Segado De Rosas Libro 5 por Angel Krysna en Inkitt
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Segado de Rosas - Libro 5

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Sinopsis

Continuación cronológica de "Diosa Roja" Sinopsis: Pese a la oposición de los místicos, Zethee y zrasny inician la vida en conformidad con la ley. Un incendio demoníaco arde cerca del matrimonio, pero el peligro más grande emergerá desde dentro. La vida es una bahía, cuyo vaivén de olas puede devolver a la orilla todo lo que una vez hubo arrastrado: Glorias brillantes o desgracias oscuras. ................................................... Copyright © Todos los Derechos Reservados.

Genero:
Horror
Autor/a:
Angel Krysna
Estado:
Completado
Capítulos:
24
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

–Damara…

No me había dado cuenta, pero yo estaba llorando. Advertí que la cercanía de Akie era mucho peor que el coqueteo de Janneth, y con todo, mi alto poder no se había expuesto en contra suya. Pronto concluí que mis reacciones eran distintas para cada escenario. Con la zorra fueron celos. Con la ex esposa… Era dolor. Me era imposible no concluir que Daniel la amaba. Por esto, cuando él me descubrió y pronunció mi nombre, no quise hablar con él y eché a andar lejos de allí.

Y no vino tras de mí.

No quería verlo, es cierto, pero me lastimaba el que no intentara esclarecerme la situación. Me alejé del territorio de la casa tanto como pude, hacia el otro extremo de la isla, en donde me senté a mirar el vaivén del océano. Una parte de mí reconocía y rescataba lo bueno, Daniel había defendido lo nuestro y me había antepuesto por sobre el regreso de Akie, dejándole en claro que estábamos juntos. Pero todo lo demás, esos detalles que lo confesaban de ella prendado, lo permisivo que fue con sus afectos, el compromiso de volver a verla dentro de un rato... ¿Por qué? Recordé mi posición hacia el Zethee en el principio, cuando pasé del interés ambicioso a la frustración, de la lujuria al odio, y del consenso al amor. Porque sí, lo amo.

El viento trajo consigo el efluvio de mi esposo y supe que se acercaba. Mentiría si dijera que no sentí algo de alivio. No me moví, ni para recibirlo ni para huir. Concentrando mi vista en el horizonte azul, fingí indiferencia ante su llegada. En completo silencio, él se sentó en la arena, junto a mí.

–¿Compartirías conmigo lo que piensas?– preguntó, al cabo de unos minutos.

Yo también me tomé mi tiempo.

–¿Compartirías conmigo lo que sientes?– planteé.

Su perfil se volvió al mío, descubriendo la humedad que velaba mis ojos. Sus manos acariciaron mi cara, limpiando lo que ya parecían ser manchas viejas.

–Te ensuciaste de sangre– dijo –Buen trabajo el de hace un rato, me has sorprendido.

–¿Viniste aquí para hablar de eso?

–No quisiera que las nuevas circunstancias opaquen tu mérito.

Una risa frustrada salió de mi garganta. Negando con la cabeza, casi me burlé.

–Voy a hacer muy franco contigo– declaró –Tanto como hasta ahora lo he sido. Mírame– movió mi mentón hacia él, pues yo aún lo estaba evitando –Eres mi esposa Damara. Para siempre. Te amo. Nada en el mundo cambiará eso.

–Lo que no significa necesariamente que no la ames a ella también, ¿No es así?

Me miro, dubitativo.

–No. Tienes razón– admitió.

A mí se me hizo un nudo en la garganta y en el corazón.

–Pero es diferente– agregó.

–¿En qué?– desafié.

–En que por encima de mis sentimientos, está mi decisión. Y yo decido serte tan fiel como lo soy de Leal… Pero esa lealtad, en cierto modo, podría tener una deuda con Akie.

–¿De qué hablas?– me giré en mi sitio para verle a la cara con indignación.

