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El Teatro de las Hadas

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Sinopsis

La justicia tiene un nuevo rostro: el de los carnífices, creados para ejecutar criaturas que no pueden detenerse de otra forma. Tori solo lleva unos meses acreditada como carnífice cuando un compañero desaparece en circunstancias sospechosas. Su búsqueda la arrastra a una amenaza capaz de reducir la ciudad a cenizas. Entre mentiras, viejas deudas y alianzas peligrosas, Tori descubrirá que no todo es lo que parece. Porque en este mundo, la muerte no es el peor final.

Genero:
Fantasy,Thriller
Autor/a:
Jordan
Estado:
Extracto
Capítulos:
31
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

El cementerio

Es la peor noche para estar viviendo la peor noche de mi vida.

Si el mundo fuera un lugar justo se estaría desencadenando una tormenta eléctrica. O un tornado. O, como poco, la calima que lleva todo el verano asfixiando la isla debería convertirse en un torbellino de fuego y polvo que arrase cuanto se cruza en su camino. Me conformo con un tsunami provocado por un pequeño meteorito al caer en mitad del océano. Tampoco pido tanto.

Es el primer día del verano en el que se puede respirar sin riesgo a que te asfixie el polvo en suspensión y las temperaturas bajan de los treinta grados a la sombra. La ciudad entera está aprovechando para recuperarse de un mes de noches sin dormir y las calles están vacías. Reina una calma casi absoluta, rota por el suave murmullo de las olas a lo lejos y los furiosos golpes del mortero.

Tener la espalda desnuda y los brazos apoyados contra la hierba húmeda es casi orgásmico, lo único que conseguirá que valga la pena la bronca que me espera por venir con una camisa sin mangas y la espalda al aire. Es un cambio que apenas supone tardar cinco minutos más en guisarme en mi propio jugo. Sigo llevando pantalones largos y botas de caña alta, todo de piel de muda. Es resistente, flexible, duradera y transpira muy mal, así que estoy cubierta de una asquerosa pátina de mi propio sudor que me deja la piel húmeda y pegajosa.

Pensándolo mejor, no es una noche tan buena y tampoco competiría por ser la peor de mi vida. Ni siquiera de la última década. Es pura envidia.

Gael, mi compañero de fatigas por esta noche, está de pie a unos pocos pasos alegrándome con sus lloros. El peso de su frustración ayuda a que disfrute de los pequeños placeres a la vez que dificulta que me regodee en la mía. Lo uno por lo otro.

Es alto y muy guapo, algo que prefiero ignorar, aunque son su carisma y su encanto natural los que mantuvieron su cama ocupada en sus cada vez más lejanos tiempos de soltería. Tiene la piel canela, una mandíbula ancha bien rasurada que aprieta con tanta fuerza que en cualquier momento se le saltará un diente, ojos oscuros que un día normal tendrían un brillo pícaro, pelo del color de la arcilla mojada, rizado en las puntas, y unas manos grandes y fuertes por las que siento una insana fascinación.

Está nervioso. Trabaja sobre una mesa plegable en la que se amontonan de cualquier manera paquetes con los ingredientes ya pesados y medidos de antemano. Aunque él ha decidido usarlos según su criterio y ninguno que ya ha usado está vacío... si no se cuentan los que ha desparramado sobre la mesa y el suelo. Ese caos, reflejo del que debe tener en la cabeza, contribuyó a que se olvidara del aceite de linaza hace unos veinte minutos, añadiera más agua para aligerar la pasta arcillosa y ahora, tras descubrir el error y vaciar la botella mientras maldice entre dientes como un buen cristiano, no sabe cómo espesarlo. Un error de principiante con prisas cuando ni es lo primero ni tenemos de lo segundo.

Sus atrayentes y callosas manos tiemblan como las de un colegial en su primera cita. Disfruto tanto como sufro por cada error que sigue cometiendo.

