El Magistrado Caído y la Tumba Vacía
El aire en la oficina del magistrado auxiliar de Nan'an Fu era espeso, cargado con el polvo de décadas de negligencias y el olor acre del sudor de los funcionarios menores. Shen Yan, ex magistrado del Tribunal Dali de la prestigiosa Lin'an, ahora reducido a un mero tuiguan en este remanso turbio del imperio, trazaba líneas escarlatas sobre un expediente con la precisión de un cirujano. Su pincel de cinabrio, la única nota vibrante en la grisura del lugar, danzaba sobre el papel, conectando testimonios contradictorios, fechas imposibles, lagunas convenientes. Tres años. Tres años desde que la maquinaria implacable del Canciller Han Tuozhou, bajo el estandarte de la "Prohibición del Partido Qingyuan", había triturado su carrera y su reputación, empujándolo a este agujero olvidado junto al Gran Canal. Su "caja de pruebas" de bronce - que contenía su lupa, pinzas finas y este mismo pincel de rojo intenso - reposaba a su lado, un talismán frío contra la corrupción que lo rodeaba. Su dedo rozó el cerrojo de cobre, un gesto inconsciente de desafío. Los casos no distinguen entre corte y campo abierto, pensó, su lema interno resonando con amargura. La verdad no distingue entre allegados y extraños. Solo importa dónde caen las pruebas.
Un alarido desgarrador, agudo como el filo de un cuchillo, cortó el aire mohoso desde el patio exterior. No era el lamento habitual de campesinos agraviados o comerciantes estafados. Este sonido brotaba de las entrañas, un grito de horror primordial que hizo que hasta el más indolente de los escribas levantara la cabeza, los pinceles congelados sobre el papel.
Shen Yan no se inmutó. Solo alzó ligeramente la mirada, sus ojos oscuros y penetrantes escaneando la puerta abierta. Su mano, sin embargo, se había detenido, el pincel de cinabrio suspendido milímetros por encima del papel, una gota de rojo sangre amenazando con caer.
El grito se transformó en un torrente de palabras incoherentes, entrecortadas por sollozos que sacudían el cuerpo entero. "¡Mi señor! ¡Por piedad, mi señor! ¡La han profanado! ¡La tumba de la doncella Du!"
Dos guardias arrastraban casi a una figura encorvada, vestida con la túnica gris y gastada de una monja budista, a través del umbral. La mujer, anciana y frágil como una hoja seca, se desplomó de rodillas en los escalones de piedra frente a la sala principal. El polvo del camino se mezclaba con las lágrimas que surcaban su rostro arrugado. Era Hui Neng, la abadesa del Humilde Templo de las Ciruelas.
"¡La tumba!" jadeó, golpeando el suelo frío con su frente. "¡La tumba de la doncella Du Liniang! ¡Abierta! ¡Vacía! ¡Solo esto... solo esto quedó!" Con una mano temblorosa, sacó un pañuelo de seda de su manga rasgada. Lo agitó en el aire como una bandera de duelo. Incluso desde la distancia, Shen Yan distinguió el bordado: un ramo de peonías, magníficas, pero brutalmente desgarrado, como si unas garras furiosas hubieran intentado arrancar las flores de su lienzo de seda.
Un murmullo, bajo pero claramente audible, surgió de entre los guardias que observaban. Uno de ellos, un tipo fornido con una cicatriz que le cruzaba la ceja, se inclinó hacia su compañero, susurrando con una mezcla de miedo y morbo: "La doncella Du... murió hace medio año, dicen que de una fiebre repentina. Cuando la enterraron, el Prefecto Du envió treinta soldados de su guardia personal. Treinta. Ni un perro callejero se atrevió a acercarse al cementerio. ¿Quién demonios...?"