–Escúchame– intentó entrelazar su mano con la mía pero le rechacé –No hay forma en que me involucre romántica o sexualmente con ella. Te lo aseguro, Damara, no pasará. Pero…

–Pero– cito con ironía.

–Hoy he resuelto muchas de las dudas que una vez me persiguieron y que tú conoces bien. Yo estaba equivocado, con respecto a sus motivos.

–Esto es insólito– me quejé –Después de todo lo que sufriste por su culpa, ¿Ahora la justificas?

–Ella tomó una decisión errada. Fue engañada. No pasó lo que creí. Mientras estuvimos juntos, no tuve dudas de su honestidad ni de lo que sentía por mí. Su fuga me sorprendió, me decepcionó, jamás me lo esperé. Sabes que la busqué. A pesar de todo, a pesar de su declaración de divorcio, a pesar de su desfalco, durante mucho tiempo la busqué– dio hincapié –Porque no podía entender como alguien que me había dado todo cuánto ella era, en intachable entrega, hubiera actuado del modo en que lo hizo. Damara– negó con la cabeza –No había explicación. Yo la conocía– hizo un ademán –Muy bien– frunció el ceño –Y por eso no podía aceptar que simplemente me hubiera dejado. Usé mis autoridades como Zethee para intentar encontrarla, y después de rendirme, y sobre todo cuando ocurrió lo de Ellie, me convencí de que Akie no era quién yo creía, nada más. Así fue.

Hizo una pausa.

–Hoy he descubierto la verdad… Y no puedo odiarla. Porque esa imagen que tuve de ella tras su desaparición no podía estar más equivocada. Hizo algo espantoso… Pero no en mi contra, sino suya.

Volvió a callar. Al ver que yo no decía nada, cuestionó.

–¿Entendiste lo que pasó?

Di una negativa.

–Akie Zarina se suicidó.

Yo suspiré.

–Pero no aquí, no en este mundo. En un plano peligroso, asqueroso, dominado por la clase de demonios que podrían azotar en espíritu, pero que allá son terrenales.

Tomando una piedra de aquellas entre la arena, la lanzó con frustración hacia el agua.

–Uno en el que no mueres– agregó –No lo conozco. Nadie que yo conozca jamás había ido. Se nos habla de su existencia… Pero lo que vi en sus ojos hoy, Damara…. Te juro que jamás lo había visto, supe al instante que algo monstruoso había hecho. Ahora es otra cosa… No es Akie, no es un vampiro, es…

–¿De qué hablas, Daniel? No entiendo nada.

–No es Akie– concluyó –Sólo cree que lo es.

–¿No es ella?

–No.

–¿Se parece?

–No es eso– exhaló –Tiene su cuerpo. Es…– lo pensó –Es su cadáver– me miró.

–¿Andante?– reté, escéptica.

Para mi sorpresa, asintió. Un escalofrío me recorrió entera.

–En el plano al que viajó, también existen los vampiros. Pero no son como nosotros. Son peligrosos. Porque lo que cambia en ellos– flexiona sus dedos como comillas –Durante una conversión, no es su sangre sino su espíritu, y su alma se pierde.

–¿Qué son?– pregunté con miedo.

–Muertos. Criaturas demoníacas que necesitan….

–¿Qué?

–Sangre y almas para sobrevivir.

–¿A qué te refieres con…?

–A diferencia de nosotros en que satisface una dependencia, la sangre es su alimento. Y ya que carecen de un alma propia, su espíritu no puede sostenerse por sí sólo, de manera que deben poseer la de alguien a punto de morir. Generalmente, toman y poseen ambas cosas de la misma víctima.

–¿Cómo sab…– ante un pensamiento, me callé.

–¿Qué pasa?

Dos recuerdos cruzaron por mi mente al mismo tiempo.

–Yo… Creo que Diego me habló de esto… Y creo…

–¿Qué?

Pensé en la familia de Aarón, pero no quise decírselo.

–¿Qué es Akie?– cambié la idea.

