Destino incierto

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Sinopsis

Nacida de un Alfa despiadado, a Samantha nunca la han considerado lo suficientemente fuerte como para cargar con el peso de su linaje. Frágil desde su nacimiento y bajo el temor de no tener lobo, su decimosexto cumpleaños se aproxima con la amenaza del exilio cerniéndose sobre ella como una nube de tormenta. En un mundo donde el poder define el valor, Samantha debe enfrentarse a la dura realidad de su lugar en la manada y a la posibilidad de que, en verdad, nunca pertenezca a ella. Mientras la Diosa de la Luna observa, ¿le concederá a Samantha el cambio que tanto ha anhelado, o la guiará por un camino de destino inesperado? Uno que la obligará a redefinir la fuerza, la lealtad y el significado de hogar en un mundo que nunca ha hecho espacio para alguien como ella.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Amelia Storm
Estado:
Completado
Capítulos:
50
Rating
4.8 23 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Mi padre es un Alpha brutal. Es testarudo, no tiene piedad y le tiene alergia a la debilidad. Para él, ser débil no es solo un defecto, es una amenaza. Una grieta en los cimientos de la manada. Y yo soy esa grieta. El fallo en su linaje. El estorbo que nunca quiso y que jamás aprendió a aguantar.

Se supone que el heredero de un Alpha debe irradiar dominio en cada respiro. La fuerza debe estar grabada en sus huesos y la confianza cosida en su alma. Pero yo llegué a este mundo ocho semanas antes de tiempo, frágil y luchando por aire. El sanador no creía que pasaría de la noche. A decir verdad, nadie lo creía.

Mi padre quería dejarme tirada en el bosque. Decía que era mejor dejar que los rogues terminaran lo que la naturaleza había empezado. Quería que ellos silenciaran la vergüenza antes de que pudiera crecer.

Pero mi madre se interpuso entre la muerte y yo. Le temblaba el cuerpo, pero sus ojos echaban chispas. Retó a cualquiera a que me tocara. Lo desafió a él. Su rebeldía fue el único calor que conocí en un mundo que ya había decidido que yo no valía la pena.

E incluso ahora, años después, vivo bajo la sombra de aquel momento. Nací sin ser deseada, crecí bajo la lupa y siempre me recuerdan que sobrevivir no significa que me acepten.

Él nunca deja que olvide lo que soy para él: una vergüenza. Una mancha en su sangre. Lo ha dicho más de una vez: si el Alpha King estuviera en su lugar, me habría roto el cuello nada más nacer. Sin dudar. Sin piedad. Solo silencio donde antes estaba mi deshonra.

Mi decimosexto cumpleaños se acerca como una sentencia. Dos semanas. Eso es todo lo que me queda para demostrar que pertenezco aquí. Cada noche le rezo a la Diosa Luna, rogándole que despierte a la loba que llevo dentro. Sin ella, no soy nada. No tengo rango. No tengo voz. Solo soy un nombre hueco que susurran a mis espaldas. Una sombra que sigue a la manada, pero que nunca forma parte de ella.

Convencí a mi madre para que me dejara ir a una preparatoria humana y conseguir un trabajo en la cafetería, por si acaso. Por si acaso la Diosa Luna me da la espalda y tengo que alejarme de todo lo que conozco.

Hasta mi padre lo permitió. Dijo que era lo justo. Decía que trabajar en un restaurante era para lo único que servía: para servir papas y café a los humanos. Así es como me ve. No como a una hija. Ni siquiera como a una loba. Solo como un estorbo. Un error que espera ser borrado.

—¡Marchando una orden, mesa cinco! —ladra Dennis. Su voz me corta los pensamientos como metal oxidado.

—Esa es la sección de Heather —murmuro con los ojos clavados en el suelo, tratando de pasar desapercibida.

—Está en su descanso —espeta él—. Así que muévete, niña.

Heather es la dueña del local, pero en cuanto se descuida, Dennis se vuelve un tirano. Solo es el cocinero, pero se pavonea como si fuera el Alpha de la cocina, soltando órdenes como si diera puñetazos. Le encanta mandar, sobre todo a alguien como yo: un blanco fácil que no muerde.

Agarro la bandeja sin protestar. Discutir solo alimentaría su ego. Además, ya estoy acostumbrada. Ni siquiera aquí me respetan. Me toleran. Soy una sombra que limpia mesas y se queda callada.

Llevo la comida a una mesa llena de deportistas de mi escuela. Ni siquiera levantan la vista. No me saludan. Se ríen a carcajadas y hablan con un tono más pesado de lo normal. Seguro están planeando alguna novatada para algún pobre de primer año.

No me ven. Y tal vez ese sea el lugar más seguro: no ser vista, ni oída, ni tocada.

Me muevo por la escuela como el humo: silenciosa e invisible. He aprendido a ser una experta en pasar desapercibida, escabulléndome entre pláticas y pasillos llenos de gente sin dejar rastro. Es el único sitio donde puedo respirar. El único lugar donde el caos de mi casa no me persigue.

Quizás todo cambie cuando tenga a mi loba. Tal vez entonces mi padre deje de mirarme como si fuera una mancha en su legado. Quizás por fin sea alguien de quien pueda estar orgulloso, o al menos que pueda soportar. Sé lo que costará. Se acabará la escuela. Mi trabajo en la cafetería desaparecerá. Los pedazos de vida normal a los que me aferro me serán arrebatados. Pero si eso significa ganarme un lugar en la manada, si él me lo permite, quizás valga la pena.

