Corona De Sangre Libro 6 por Angel Krysna en Inkitt
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Corona de Sangre - Libro 6

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Sinopsis

Continuación cronológica de Segado de Rosas Sinopsis: Aprendiendo a vivir con el alma rota, se deben recoger los pedazos que quedan para obligarse a seguir adelante. Un fantasma trae más ataduras que liberación, y los enemigos subestimados ganan fuerza. Pero cuando la primavera aflore de la tierra más seca, su inesperada calidez podría disipar lo sombrío. ................................................... Copyright © Todos los Derechos Reservados.

Genero:
Horror
Autor/a:
Angel Krysna
Estado:
Completado
Capítulos:
32
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

¡Clan!

¡Clan!

¡CLAN!

El sonido de metal contra metal resonaba fuerte en mi cabeza una y otra vez para hacerme despertar siempre que dormía, lo que debo decir hacía muy poco. Aquel final repetitivo y martirizante era común en todas mis pesadillas: golpes al hierro, intentos inútiles de Diego en su afán malsano de destruir el panteón para sacar el cuerpo.

Y cuando yo por fin abría los ojos empezaba la rutina, un círculo sinfín de desgaste emocional que me devoraba cruelmente.

Llanto.

El reconocimiento del vacío en mi pecho donde una vez tuve un corazón.

Las últimas palabras de Elizabeth, nítidas y demandantes, pidiéndome asegurarme de que mi hermano rehiciera su vida.

Culpa.

Frustración.

Elizabeth había sido una mujer muy inteligente pero en su encargo se había equivocado. Yo no tenía suficiente temple como para cumplir con eso… y odié mi debilidad. Imaginaba a Diego sumido en la oscuridad más profunda, ciego y perdido. Si la magnitud de mi tristeza apenas si me dejaba respirar ¿Cómo sería la suya? En todos mis años de vida Diego jamás me había abandonado, y con su lucidez bien puesta jamás habría hecho a un lado a su hija… Si ahora lo hacía… Es porque simplemente ya no era él.

Al principio comprendí su partida. En esa etapa inicial no podía culparlo, entendí que habría deseado emanciparse de la sofocante tortura que era el tener que seguir adelante. Pero llegar a esa conclusión también me daba miedo. Dudaba de conocerlo lo suficiente como para confiar en que no atentaría contra su propia vida, y el hecho de que ni siquiera los perros dieran con su paradero era preocupante.

Tal como yo había presumido, lidiar con la comprensión lenta e inocente de Mary Angelle fue muy difícil. Cuando empezó a extrañar a sus padres y a llorar por ellos no sabíamos escoger bien las palabras a decirle. No era como que simplemente se le hubiera podido consolar pidiéndole esperar un rato, en especial con respecto a Eli.

Mary Angelle era una niña de crecimiento prematuro, igual que Adrián. Cada día que pasaba representaba para ella un avance de edad del que su padre se estaba perdiendo. Mi luto por Elizabeth nunca cesó, aún hoy día me deprime y lo hará siempre, pero aprendí a vivir así. De modo que cuando empecé a sobrellevarlo, mi comprensión hacia Diego cambió. Me fue molestando no solo su ausencia sino también su silencio. Si estaba vivo, nada le costaba enviar una carta o llamar al menos una única vez.

Y de ese resentimiento tome valor.

Aunque por dentro me sintiera destruida, me esforcé por hacer con Mary Angelle lo que Elizabeth habría hecho por Adrián si yo me hubiera muerto.

Por su parte, el tema con mi hijo era distinto.

Daniel decidió no dirigirle la palabra por todo un año, y lo cumplió con cabalidad radical.

En aquellos primeros días después del sepelio de Elizabeth, mi esposo se dedicó de lleno a llegar al fondo de lo sucedido. Ese fin de semana Adrián había ido a explorar y tomar fotografías, así que Daniel buscó la cámara para revelar el rollo. Lo que encontró fue abominable.

Las primeras fotos no diferían de aquellas con que Adrián llenaba sus álbumes, esculturas del cementerio, monumentos viejos, naturaleza. Pero la imagen de Talynha no tardó a aparecer. En ellas se le veía riendo, posando junto a algún árbol, mojando los pies en el río, y en algunas escondiendo su rostro tras el cabello suelto, algo que particularmente yo nunca había visto en ella y llamó mi atención.

