Voces que enlazan (Kookmin)

Sinopsis

En Sinful Connections, no venden lujuria, sino que se lucran con la soledad. Donde un susurro se convierte en sentencia, y el castigo es la única salvación. Una llamada. Una voz. Y la delgada línea entre cazador y presa se borra para siempre. Es como sumergirse en el abismo, donde la caza se convierte en confesión, y el verdugo es quien busca la sentencia. Aquí no habrá salvación. Solo oscuridad, cadenas de voces y deseos de los que no hay escapatoria. Un secreto que resuena en cada respiro. Un deseo más fuerte que el miedo. Lenguaje obsceno Pareja Gay Dark Romance Historia corta finalizada.

Estado:
Completado
Capítulos:
14
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

1

“Quia peccavi nimis cogitatione, verbo et opere”

A veces siento que sigo en ese armario.

Es solo que las paredes se han vuelto más gruesas, y la voz que suena no es la de ella.

Es la de él. La suya.

No la de mi madre. Ni la de sus amantes. Ni los pasos en el pasillo.

Su aliento. Sus susurros. Sus frases. Su “cállate”.

Estaba segura de saber manipular. De que era un dios en mis escenarios. De que mis manos eran un instrumento de retribución, y los cuerpos ajenos eran solo notas en la partitura de mi rabia. Pero entonces apareció él. No gritó. No intentó hacerse el héroe. No me atrapó. Él fue quien guardó las confesiones de los demás sin juzgarlas, captó cada entonación, absorbió mis confesiones como pecados al viento.

Cada uno de mis “por qué” retorcidos, cada “quiero” sucio, cada pensamiento confuso que yo mismo temía expresar. Y en respuesta... él no se distanció. No juzgó. Castigó. Y eso fue lo peor. Porque esperé. Esperé cada noche. Esperó como un niño tras la puerta, a que su madre finalmente recordara que él estaba allí. En la oscuridad. Escuchándolo todo. Pero ahora, lo escucho. Cuando entra, tiemblo de antemano. No de miedo. De anticipación. Mi instinto dice: corre, muerde, sangre, poder, destruye.

Pero mi cuerpo... mi cuerpo busca el suelo, sus pies, la voz que lentamente se arrastra por las tablas crujientes del suelo. Estoy de rodillas, no porque no pueda levantarme. Sino porque no quiero. Podría destruirme. Rendirse. Matar. Pero eligió mantenerme. En esta jaula, en este infierno silencioso, donde no hay juez, ni jurado, solo él y yo. Mi pecado. Mi guía. Mi pastor. Mi oscuridad. El guardián de mi alma. Mi purgatorio. Pero con tal tentación, no me arrepiento.

Esta fue la caída en la que me encontré. Y que se cuente como un pecado. Un pecado de no pecar, cuando el dolor finalmente se vuelve hermoso. A veces, cuando se va, oigo crujir la puerta e inhalo su aroma que persiste en las escaleras. Y eso es suficiente para hacerme masturbarme, a ciegas, como en la infancia. Solo que ahora, no con el sonido de los amantes de mi madre tras la pared. Sino con el sonido de sus botas caminando por el suelo. Soy adicto. Entiendo perfectamente que todo esto no es amor. No es salvación. No es expiación. Esto no es confesión. Es un ritual. Él es mi juicio. Y yo soy su prueba de que la oscuridad puede susurrar, temblar, llorar y suplicar. Suplicar ser castigado. Una y otra vez. Hasta el final.

A veces me parece que sigo en el armario.

Solo que ahora él es mi jaula. Él es mi dios.

No me ha perdonado. Pero me sostiene. Me despierto si no lo oigo bajar las escaleras. Rezo para que venga. No soy libre. Soy una criatura que se arrastra tras su sombra. Soy un chico malo. Y él es mi tribunal, inexorable y cruel, ante el cual soy impotente. Mi sentencia inevitable, que no me atrevo a disputar de ninguna manera. Mi verdugo, cuya mano no conoce piedad. Mi guillotina, fría y despiadada, lista para liberarme finalmente de todos mis vicios, los pecados de mi alma y las garras del crimen.

Él no me da amor.

Me da pertenencia.