Lo que calla Redstone Valley

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Sinopsis

La historia de una obsesión que carga un hombre desde niño. Weston Jeffries es un hombre violento marcado fuertemente por su pasado. Daphne Robbie una joven mujer de buen corazón cuyo único error fue reírse cuando no debió hacerlo y eso… eso la perseguiría para los restos de su vida. En Redstone Valley, nada es inocente, todo es secreto, y el pasado siempre vuelve para reclamar su precio.

Estado:
En proceso
Capítulos:
317
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4.8 4 reseñas
Clasificación por edades:
18+

PRELUDIO

Polvo y Sombras en Redstone Valley — El Valle del Silencio

Redstone Valley era un pueblo encajonado entre montañas oscuras y un bosque que parecía tragarse la luz al caer la tarde. Por el otro lado, un sendero se estiraba como una serpiente hasta perderse en el horizonte, salpicado aquí y allá por granjas solitarias y cercanas al olvido.

No era un pueblo pequeño, pero tampoco tan grande como para que los chismes se perdieran: allí todos sabían quién eras, qué hacías y con quién dormías.

En el centro, la calle principal hervía de vida durante el día: carretas cargadas de sacos de harina y barriles, vaqueros con sombreros ladeados, niños descalzos que corrían esquivando caballos, y el constante olor a cuero, sudor y whisky.

Pero sobre todo, estaba la sombra del hombre que gobernaba el lugar: Caleb Jeffries, sheriff de Redstone Valley.

Caleb no era un hombre de ley, sino de conveniencia. Sabía cuándo sonreír y cuándo apretar el gatillo, aunque casi nunca lo hacía él mismo; para eso tenía a su séquito de hombres fieles, comprados a buen precio. La gente lo respetaba… o más bien lo temía. Y en un pueblo como ese, el miedo era la forma más sólida de respeto.

En su casa, Caleb vivía con su joven esposa, Katherine, hija de una de las familias más ricas del valle. Un matrimonio frío, tejido con las hebras ásperas de un contrato más que de amor. Ella cumplía su papel de dama respetable, pero evitaba cruzar más palabras de las necesarias con su hijastro Weston. Y Weston, por su parte, se encargaba de ignorarla como si fuera cualquier otra muchacha del pueblo.

Weston Jeffries, de veintitres años, era la viva imagen del odio envejecido antes de tiempo. Serio, de ceño fruncido permanente, y con una violencia que le hervía bajo la piel. A diferencia de su padre, no se escondía detrás de hombres armados: si algo le molestaba, él mismo lo arreglaba a golpes. Bastaba que alguien no lo saludara, o no le diera el respeto que él creía merecer, para que amenazara con un duelo o rompiera una nariz en la taberna.

Las mañanas las pasaba en el bosque, cazando más por gusto que por hambre. Algunos animales los disecaba como trofeos, otros terminaban en la mesa. Pero cuando el sol comenzaba a caer, Weston y sus ocho amigos —Joe, John, Jaden, Tom, Javier, Kevin, Nick y Jacob— se reunían en Scarlet Rose, el burdel del pueblo.

Entre humo de tabaco, whisky y carcajadas groseras, compartían mesa con las prostitutas que siempre sabían cómo reírles las vulgaridades.

La preferida de Weston era Nancy, una mujer de veinticinco años de carcajada fácil y cintura ágil. Con ella pasaba la mayor parte de las noches, aunque también compartía cama con otras, como Taylor.

Muy diferente era la vida de Daphne Robbie, una joven de veintidós años, hija de una familia adinerada que vivía en una casona blanca en lo alto de la calle norte. Educada, tímida, siempre vestida con telas finas en tonos pastel y el cabello rubio recogido en coletas con lazos a juego con sus vestidos. Su madre, Prudence, la adoraba; su padre, Robert, la apreciaba como ejemplo de virtud, aunque reservaba su orgullo para el hijo varón, Daniel.

Daphne era respetada en el pueblo… y también envidiada. Pero su vida social era casi inexistente. Un fantasma del pasado se encargó de eso: Weston.

Cuando eran niños, Weston había sido diferente. Tímido, callado, refugiado en su madre, Rachel. Pero la tuberculosis se la llevó cuando él tenía once años, y con ella se fue su último refugio. En la escuela, los insultos comenzaron: “hijo de puta”, le decían.

Los líderes de esa humillación eran Harry y William, primos de Daphne, y ella… ella había reído junto con los demás. No lo golpeó ni lo insultó, pero tampoco lo defendió.

Con el tiempo, Weston se volvió fuerte, violento, y convirtió a Daphne en su blanco personal. Durante años la persiguió, la acorraló, la hizo llorar. Nadie la defendió. Así, el miedo se convirtió en su respuesta automática cada vez que lo veía.

Ahora, en el presente, Weston poco le dirigía la palabra, pero cada vez que cruzaban miradas, en él se agitaba una rabia vieja e incurable… y en ella, un miedo intacto.

Esa calma tensa estaba a punto de romperse.