Conversando, Daniel y yo repasamos los hechos conocidos hasta ese minuto. Se suponía que ellos dos no se verían durante esos días. Adrián tenía sus razones, pero todavía si se las hubiera saltado, Talynha no solía desobedecer a Don Sergey, y este había salido de Montemagno. Por extensión, la niña tenía prohibido dejar la casa.

–¿Sería la primera vez que ella iba al bosque?– pregunté.

–No sé– mi esposo puso una mano sobre las fotos, ocultándolas –¿Estás segura de querer verlas?

Suspiré nerviosa pero asentí, y el apartó su bloqueo.

La siguiente fotografía me sonrojó y aparté la vista en un acto involuntario. Daniel me miraba fijo. Talynha no llevaba vestido. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, tapándolos, y se mostraba sólo hasta la cintura.

Tras esa foto siguió toda una secuencia, donde cada una superaba en exhibición a la anterior. A pesar del concepto ninguna era vulgar. Todas seguían una misma línea de desnudo artístico. Talynha lucía natural, no parecía forzada aunque sí un poco tímida, lo deduje por el ángulo de su rostro, común en todas. No pude evitar pensar en lo bonita que era. Cuando me quedé contemplando una en particular en la que ella estaba acostada sobre la hojarasca y completamente expuesta, Daniel se levantó del asiento en que me acompañaba y se quedó en la ventana, concentrado en el horizonte.

Pasé la foto.

Lo que vi me hizo llorar.

La espalda blanca y pecosa de Talynha tenía una gran mancha de sangre que parecía correr desde la nuca, ya que sólo se enfocaba esa parte de la piel no pude saberlo al momento si nacía de allí o no. Pero tal como había ocurrido con la desnudez, las lesiones también iban en aumento a medida que la secuencia avanzaba.

Aquellas lágrimas solitarias que habían caído de mí hacía un momento dieron paso a una crisis de llanto motivada por lo que veía. La modelo ahora con ojos cerrados y probablemente ya sin vida, estaba manchada en varias zonas de su cuerpo. Se veía un esfuerzo por hacer rendir la sangre hasta donde por sí misma no podía correr. Marcas de difuminación a mano a lo largo del pecho, vientre, piernas.

Pero no paró allí.

Las fotos pronto se concentraron en partes específicas. Como en puntas de dedos demasiado golpeados, o muñones tras una mutilación. El largo y rojizo cabello completamente ensangrentado. El cuello cercenado, seco tras haber chorreado. El rostro desfigurado.

Las dejé caer todas al suelo, necesitaba mis manos para apoyarme a llorar en ellas.

–El forense encontró rastros biológicos– dijo Daniel.

–¿Qué?– alcé la cara, hipando.

–Tuvieron relaciones.

–¿Forzadas o consensuadas?... Espera… antes de la muerte ¿No es cierto?

No dejé que me contestara, cuando supe que iba a hacerlo me fui de allí para enfrentar a Adrián. Él mismo tendría que decírmelo.

Aunque ya había despertado, seguía muy dolorido. Para ese momento ya sabía de la muerte de Elizabeth y atravesaba el duelo. Pese a la crueldad de lo que había hecho, el cariño hacia su familia seguía pareciendo sincero.

–Me estás matando– reproché, con los dientes apretados –¡Por favor dime, Adrián!, ¡Quiero saber lo que pasó!

Cuando su rostro se quebró para llorar yo no pude evitar secundarle.

–Quiero entenderte– hablé cuando me calmé –Escucha… yo no soy ninguna santa. Daniel tampoco– me encogí de hombros –Dios sabe que no. Te conté que maté por capricho. Y no fue una sola vez.

De pie junto a la cama donde él reposaba de pecho, me arrodillé para verle a la cara y sincerarme.

