corre. Yo los alcanzaré.
Mentía. Lo sabía.
Lo supe por la forma en que me besó la frente.
Mi madre tampoco dijo nada. Solo me apretó la mano y corrimos.
Corrimos entre cadáveres, entre casas ardiendo, entre amigos que no volveríamos a ver jamás.
Nunca volví a ver a mi padre.
Velmora cayó. En un solo día, todo lo que conocía dejó de existir.
Caminamos durante días, cruzamos pueblos que no querían refugiados, bosques que parecían tragarse a los débiles. Dormimos bajo la lluvia. Pasamos hambre.
Mi madre enfermó. Su cuerpo era fuerte, pero su alma estaba rota.
Un invierno después, ella también se fue.
Ahí comenzó mi historia.
No la historia del caballero.
Sino la del niño que aprendió que el mundo no siempre es justo, pero que eso no es excusa para volverse cruel.
Me crié entre desconocidos, haciendo favores a cambio de un plato de sopa. Aprendí a trabajar, a callar, a observar.
Y una noche, entre las sombras de un pueblo en ruinas, vi por primera vez a un caballero.
Su armadura brillaba bajo la luna.
Estaba ayudando a una niña a encontrar a su madre.
No blandía su espada. No gritaba órdenes.
Solo… ayudaba.
Y en ese momento supe lo que quería ser.
Quería convertirme en algo más grande que el odio que destruyó mi hogar.
Quería ser una razón para que otros no corrieran como yo corrí.
No sabía cómo.
No tenía espada.
No tenía casa.
Pero tenía algo que no me podían quitar: voluntad.
Y así comenzó el camino del niño que más tarde el mundo conocería como… Titán.