Shen Yan ya estaba en movimiento. Se levantó de su escritorio con un fluido movimiento, su túnica azul oscura de funcionario apenas rozando los montones de expedientes polvorientos. Su mirada, aguda como las pinzas de su caja, barrió la escena: la monja temblorosa, el pañuelo desgarrado, la expresión de consternación en los rostros de los guardias. Sin prisa pero sin pausa, cruzó la sala. El murmullo cesó de inmediato, como si su sola presencia cortara el aire. Se detuvo frente a Hui Neng. No le ofreció ayuda para levantarse. Su atención estaba clavada en el pañuelo.
"¿Vacía?" preguntó Shen Yan, su voz era plana, metálica, como el filo de una espada sin desenvainar. No había compasión en ella, solo una fría demanda de datos.
Hui Neng alzó un rostro bañado en lágrimas. "¡Sí, honorable magistrado auxiliar! ¡Esta mañana, al amanecer, cuando fui a limpiar las ofrendas...! ¡La lápida, desplazada! ¡La tierra removida! ¡El ataúd...! ¡Abierto! ¡Y dentro...! ¡Nada! ¡Solo este pañuelo maldito sobre las tablas!" Volvió a agitar el trozo de seda.
Shen Yan extendió la mano. "Dame eso."
La monja se lo entregó como si fuera una serpiente venenosa. Sus dedos, nudosos y manchados por el sol, temblaban. Shen Yan tomó el pañuelo con las yemas de los dedos, evitando tocar la tela rasgada directamente. Lo elevó hacia la luz que entraba por la puerta abierta. La seda era fina, costosa. El bordado, aunque destrozado, mostraba una destreza exquisita. Peonías. El símbolo de Du Liniang, la hija única del Prefecto Du Bao. Pero algo estaba mal. Las flores, en el retrato oficial que colgaba en la sala de recepción de la Prefectura, eran siempre blancas, puras. Estas, en el pañuelo, tenían un tono carmesí profundo, casi sangriento, bordado con un hilo que parecía contener diminutas partículas de algo oscuro, terroso. Y el desgarro... no parecía accidental. Seguía un patrón, como si alguien hubiera intentado específicamente borrar una parte del diseño.
Mientras examinaba la tela, un detorde en el borde de su visión llamó su atención. En una mesa cercana, medio oculta bajo un rollo de seda desenrollado, estaba la lista oficial del personal del gobierno de Nan'an Fu. Un nombre saltó a la vista, grabado con tinta negra y autoridad: Du Bao, Prefecto. Lugar de origen: Lin'an Fu.
Lin'an. La capital. El corazón mismo del poder del Canciller Han Tuozhou. El lugar donde la maquinaria de Han había fabricado las acusaciones que lo habían destituido, acusaciones relacionadas con un viejo funcionario de la facción del Príncipe Heredero. Un funcionario que, según los susurros que Shen Yan había perseguido antes de ser aplastado, también era originario de Lin'an. Como Du Bao.
Un escalofrío, frío y calculador, recorrió su espina dorsal. No era miedo. Era el reconocimiento instantáneo de una coincidencia. Y Shen Yan no creía en las coincidencias. Creía en los hilos ocultos, en las conexiones fabricadas cuidadosamente en la sombra. Su mano derecha encontró el cerrojo de cobre de su caja de pruebas, apretándolo con fuerza. El metal frío contra su piel era un recordatorio, un ancla.
Decidió ignorar momentáneamente a la monja sollozante y a los guardias expectantes. Necesitaba un momento para procesar. Para conectar puntos que aún no veía claramente. Sin una palabra, se giró y se dirigió hacia una puerta lateral que daba a un pasillo trasero, un atajo hacia los archivos. El aire aquí era aún más viciado, oliendo a tinta rancia y madera podrida.
Fue entonces cuando otra voz, cargada de una ira contenida y un acento extraño, rasgó el relativo silencio del pasillo. Provenía de un pequeño patio de servicio, justo antes de la puerta que daba a los muelles.
"¡Te digo que está escrito! ¡Claro como el agua del río en un día de sol! ¡Mi huo dan! ¡Mis facturas de embarque! ¡Examínalas tú mismo!"
