Capítulo 1
Un sábado por la tarde, el sol se posaba al final de la calle, regalándote un cegador pero hermoso atardecer. La lluvia llegó con envidia, golpeando la calle por la que transitaba y empujándome a refugiarme debajo de un árbol. No tenía piedad: terminó obligándome a correr hasta aquel misero departamento.
Las llaves, todas resbalosas, parecían enemigas que no querían abrir esa puerta. Del otro lado, la cama ya susurraba a tus oídos, y tu alma no soportaría mucho más tiempo bajo esa lluvia tan fuerte.
Después de forcejear con aquel pomo resbaloso, entraste. Te quitaste la ropa húmeda y fría que te había regalado el clima, y sin pensarlo te metiste a bañar. Dejaste la mayoría de tus cosas encima del inodoro.
En segundos, una nube de vapor llenó el baño. Con la luz encendida, una sombra se proyectaba sobre la cortina, como en las historias de miedo. Cuando terminaste de lavarme el cabello, tus ojos seguían cerrados y cubiertos de jabón.
Entonces captaste un ruido inquietante, como si algo se hubiese movido en el departamento. La ansiedad apresuró mis manos, obligándome a enjuagarme a toda prisa, casi ahogándome con el agua y la espuma de la regadera.
Asomaste la cabeza por un costado de la cortina de plástico. Sabías que no te protegería de mucho si te encontrabas con un asesino de frente. Solo viste que algunas de tus cosas habían caído del inodoro.
"¿A poco así las dejé por la prisa?—pensaste."
No le diste importancia y terminaste de ducharte. El vidrio mostraba únicamente las gotas de agua que corrían sin dejar rastro. Era tanto vapor acumulado que sería difícil dispersar.
Sali de la regadera con una toalla ceñida a mi pecho, cubriendo parte de las caderas. Cuando ibas a entrar a tu cuarto, algo te detuvo en la puerta, con el pomo en la mano. Una voz seductora, con aires familiares pero suave, llegó desde detrás de ti.
—Hola… cuánto tiempo sin verte. Veo que has cambiado mucho. —Menciono mientras te miraba de pies a cabeza.
Sentias la mirada fija en tu trasero apenas cubierto por la prenda humeda, aunque lo que realmente me sacudía era ese tono de voz que daba vueltas en mi cabeza como un trompo. Había algo familiar allí.
"¿De dónde conozco a esta persona? Pero… ¿me está mirando el culo? pensaste."
Con un brazo sosteniendo la toalla, diste media vuelta hacia la oscuridad. Molestia y seriedad se notaban en mi rostro cuando respondiste, aún sin saber quién era.
—Hola. ¿Te conozco? Y deja de mirarme el trasero.— reprochaste
La luz parecía parpadear con cada palabra de esa plática amena que parecía nunca acabar. Aquella persona desconocida, con ciertos aires familiares, se acercaba lentamente.
Retrocedias, manteniendo la distancia. Un dolor helado en la espalda baja provocó un frío que recorrió mi cuerpo empapado de vapor. Era la puerta del cuarto.
“¿Por qué sentí el pomo más abajo que de costumbre? te preguntaste.”
Con miedo inundando mi mente y la mano apenas temblando, abriste la puerta. Un empujón brusco te lanzó a la cama del cuarto oscuro e iluminado a la vez. Ese trapo húmedo quedó suelto encima de ti, apenas cubriéndote desde el pecho hasta las caderas.
Con la mente nublada y los ojos fijos en aquella presencia desconocida, el temor gobernaba la situación. Tus pulmones se negaban a obedecer, atrapándome entre el miedo y el deseo.
Se sentía como un sueño vivido.
Una voz tenue y seductora, al oído inexperto, llegó desde los pies de la cama:
—Si esto fuera un sueño, amor… ¿cómo explicarías lo que está por pasar?
Balbuceos torpes escapaban de mi boca. El miedo y la parálisis me controlaban. Solo tus ojos podían apreciar aquel paisaje que se grababa en tu mente.
