La madre de los príncipes

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Sinopsis

Puede ser leída antes o después de la corona es mía, aunque recomendaría leer primero la otra ya que esta es la historia de un personaje secundario... La madre de Los príncipes en el libro anterior. Lissandra... "Tenía prohibido demostrar debilidades, pero era imposible... Cuando él me hacía sentir tan vulnerable".

Genero:
Drama
Autor/a:
nayegonzalez210
Estado:
Completado
Capítulos:
34
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Inicio

Reino Veridia

Érase una vez...

No, no lo diré así. Porque así empieza todo cuento feliz, y solo se halla en los clásicos... ¿Verdad? Ya ni recuerdo. Hace mucho que no leo un "erase una vez". Así que empezaré de otro modo.

En un reino...

El rey Beethoven tenía dos hijos, Jeremías y Jonás. Jeremías era mayor que Jonás por un año, y había una gran diferencia entre ellos: más inteligencia, más fuerza y más demostración. Como príncipe, Jeremías pudo demostrar que estaba listo para llevar la corona de su padre en el momento en que él partiera de este mundo. Cuando el rey se sintió muy cansado para seguir gobernando un reino tan grande, decidió entregar la corona al que le pareció que podía hacerlo. Jonás no fue elegido, no porque tuviera algún tipo de rivalidad al menos en ese momento no la tenía; no fue elegido porque el rey no lo consideraba digno todavía para llevar una corona como esa. Dijo que sería el segundo heredero después de Jeremías, algo que Jonás no se tomó muy bien.

Años atrás:

_¿Puedo hablar con usted, mi señor?

Dijo Jonás, parándose frente a la cama de su padre, que se encontraba sentado quitándose la capa y la corona, como si no pudiera soportar el peso de estas.

—Adelante, Jonás, ¿qué tienes para decirme?

Le contestó el rey, como si ya supiera lo que él le iba a decir, rogando con esa mirada vacía que no armara un escándalo en ese momento. Pero el príncipe hizo todo lo contrario, se lo tomó de una forma muy tranquila.

—Entiendo que usted no me considere digno para llevar la corona del rey, y que mi hermano tenga más fuerza y valentía de la que yo alguna vez he llegado a tener siendo príncipe. Pero me parece muy injusto que lo diga en mi rostro como si no fuera yo también uno de sus herederos...

—Jonás... Tu hermano también es mayor que tú, y mayormente es el mayor el que toma el cargo y después el otro.

—¿Y qué pasará si yo muero antes que Jere? ¿Nunca sabré lo que se siente ser dueño de este reino?

—Entiende que Veridia necesita un rey que los comprenda y tú sueles ser muy descuidado con las cosas. No quisiera descontentar a los pueblerinos.

—Claro, cuidemos a la gente y no más que se quede como príncipe y prácticamente otra persona que debe obedecer a Jeremías...

—Sabes que él nunca ha sido de dar órdenes, y te adora. Es lo menos que hará.

—Tal vez solo intenta mantenerse buen hermano delante de ti, cuando mueras...

—¡Jonás!

La voz autoritaria de Jeremías sonó detrás de él y del rey. Se acercó con los ojos muy abiertos de un azul eléctrico que parecía intimidar hasta al mismo rey.

—No vuelvas a decir que nuestro padre se va a morir, mucho menos en su propia cara.

—Mira qué ironía, hermanito, justamente le estaba hablando de eso. De que no podía decirme en mi propia cara lo patético que soy, lo obstinado y soberbio que puedo llegar a ser.

—Nunca dije que fueras eso, Jonás se adelantó a decir el rey.

—Tiene razón, padre, eso lo inventé yo, pero es solo una forma de decir...

Jonás, basta

volvió a decir Jeremías mientras se acercaba más a su hermano

— Debes respetar a nuestro papá, sigue siendo nuestro superior y, aunque algún día parta de este mundo al igual que nosotros,

debemos mantener el respeto.

—Eso haré... Mientras viva lo respetaré. ¿Ya después de muerto puedo escupir en su tumba?

—¡Jonás!

—Déjalo, hijo... No sabe ni lo que está hablando.

El rey se acostó en la cama, dejando encima su capa y su corona. No se despidió de nadie. Él lo sentía, sentía que no le quedaba mucho tiempo, pero no quería que lo vieran vulnerable porque era prácticamente la cabeza del reino. Sabía que cuando él muriera muchas bandejas iban a caer. Cuando recibieran la noticia, no habían tenido uno como él en siglos.

Tal como se esperaba, al día siguiente se esparció la noticia de que el rey había amanecido muerto. Jonás no lloró, pero Jeremías... él parecía querer que lo sepultaran junto a su padre.