Shen Yan se detuvo en la sombra del pasillo, observando. Un hombre, claramente no de los Han, se plantaba frente a un subalterno del gobierno. El extranjero era alto, con una barba negra y bien cuidada que enmarcaba un rostro curtido por el sol y los vientos de rutas lejanas. Sus ropas eran ricas, de lana fina y seda con intrincados bordados geométricos, pero ahora estaban arrugadas y manchadas de polvo. Sus ojos, de un marrón oscuro e intenso, destellaban con indignación. Shen Yan lo reconoció: Amir, un comerciante persa prominente en el Fanshang Guan, la Residencia de Comerciantes Extranjeros, conocido por su flota de barcos que traían incienso, especias y gemas raras desde más allá del Mar Occidental.
El subalterno, un tipo bajito con una expresión perpetuamente desdeñosa, empujó con desdén un rollo de pergamino que Amir le había estado mostrando. "¡Bah! ¿Qué sabe un fanyi de nuestros procedimientos? Tus papeles son garabatos, probablemente falsificados para encubrir contrabando. ¡La carga está confiscada hasta que un funcionario adecuado tenga tiempo de revisarla!" Escupió la palabra fanyi - bárbaro - como si fuera veneno.
Amir dio un paso al frente, su altura dominante sobre el subalterno. "¡El incienso es de la mejor calidad! ¡Contratado por el Templo de la Gran Misericordia para el Festival de la Luna! ¡Cada día de retraso es una pérdida de plata y honor!"
"¡Honor!" El subalterno soltó una risa burlona. "¿Hablas de honor? ¡Guardias! ¡Llevaos a este bárbaro entrometido antes de que contamine más el lugar!"
Dos guardias, que parecían aburridos hasta ese momento, se enderezaron, sus manos descansando sobre los mangos de sus porras de madera. Amir no retrocedió. Su mano fue a su cinturón, donde colgaba una pequeña bolsa de cuero que podría contener monedas... o algo más. La tensión en el pequeño patio se espesó, palpable como la humedad antes de una tormenta.
Shen Yan emergió de las sombras del pasillo. Su movimiento fue silencioso pero inmediatamente autoritario. Se interpuso entre Amir y los guardias, su figura esbelta pero imbuida de una presencia repentina que congeló a todos en su lugar.
"¡Alto!" Su voz, aunque no gritada, resonó con una claridad que cortó la discusión como un cuchillo. Sus ojos oscuros se posaron primero en el subalterno, luego en los guardias, y finalmente en Amir. No había ira en su mirada, solo una evaluación fría, como un juez que examina pruebas dudosas.
El subalterno palideció visiblemente. "Honorable magistrado auxiliar Shen... este... este fanyi está causando problemas, negándose a..."
"Silencio." Shen Yan cortó su tartamudeo con una sola palabra. Extendió su mano hacia Amir. No hacia el hombre, sino hacia el rollo de pergamino que el subalterno había despreciado. "La factura de embarque. Déjamela ver."
Amir, sorprendido por la intervención, estudió el rostro impasible de Shen Yan por un breve instante. Luego, con un movimiento deliberado, entregó el pergamino. Estaba escrito en un guión fluido que Shen Yan reconoció como persa, con anotaciones más pequeñas en caracteres Han al margen, detallando cantidades, calidades y el sello del templo contratante.
Shen Yan desenrolló el documento, sus ojos escaneando rápidamente las líneas. Su conocimiento de los guiones comerciales persas era rudimentario, pero las anotaciones en Han eran claras e impecables. Luego, alzó la vista, clavando su mirada en el subalterno. "Esta factura parece estar en orden. Especifica la carga, el destinatario y los sellos necesarios. ¿En qué base legal exactamente has confiscado la mercancía del comerciante Amir?"