Sobre mi cabeza se extiende un cielo de terciopelo negro salpicado de brillantes bengalas de potasio, capas y capas de ellas, indistinguibles unas de otras, perdiéndose en la distancia. Mi atención se centra en las tres que tengo más cerca.

—¿Sabes qué es lo peor? —continúo sin dejar que su falta de interés me desanime—. Da igual las veces que vuelva, sé que le dejaré meterse en mi cama porque… Joder, ¿a quién no le gusta encadenar orgasmos? —me pellizco el puente de la nariz con dos dedos—. Después empiezan los problemas. Los espasmos no borran que sigue siendo el mismo gilipollas que…

—¿Te importaría cerrar esa bocaza tuya durante cinco minutitos de nada para que pueda pensar? —me espeta Gael con una brusquedad impropia de él—. Y levántate. Quedarte ahí tumbada en lugar de hacer tu trabajo no es muy profesional.

Pueden acusarme de muchas cosas y poco profesional ni está en la lista ni se la espera. Hay un tope de tiempo que alguien puede dedicar a pasearse alrededor del círculo de luz que proyecta la lámpara de suelo como si fuera un perro de presa al acecho antes de aburrirse y en mi caso eso fue hace media hora.

Abro los ojos. Un cielo turbio me saluda con solo algunas pequeñas nubes y una luna gibosa menguante colgada en una esquina, teñidas de un feo color amarillo rojizo por los restos de una calima que no termina de irse. Mi tapiz sigue en su lugar, una ligera gasa en la que cuelgan las estrellas móviles que representan la magia que sostiene a los muertos vivientes, superpuesto al mundo físico.

Estamos en la zona vieja del cementerio: un desorden de lápidas y cruces invadidas por la maleza que se sostienen por la fuerza de la costumbre. Las que se sostienen. Quienes están enterradas aquí murieron mucho antes del Despertar y somos pocas las personas que se pasean por aquí. Si obviamos a las residentes.

La falta de iluminación y senderos intentan lo que los muros todavía no han conseguido: mantener bien lejos a las idiotas que encuentran divertido pasearse por un camposanto cuando cae el sol y evitarles una muerte horrible e innecesaria. Suelen subir por el ligero desnivel que lleva hasta la playa en las peores condiciones posibles, casi siempre con alcohol suficiente en vena para abastecer una discoteca durante un mes. Antes de Maritza, bastaba pisar la playa durante la noche para encontrar una muerte segura. Eran tiempos mejores, más sencillos y con mucho más trabajo.

—¿Estamos picajosos hoy o solo nos sentimos suicidas? —me levanto con la gracia natural que me caracteriza—. Si me callo, te comen y no cobro —estiro el brazo para coger mi guadaña, que dejé apoyada en una lápida—. ¿Por qué tardas tanto? Se supone que esta es la parte fácil.

Gael hace un ruido que suena a algo a medias entre un gruñido y un bufido.

—Porque los simples mortales necesitamos algo de preparación antes de llevar a cabo la clase de cosas que otras criaturas más privilegiadas son capaces de conseguir solo deseando que ocurran —sé que es un halago, sin importar que los nervios hagan que tanto su tono como su lenguaje corporal puedan ser considerados insultantes—. Ahora cállate, aunque solo sea para que una mínima parte de tu perturbadora vida sexual no quede grabada.

Le hago un corte de mangas a la cámara, que ni siquiera me apunta a mí sino a la mesa plegable y la lápida que tiene al lado. Gael logró que Maritza desistiera de la videollamada y el dron con imágenes a tiempo real, cosa que agradezco muchísimo. Ver este desastre según ocurre, sin poder intervenir, habría sido demasiado para su marcapasos.

Estamos aquí por ella. Años de conjeturas, investigación y pruebas convergiendo en un pequeño milagro que revolucionará el control de los cementerios… por parte de los seres humanos, que es lo que importa. Si Gael consigue sacarlo adelante. Que no parece probable.

Maritza no está aquí ocupándose en persona por haber cometido un crimen imperdonable: pedir permiso.