–Ahora uno de ellos. Sin alma, sin noción del tiempo, sin claridad sobre sí misma de lo que es. Akie Zarina, mi antigua esposa, está muerta– dijo con seriedad –Ésta… cosa– arrugó la cara –Le robó el espíritu y mueve su cadáver. No descansa… Yo…– se mostró angustiado –Tengo que ayudarla, Damara. Debemos ayudarla a liberarse para que repose en paz.

–Daniel…– negué con la cabeza, incrédula.

–No merece esto.

–¿La mujer que te dejó e hizo sufrir a tu hija?– me atreví a acusar.

–No fue intencional. Es mi culpa– declaró –Se la llevaron por mí, ¿Qué no escuchaste? Akie Zarina tenía una hermana, algo contemporánea con Ellie. La raptaron para chantaje, querían que Akie me matara, Damara, pero no lo hizo. La engañaron. Su estado ahora es consecuencia de eso, entiende, su único error fue el miedo. Por salvar mi vida, perdió la de la niña… Y la suya también. Su desaparición fue un acto de amor, no de traición. No es justo que yo la abandone ahora cuando más me necesita. Debo ayudarla a descansar en paz, Damara, si es que es posible. ¿Será posible?– empezó a murmurar con mirada frenética –Debo buscar a alguien que sepa lo que es, que sepa lo que pasa cuando éstas criaturas mueren, que pueda decirme si es posible la recuperación de su...

–Parece que estarás ocupado– me incorporé de mala gana, sin sentir ni una pizca de empatía por esa mujer.

–¿Qué pasa?– osó preguntar.

–Nada. Sólo que mi esposo parece más interesado en su ex que en mí. Por lo visto el tema de mi alto poder pasó a segundo plano, pero está bien, así mejor, tal vez ahora que no te tendré encima, podré encargarme de las prácticas yo misma– eché a andar.

–¡Hey!– se levantó de un salto. Atrapándome de un brazo, me arrastró hacia él. Me sacudí, pero él se aferró –Tú no estás ni estarás jamás en segundo plano, eres mi prioridad para siempre. Es sólo que esto es algo que debo hacer. Nada cambiará entre nosotros, lo juro.

–¿Crees que no te escuché quedar con ella para verse?

Tardó en responder. Yo me aparté.

–No sé qué hacer. Damara… Sé lo difícil e incómodo que puede ser entenderme. Pero imagina por un momento estar en mi posición. No quiero hacerte sentir mal por lo que diré, por favor, tómalo de la mejor manera. Pero en vida, y en vida conmigo, Akie fue una esposa digna de su lugar. No merece que le dé la espalda, aún cuando ella misma desconozca que necesita ayuda. Toda ésta situación me tomó por sorpresa, su nueva naturaleza me impresionó. Ahora imagino que aún muerta tendrá necesidades, y para empezar ella no sabe que lo está. No puede entenderlo.

–Así como no entiende que no estamos en su tiempo, ¿No es así?, como no entiende que ya no le perteneces, ¿A qué quieres jugar, Daniel?, ¿Qué vendrá después?, ¿Fingir ser su marido sólo para que ella esté bien?

–¿Qué?– se mostró perplejo –¿Qué hablas?

Lo miré fijo, estudiando sus intenciones.

–¿Qué sentiste al verla? Fuera de lo que has dicho con respecto a su alma y todo lo demás.

–¿Qué quieres decir?– arrugó el entrecejo fingiendo inocencia.

–¿Qué sientes por ella? Además de esa lealtad que tanto te empeñas en apelar.

Ante su silencio, yo me burlé.

–Esto es estúpido– negué con la cabeza –Te engañas a ti mismo y ni siquiera notas que no puedes engañarme a mí. Me dices con tu cara fresca que te citas con ella para ver en qué puedes ayudarla, cuando sabes que se te sigue cayendo la baba– hice un ademán sobre mi cara –Te haces creer a ti mismo que podrás sentarte con ella, y con control de tus emociones o tus deseos, de tu corazón, de tu cuerpo, cuando todavía en frente de mí permitiste que te tocara hace un momento– señalé en dirección a la casa –¿De verdad piensas que no pasará nada cuando se te eche encima?

