Amazonia
Gaspar fue siempre un hombre con una enorme inclinación a la aventura. Por eso, cuando oyó hablar del “Nuevo Mundo”, lleno de riquezas y tierras infinitas por explorar, no dudó en unirse a la próxima expedición. No solo quería ver si los rumores eran ciertos; necesitaba hacerlo.
Sin embargo, la emoción inicial pronto se transformó en incertidumbre y, luego, en miedo. Sin aviso alguno, y en el corazón de la Amazonia, se separó de su grupo. Probó a llamarlos a gritos y buscó huellas o cualquier indicio que lo llevara a ellos, pero fue inútil. Entre tanta vegetación y el constante estruendo de la naturaleza, encontrar a alguien era una tarea imposible.
Aun así, no era un hombre que se rindiera fácilmente. Continuó avanzando, atento a sus alrededores, bebiendo agua del río y comiendo los mismos frutos que los animales, confiando en que no serían letales. Por suerte, eso le bastó para mantenerse con vida.
Con el tiempo, las horas y los días perdieron todo significado. No sabía la hora, ni cuánto tiempo llevaba perdido. Lo único que tenía claro era que tarde o temprano saldría de la selva y que, cuando lo hiciera, se centraría en regresar a su natal España.
De repente, un olor a carne cocinándose invadió sus fosas nasales, lo que hizo que su estómago rugiera y se le hiciera agua la boca. Lo más probable era que se tratara de una alucinación, pero ¿y si no? ¿Y si el resto de la expedición estaba cerca? ¿Y si lo estaban buscando?
No tenía nada que perder. Por descabellada que fuera la idea, prefería investigar a perder la oportunidad de reencontrarse con los suyos. Se dirigió hacia la dirección de la que venía aquel delicioso aroma, acelerando el paso, ansioso por llegar al fondo del asunto.
Poco a poco, entre los miles de árboles que lo rodeaban, distinguió lo que parecía ser una fogata. Emocionado, se acercó sin dudarlo, y entonces se percató de dos cosas: la primera, que en efecto, era una fogata. La segunda, que quienes estaban sentados alrededor no eran sus compañeros, sino una tribu de sujetos esbeltos y atléticos, con diseños pintados en rojo sobre su piel morena y adornos de hueso que colgaban de sus orejas y cuellos.
Pero lo peor vino cuando reparó en que lo que cocinaban no era de ningún animal que pudiera reconocer. Su olor era similar al del cerdo, pero sabía perfectamente que no era lo mismo. Al ver los huesos junto al fuego, comprobó lo que temía.
El primer impulso de Gaspar fue retroceder, pero ya era demasiado tarde. Los ojos de la tribu se habían posado en él, y si intentaba huir, lo alcanzarían sin problema. Ese era su territorio; les pertenecía, y lo conocían a la perfección.
Fue entonces cuando decidió permanecer en su posición, sin emitir sonidos ni hacer movimientos bruscos. Levantó los brazos en un gesto de conciliación y un par de hombres se aproximaron a él. Lo observaron de arriba abajo, curiosos por su ropa y el color de su piel, algo que para ellos era de otro mundo.
Su líder, que llevaba un collar hecho de huesos aparentemente humanos, le hizo un gesto para que se acercara, y Gaspar decidió que lo más sensato sería obedecer. Caminó el trecho que lo separaba de la fogata y, consciente de que sus lenguas eran ajenas la una a la otra, intercambió una mirada silenciosa con el sujeto.
Este tomó un poco del alimento que se cocía entre las llamas y se lo llevó a la boca. Con un gruñido de satisfacción, señaló el resto de la carne a modo de ofrecimiento.
El español, a pesar de estar en una situación tan complicada, era un hombre de fe. Desde niño había sido un fiel creyente, y alimentarse de otro ser humano era una carga de conciencia con la que no estaba dispuesto a vivir ni a regresar a su patria.
De la manera más cortés que pudo, negó con la cabeza y sonrió agradecido, temiendo haber ofendido a los miembros de la tribu. Para su sorpresa, no actuaron de forma agresiva ni insistieron. El líder se limitó a asentir y a hacer una seña con la mano, indicando que podía retirarse. No hubo palabras ni sonidos más allá de los de la propia naturaleza.
Gaspar, sin pensarlo ni dar tiempo a que cambiaran de opinión, se inclinó ligeramente a modo de reverencia y se dio media vuelta para marcharse. Fue entonces cuando uno de los sujetos posó su mano delgada pero firme sobre su hombro. Al girarse, el indígena se llevó un dedo a los labios, un gesto que Gaspar entendió mejor que cualquier palabra.
El español era libre de irse, sí, pero el secreto de aquella tribu, al igual que ellos, debía permanecer oculto. Él lo sabía, y por eso, cuando finalmente se reencontró con los suyos, omitió esa parte de la historia. También lo hizo cuando retornó a su tierra e, incluso, durante las décadas que faltaban para que la muerte lo reclamara, nunca habló del tema.
La tribu le había perdonado la vida y él se encargó de devolverles el favor, manteniéndolos en secreto para siempre.
Fin.