Vida y Muerte
Los testigos mienten, otros se niegan a recordar. Tres llevaron su verdad a la tumba.
Los vivos dicen que todo comenzó con la Guerra de las Tres Deidades.
Los muertos saben que fue desde mucho antes.
Saturno devoró a sus hijos.
Asesinos, estrategas, líderes caídos, soldados sin patria. Kantō reclutó solo lo peor.
Un ejército de sombras dispuesto a moldear el país bajo una sola voluntad.
Del abismo emergió algo nuevo. O algo más antiguo que el propio miedo.
Un infierno con solo verdugos.
Las calles cambiaron.
Las guerras no eran por honor ni territorio: peleaban las depravaciones del inframundo.
Cada enfrentamiento era preludio de una masacre, sin vestigios.
No quedaban vivos para contar la historia.
Los antiguos reyes del crimen cayeron uno a uno.
Bonten nació entre flamas, entre silencios divinos.
Hares eligió a su Cerbero.
Custodios de las puertas prohibidas.
Su Maldita Trinidad.
Condenada a arrastrar traidores hasta las profundidades del Noveno Círculo, donde ni el fuego ni el llanto alcanzan redención.
Así fue cómo una pandilla de niños se convirtió en una organización.
Pactaron con ministros. Se disfrazaron de empresarios. Sembraron ojos en las sombras de cada callejón.
El “Dios” occidental desapareció. Los kami se esfumaron. Amaterasu se ocultó hace tiempo.
A Buda le arranqué los ojos. A Vishnu, los brazos.
Aquí no hay bodhisattvas que escuchen. Solo quedó sangre, y los susurros de un lugar que ya no necesita llamas.
Diablos guardianes. Villanos de plegarias.
Cuando ninguna deidad responde, ¿a quién rezas, cuando ya no hay salvación?