–Damara…

–Quiero irme a Montemagno– declaré, totalmente radical.

–¿Qué?

–Ahora mismo, Daniel.

–No hemos terminado aquí– refutó tranquilo.

–Yo sí.

–Tu entrenamiento….

–¡Me importa una jodida puta el entrenamiento!– rugí –Me iré al maldito Montemagno, Daniel, vengas o no.

Dándole la espalda, continué mi camino.

–No te atrevas a seguirme– advertí, al escuchar sus pasos tras de mí.

Y sin darle la oportunidad de decirme nada más, me deslicé hasta la casa.

Por suerte, Daniel había respetado mi decisión de estar a solas. Demasiado irritada como para hablar con nadie, me dediqué a empacar por mí misma mis cosas y las de Adrián. Ver las ropas de mi hijo en conformidad a su crecimiento me hizo airar todavía más, de mala gana recogí todo, empujándolo cual bola de trapos dentro de los equipajes. Mirar hacia las pertenencias de Daniel me recordó la pulsera que le ofreció a Akie, y ello una vez más la promesa de volver a verla. Un objeto conocido por mí brillo sobre la cómoda, formando una idea, me acerqué a él. Tomándolo entre mis manos, probé su filo, era una daga, un regalo que mi esposo había recibido de un vampiro egipcio. Aprovechando la vigente soledad de los pasillos y el rencor que me recorría, fui hasta mi salón de entrenamientos para probarme.

La sangre de Janneth aromatizaba todo el ambiente, lógico, su cuerpo desmembrado continuaba allí.

–Perra– escupí, cuando advertí su cabeza desde la puerta antes de seguir –¿Por qué siempre tengo que lidiar con ellas?– mascullé, recordando aquel empuje de adrenalina que me llevó a enterrar a Daisy.

Era glorioso poder drenar la ira, si pudiera tener el control de mi anomalía, sería el clímax. Al cazador lo vi desde lo alto, en el tragaluz donde a diario era yo la observada. Bajando las escaleras, entré a la plataforma y cerré muy bien la puerta.

–¿Lo pensaste, no es así?– me habló –Ya que me la pones dura, te tengo una oferta mejor.

–Cierra tu maldita boca– advertí –Contesta, ¿Usarías esto para matarme?– Puse la daga en altura para que pudiera verla, él se echó a reír.

–Te sorprendería descubrir con qué lo haría– dijo con seriedad.

–¿Te sirve o no?

Sin responder, se encogió de hombros.

–Bastardo inútil– murmuré, tirando el arma a su alcance. Aburrida, me senté en el suelo con las piernas flexionadas y la espalda apoyada en la pared.

El cazador me estudió por un momento antes de intentar tomar la daga para zafarse de sus amarres. Yo no me moví. Los primeros segundos pareció dudar de mis intenciones, pero pronto dejaron de importarle y apuró sus esfuerzos, manchándose con la sangre de su compañero y maldiciendo cada vez que dejaba caer el puñal. Me hubiese tomado una fracción de segundo liberarlo con mis propias manos, pero no lo quise hacer. Me preguntaba qué haría el desgraciado una vez que consiguiera desatarse, ¿Me atacaría?, ¿Desdeñaría mi presencia e intentaría ir escaleras arriba?

–Por qué me ayudas?– cuestionó.

–¿Crees que lo hago?

–¿Qué intentaban que hicieras hace un rato?

Lo contemplo cortar la cuerda con dificultad, mi cara es inexpresiva.

–Libérate y te muestro.

