Capítulo 1
—Cassiel, por favor, reconsidera lo que estás haciendo.
La voz de mi madre omega, Cassandra, se oía consternada. Estaba suplicando, y me dolía verla así. Aunque ella se había opuesto a mi decisión desde el principio, ahora, al verme con las maletas en la mano, su preocupación era más palpable que nunca. Yo sabía que no podía hacerla cambiar de opinión, pero de todas formas lo intenté.
—Vito, por favor, lleva todas las maletas al carruaje —le pedí al mayordomo. Él me miró, luego miró a mi madre y finalmente hizo lo que le ordené.
—¿Cómo puedes hacerme esto? —Mamá estaba al borde de las lágrimas—. ¿Tienes idea de lo mucho que me voy a preocupar? ¿Acaso quieres que tu pobre madre muera por tu ausencia?
—Debes tranquilizarte, mamá —le dije mientras la tomaba de los hombros y la atraía en un fuerte abrazo—. Todo va a estar bien. No me quedaré toda la vida, una vez que las construcciones terminen yo volveré.
Ella se aferró a mi cuerpo. Yo sabía lo que ella pensaba: este es mi lugar, aquí es donde puede protegerme.
—No, me niego a que un hijo mío vaya a ese lugar lleno de alfas sinvergüenzas. No lo necesitas, sabes que no lo necesitas, ¿por qué quieres hacerme esto? No te vayas, por favor.
—Lo siento, mamá —me separé de ella y le di una mirada apenada—. No voy a poder complacerte. Soy enfermero, esta es mi vocación. Fui entrenado para ir a ese lugar, y negarme ahora sería como desperdiciar recursos, yo estaré bien.
—Nunca voy a entender por qué eres así. ¡Tan terco!
—Porque soy tu hijo. Tranquila, ¿sí? Yo te voy a escribir todos los días para que no tengas dudas de que estaré bien.
—Tú jamás has estado solo sin nosotras. ¿Y si alguien intenta sobrepasarse contigo en ese lugar tan lejano y lleno de desconocidos? ¡Ahí casi todos son alfas!
—Si eso pasa, yo sabré defenderme.
—Esas personas con las que tratarás no son iguales a los pacientes que atiendes aquí.
—Lo sé, por eso necesitan a alguien como yo. Estoy capacitado para esto, mamá. Por favor, confía en mí.
—Tu madre tenía razón. Te dejé pasar mucho cuando eras más pequeño, por eso ahora quieres hacer las cosas sin escucharnos.
—Solo estoy eligiendo hacer las cosas que me gustan. ¿Qué hay de malo con eso?
—Que las cosas que te gustan están fuera de lo que deberías hacer. —Una tercera voz resonó en el lugar. Me giré y me encontré con mi madre alfa, Camil—. Tú deberías quedarte aquí, en tu hogar, y si ya estás tan cansado de vivir con nosotras, entonces deberías casarte e irte con un alfa de buena familia que procure tu integridad. ¡No esa locura que harás!
—Me alegra que hayas venido por lo menos a despedirte, madre —le dije, pasando por alto todo lo que había dicho.
Ella chasqueó la lengua.
—Aún estás a tiempo de arrepentirte y hacer lo mejor para ti.
—Ya decidí lo que es mejor para mí. No voy a cambiar de opinión, y si me permiten, el tren partirá pronto, debo ir a la estación.
—¡Cassiel, por favor! —Mi madre omega se precipitó hacia mí con los ojos llorosos—. No te vayas, cachorro mío, por favor. Te lo imploro.
Me dolía el corazón ver a mamá de esa manera.
Desde que se enteró de mi decisión de ir como voluntario a las construcciones de las vías del ferrocarril en las montañas para ayudar al médico del lugar, se alteró por completo y se rehusó a darme su aprobación. No hubo un segundo en el que no me rogara que me rindiera.
Pero una vez que me propongo algo, no hay forma de que no lo intente.
—Lo siento, mamá —murmuré con un nudo en la garganta—. Estaré bien, te lo prometo. Nada malo va a pasarme. La madre Luna cuidará cada uno de mis pasos. Antes de que te des cuenta, estaré de regreso en tus brazos.
Mamá soltó un quejido y me abrazó con fuerza de nuevo, sabiendo que no había manera de hacerme cambiar de opinión.
Al separarnos, miré a Camil. Mi madre alfa me observaba con una expresión de solemnidad inquebrantable. Ella nunca fue cruel o mala conmigo. Siempre se comportó como una buena madre, y aunque a veces era dura y me exigía demasiado, yo sabía que me amaba.
Por eso, a pesar de sus constantes críticas y nuestras peleas, le sonreí.
—Adiós, madre. Cuídate mucho y cuida de mamá, por favor.
Pude notar cómo ella titubeó y, por un segundo, su máscara de rigidez pareció resquebrajarse. Eso fue suficiente para mí. Lo tomé como un gesto de cariño, incluso si no se concretó.
—Volveré, lo prometo.
Con el sollozo de mi madre omega a mis espaldas, salí de mi hogar. Frente al carruaje me esperaba Vito, un alfa de arrugas acentuadas que había estado en gran parte de mi crianza.
—Bueno, supongo que aquí nos despedimos. Espero que tú no te pongas como mis madres.
—Ellas se preocupan por usted, joven. Sabe que siempre han procurado su seguridad y felicidad. Por algo le han permitido llegar a este punto.
—Sí, lo sé... —murmuré algo cabizbajo—. Pero esto es algo que quiero hacer. Mi intención no es preocuparlas.
—Créame que lo sé, joven, pero ellas de todas formas lo estarán. Son sus madres. Aun así, le aseguro que ambas están orgullosas de usted, a su manera. Lo que hará no es algo sencillo, y por eso quiero pedirle que, si en algún instante siente que se vuelve demasiado para usted, no dude en regresar. Aquí estaremos esperándolo.
Apreté los labios y asentí.
Las comisuras de los labios de Vito se elevaron un poco, y puso una mano en mi hombro.
—No sé en qué momento creció tanto, pero me siento complacido de ver el tipo de omega en el que se ha convertido.
Me abalancé hacia adelante y lo abracé fuertemente. Me llené de su calidez y afecto, como si quisiera guardar una reserva para el tiempo en el que estaría alejado.
—Te escribiré también todos los días. Procura que mis madres no discutan.
—Tranquilo —Vito se separó unos centímetros—. Usted sabe que sus madres se aman. Las encontrará igual de enamoradas al volver.
Yo sabía que así sería.
—Creo que será mejor que ya me marche o no alcanzaré a subir al tren.
Vito estuvo de acuerdo, y aunque su mirada denotaba una melancolía que me hizo saber que él tampoco quería que me fuera, me abrió la puerta del carruaje y me ayudó a subir.
—Vuelva con bien, joven —me pidió. Esta vez, su voz sonó menos controlada y más afectada por la situación.
—Lo haré. Cuídate mucho.
Y con una última mirada a lo que era mi hogar, emprendí mi nuevo viaje.