–A la primera chica la enterré viva. Era una compañera de clases a la que no soportaba, eso lo sabes. Soñaba con hacerle daño desde antes de tener cómo. Ella era cruel conmigo, se burlaba de mí. Y la única forma que yo tenía para drenar el odio era fantasear con mil formas de asesinarla. Después de acabar con esa perra, seguí con sus amigos– alcé mi mano y simulé una garra –Enterré mis dedos en la cabeza de uno mientras me suplicaba piedad. Apreté su cráneo y su cerebro como una masa. A todos los acabé. Pude dejarlos vivir pero no me dio la gana de permitirlo. Cada una de sus muertes me las gocé. Yo sé lo que es desear ese tipo de poder. Sé lo que es crecer entre vampiros y saberte superior al resto. Sé lo que es limitarte a imaginar la experiencia de lo que se siente. No, Adrián. No me escandaliza demasiado que pienses como yo antes de convertirme. El problema es que por más que lo deseé… y maldita sea ¡Cuánto lo deseé! … Siendo un ser humano no me atreví. No hubiera podido. En cambio tú… tú mataste a ese niño….

Exhalé. Mirando hacia otro lado un momento.

–Sin razón creo yo. Y mataste a Talynha…

Noté como ante su mención, se le enrojecían los ojos.

–A Talynha, Adrián. ¿Por qué?– me quejé –¿Por qué? ¡Dime!

Me callé, esperando respuesta. Yo estaba temblando.

–No lo planeé– empezó, y tragó saliva –Me duele también.

–Te duele…– repetí por lo bajo, sin saber qué creer.

–Yo la quería– arrugó la cara con pesadumbre –Esa noche en que me invitó a cenar…

Se detuvo, chasqueando con la boca por algún ramalazo en su espalda.

–¿Qué pasó?– apuré.

–Nos detuvimos de camino a su casa– me miró –Nos besamos.

Di un respingo.

–No demasiado– añadió –Por aquello del olor. A mí no me importaba pero estaba el abuelo. Fue después del beso que decidimos que ella iría conmigo al bosque. Cuando él saliera. Pero nada de lo que pasó estaba planeado. Nada. Solo pasaríamos el día juntos.

–¿Entonces?

–Quise fotografiarla.

–¿Desnuda?

–No inicialmente. Algo como mi tío a Eli. Siempre me han gustado sus fotos… Bueno… me gustaban.

–¿Y bien?

–Le dije lo linda que me parecía. Y le dije que hubiera querido verla sin ropa. Fue un comentario. Yo no la obligué. Solo lo mencioné y ella se lo quitó.

–¿Estuvo de acuerdo con que la retrataras así?

–Las fotos eran sólo para mí así que sí. Además yo no dejé de halagarla en ningún momento. Tampoco la engañé. Le dije que una belleza como la suya y en un paisaje como ese era algo que no valía la pena perder, y era cierto… Ella se veía tan bonita que…

–¿Qué qué?

–Volvimos a besarnos. Y la besé como Thyaret me había enseñado.

–¿Talynha se opuso?

Mirándome a los ojos, negó con la cabeza.

–Ella dejó que yo la tocara. Y me desnudé también.

Esta vez fui yo quién volteó el rostro.

–Nunca tuve sexo con Thyaret– reveló –Talynha fue mi primera vez.

–¿Qué pasó después?– pregunté con miedo.

–Talynha se veía demasiado hermosa, mamá– se inclinó hacia mí, arrugando el gesto por el dolor –Demasiado… Tanto… que me pregunté ¿Podría embellecerse más? ¿De verdad sería posible? ¿Cómo?

Contuve la respiración.

–Thyaret también me había enseñado eso.

Adrián me miraba fijo. De haber sido vampiro habría escuchado el fuerte golpeteo de mi corazón, a mí misma me atormentaba los oídos.

–No hay nada que embellezca más a una mujer que su propia sangre sobre ella, me dijo Thyaret. Demostrándolo incluso. O intentándolo. Porque aunque era bella, no me hacía sentir como Talynha. De Thyaret me gustaba que me dejaba sentir lo que era tener sangre en las manos, pero jugaba demasiado con eso y no me parecía apropiado. Quiero decir, la sangre es sagrada. La nuestra es la que nos separa del humano, y la del humano es ofrenda para nosotros. No es para jugar. Si se va a derramar tiene que tener un propósito.

Me crucé de brazos, algo atónita.

–Amando a Talynha me lo pregunté ¿Entendería con ella lo que Thyaret había querido que yo viera?

Hizo una pausa.

