Capítulo 1 – La llegada de Clio Clemonte
El traslado desde Londres había sido todo menos sencillo. Para la mayoría, cambiar de país significaba simplemente empacar maletas y despedirse de conocidos. Para Clio Clemonte, en cambio, aquello había significado abandonar un mundo de salones dorados, té servido en porcelana real y estrictas expectativas.
Ahora se encontraba frente a las imponentes puertas de la U.A.con el uniforme impecablemente ajustado, la corbata en un lazo perfecto y el porte que había aprendido en incontables clases de etiqueta. Su cabello oscuro con reflejos cobrizos caía como una cascada ordenada, y sus ojos, de un gris claro heredado de su padre británico, observaban todo con una mezcla de curiosidad y cautela.
Los estudiantes entraban en grupos bulliciosos, riendo, comentando, saludándose. La energía juvenil contrastaba con la calma elegante de Clio, que avanzaba con paso firme, como si cada movimiento hubiera sido ensayado.
No pasó mucho tiempo antes de que las miradas se posaran en ella.
—¿Quién será? —susurró un chico de segundo año.
—La nueva, ¿no? La extranjera…
—Dicen que es medio británica, medio japonesa… y que su familia es… poderosa.
Clio sonrió apenas, sin voltear. Estaba acostumbrada a los murmullos; los había escuchado toda su vida en las recepciones de la nobleza británica y en las reuniones de empresarios japoneses. Nada de eso era nuevo. Sin embargo, aquí, en la U.A., sentía que cada palabra pesaba más: no solo la juzgaban por su apellido, sino también por lo que podría o no ser como heroína.
Respiró hondo.
Este es mi escenario ahora.
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El aula estaba llena cuando entró. Algunas cabezas se giraron, otras apenas alzaron la vista. Clio caminó con serenidad hasta un asiento vacío, sin perder el porte. No necesitaba imponerse con palabras: su presencia lo hacía por sí sola.
Un par de estudiantes comenzaron a murmurar.
—Mírala, parece una princesa.
—Seguro es de esas que piensan que todo el mundo tiene que servirle…
Clio fingió no escuchar. Había aprendido que el silencio era el arma más afilada contra los juicios apresurados.
La clase comenzó, y aunque Clio seguía la explicación con atención, una sensación extraña la hizo alzar la mirada. En la esquina del aula, apoyado con aire despreocupado, estaba Hitoshi Shinsou.
Su cabello violeta caía de manera desordenada, y sus ojos cansados parecían estudiarlo todo sin mostrar mayor interés. No sonreía ni fruncía el ceño: simplemente observaba. Pero lo que incomodó a Clio fue que, a diferencia de los demás, no la miraba con curiosidad ni juicio… sino con indiferencia.
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Más tarde, durante la práctica en el gimnasio, la clase fue dividida en parejas para un ejercicio de reacción rápida. El profesor anunció con voz firme:
—Clemonte, tú irás con… Shinsou.
Clio arqueó una ceja con elegancia; Shinsou solo suspiró como si aquello fuera una molestia innecesaria.
—Encantada —dijo Clio, inclinando la cabeza en un gesto refinado.
—Ajá —respondió él, sin emoción.
Clio frunció el ceño por un instante. Estaba acostumbrada a ser tratada con cortesía, a provocar algún tipo de reacción. Pero este chico… parecía inmune.
El ejercicio comenzó. El objetivo era simple: detectar el ataque del compañero y reaccionar sin dejarse atrapar.
Clio extendió una mano y el aire a su alrededor pareció distorsionarse. En cuestión de segundos, tres copias idénticas de ella rodeaban a Shinsou. Una avanzó por la derecha, otra por la izquierda, y la tercera de frente.
Los demás estudiantes murmuraban impresionados.
—¡Guau! Son ilusiones perfectas.
—¿Cómo se supone que luchas contra eso?
Shinsou, sin embargo, no se movió de inmediato. Observó las tres figuras con calma y, tras un segundo de silencio, señaló hacia la Clio original con absoluta certeza.
—Eres tú.
Clio se detuvo, sorprendida.
—¿Cómo… lo supiste?
Él se encogió de hombros.
—Las ilusiones son convincentes… pero tu respiración es real. Y tu sombra también.
Clio parpadeó. Era la primera vez que alguien desarmaba tan rápido uno de sus juegos visuales.
—Interesante —dijo con una sonrisa fría—. No todos tienen ojos tan perspicaces.
Shinsou sostuvo su mirada un instante, sin sonreír.
—No necesito tus cumplidos, princesa.
El murmullo de los demás se intensificó, pero Clio se quedó en silencio, herida en su orgullo aunque lo ocultara tras su porte impecable.
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La hora de la comida fue un campo de observación aún más complicado. Clio tomó una bandeja y buscó una mesa vacía, apartándose un poco del bullicio. No le molestaba comer sola; había pasado años en banquetes donde la compañía era solo apariencia.
Mientras degustaba el té que había preparado con delicadeza, una voz grave la sacó de sus pensamientos.
—Te ves demasiado cómoda sola.
Era Shinsou, con su bandeja en mano. Se sentó frente a ella sin pedir permiso.
Clio arqueó una ceja.
—Supongo que no eres de los que respetan la etiqueta.
—No —respondió él, probando su comida sin inmutarse—. Y supongo que tú no eres de las que saben estar en un lugar sin llamar la atención.
Ella dejó la taza con suavidad.
—No es mi intención llamar la atención.
—No tienes que intentarlo —replicó Shinsou—. Tu sola presencia grita “mírenme”.
Por primera vez, Clio perdió un poco el control de su serenidad.
—¿Y qué hay de ti? —preguntó con voz baja, casi desafiante—. Tu poder, tu forma de mirar… ¿no crees que también despiertas prejuicios?
Shinsou levantó la vista, y por un segundo, en esos ojos cansados, Clio creyó ver un destello de vulnerabilidad.
—Al menos yo no intento disfrazarlo con sonrisas falsas.
Clio se quedó en silencio. No esperaba que alguien pudiera leerla con tanta frialdad.
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Ese día, al volver a su dormitorio, Clio se miró en el espejo. Había jugado con ilusiones desde que era niña; estaba acostumbrada a manipular cómo la veían los demás. Pero frente a Shinsou, por primera vez, sintió que sus ilusiones eran inútiles.
Y aunque no lo admitiría en voz alta, aquella indiferencia la intrigaba más que cualquier elogio.
Por su parte, Shinsou pensaba en la nueva estudiante. “Otra princesa que cree que puede brillar más que los demás”, se dijo. Pero en el fondo, algo en su porte, en la forma en que había sostenido su mirada, le resultaba inquietantemente familiar.
Era apenas el primer día, y ya los dos habían sembrado un juicio el uno del otro.
Un juicio que, como las ilusiones de Clio, tal vez no fuera toda la verdad.
Clio Clemonte: