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Sinopsis

[LIBRO III] EL INFIERNO HA ROTO SUS PROPIOS VOTOS, Y EL CIELO EXIGE VENGANZA Bastien y Ash han cometido un grave error: enamorarse de humanas y convertirlas en inmortales, rompiendo pactos con Dios y usando oscuros rituales. Esta traición ha desatado una guerra inevitable entre el Paraíso y las fuerzas del Inframundo. Roxanne, el ángel exterminador, tiene una misión clara: infiltrarse en Inferno y devolver a los siete príncipes al abismo, cueste lo que cueste. Sin embargo, un obstáculo se interpone en su camino el momento en el que la Princesa de la Ira pone sus ojos sobre ella. En medio de la misión, Roxanne deberá no solo ser discreta y completar su misión, sino también luchar contra su propia fe y descubrir secretos que mantienen ignorantes en las almas del Paraíso. En este conflicto, el precio de fallar podría ser el alma misma. Porque en este juego de traición y seducción, solo una verdad se mantiene sobre todas: la voluntad de Dios es inquebrantable.

Genero:
Romance
Autor/a:
Scarbie Quinn
Estado:
Completado
Capítulos:
11
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Palabra de Dios

El fulgor de las llamas se alzó varios metros sobre el monasterio, la madera crujiendo derrotada mientras caía contra el suelo de piedra, vigas rugiendo bajo el poder del fuego, vidrieras explotando en fragmentos de colores entre el asfixiante calor y el cegador humo.

La luz de la luna se vio opacada por la desolada imagen que bajo esta se levantaba imponente. No se escucharon gritos ni aullidos suplicantes de las monjas del convento desde el exterior, todo ardió hasta los cimientos sin pruebas de las almas que ascendieron para ser recibidas por su Creador.

Unos pasos se escucharon en el silencio de la noche, el repiqueteo de las botas blancas de una mujer que observaba las llamas con sus ojos azul celeste, con las facciones tensas en una mueca de repugnancia por la escena que se desafiaba ante ella. Sus largos cabellos dorados brillaban con el reflejo de las llamas y la luna en una mezcla de tonalidades cálidas y pálidas; su mano blandía con firmeza el mango de su espada plateada, decorada con intrincadas decoraciones en la acanaladura de su filo, el cual descansaba sobre su hombro mientras los dedos de su otra mano se veían entrelazados entre los cabellos largos de una cabeza inerte de un hombre cuyos ojos miraban al cielo como muestra de la última súplica que realizó antes de que hubiera sucedido lo inevitable.

A sus pies, el resto del cuerpo se encontraba tirado sin cuidado, un charco de sangre manchaba sus ropas allí donde hacía apenas unos minutos, su cabeza seguía unida sobre sus hombros.

Un agujero se abrió en la tierra con un temblor que la hizo perder el equilibrio brevemente. Descendió su mirada; la oscuridad de aquel socavón ante ella era algo a lo que acostumbraba a mirar en su trabajo.

De una patada, tiró el cuerpo inerte del hombre al agujero, observando con gesto impasible cómo este desaparecía entre las tinieblas sin fondo.

—Desciende con dolor, demonio —escupió con repulsión en su voz mientras se deshacía de la cabeza.

Dio varios pasos atrás, observando cómo se volvía a cerrar la enorme grieta en la tierra con un rugido ensordecedor, el suelo a sus pies temblando hasta que finalmente se selló de vuelta, sin dejar rastro de lo que acababa de suceder ante el monasterio en llamas.

Alzó la vista al cielo nocturno, tomando una gran bocanada de aire y cerrando los ojos por un breve instante antes de dejar caer el filo de la espada de sus hombros, la punta expulsando una nube de chispas durante unos segundos antes de volver a hacerse el silencio.

—La tierra ha sido purificada —susurró, y una luz emanó de la tierra donde descansaba la punta de su espada, expandiéndose rápidamente como el agua hasta donde se encontraba el monasterio en llamas, el fuego lentamente perdiendo su brillo hasta que solo quedaron las ruinas calcinadas de lo que una vez fue suelo sagrado.

Hacía unos días, Roxanne se encontraba en el Palacio Celestial, un lugar que siempre le quitaba el aliento cuando era convocada a las reuniones oficiales, lleno de luz y energía divina. Las paredes de mármol blanco brillaban con un característico resplandor suave, y grandes ventanales dejaban entrar la luz del sol de la tarde, creando un ambiente etéreo. A lo lejos, se podían oír melodías celestiales de los querubines y los murmullos de otros ángeles vagando por la ciudad.

La joven se encontraba en el gran salón, donde una asamblea de ángeles se encontraba reunido de emergencia. El aire se encontraba impregnado de una sensación de expectación y solemnidad. Al fondo, un trono resplandeciente se veía ocupado por una figura de gran majestuosidad: Dios, cuya presencia irradiaba paz y autoridad.