—Dejaría todo... hasta mi puesto de príncipe, solamente para que me duraras un poco más... —decía mientras acariciaba la blanca ataúd cubierta con una sábana de seda y flores encima, decorada con cadenas de oro y plata las cuales también había por dentro.

Jonás, por otro lado...

—¿Por qué lo van a enterrar con todo ese oro? No es como que en el más allá le fuera a dar uso. En cambio, los vivos sí podemos utilizarlo.

Su hermano lo miraba con ganas de matar. No tenía ni siquiera un poco de prudencia en el funeral de su padre. Pero decidió no hacerle caso para honrar su memoria y no desatar una pelea entre hermanos el día que el reino lo llevaría al panteón... Había más de 700 millones de personas. Incluyendo las del reino de Artensas, los seis reyes de los demás reinos estaban allí... Sí, digo los 6 reyes porque automáticamente ya Jeremías lo es.

Después del velorio del Rey, Jonás sentía que le faltaba algo más en su vida que las acostumbradas concubinas que tenía. Quería algo más... Una figura angelical... una hermosura que deslumbrara y que se sintiera deseado a la hora del amor. No solamente un cuerpo que suplicaba su atención. Él quería algo más... Y fue cuando llegó ella... sus padres querían que ella tuviera una mejor vida, lloraron hasta el cansancio.

No querían despedirse, pero tampoco conseguían cómo mantenerla. Era hija de una pareja árabe.

Su nombre era...

Lissandra Torreblanco.

Jeremías ya tenía a su prometida, que había sido elegida por su padre antes de que muriera y que a él le gustó de inmediato. Durham, una hermosa mujer de ojos color café como el cabello.

Por otro lado, el nuevo "regalo" de Jonas era una mujer que parecía ser la reina de las nieves. Ella se paró frente al trono de Jonas haciendo una reverencia que lo hizo sonreír.

—Levanta un momento la cabeza, solo Déjame ver tus ojos...

La chica de rostro delgado y perfilado levantó la mirada manteniéndola fija con la del príncipe Jonas. Él se paró de su trono y levantó el pie; ella creía que era para pisar el suelo e imaginaba que era su forma de dar órdenes en lugar de mover. Pero lo que hizo Jonás fue poner su pie en la cabeza de la chica, haciendo que ella enterrara su rostro contra el suelo.

—Te dije que levantarás la mirada un momento, no que te mantuvieras mirándome... ¿Tu nombre?

Ella débilmente levantó el rostro que se había lastimado un poco por el pisotón en la parte de su cerebelo y el impacto de su cara de frente contra el suelo.

—Lissandra...

—Bien, esta misma noche te voy a esperar en mi habitación, nada de esperar al menos un día para que te adaptes o esperar una semana. No, hoy te espero... Bañada, perfumada y arreglada, no voy a tocar a una mujer sudada ¿Entendiste? Una gota de sudor y, como mínimo, puedo cortarte el lugar donde la tengas.

—¿Y cuando cumpla con mis deberes tampoco puedo sudar? preguntó ella nerviosa, haciendo que Jonás sonriera, sabiendo exactamente a lo que ella se refería.

—Eso sería otro tipo de sudor, sería el que te voy a hacer soltar cuando estés apurada por complacerme. Porque una cosa, Lissandra, si no me gusta lo que haces, no me servirás de nada.

—Sí, alteza...

—Te espero en mi habitación a las siete en punto... puedes irte.

Lissandra hizo una última reverencia antes de darse la vuelta e irse. La mujer encargada de las nuevas chicas que iban llegando al harén se le acercó, guiándola hacia los baños.

¿Qué pasará si no cumple con las expectativas del príncipe?

****

—No lo mires directamente cuando te diga que lo veas un momento, el príncipe odia que le falten el respeto.

—Pero no le falté el respeto, solo mantuve la mirada alta.

—Pues esa "mirada alta", como tú la llamas, él la considera como un desafío.

—No intentaba hacer esto...

—Solo te digo, no lo mires. Vuelve a bajar la cabeza porque no le parece digno que una simple mujer lo mire tanto tiempo.

La criada desvestía a Lissandra pidiéndole que se tapara los senos con las manos mientras lo hacía. La ayudó a subirse a la bañera de agua caliente soportable y con una taza tirándole agua en el cabello y el cuerpo. Se notaba perfectamente si estaba sucia por la gran blancura de aquella mujer.

—¿Hay algo más que deba saber antes de ir con el príncipe?

—Si no lo complaces te va a golpear, no le gusta matar directamente. Te da otra oportunidad pero después de haberte dado una paliza.

Lissandra cambió su expresión a una de tristeza, no sabría cómo hacer que eso no sucediera. Si fuese un hombre normal que la comprendiera... pero es el príncipe Jonas.