El subalterno se encogió bajo su mirada gélida. "Honorable magistrado... es práctica habitual... inspección de rutina... posibles impuestos no pagados..."
"¿'Práctica habitual'?" Shen Yan repitió, su tono peligrosamente suave. "¿'Inspección de rutina'? Veo aquí un sello del Departamento de Comercio que certifica que los impuestos fueron pagados en el puerto de entrada de Quanzhou. ¿Estás acusando al Departamento de Comercio de negligencia? ¿O quizás estás inventando procedimientos?"
El sudor perlaba la frente del subalterno. "No... no, honorable magistrado... solo estaba siguiendo órdenes..."
"¿De quién?" La pregunta cayó como una losa.
El subalterno tragó saliva, sus ojos revoloteando. "De... del supervisor de almacenes... Li..."
Shen Yan no necesitó escuchar más. Sabía que el supervisor Li era un borracho incompetente, probablemente sobornado o simplemente demasiado vago para hacer su trabajo correctamente. Doble el pergamino con un movimiento brusco y se lo devolvió a Amir. Luego, se dirigió al subalterno y a los guardias.
"La ley es la ley. Los procedimientos existen por una razón. La carga del comerciante Amir está debidamente documentada y gravada. Libérala. Inmediatamente." Su voz no dejaba lugar a discusión. Luego, añadió, sus palabras claras y resonantes en el silencioso patio, destinadas a ser escuchadas por todos: "Las reglas no distinguen entre Han y extranjero. Solo requieren que se sigan. La justicia no mira el origen. Mira las pruebas. Y las pruebas," señaló el pergamino en manos de Amir, "están aquí."
El subalterno asintió frenéticamente, su rostro ahora ceniciento. "¡Sí, honorable magistrado! ¡Inmediatamente!" Se apresuró a alejarse, arrastrando a los confundidos guardias con él.
Amir se quedó quieto, observando a Shen Yan con una nueva intensidad en sus ojos oscuros. No hubo gratitud efusiva, solo un respeto cauteloso y una profunda evaluación. Inclinó la cabeza, un gesto de reconocimiento más que de sumisión. "Honorable magistrado auxiliar Shen. Su... equidad... es notable."
Shen Yan lo miró directamente. "No es equidad. Es la ley. Ve a recoger tu mercancía." No esperó una respuesta. Su mente ya estaba de vuelta en la sala principal, en la monja sollozante, en el pañuelo desgarrado con las peonías carmesí, y en el nombre en la lista: Du Bao. Lin'an Fu. El eco de sus propias palabras al subalterno resonaba en sus oídos: Las reglas no distinguen... La justicia mira las pruebas. Pero en el laberinto de ambición y traición de la corte, ¿dónde estaban las pruebas? ¿Y quién realmente las seguía?
Se giró, su túnica azul oscura agitándose ligeramente, y regresó por el pasillo hacia la sala principal donde Hui Neng aún esperaba. La caja de pruebas de bronce pesaba a su costado, un recordatorio de su oficio. El pañuelo, ahora guardado dentro de su manga, sentía como una brasa contra su piel. El caso de la tumba vacía ya no era solo una profanación. Era una puerta de entrada. Una puerta que olía a tierra removida, a seda desgarrada y a las intrigas podridas de Lin'an. Y Shen Yan, el tuiguan desterrado, con su lupa, sus pinzas y su pincel de cinabrio, estaba decidido a cruzar su umbral.
El aire en la oficina del magistrado auxiliar parecía haberse espesado aún más, impregnado ahora con el olor a miedo de la monja y la fría determinación del hombre que la enfrentaba. Shen Yan sostenía el pañuelo de seda desgarrado, el bordado carmesí de las peonías brillando siniestramente a la luz que entraba por la puerta.
"¿Dónde está la tumba?" preguntó Shen Yan, su voz aún plana, pero con una intensidad subyacente que hacía que Hui Neng se estremeciera.