Roxanne observó a su alrededor, a sus compañeros ángeles, todos ellos atentos a las palabras de Dios. La atmósfera se percibía tensa, un murmullo en los asientos. Supo de inmediato que algo grave estaba ocurriendo en el mundo mortal.

La imponente voz del Creador hizo eco en las paredes de la estancia, acallando de manera inmediata el discreto zumbido de cientos de voces creando teorías sobre el motivo por el que habían sido convocados de una forma tan urgente.

—Mis fieles servidores —inició, y Roxanne contuvo la respiración. Era un efecto que la demandante voz de su superior ejercía en ella—, el equilibrio entre el Cielo y el Infierno se ha visto alterado. Los príncipes de las tinieblas han traído caos a la Tierra, seduciendo almas perdidas y rompiendo los pactos sagrados. He oído sus súplicas y he visto el sufrimiento de los inocentes. La humanidad está en peligro.

La joven sintió un peso en su corazón, su pecho se contrajo al recibir la noticia. Con cada palabra de Dios, Roxanne se dio cuenta de la gravedad de la situación. Las visiones de la desolación y la desesperación en la Tierra comenzaron a llenar su mente de imágenes grises que encendían su sangre celestial con el deber que juró defender hasta su muerte.

Dios fijó su mirada en Roxanne, y ella no pudo evitar sentir una mezcla de orgullo y temor ante los ojos impasibles del ente que ante ella se alzaba.

—Roxanne —inició—, te he elegido para esta tarea. Debes descender al Inferno y traer de vuelta a los siete príncipes, ya sea por la fuerza o persuadiéndolos a regresar. Es una misión de vital importancia. Debes ser astuta y discreta. Ellos fueron mis siervos antes del levantamiento de Lucifer, y su desvío no solo afecta a la humanidad, sino también al orden divino. Cada uno de ellos tiene un papel que desempeñar en el Inframundo, y su ausencia causa un desequilibrio que amenaza a toda la creación. Creí que serían agradecidos al permitirles caminar entre los mortales, pero solo están rompiendo juramentos que jamás debieron ser creados en un primer lugar.

Roxanne escuchó detenidamente sus palabras, su corazón acelerándose de manera descontrolada mientras sentía cómo la responsabilidad de una misión que podría convertirse en la más importante de su eternidad se cargaba sobre sus hombros.

Una parte de ella quiso retroceder, temerosa a fracasar, una sensación que nunca antes había experimentado y que le cortaba la vía respiratoria sin piedad.

—¿Cómo puedo hacerlo, Creador? —Su voz se alzó por primera vez en la sala, el eco reverberando contra el mármol de las paredes, dejando a todos sin opción de ignorarla— Son astutos y peligrosos. He visto el dolor que causan.

—Tú tienes la fortaleza necesaria —explicó Él con voz serena, casi paternal—. No solo eres un ángel exterminador, sino que también eres portadora de la luz divina. Confía en tus habilidades y en la guía que te otorgaré en el camino. No puedo permitirme enviarte un compañero, pues infiltrarte resultará más fácil si vas solo tú, así que confío plenamente en ti como mi mejor guerrera.

Roxanne apretó los labios para suprimir un jadeo de sorpresa ante sus palabras, incapaz de creer que su superior la hubiera declarado en ese instante como la mejor guerrera de su ejército. Entonces sus dudas se disiparon, la fe y lealtad que sentía agolpándose en su pecho y haciéndola arrodillarse enorgullecida ante el trono, su pesada armadura dorada impactando contra el suelo de mármol, declaró:

—Lo haré, mi Señor. No descansaré hasta que haya cumplido con mi misión.

La determinación brillaba en sus ojos azul celeste, y en ese momento, sintió cómo su alma quedaba sellada a su propósito.

La visión del palacio comenzó a disiparse de su mente, regresando a la realidad en la que se encontraba. En ese entonces, se encontraba ante las puertas del Inferno con el cuerpo tenso, sintiendo cómo el olor a algo maldito emanaba desde el interior. Había elaborado una runa en su muñeca izquierda, una cruz protectora que disfrazaba su apariencia celestial a su alrededor.

Sus cabellos rubios perdieron ese brillo etéreo al igual que sus ojos, su espada desaparecida en algún rincón del plano celestial que solo podría abrir en un caso de necesidad, y sus ropajes de guerrera se habían convertido en un simple vestido ceñido azul marino de terciopelo que se moldeaba a sus delicados atributos como una segunda piel.

Tomó pequeñas respiraciones y las puertas del Inferno se abrieron ante ella.

Comenzaba la misión.

Siete para regresar de vuelta a su hogar.

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