Ríe de nuevo, continuando en lo suyo. Su avance es lento así que me distraigo pensando en la conversación entre Akie y Daniel, imaginando su encuentro y lo que ocurriría. Para cuando el cazador terminó con el lazo de sus muñecas y se dedicó a cortar el de sus tobillos, poco me importó que estuviera liberado. Mi intención era dejar la suerte en manos de mi alto poder, que actuara por sí mismo como lo había hecho con Janneth. Eso claro si el oponente se movía contra mí, si se decidía por las escaleras debería ejecutarlo con mis manos, no podía arriesgarme a que se encontrara con mi hijo, aún cuando todos los demás lo protegieran.

–¿Por qué esa cara larga?– preguntó, de pie al fin, poco más cerca y con la daga fuertemente agarrada.

Alzando el rostro, apenas si le dediqué atención.

–¿Sufres?– su tono siguió burlón –¿Quieres que la alivie por ti en un acto piadoso?

Mis ojos se concentraron en los movimientos de su mano, que le daba vueltas en su lugar al arma. Recordé la noche de mi rapto, cuando planeaba enfrentarme al vampiro. Entonces había sido ingenua al pensar que podría dañarle, ¿Tendría el cazador la misma credulidad?

–Eres una criatura maldita, pero puedo liberarte– ofreció –¡Purgarte!

Extendiendo mis piernas al nivel del suelo, dejé caer mis brazos, y cerrando los ojos, flexioné hacia arriba el cuello, dejándolo expuesto. Toda la rabia que sentía hervir mi sangre, se había convertido en tristeza en el último momento, y por esto, ante la presión de mis párpados, una lágrima se dejó caer.

No supe lo qué pasó.

Sin explicación aparente, mi alto poder no se manifestó. Fue una suerte que el tipo no me destajara la garganta. Que por alguna razón considerara prudente lesionarme por otra parte antes. Un dolor que me hizo revivir mi humanidad me atravesó el estómago. Al mirarme, tenía la daga profundamente enterrada, el puño del cazador estaba tan lleno de mi sangre como lo estaban mis ropas. Con los ojos abiertos como platos, no lo podía creer. En un rápido movimiento, el hombre sacó la cuchilla de mis órganos para cortarme de un golpe el cuello, pero una ráfaga de sangre nos salpicó a ambos la cara, a mí en especial me cayó dentro de la boca. El brazo que aún sostenía la daga entre sus dedos reposaba tirado en el suelo. Frente a mí, el confundido cazador meneaba su muñón con mirada exorbitada. Trastabillando, se cayó sobre su sitio y se arrastró hacia atrás sin entender, yo estaba tan contrariada como él. Palpé con mis dedos los bordes de mi herida, descubrí que mi mano entera podría entrar sin problemas en la zanja viscosa que ahora tenía por piel. La sala me dio vueltas pero supe que era la impresión. Recodándole a mi mente mi naturaleza vampírica, pretendí ordenarle a mi cuerpo mantener su temple. En respuesta me hice un ovillo sobre el suelo. Para el cazador, su convicción de mi debilidad fue más fuerte que su dolor por la mutilación, así que se levantó. Me frustró mi impotencia absurda, antes ya había superado situaciones peores, porque eran peores… ¿No? Resoplando, me di la vuelta para intentar levantarme apoyando mis manos entre el suelo y la pared, pero al sentir la enorme cantidad de sangre que botaba, tuve miedo y mis piernas perdieron fuerza de nuevo. El hombre corrió hasta alcanzar su brazo amputado para hacerse de la daga con la mano que le quedaba, ya que yo podía confiar poco o nada en mis reacciones naturales, ahora él me tenía acorralada, arrastrándome de espaldas.

