01
El amanecer en la Sierra del Sur de México es anunciado por los gallos, el sonido de las hojas de los arboles, y el rumor incesante en los cafetales que despiertan bajo la neblina.
Isela Durán llevaba años sin temerle a nada, pero algo sucedió esa mañana.
—La encontramos tirada, patrona, ahí cerca del paso del río —informó Jesús, el capataz, aún agitado con la voz temblorosa, mientras sostenía su machete en la mano.
Ella bajó del caballo sin decir ni una palabra y caminó hasta la camioneta, donde una figura delgada y sucia estaba envuelta en una manta vieja, estaba inconsciente y respirando con dificultad... Tenía el rostro ensangrentado con un corte profundo en la frente y la ropa empapada de lodo, restos de hierbas y... más sangre.
Isela apretó los labios.
—¡Traigan a médico! ¡Ahora!
Sabía lo que decía.
La hacienda Durán no era cualquier finca perdida en la montaña, era una con más de doscientas personas trabajando esta temporada entre cultivos, procesamiento y transporte, había aprendido —a la fuerza— a prever emergencias. Le había costado varias vidas en sus primeros años, pero desde entonces, había construido una pequeña sala de enfermería y de urgencias, bien equipada y discreta, detrás de las antiguas caballerizas entre la zona vieja y la casa principal.
La pequeña enfermería tenía generadores, neveras para medicinas, insumos quirúrgicos básicos, una camilla hidráulica y, sobre todo, privacidad, más que un lujo en esas tierras aledañas, era una necesidad, pues, el poblado más cercano apenas contaba con un par de médicos generales y el hospital regional más grande estaba a casi tres horas, considerando los caminos de tierra y lluvia constante de la temporada.
Ella lo tenía muy claro: si la movían, no lo lograría.
—¿Por qué se quedan quietos? Díganle a Lázaro que venga de inmediato —añadió, alzando la voz.
Lázaro Bernal era un jóven médico de apenas 26 años que estaba haciendo su servicio social en el centro de salud de la pequeña comunidad que se encontraba a unos 20 minutos de la hacienda, pero desde hacía unos meses, había aceptado trabajar los fines de semana en la hacienda, ganaba en un día lo que la Secretaría de Salud le daba en su beca médica mensual (unos dos mil y tantos pesos mensuales).
Tenía talento, aunque le temblaban las manos cada vez que veía demasiada sangre.
Isela caminó hacia la estructura de concreto blanco donde guardaban los equipos médicos y revisó con rapidez lo que tenían disponible... unas gasas estériles, antibióticos, morfina, anestesia local, pinzas quirúrgicas, bisturí, jeringas nuevas, también un equipo portátil de sutura y un desfibrilador automático que había mandado traer desde la capital después del accidente de uno de sus trabajadores.
Claramente tenían todo lo necesario ahí, todo... menos tiempo.
El disparo había entrado por el costado izquierdo, tenía las muñecas marcadas, como si hubiera estado atada, y aun así, seguía viva.
Lázaro llegó minutos después en su moto, con la mochila médica en la espalda y la cara pálida.
—¿Dónde está?
—En la enfermería.
El joven asintió.
Isela lo acompañó hasta donde se encontraba la mujer y desde lejos observó quieta, atenta, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
—¿Quién es ella? —preguntó Lázaro, mientras se colocaba los guantes, era claro que esta mujer no era del campo.
—No lo sabemos —dijo ella—. Solo... haz lo que puedas.
Mientras el médico preparaba anestesia y abría su instrumental, Isela seguía parada en la puerta.
—La herida de bala no parece profunda, pero sí un poco peligrosa... está cerca de las costillas, voy a tener que limpiar, desinfectar, posiblemente abrir y drenar.... el golpe en la cabeza es lo que me preocupa más, la sangre en la frente ya está seca... y... el ojo izquierdo está parcialmente cerrado por el hematoma.
Lázaro trabajó en silencio, con la concentración pero la respiración temblorosa, pues, sabía el margen de error. Cortó la tela ensangrentada con tijeras quirúrgicas, revelando la piel manchada de lodo, llena de moretones y sangre seca.
—Gracias a Dios, el impacto no alcanzó ningún órgano vital.
Isela continuó observando desde la pared, sin moverse, sin interferir, no preguntaba más, solo miraba.
Una parte de ella ya no estaba pensando en el procedimiento, sino en la forma en que el cuerpo de aquella desconocida comenzaba a tomar forma bajo la limpieza, el rostro, aunque amoratado, era hermoso... pómulos marcados, labios curvos, pestañas largas cubiertas de tierra... pero había algo que le llamaba más la atención y era la elegancia natural que no coincidía con la escena, ese cuerpo no pertenecía a la Sierra, como si alguien la hubiera arrojado allí desde otra parte.
La respiración de la mujer desconocida se hizo más tranquila conforme la morfina hizo efecto.
Cuando Lázaro terminó de suturar, se quitó los guantes y con un suspiro entre frustrado y aliviado soltó:
—Va a sobrevivir.
—¿Estás seguro? —preguntó Isela, sin apartar los ojos.
—Sí. Tendrá que estar en observación hasta que despierte.
Justo entonces, alguien golpeó la puerta metálica del acceso principal.
—¿Isela? —llamó una voz grave desde afuera—. Soy Alfonso.
Isela reaccionó al instante.
—Lázaro, quédate con ella.