"En... en el jardín trasero del Humilde Templo de las Ciruelas, honorable magistrado," farfulló la monja, limpiándose las lágrimas con la manga. "Cerca del estanque de lotos."
Shen Yan asintió una vez, bruscamente. "Vamos. Ahora." Se guardó el pañuelo dentro de su túnica, cerca de su corazón, donde su frío peso servía como un recordatorio constante. Luego, tomó su caja de pruebas de bronce del escritorio. El cerrojo de cobre hizo un pequeño chasquido al cerrarse, un sonido definitivo. "Tú," señaló al guardia con la cicatriz en la ceja, que parecía el menos estúpido del grupo. "Y otro. Conmigo. Traed palas y una lámpara de aceite." Su mirada barrió la sala. "El resto, seguid con vuestras tareas. Pero no se hable de esto." Su tono no dejaba lugar a dudas sobre las consecuencias de la desobediencia.
El viaje hasta el Humilde Templo de las Ciruelas fue corto pero tenso. El templo, un complejo modesto de edificios de madera con tejas grises, se aferraba al borde de la ciudad, cerca de un recodo tranquilo del Gran Canal. El aire olía a incienso, cera de abejas y la humedad omnipresente del río. Hui Neng los guió por patios silenciosos, pasando por delante de una sala principal donde unas pocas monjas rezaban en voz baja, sus cantos creando un telón de fondo inapropiadamente sereno para la profanación que habían descubierto.
El jardín trasero era un lugar de paz cultivada: ciruelos bien podados, un pequeño estanque de lotos con flores rosadas apenas abiertas, y bancos de piedra pulida. Pero la paz había sido destrozada. En un rincón sombreado, rodeada por un muro bajo, la tierra de un túmulo funerario reciente había sido excavada de manera brutal. Grandes terrones de tierra, oscuros y húmedos, estaban amontonados a un lado. La lápida de mármol blanco, grabada con el nombre "Du Liniang" y una breve elegía, había sido desplazada, inclinada a un ángulo precario. Y allí, bajo la débil luz del sol que se filtraba a través de las hojas, estaba el ataúd.
No estaba completamente abierto. La pesada tapa de madera oscura había sido deslizada hacia un lado, dejando un espacio lo suficientemente grande como para que un hombre se deslizara dentro, y luego apuntalada con una piedra irregular. Desde donde estaba Shen Yan, podía ver el oscuro vacío en el interior.
"Allí," susurró Hui Neng, señalando con un dedo tembloroso hacia la base del ataúd, visible a través de la abertura. "Ahí... ahí lo encontré."
Shen Yan se acercó, ignorando la tierra suelta que se amontonaba alrededor de la tumba. Se arrodilló en el borde, su mirada escrutando el interior. El ataúd estaba forrado con una tela gastada, ahora rasgada y manchada. Un fino colchón de paja cubría el fondo. Y allí, descansando sobre la paja descolorida, estaba el pañuelo. El mismo pañuelo de seda con las peonías carmesí desgarradas que Hui Neng le había mostrado. Pero ahora, a la luz del día, Shen Yan vio algo más: en una esquina de la seda, apenas visible contra el rojo intenso, había una mancha de un lodo gris verdoso. Extrañamente pálido para la tierra oscura y rica de Nan'an.
Sacó sus pinzas de la caja de pruebas, las finas puntas de acero brillando. Con mano firme, recogió el pañuelo por una esquina no manchada, evitando tocar el lodo o los bordes desgarrados. Lo sostuvo en el aire. El lodo gris verdoso era distinto, casi calcáreo. No coincidía con la tierra marrón oscura que lo rodeaba. *¿Traído de otro lugar? ¿O algo depositado por quien profanó la tumba?*
"La lámpara," ordenó Shen Yan sin apartar la vista del pañuelo.
El guardia con la cicatriz encendió rápidamente la lámpara de aceite que habían traído, su llama parpadeante arrojando sombras danzantes sobre las paredes de tierra de la tumba. Shen Yan bajó la lámpara, iluminando el interior del ataúd vacío. Su mirada escudriñó cada pulgada de la madera gastada, la tela forrada rasgada, la paja descolorida.