–Esto es poético– se rió –¿Cómo dijiste?, ¿Qué las ratas no suplicaban?, Asquerosos vampiros…

Tres emociones se combinaron en mí en ese momento, orgullo, incertidumbre y sobre todo furia, una amalgama que crecía tan amarga dentro de mí que hubiera jurado poder exhalarla por la piel. El hormigueo que me cubría como una capa de sudor pronto trajo a mí una sensación incómoda pero familiar, el alto poder estaba allí, y yo de repente pujaba sin saber si lo hacía para exteriorizarlo o para amortiguarlo. Cuando el cazador blandeó el filo para destajarme, la energía se manifestó saliendo de mí para defenderme. Yo grité, obligándome a retenerla aunque sintiera mi cuerpo entero reventarse por ello. Fue como sostener una carga descomedida, lo que se duplicaba en un retortijón sobre mi abdomen abierto. Y lo conseguí. El hombre estaba inmóvil, pero consciente y vivo, con el único control de sus expresiones. Ignorando la sangre que brotaba ahora no solo de mi estómago sino de mis ojos, nariz, y comisuras de mi boca, puje de nuevo, mi cuerpo temblaba por la fuerza y el dolor, pero me concentre en el arma. Con ahínco sostenía el peso del hombre al tiempo que empezaba a extender la palma de su mano. Me lastimaba mucho. Solté una fracción de segundo para respirar y el alto poder intentó por sí mismo comprimir al objetivo, gritando otra vez, me hice de resistencia para evitarlo. Con gran esfuerzo volví a intentar abrir sus dedos, hasta que me pregunté si sería mejor cortarlos, acto seguido, los cinco se rebanaron cayendo al suelo. Me sorprendió gratamente que fuera hecho con tan sólo desearlo. Exhalando lento, traté de equilibrar el impulso forzado con el anhelo espontáneo, entonces conseguí empujar al cazador de un golpe contra la pared, a medio camino entre el techo y el suelo. Mientras que sostenía la herida de mi barriga con la derecha, me permití volver mi mano izquierda en un puño para drenar con movimientos mi afán por lo que pretendía hacer. Podía sentir como el hombre trataba de tener el control de su cuerpo, sin éxito. Empeñada en la daga, insistí en mover el filo hacia la cabeza de mi objetivo, era difícil, la punta estaba caída. Cuando estuvo por encima de sus ojos, a mitad de su frente, no sabía si era más sencillo empujarla o dejarle el control neto al alto poder. No. No podía arriesgarme. De seguro lo cercenaría. Así que apretando los dientes, pensé en una orden clara, como cuando se quiere caminar, hablar, o suspirar, buscando ese equilibrio cuya necesidad me era recientemente descubierta. El filo de la daga tomó rectitud, y penetró la carne lo suficiente como para hacer un corte limpio al justo grosor de la piel. La sangre manó, roja y hermosa por toda la hendidura, escurriéndose perfecta por toda la línea que dibujé desde allí hasta la nariz, pómulos, y base del cuello. Mis temblores se intensificaron, pero lo hice de nuevo. Suspendiendo la cuchilla hasta el punto de origen, la enterré en el mismo sitio, contorneando la incisión hacia el otro lado del perfil. Arriba, aunque el pliegue inicial de la piel ya lucía descascarillado, la totalidad no se desprendió. Supuse que tendría que arrancarlo.

Me levanté.

Un vómito de mi propia sangre se unió con la que ya empapaba mis ropas. Me limpié la boca con el costado de mi brazo.

–Querías saber lo que haría– le dije –Pues esto es.

Dejando caer la daga al suelo, me concentré en él.