Abrió la puerta, afuera, con su sombrero en la mano y botas llenas de lodo fresco, estaba Alfonso Ibarra, comisariado ejidal de la región y viejo amigo de Isela, era un hombre alto y de hombros anchos, tenía unos ojos claros y una barba cerrada, siempre portando su sombrero y un arma al cinto.
—Te avisaron rápido —dijo ella.
—El Flaco bajó al pueblo a buscar ayuda y avisaron por radio, me vine como pude. Traje dos hombres y revisamos la zona.
—...
—No encontramos nada.
Isela frunció el ceño.
—Me dijo Jesús que la encontraron sin zapatos... no hay nada que pueda decirnos quién es, ni celular ni identificación... sólo... —abrió la mano y mostró un objeto pequeño envuelto en un pañuelo limpio— esto.
Era un collar de oro blanco, con una piedra azul en forma de gota.
Isela lo tomó entre los dedos y lo reconoció como un diseño caro, era demasiado para alguien simple y corriente.
No había denuncias activas.Ninguna alerta.Ningún indicio de que alguien la estuviera buscando.
—¿Qué hará, señora? —le preguntó el joven médico.
Isela guardó silencio y miró por la ventana hacia la línea verde de sus tierras, ella sabía perfectamente lo que iba a hacer.
...
La finca se extendía como un imperio oculto entre la sierra verde, húmeda y espesa.
Si se veía desde arriba, la casa principal resaltaba entre todo lo verde de las tierras.La habían construido hacía no más de treinta años, con cimientos de piedra y techos de teja, en el interior todo era impecable, tenía madera oscura, muros claros, ventanales altos y muebles elegantes. Contaba con tres niveles: en el primero se encontraba la sala, el comedor y una cocina tan grande como funcional, un despacho donde Isela pasaba la mayor parte de sus noches; el segundo nivel albergaba tres grandes habitaciones con balcones, dos de ellas eran de visitas y una se había convertido en un gimnasio, y claro, también tenía una terraza; y en el último piso se encontraba la habitación principal con acceso a una terraza privada con jacuzzi y una pequeña piscina que miraba a las montañas.
La finca era más que casa, era un mundo, a su alrededor estaban establos, huertas, rutas de cultivo, un amplio garage, una casa de huespedes y una pequeña casa de dos pisos donde Jesús, el capataz de toda la vida, vivía junto a su familia y, no tan lejos, un helipuerto.
Más allá de la casa principal y cerca de los cafetales, las bodegas y la pequeña planta de procesamiento estaba la zona vieja, donde el resto del personal estaba distribuido en pequeñas casas algunas de ellas eran de adobe, modestas pero bien diseñadas especialmente para los trabajadores de temporada.
Esa misma tarde, Isela le pidió a Angie —su ama de llaves y enfermera— que preparara una de las habitaciones principales, no en la casa de huéspedes, no en la enfermería, en su casa.
—Que esté cerca —fue todo lo que dijo.
En su despacho, Isela se sirvió un whisky en las rocas en un vaso de cristal grueso sin mirar a nadie y se sentó al borde del escritorio, cruzando las piernas, observando con calma al trío frente a ella.
—Necesito discreción absoluta —dijo con voz baja y segura.
Frente a ella estaba Alfonso y él asintió.
A su lado estaba el joven médico quien la miraba con cierta inquietud.
Jesús, fiel como un perro viejo, mantenía los brazos cruzados y los ojos atentos.
—¿Por qué no la entregamos a la policía municipal?— preguntó el joven médico.
Isela soltó una leve risa seca.
Alfonso bufó.
—¿La policía municipal? —repitió con burla Isela—. ¿Y qué sigue, Lázaro? ¿Tirar carne a los perros y pedirles que no se la coman?
Jesús soltó una carcajada contenida.
Alfonso negó con la cabeza.
—Aquí la seguridad es un chiste, doctor, a veces, hasta el perro cobra mordida, si no fuera por mis hombres, en este pueblo no quedaría ni la cosecha —dijo Alfonso.
—México no es para confiados—agregó Isela, mirando el hielo derretirse un poco—. No sabemos quién es esa mujer... si es peligrosa o si alguien podría estar detrás de ella para hacerle daño, así que, hasta que lo sepamos, se queda aquí... bajo mi techo.
Se hizo un silencio.
—Jesús —dijo ella por fin—. Quiero que armes un equipo con solo hombres de tu absoluta confianza. Hasta hoy teníamos dos guardias y un escolta, desde mañana, el doble, y quiero vigilancia armada y turnos cerrados, a los armados los quiero cerca de la casa.
Jesús asintió sin necesidad de tomar nota.
—Y para el resto de la finca —continuó ella—, pon a más trabajadores en rondines, quiero que cubran todos los límites en turnos, me les vas a dar radios y machetes y que reporten cualquier cosa rara, por más mínima que parezca... ¿Quedó claro?
—Sí, señora.
—Y sobre todo, que nadie hable de esto fuera de la finca. —dijo, bajando la voz pero sin perder el poder en su voz.
Jesús la miró con respeto, sabía que cuando su patrona hablaba así, era porque algo más grave se venía.
—Ya tengo los nombres en mente, esta noche empiezo.
Isela tomó un sorbo largo, sintiendo el quemor del whisky bajar.
Afuera, la noche se había cerrado sobre la finca, adentro, en la habitación del segundo nivel, una mujer sin nombre dormía con fiebre.









Me esta gustando 😊
espero que te siga gustando 🥰
comienzo interesante 👍