–Fue un impulso– habló con firmeza –Esa duda en mi mente fue todo en ese momento, mi mundo, mi razonamiento, no hubo nada más– tomó aire y estiró un brazo, simulando tomar algo –Agarré una piedra y le golpeé a la cabeza. La golpeé y la golpeé, tanto como pude. Me di cuenta de que no estaba muerta. Sólo desmayada. Pero sangraba. Que era lo importante.

Volviendo a su lugar, acomodó su pecho sobre la almohada.

–Y Thyaret tenía razón. La sangre… tan roja y brillante manchando su pureza era lo más precioso que yo hubiera visto nunca. Sentí ganas de llorar. Me conmovió como nunca antes lo había hecho otra cosa– perdió la mirada –Cada gota eran perlas entre mis dedos… y fue mágico tener la conversión tan cerca de mí. Un solo corte a mi mano habría bastado para que la mía se mezclara con la suya. Pero no podía. Sabía que eso me mataría. En consuelo acaricié su herida, me manché con ella, me llené de ella.

Se tocó la cara, cerrando los ojos y deslizando dos de sus dedos por una de sus mejillas.

–El poder a nada de distancia y tan lejano al mismo tiempo.

Cuando levantó los párpados él seguía mirando un punto fijo hacia el rincón.

–La sentí moverse…– habló sumergido en su idea –Gritó sin decir nada. Fue tan sólo una reacción de terror. Talynha estaba debajo de mí. La tenía entre mis piernas. Yo no estaba usando fuerza, apenas si me apoyaba en ella. Pudo apartarme, aún con más facilidad siendo una vampiro, pero no lo hizo. Volteé a verla, no me veía a la cara, sólo se concentraba en sus propias manos ensangrentadas sin dejar de gritar. Y la voz de Thyaret volvió a mi cabeza. Que tu primera víctima sea una virgen, me dijo, disfrutarás su asesinato como ningún otro y no lo olvidarás nunca, te dará poder, te dará suerte, y si la quieres, la llevarás contigo eternamente.

Recogió sus brazos debajo de él.

–Me di cuenta por la actitud de Talynha que en muchos sentidos aún no perdía la inocencia. Pudo matarme de haberlo querido. No lo hizo– repitió –Fue cuando supe que yo nunca encontraría ese tipo de pureza en otra señorita. La virginidad a la que Thyaret hacía referencia bien podía ser metafórica. Además, Talynha acababa de ser mía. Y si la sangre de un simple humano me daba tanto, ¿Cuánto no más me daría la de un vampiro? Lo que es más ¿Mi corazón la quería lo suficiente como para conservar su recuerdo conmigo?

Sus pupilas se movieron hacia mí. Involuntariamente yo retrocedí.

–Con la misma piedra la callé. Pegándole a la cara. Y antes de que pudiera despertar, me paré y busqué mi cuchillo, y le abrí el cuello de lado a lado como mi tutor me había enseñado.

No supe cómo me levanté, me sentía pasmada.

–Al chico del colegio lo degollé porque quise. Nunca fue mi intención ir a estudiar, ¿Qué interés podría tener yo en los sistemas humanos? Desde el principio solo quise tener la experiencia de matar. Para la primera hora de clase ya me había aburrido, ataqué a aquel que cuando llegado el momento me pareció más fácil. Quería saber si podía hacerlo. Las prácticas con Thyaret eran buenas pero inútiles si no podía comprobar que yo tuviera el dominio real, no sólo porque ella se dejara. Por cierto que la mataste en vano. Nunca estuvo conmigo ese sábado. Usé las semillas para ocultar el olor de Talynha y cuando mi padre las distinguió e involucró a Thyaret en su teoría, vi la oportunidad de una coartada.

–¿En vano?– me permití reaccionar –¡¿Después de todo lo que me estás diciendo?!– grité.

–No me parece que sus consejos hayan sido malos– refuto calmado –Extraño a Talynha, pero de ahora en adelante estará conmigo.

–¿Qué le hiciste al tigre?– me sujeté las manos, apretando mis dedos. Yo seguía temblando.

–Intenté que se comiera el cuerpo pero no quiso… o no pudo.

Mientras yo negaba con la cabeza, la expresión de Adrián volvía a cambiar, y dejaba de demostrar esa convicción rigurosa con la que me había confesado todo, en su lugar quebraba su rostro. Empezaba a llorar.

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