Si ella se hubiera limitado a venir al cementerio, hacer el ritual, formalizar los resultados y presentar su trabajo nadie habría dicho una palabra para censurarla. Incluso la habrían aplaudido por ayudar a salvar más vidas. Quiso hacer las cosas bien y esas mismas personas que la habrían levantado en hombros se dieron el gusto de negarle ese derecho y aquí estamos el suplente y… yo, que no llego a suplente. Soy la niñera del suplente. Parte del decorado. El árbol número cuatro.

—Podría haberlo hecho yo. Tendría que haberlo hecho yo. Lo habría hecho mejor. Y más rápido —espeto con más dramatismo y amargura de lo que pretendo.

Ese es el problema real, lo que convierte esta noche en un humillante infierno que tengo que pasar.

Maritza fue mi adiestradora durante años, los poco que fue carnífice antes del marcapasos. Ella me enseñó todo lo que sé y gracias a ella puedo moverme por el cementerio como una puta reina en su castillo. Me pasé media vida jugándome el cuello correteando en la oscuridad cuando todavía era una condena a muerte. La Domadora de Muertos Vivientes convirtió en mío su feudo para después elegir a su amante en lugar de a mí, relegándome a un papel menor. Uno que sabe que detesto con cada fibra de mi oscuro corazón.

Estoy celosa, asquerosamente celosa, y ofendida. Lo entiendo, ya lo entendía antes de que ella viniera a explicarme su decisión punto por punto y pedirme que viniera de todas formas. Eso no significa que tenga que gustarme. Su absoluto fracaso es lo único que me ayuda a sobrellevarlo y es una victoria pírrica, puesto que también supone el fracaso de Maritza.

—Lo habrías hecho mejor y más rápido —me confirma Gael, añadiendo a la desesperada pequeñas cantidades de arcilla para corregir su charco de agua sucia—. Por desgracia para los tres, el amor de mi vida no quiere que nada que puedas hacer afecte los resultados y aquí estamos, apañándonos con un parche que no satisface a nadie porque no tenemos alternativa.

—Lo sé. Gracias por decirlo —sienta bien oírlo de otra persona, incluso si es por millonésima vez.

Me estoy comportando como una cría estúpida, lo admito encantada. Siempre podría haber sido mucho peor. Maritza podría haber elegido a Asra, que también habría hecho un trabajo más rápido y limpio que Gael.

—Usa el almidón —le digo a Gael, consiguiendo que me preste atención de verdad.

—Si no hemos traído… —levanta la pequeña bolsa llena de polvo blanco, que es de lo poco que no está abierto y desparramado porque no tenía motivos para usarlo.

—Maritza puso agua de más para que pudieras lavarte y yo almidón para cuando aguaras la mezcla —apoyo la mejilla en el filo de la guadaña. Está tan caliente que quema—. Ella confía en ti, nosotras sabemos que tiendes a poner líquido de más porque así es más fácil manejar la arcilla.

Gael abre la bolsa con cuidado, como si fuera un pequeño tesoro, y espolvorea pequeñas cantidades de almidón sobre la arcilla sin dejar de moverla. Su cara de concentración es casi divertida.

—Si cierras tu puerta con llave dejarán de colarse amantes a los que no puedes resistirte —dice Gael, supongo que intentando ayudar.

¿Cómo no se me habrá ocurrido esa genialidad a mí? Tendría que haberme callado lo del almidón.

—Siempre cierro mi puerta con llave. El problema es que cuando llama sé que es él y le abro porque…

—Sí, lo de los orgasmos. No necesito volver a oírlo.

Me trago la réplica que me quema en la lengua solo porque la arcilla ya tiene una textura aceptable y quiero volver a casa pronto para ponerme algo que no me haga caminar sobre un charco de mi propio sudor. Hago girar la guadaña como un molinete y vuelvo a los paseos mientras recito la lista completa de razas mágicas, que no admite réplicas.

La parte difícil está a punto de empezar.

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