Entonces lo vio. En el colchón de paja, cerca del centro donde habría yacido el cuerpo, había una serie de marcas. No eran rasguños casuales. Eran cuatro líneas paralelas, profundas y frenéticas, como si alguien hubiera arañado la superficie con una fuerza desesperada. Y dentro de esos surcos, atrapadas en las fibras de paja, había pequeñas hebras blancuzcas. Fibras de lino, probablemente del colchón mismo, pero arrancadas con violencia. ¿Lucha? ¿Pánico? ¿Alguien atrapado intentando escapar?
Su mente trazó conexiones instantáneas. El pañuelo, manchado con lodo extraño, colocado dentro. Las marcas de arañazos, indicando violencia o movimiento dentro del ataúd. ¿Profanación? ¿Robo de cadáver? ¿O algo más siniestro?
Alzó la vista hacia Hui Neng, quien observaba con horror. "¿Cuándo fue enterrada la doncella Du?"
"El... el día diez del sexto mes, honorable magistrado," murmuró la monja. "Hace casi medio año exacto.
Shen Yan asintió. Medio año. Tiempo suficiente para que un cuerpo se descompusiera significativamente. Pero no había olor a putrefacción en el ataúd, solo el aroma mohoso de la madera vieja y la tierra húmeda. Extraño.
Su atención se desplazó entonces al suelo alrededor de la tumba profanada, especialmente en la zona entre la tumba y el camino de losas que llevaba de vuelta al templo. La tierra estaba revuelta por la excavación, pero más allá del caos inmediato, debería haber huellas. Huellas de aquellos que habían cometido el acto.
"Quitad esa tapa," ordenó Shen Yan, señalando la losa de piedra que apuntalaba la tapa del ataúd. Los dos guardias, bajo su mirada vigilante, la movieron. La tapa del ataúd, ahora sin soporte, se deslizó con un crujido sordo hasta quedar completamente abierta, revelando todo el vacío interior.
Shen Yan se bajó al hueco mismo de la tumba, ignorando la tierra suelta. Se arrodilló junto al ataúd, la lámpara en una mano. Con la otra, comenzó a examinar meticulosamente el suelo de tierra compactada alrededor del féretro. La tierra estaba húmeda, conservando impresiones con claridad. Y allí estaban. Huellas. Muchas. De diferentes tamaños, diferentes estilos.
Acercó la lámpara. "Traedme papel limpio y carbón vegetal. Rápido."
Mientras el guardia con la cicatriz se apresuraba a cumplir, Shen Yan señaló las impresiones en el suelo, hablando en voz baja, más para sí mismo que para los demás, pero lo suficientemente alto para que los guardias lo oyeran, creando un registro.
"Ved aquí. Huellas de sandalias de tela gruesa. Pequeñas. Probablemente de un monje o trabajador." Movió la luz. "Otras más grandes. Botas. Con suela de cuero, patrón de desgaste de alguien que camina mucho. Un guardia, quizás." Luego, sus ojos se agudizaron. "Y estas... botas con clavos. Espaciados uniformemente. Patrón específico." Sacó un pequeño rollo de papel fino de su caja de pruebas y un palito de carbón. Con mano experta, comenzó a hacer frotamientos de las impresiones más claras, capturando sus contornos en el papel negro.
Mientras trabajaba, su mente procesaba. Las botas con clavos. Había visto ese patrón antes. En la guardia del Prefecto Du Bao. Un patrón de clavos distintivo, ordenado en filas dobles. ¿Habían estado los soldados de Du aquí? ¿Vigilando? ¿O participando?