Desde afuera, el príncipe estaba ansiosamente esperando hasta no aguantarse más y entrar al baño. Su mirada se detuvo en los rosados pezones de Lissandra y en cómo su blanco cabello caía por su espalda y se perdía en ella.

—¿Ya casi estás lista?

—Alteza, apenas se está bañando, debo prepararla como usted pidió. Dijo la criada nerviosamente mientras volvía a poner las manos en el cuerpo de Lissandra.

—Te la dejaré pasar esta vez, pero no estoy hablando contigo...

Le dijo Jonas, mirándola con amenaza que cumpliría sin duda alguna.

—La esperaré donde había dicho, no toques la puerta, solo pide que te dejen pasar y lo harán.

Jonas se fue, dejando a las dos mujeres asustadas.

¿Es esto el trato que merece una chica recién llegada que está allí por la gran pobreza en la que vivía? Una chica que sus padres decidieron dejar a manos del príncipe y que ni siquiera es un poco comprensivo.

******

Saliendo Lissandra del baño fue directamente a los aposentos del príncipe, o al menos eso creía ella. Nunca le dijeron cuál era la puerta que llevaba hacia el espacio íntimo del príncipe. Y tocó una puerta que no pertenecía a él. Era la habitación de una de las criadas. La cual no tardó mucho en abrir la puerta.

Era una chica alta un poco más que ella, con un pequeño gorro tejido y un vestido verde con rayas de color negro.

—¿Disculpa señorita? ¿Me estás buscando? Preguntó ella.

La joven bajó la cabeza apenada sin saber cómo disculparse ante aquel error.

—Me he equivocado de habitación, yo estaba buscando la del príncipe.

—Ay chica, la del príncipe está al final del pasillo, allá donde están esos dos guardias de rojo. ¿Por qué lo estás buscando?

—Me dijo que quería verme esta misma noche... Que no esperaría.

—Ah ya entiendo, eres la nueva concubina. Él nunca espera mucho tiempo para recibir a las muchachas, es una costumbre que él tiene. Las toma desde el primer día, y carne que no le gusta carne que desecha.

—¿Qué les hace él?

—Primero las golpea, con cualquier cosa que tenga en la mano. Ya sea un cetro, una copa o un libro, pero si no tiene nada lo hace con su puño. Luego las deja en el harén sin permitirles irse, pero nunca más las vuelve a tocar, aquí la mayoría son prisioneras que no pueden abandonar el palacio aunque ya el príncipe no tenga interés en ellas.

Ya era segunda vez que escuchaba que el príncipe golpeaba a las mujeres...

Lissandra palideció más de lo que ya era. Y para completar... Ya eran más de las siete en punto.

—El príncipe me está esperando...

Salió corriendo sin despedirse bien de la criada y al llegar los guardias de rojo la miraron un momento.

—¿Eres la chica que su majestad dijo que vendría?

—Sí, soy yo, él me dijo que ustedes me dejarían entrar.

Los hombres quitaron sus armas de la puerta dándole acceso a ella. Jonas estaba poniendo una especie de crema en sus manos y frotando entre sí sus muñecas para concentrar el aroma en ella. Las muñecas eran uno de los lugares en los que más se ponía esa especie de cosas. La tapó con un corcho y se volteó a mirar a la chica.

—Al fin llegas...

Jonas levantó la mano invitando a Lissandra a acercarse a él. Guiada hacia la cama, Jonas la acostó de frente poniendo su dedo en el rostro de ella. Tocando desde su frente hasta el último dedo de su pie.

—Tus rasgos son muy delicados para ser reales.

Ella se mantenía callada, esperando a que él le diera permiso para hablar o si era posible no hablar con él.

—Voy a quitarte esto...

Las prendas que Jonas quitaba iban cayéndose hacia un lado o incluso hacia el suelo. Lissandra solo esperaba una señal. Hasta que por fin el príncipe la dio.

—Compláceme...

Al decir eso, ella levantó la cabeza sentándose al lado de él, dirigiendo sus labios a los del príncipe. Jonas entreabrió los ojos y recibió el beso jugoso y húmedo que le brindaba la joven.

—¿Puedo quitarle esto? - Le preguntó ella poniendo las manos sobre la ropa del príncipe, intentando hacerle creer que lo deseaba, que se moría por tocarlo. Pero en realidad, ella ni siquiera estaba interesada en él. Sólo debía cuidarse a sí misma.

—Claro que puedes, en este momento no me tienes que pedir permiso para nada.

Ella le quitó la ropa revelando la piel morena clara de Jonas. Era muy atractivo, de hecho muchas en el harén rogaban por su atención y se humillaban delante de él por una noche de desvelo anhelada. Pero Lissandra no sentía nada.

La escena de ambos se basaba en el solo placer del príncipe, ella solo rogaba que él le ordenara que se detuviera para ya no tener que seguir con eso. Ya sus piernas dolían y no sentía el cuerpo. Era una incomodidad gigante estar con él. Ni siquiera hacía algo que le causara una sola delicia a ella. Todo se basaba en él.