Pero nada es realmente mío a menos que él me lo conceda.

Y sé lo que sigue. En cuanto cumpla los dieciocho, esperará que encuentre un mate. Querrá una alianza que le convenga, que fortalezca a la manada y borre la vergüenza que cargo desde que nací. Política de manada disfrazada de boda.

Y no sé si es un precio que esté dispuesta a pagar.

Tal vez la Diosa Luna tiene otros planes. Tal vez la felicidad no se encuentra en el lugar donde nací.

La cafetería está tranquila esta noche. Es ese tipo de silencio que parece que aguanta la respiración. Limpio las barras junto a Heather y apilo sillas, tratando de mantenerme ocupada para no pensar de más.

De pronto, justo cuando levanto la vista, el claxon de un coche rompe la calma como un disparo de advertencia.

Se me baja la presión.

Ya sé quién es.

Es Cole. Mi hermano. El orgullo de mi padre, su creación perfecta. Es cuatro años mayor que yo y está hecho de todo lo que yo nunca seré. Desde que pude ponerme de pie, le enseñaron a mirarme por encima del hombro, y se ha vuelto un maestro en eso.

—Apúrate, chucho —ladra desde el asiento del conductor.

Corro hacia el coche y me subo al lugar del copiloto sin decir palabra. —Gracias, Cole —murmuro, con cuidado de no provocarlo.

Él se burla. —No te ilusiones. Nuestra madre me pidió que recogiera a su mascotita para que no tuviera que caminar una hora en la oscuridad. Y a una Luna no se le dice que no.

Sus palabras destilan desprecio. Cada una me recuerda cuál es mi lugar y lo lejos que estaré siempre de su mundo.

Llegamos a la casa de la manada unos minutos después. No espero a que Cole diga nada; salgo del coche antes de que pueda soltarme otro insulto.

Cuando llego a mi cuarto, mi madre ya está allí esperándome. Su presencia es tranquila y dulce, como un alivio que no sabía que necesitaba.

—Samantha, cariño —dice suavemente.

—Hola, mamá. ¿Cómo estuvo tu tarde? —pregunto, tratando de sonar normal.

—Estuvo bien, mi amor.

—Por favor, no mandes a Cole por mí —le pido, intentando que no me tiemble la voz—. He caminado perfectamente desde que empecé a trabajar ahí.

—Samantha —responde con dulzura—, ha habido demasiados avistamientos de rogues cerca de las fronteras e incluso por el pueblo. Solo quiero que estés a salvo.

—A los rogues no les sirvo de nada —murmuro—. Aquí no hay nada que valga la pena robar.

Ella se acerca, con ojos tiernos pero firmes. —Deja que tu madre esté tranquila sabiendo que su bebé está protegida.

Asiento, tragándome el nudo en la garganta. Entonces añade, casi con cautela: —Quiero hablar contigo sobre tu cumpleaños.

Sus palabras me dan un escalofrío. Mis dieciséis. El momento en que todo podría cambiar o desmoronarse.

—Está bien —susurro—. No quiero fiesta ni nada. Solo quiero ir al prado y esperar. Esperar a que la Diosa Luna decida si pertenezco aquí.

—Si estás segura... —dice ella. Su voz es suave, pero tiene ese toque de autoridad de Luna que no se puede ignorar—. Pero igual te voy a dar un regalo, y no acepto discusiones.

—Mamá, por favor, no —susurro con la desesperación cerrándome el pecho—. Acabas de comprarme los materiales de arte. Mi padre estaba furioso, pensé que iba a destrozarlo todo.

Ella hace un gesto con la mano, restándole importancia. —Ya cállate. Él se aguantará.

Pero yo dudo. Sé cómo es su furia cuando se vuelve fría; cuando deja de gritar y se convierte en algo mucho más peligroso. Nunca me ha pegado, pero a veces pienso que eso sería más fácil. Los moretones se borran. Las palabras no. Se clavan hondo, como astillas en el alma. Resuenan en el silencio mucho después de que los gritos terminan.

Casi siempre, ella puede calmarlo con una mirada o un toque. Quizás el vínculo de mate sí domestica al monstruo. Han chocado por mi culpa más veces de las que puedo contar, pero siempre vuelven el uno al otro. He visto cómo la mira, como si ella fuera el sol y él solo un planeta atrapado en su órbita.

Y tal vez por eso sigo aquí. No porque me quieran. No porque valga algo. Sino porque el amor de ella es el único escudo que he tenido. Lo único que nos separa a él y a mí.

—Por favor, mamá, nada lujoso —susurro, con la voz a punto de quebrarse—. Ya sabes lo que deseo. Es lo único que quiero. Lo único que importa.

Ella sonríe, pero hay algo detrás de su gesto, algo frágil. Un rastro de tristeza, tal vez miedo. Pasa rápido, oculto bajo esa calidez que siempre lleva como armadura. Luego me guiña un ojo juguetona y habla con voz suave: —Sé que no soy la Diosa Luna —dice—, pero créeme... te va a encantar. Y no costó ni un centavo.

Ni siquiera yo puedo resistirme a ella. Tiene una forma de atraer a la gente con palabras dulces, mirada firme y una fuerza que no necesita gritar. Todos se rinden ante ella, no por miedo, sino por amor. Ella es la verdadera Luna, el corazón de la manada.