Veia cómo una mano cálida rozaba la piel de tu muslo izquierdo. La cama se mecía con el peso de la persona que subía lentamente. Una respiración atrevida rozaba mi abdomen, ascendiendo hacia mi rostro.
El calor de esas manos subía como fiebre en mi piel. Turno tras turno acariciaban la carne gobernada por miedo e incertidumbre. Cada toque era más provocativo. Ya eras esclavo de la tentación, pertenecias a esa presencia.
Una lengua húmeda lamió mi oreja izquierda muy despacio.
—Como buen esclavo mío que has sido, te daré un regalo por adelantado. No abras los ojos, amorcito, o arruinaras la sorpresa…
Cerraste los ojos. La forma del paisaje quedó impresa en mis párpados como negativos de fotografías.
Las manos que antes acariciaban ahora jugaban contigo, cual niño con juguete nuevo. Incluso con los ojos cerrados, sentiste el roce de unos labios finos y carnosos que corrían por mis mejillas, buscando los tuyos.
La mente se estremecía. Escalofríos recorrían mi silueta, como si estuvieras en un parque de diversiones.
Entonces llegó.
El beso de las buenas noches.
Sin rastro del tiempo, los días pasaban y los vecinos se preguntaban qué había pasado, se enteraron de que tenías compañía, antes de que llegaras, vieron como alguien entraba muy plácidamente a tu departamento, nadie le dijo nada.
El tiempo corriendo sin parar, los pocos vecinos que se animaban a tocar aquella puerta, salían corriendo sin pensar, un olor fétido, pútrido salía entre el marco de la puerta, ese olor se hacía cada vez más fuerte, provocando vómito a cualquiera que pasara por enfrente.
Varios vecinos aledaños marcaron a la policía un martes por la mañana, ese olor era de los que se te pegan y no te sueltan, una cualidad que le envidiaría mi ex, que los oficiales tuvieron que ponerse máscaras de gas para poder derrumbar tu puerta que sostenía la verdad.
Conforme entraban hacia aquel departamento, las máscaras eran poca ayuda
-¿Qué pasó aquí? a su puta ma...- exclamó un policía
-Confirmó, que pinche asco… - exclamó el oficial a cargo de la unidad
Veían huellas de humedad en el piso, aún se alcanzaban a ver con claridad, llegaron hasta la puerta de aquel cuarto, al abrirla, los oficiales salieron corriendo de aquel cuarto, corriendo hasta poder respirar aire limpio, la cara de las mil millas era lo que veian los vecinos en los policias.
Ese cuarto, antes tan hermoso y ordenado, ahora era color rojo sangre, las vísceras de lo que fue tu cuerpo, decoraban cada rincón, esa cama fue testigo de lo que sucedió, tu cráneo ahora era decoración de la cabecera viendo hacia los pies de la cama.
En medio de la cama había una carta blanca, estaba dentro de un corazón sin sangre, era lo único limpio de todo el cuarto, dicha carta estaba cerrada con un corazón rojo muy simbólico.
Uno de los oficiales se armó de valor después de media hora de recuperar el aliento y sacar todo su almuerzo, entró al cuarto, impactado por la escena, mirando hacia las paredes, se percata de que la carta decía su nombre, agarró la carta y salió de la escena del crimen.
Afuera los vecinos veían con detalle algo traía en las manos el oficial…
-¿Era una carta de amor?- susurraban entre ellos
Miedo y ansiedad dominaban las manos del oficial, la mente divagando entre sí abrirla o romperla, después de abrir esa carta lentamente con las manos, un pequeño corte de papel en un dedo, mancha la carta y un papel cae al piso, absorbiendo la sangre, permanece blanco.
La marca de unos labios pintados con la sangre que derramaste sería la firma de quien dejó esa carta.
“El beso de tus labios es eterno, aún camino entre ustedes ”
Dime, querido lector, ¿Quieres el beso de las buenas noches?
—Sir_Erox