Unos minutos más tarde abrió los ojos y puso su mano en la cabeza de nuestra chica.

—Ya detente... estoy complacido.

Se bajó de encima sentándose en la cama y con una sonrisa satisfecha, el príncipe recogió y le entregó su ropa.

—Ten, si me gustó. Mañana quiero que estés aquí otra vez. Por ahora déjame solo.

Aliviada, se vistió rápidamente y salió de la habitación. Buscando a la criada que le había ayudado a bañarse.

—¿Muchacha? ¿Tú no estabas con el príncipe?

—Sí, pero ya me sacó de allá.

—Sí, es un detalle que olvidé decirte, te corre después.

—Y me alegro, no quería pasar la noche con él. Imagínate si se volvía a antojar.

—¿No lo disfrutaste?

—No, lo único que hice fue cansarme.

—¡Cansada! Aquí nadie se cansa de ser elegida por su alteza.

—¡Pero yo sí! - Gritó ella cansada y estirándose.

—Solo llévame a la habitación donde voy a dormir o al lugar, no sé...

—Claro querida, ven por aquí están las demás. ¿Le gustaste?

—Mucho... creo que demasiado. Mañana quiere verme de nuevo.

*******

—Niñas! - Gritó la mujer y todas las concubinas se pusieron de pie, bajando la cabeza ante su superior. Ella era como... La jefa de las criadas.

—Ella es nueva, y una de las favoritas del príncipe, así que cuidado con ella porque ya sabes cómo reacciona vuestra majestad. Liss, hay una cama vacía al fondo. Es para ti. En ella está un camisón que puedes utilizar.

—Gracias... ¿Puedo dormir de una vez?

—Claro que sí, mañana será otro día de ir con nuestro señor. Debes estar descansada.

La criada se retiró apagando la antorcha que iluminaba la sala de las mujeres, en la oscuridad todas se reunieron en el suelo, riendo en voz baja para no despertar a nadie.

—Oye... Ey chica nueva. Ven a hablar con nosotras.

Lissandra se levantó adormilada y se acercó a las chicas, sentándose junto a ellas.

—Yo soy Faema.

Dijo una de ellas.

—Yo soy Shayn.

Dijo otro un poco más mayor.

—Yo soy Trishe.

Dijo la tercera que parecía ser tan joven como Liss.

Las demás no se presentaron porque estaban ocupadas charlando sobre Jonas. En total eran doce.

—Yo soy Lissandra, pero pueden llamarme Liss si lo desean.

—Es un nombre muy hermoso. ¿Eres una de las favoritas no?

Le preguntó Faema.

—Sí, eso parece...

—¿Y qué te pareció? ¿Te sentiste como la más feliz del mundo?

—No, fue horrible, doloroso y cansón.

—¡¿Qué?! Pero si estar con su alteza es lo que soñamos cada noche. Y después que estamos con él dormimos con más felicidad todavía.

—No es como si fuera la gran cosa... solo es un chico.

—¿Un chico?

Exclamaron todas, deteniendo la conversación como si no pudieran creer de lo que estaba hablando aquella mujer que veían como si estuviera loca.

—Tanto él como su hermano Jeremías son los más guapos de este lugar, hasta la princesa del reino vecino se moja los calzoncillos cuando ve a Jonas.

—¡Ey! No necesito saber cuánto se moja o no... Si es atractivo pero también resulta maltratador.

—Entiendo que te parezca malo, pero nosotras podríamos aguantar ese daño con tal de no estar aquí solo esperando ser llamadas una vez cada dos años... Es solo ironía pero... Siempre tarda mucho y no podemos estar con otro hombre. Y ahora que tú eres parte de su lista menos nos va a llamar.

—Lo siento... Yo no sabía que me traerían aquí.

—Pero eso no es nada, ya hemos intentado vivir sin su... torso masculino, jajaja. Dinos, ¿le ha crecido más o sigue igual?

Faema era la más imprudente sin escrúpulos. Las demás no la regañaban, más bien se reían junto a ella.

Lissandra estaba roja, cubriendo sus ojos con los mechones de su cabello por la vergüenza.

—No sé, no fui para allá a medírselo. Solo a cumplir...

—Jajajaja solo es broma para pasar el rato.

—¿Podrían seguir hablando ustedes? Yo estoy cansada y quiero dormir.

Las chicas asintieron despidiéndose y quedándose un rato más sentadas, hablando más bajo para no perturbar el sueño de la nueva.

Por fin se acostó en la cama sintiendo sus piernas relajarse y en menos de 5 minutos se quedó dormida con la mente de que tendría que repetir lo mismo al día siguiente...