Capítulo 1: El desconocido
La campana sobre la puerta del café sonó de nuevo. Hailey Whitestone levantó la vista del desgastado libro de bolsillo que tenía entre las manos, más por costumbre que por curiosidad.
Le encantaba este ritual. Se sentaba escondida en una esquina del café del centro con una taza de café humeante y un libro que, tal vez, ni siquiera estaba leyendo. Las páginas solían ser más un escudo que una distracción. Lo que de verdad le llamaba la atención era el flujo constante de gente que pasaba por allí. Para los demás eran extraños, pero para ella se convertían en historias. Un hombre cansado con jeans manchados de pintura era un artista a punto de terminar su obra maestra. La mujer con el traje de falda azul marino quizá buscaba un poco de cafeína antes de una reunión donde se jugaba su ascenso. A Hailey le gustaba imaginar sus vidas y llenar los espacios vacíos que nunca se atrevería a preguntar.
Era más seguro así: observar desde la distancia. Sin ser vista.
La campana volvió a sonar. Ella alzó los ojos.
Esta vez, el corazón le dio un vuelco en el pecho.
Él entró como si el mundo se apartara para dejarle sitio. Era alto, de más de un metro ochenta, con hombros anchos que llenaban el corte oscuro de su traje. Su chaqueta le quedaba perfecta, sin una sola arruga. Cuando se movía, la tela parecía hecha a medida para obedecerle. Tenía el pelo rubio, más corto por los lados y largo arriba, peinado hacia atrás con la precisión justa para que pareciera natural. Su piel era cálida y bronceada, de esa que recuerda al sol incluso en lo más profundo del invierno.
A Hailey se le cortó la respiración cuando subió la mirada y se encontró con sus ojos. Eran verdes. No solo verdes, sino afilados y vivos, como cristal pulido bajo la luz. Impactantes e intensos.
Casi se le cae el libro.
Alguien lo acompañaba, otro hombre de traje que hablaba con soltura. Sus palabras se mezclaban en un tono bajo entre ellos. Ella apenas se dio cuenta. Todo lo demás se volvió borroso ante la presencia única del extraño. Parecía dominar el aire a su alrededor sin mover un dedo. Seguro de sí mismo, era el tipo de hombre que no necesitaba esforzarse. Solo tenía que entrar en una habitación para que todo girara en torno a él.
Debería haber apartado la vista. Sabía que debía hacerlo. Pero sus ojos se quedaron pegados a él mientras avanzaba en la fila. Su acompañante se reía de algo que él había dicho, y él mostraba una sonrisa fácil y ensayada. Tenía ese tipo de encanto que hace que la gente se acerque sin darse cuenta.
Recogió su café con un movimiento casual de muñeca y se giró hacia la puerta.
Y entonces sucedió.
Su mirada recorrió el café y la encontró a ella.
El corazón de Hailey le saltó a la garganta. Durante un breve instante, quizá dos o tres segundos, el mundo contuvo el aliento. Él clavó sus ojos en los de ella, firme y decidido. No fue un simple vistazo, fue una conexión. Era como si él hubiera sabido que ella estaba allí desde el principio.
El calor le subió a la cara. Agarró su libro con fuerza contra el pecho, como si la portada pudiera ocultar el galope frenético de su corazón. Estaba segura de que él podía verlo en sus ojos, en su respiración entrecortada y en cómo su cuerpo traicionaba su apariencia tranquila.
Luego, con la misma rapidez, él rompió el momento. Su boca se curvó en esa sonrisa sencilla mientras se volvía hacia su acompañante. Siguió con la conversación como si no hubiera pasado nada entre ellos. Empujó la puerta, haciendo que la campana sonara tras él, y desapareció entre el ruido de la ciudad.
El café recuperó su ritmo de siempre: el siseo de la máquina de espresso, el murmullo de las voces y el roce de los pies sobre el suelo.
Hailey se quedó congelada en su rincón, apretando el libro contra el pecho y con el pulso todavía acelerado. Entreabrió los labios como si pudiera pronunciar su nombre, si tan solo lo supiera. Le ardía la cara y tenía los pensamientos revueltos, pero bajo todo eso algo más despertaba; algo que no se atrevía a nombrar.
Intentó recuperarse y convencerse de que no había sido nada. Solo una mirada, solo un hombre. Pero su imagen se quedó allí, grabada en su mente: las líneas marcadas de su traje, la curva de su sonrisa y esos ojos verdes, penetrantes e inolvidables.
Hailey Whitestone era muchas cosas: tímida, reservada, una mujer feliz de vivir en segundo plano. Pero mientras estaba allí sentada en su rincón tranquilo, con las mejillas rojas y las manos temblorosas, se dio cuenta de algo que nunca se había admitido.
A veces, observar no era suficiente.