Pero entonces, algo extraño llamó su atención. Siguió las huellas. Todas ellas - las sandalias, las botas de cuero, las botas con clavos - todas apuntaban hacia el ataúd. Convergían en el espacio abierto donde el profanador habría trabajado. Pero cuando buscó las huellas que se alejaban del ataúd, que llevaban de vuelta al camino... no había ninguna. O al menos, ninguna clara. La tierra más allá del área inmediata de excavación estaba extrañamente alisada, como si hubiera sido barrida o... cubierta.
¿Cómo salieron? ¿Volando? La pregunta, absurda, resonó en su mente. Ningún fantasma necesitaba ocultar sus huellas. Esto era obra humana. Metódica. Premeditada. Alguien había entrado, profanado la tumba, y luego había borrado cuidadosamente sus huellas de salida. ¿Por qué? ¿Qué habían llevado consigo que requería tal secreto, además del cuerpo?
Se puso de pie, saliendo del hueco. Sus ropas tenían manchas de tierra en las rodillas, pero no le importó. Su mente estaba en otra parte, trazando líneas invisibles entre el ataúd vacío, el pañuelo extraño, las huellas que solo entraban, y el nombre en la lista del gobierno: Du Bao. Lin'an Fu.
"Monja Hui Neng," dijo, su voz rompiendo el silencio tenso. "¿Quién más ha estado aquí recientemente? ¿Visitantes? ¿Entregas?"
Hui Neng se retorció las manos. "Solo... solo los fieles habituales, honorable magistrado. Alguna ofrenda de comida... y..." Vaciló, sus ojos bajaron.
"¿Y?" La presión en la voz de Shen Yan era palpable.
"El... el comerciante Amir," murmuró la monja, casi inaudiblemente. "El persa. Hace unos días. Hizo una donación generosa. Incienso. Para nuestras oraciones."
Shen Yan no mostró reacción externa, pero internamente, una pieza más encajó. Amir. El comerciante al que acababa de defender en el patio del gobierno. El hombre cuyos bienes habían sido confiscados sin razón. ¿Una donación al templo? ¿Coincidencia?
"¿Dónde está ese incienso?" preguntó.
Hui Neng lo guió de vuelta hacia los edificios del templo, a una pequeña sala de almacenamiento cerca de la cocina. El aire estaba saturado con el aroma dulce y picante del incienso. Varios sacos de arpillera estaban apilados contra una pared. Hui Neng señaló uno en particular. "Este. El mejor incienso de Arabia. Muy generoso."
Shen Yan se acercó. Sacó su lupa de la caja de pruebas. Examinó la arpillera, la cuerda que la cerraba, el sello de cera. Nada parecía fuera de lo común. Luego, su mirada se posó en la base del saco, donde había estado en contacto con el suelo. Y allí, apenas visible contra la arpillera marrón, había una mancha. Una mancha de un lodo gris verdoso.
Exactamente del mismo tono que la mancha en la esquina del pañuelo de seda encontrado en el ataúd vacío.
La conexión golpeó a Shen Yan con la fuerza de un martillo. El incienso donado por Amir, manchado con el mismo lodo extraño que se encontró en la tumba profanada. Amir, quien había estado en el templo recientemente. Amir, quien acababa de tener un altercado con funcionarios corruptos del gobierno.
¿Coincidencia? La palabra sonó hueca en su mente. Shen Yan no creía en ellas. Creía en las pruebas. Y las pruebas, como gotas de sangre sobre la nieve, comenzaban a formar un patrón. Un patrón que conducía desde la tumba vacía de la hija del Prefecto, pasando por un pañuelo extraño, un lodo misterioso, hasta un comerciante persa y la sombra omnipresente del Prefecto Du Bao, originario de Lin'an.
El juego había comenzado. Y Shen Yan, con su caja de pruebas y su mente fría y analítica, estaba decidido a jugarlo hasta el final. El silencio del almacén del templo pareció intensificarse, roto solo por el leve crujido del incienso en los sacos y el rápido latido del corazón de Shen Yan, un tambor sordo que marcaba el ritmo de la cacería.