Sus ojos rotaron hasta hacerse blancos como reacción al dolor. Desde mi sitio ceñía su cabeza con empuje, mientras varias pequeñas cortadas aparecían en torno a su cabellera como uñas invisibles que se clavaban, y al saberlas lo suficientemente profundas, con una sola orden logré asirme de ellas para despellejarle de un solo tirón. El hombre sin rostro ahora tenía sus músculos expuestos, sus dientes destacaban aún entre la sangre. Sentí de pronto una mirada sobre mí, al ver hacia el tragaluz descubrí a Daniel, y recordando cómo me había hecho sentir con nuestra última conversación, con nada más que mi alto poder arrojé el cuerpo desgarrado hacia las alturas y contra la ventana, lo que dejó una mancha sangrienta en el cristal. El Zethee se corrió de un salto hacia atrás pero el vidrio no se quebró, y yo lo volví a golpear, una, y otra, y otra, y otra vez, hasta incrustar aquel cráneo, que conseguí dejar colgado. No sabría decir si en este justo momento él habría estado satisfecho, pues lo único que podía leer en sus ojos era aprensión. Él tuvo que haber encontrado rencor en los míos. Negándole mi atención, salí de la sala para subir, y cuando lo hice, me encontré a solas. Recurriendo a mis manos me dediqué a echar el laboratorio abajo, rompiendo las máquinas y quebrando los frascos que contenían todo lo que día a día me suministraban, estaba harta. De entre los múltiples vidrios rotos que ahora se acumulaban en el suelo, una pieza triangular y filosa voló hacia la entrada, no sé si por obra del loquero o mía propia, pero antes de abrirle la garganta a Longdok, la estaca improvisada cayó inerme.

–¿Él te mandó a controlarme, no es así?

–Damara– me habló cordial pero firme –Déjame ayudarte.

–No necesito tu ayuda, ni la de nadie.

–A mí me parece que sí, estás malherida, has perdido mucha sangre. No sientes la debilidad de tu cuerpo por el enojo, pero colapsarás.

–No deberías estar aquí sino Daniel, ¿A dónde fue?, ¿Lo asusté?– me burlé.

–Creímos que…

–No– la voz de mi esposo se coló entre nosotros al igual que su esencia –Tiene razón, Longdok, déjanos por favor.

–No me parece que sea seguro…

–No importa, Longdok, no me hará daño– pasó junto a él –Vete, es una orden.

–¿Cómo estás tan seguro?– le desafié, mientras nos quedábamos a solas.

–¿Vas a matarme?– alzo las manos, caminando hacia mí.

–Dame una razón por que no.

Se encogió de hombros.

–No hay ninguna en realidad. He puesto a Montemagno a tus pies y tienes el alto poder para cumplir tus antojos… Mi diosa roja.

–Sí…– convine –Tal vez debería hacerlo, así serías más feliz, ¿No? Entre los muertos.

–¿Qué tienes ahí?– señaló mi abdomen, ignorando mi insinuación –¿Puedo?– me dedicó una mirada gentil.

No respondí, pero tampoco le rechacé. Él lo tomó como un consentimiento. Arrodillándose frente a mí, estudió mi herida.

–Damara, esto es un poco serio– rompió la tela para ver mejor.

–No soy un jodido humano– le aparté las manos.

–Por suerte– con cuidado, me volvió a palpar –Y aún así. Déjame suturar.

Sin poner resistencia, le vi rebuscar entre los cajones revueltos lo que requería para coserme, y tomando su posición anterior, de rodillas se dedicó a mí. Parece que mi sensación de dolor se había neutralizado, pues además de no mantener ninguno de los que debería, tampoco me afectó la aguja.

–Listo– declaró, al cabo de unos momentos –Ya con eso.

Incorporándose, admiró el cadáver del cazador que seguía empotrado.

–Una obra de arte, me gusta– con la lengua acariciaba las comisuras de su boca –Podríamos poner el esqueleto en una de nuestras salas. Cuando te sientas lista podrías compartir conmigo la experiencia.

–Tú mismo lo acompañarás si sigo aquí para ésta noche– advertí formal.

Volteando a mirarme, se echó a reír. Acto seguido, se deslizó hacia mí para cargarme.

–Me encantas, ¡Sangre virginal!– sus manos recorrieron mi figura con deseo, noté sus colmillos expuestos –¡Tu sadismo me excita tanto!, mi perversión perfecta.

Al ponerme de pies al piso, intentó besarme. No le correspondí.

–Quiero partir ahora, Daniel. No lo repetiré.

Haciéndole a un lado, le dediqué una mirada fiera, pero nada de aquello le molestó. Al contrario, aún desde las escaleras que precedían la entrada hacia las partes libres de la casa, todavía podía escuchar su risa triunfal y macabra.

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