Capítulo 1
Y ese día tuve que meterle un golazo al equipo de mi amor platónico. Siendo objetivo, yo era el peor jugador de mi equipo, los Leones de Vallekas, y solo seguía en el equipo porque mi padre era un plasta y aún mantenía la ilusión de que me convirtiera en el nuevo Cristiano Ronaldo, a pesar de que, recién cumplidos mis 18 años, seguía siendo incapaz de controlar el balón sin caerme estrepitosamente.
El único incentivo que tenía, además de callar a mi señor padre, era que de vez en cuando en la liga del barrio me tocaba jugar contra los Matracas, el equipo de Sergio, mi amor platónico del instituto, y que, a pesar de ser tan gay como yo, era mucho más cool, por lo que nunca me había dirigido la palabra. Yo le admiraba profundamente y me ponía nervioso cuando me acercaba a defenderle, porque yo, lo que se dice atacar, poco, muy poco.
Pero ese día, Paco, el defensa central, me pasó un balón y, casi sin quererlo, me encontré frente al portero, con el único obstáculo de ese chico alto y rubio por el que suspiraba. Lo normal en mí habría sido perder el balón, pero ese día me dirigí embelesado hacia él y, cuando estaba a medio metro, metí un regate que hizo que Sergio cayera al suelo de manera muy patosa. A los dos metros, metí un chutazo y marqué el gol de mi vida.
Como apenas me interesaba, no estaba muy al tanto de la situación de la liga, pero cuando mis compañeros vinieron a abrazarme y vi llorando a Sergio, me di cuenta de que había marcado en el último minuto el gol que hacía perder la liga a los Matracas. Sergio me miró, pero lejos de amor, sus ojos mostraban el mayor odio que un ser humano había experimentado.
“Joder”, me dije, “¿y ahora cómo arreglo esto?”. Eso sí, qué bueno estaba Sergio enfadado.








