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Tournament of the Reborn

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Sinopsis

Durante siglos, los dioses permanecieron en silencio, contemplando un mundo que se desmoronaba sin su guía. Pero Ares, el inquebrantable dios de la guerra, no podía tolerar tal deshonra. Para él, la esencia de la existencia no reside en la paz, sino en el combate, en la gloria conquistada por la fuerza y la voluntad. Así nació el Tournament of the Reborn: un enfrentamiento que trasciende el tiempo y la muerte, donde veinte guerreros resucitados por Freya y sus valquirias se enfrentarán por la gloria eterna. Aquí no hay redención, ni misericordia: solo victoria o olvido. Pero cuanto más avanza el torneo, más evidente se vuelve una verdad temida: desatar semejante poder no es sin consecuencia. El tejido del equilibrio entre los reinos empieza a desgarrarse. ¿Fue este torneo una prueba… o el primer acto de una guerra mayor?

Genero:
Action
Autor/a:
Inkino
Estado:
En proceso
Capítulos:
25
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo I: El llamado de la guerra

Narrador Omnisciente

En un doblez estelar, el cosmos latía sin tregua. Allí persistía una coordenada que incluso las deidades menores evitaban nombrar, sellada por una bruma que no concedía paso.

Aquel punto —reconocido únicamente por quien encarnaba el odio— conservaba la huella sonora de una pugna primigenia. No como recuerdo, sino como residuo: un choque que nunca terminó de disiparse. El olor a sangre permanecía suspendido, sostenido por hilos etéreos, como ceniza que se niega a caer. Sombras errantes vagaban por ese baluarte: ánimas de insolentes cuya existencia se extinguió con el paso de los siglos, pero no su rencor.

En ese refugio, vedado a los mortales, reposaba un despacho privado, apenas delineado por una luz mortecina que envolvía a una figura inmóvil.

La inmortalidad —condición perpetua e inalterable— se manifestaba en él como condena prolongada.

Regir el Olimpo, antaño sinónimo de gloria, se había convertido en un lastre: un peso constante que, a lo largo de eones, erosionó incluso la paciencia de un dios.

El silencio se rompió.

La mesa de mármol resonó como un trueno contenido al recibir el impacto de un puño. La vibración se propagó por las columnas, atravesó la estancia y se filtró hacia el exterior como una orden no pronunciada.

Afuera, la tempestad respondió.

Ares — (calma férrea, tensión contenida)

La inmortalidad pesa. Consume.

Necesito guerra. Adrenalina. Sangre.

Un torneo restaurará la esencia.

Narrador Omnisciente

La idea no nació en ese instante. Ya se había gestado. Un coliseo cubierto de fuego persistía como forma latente; voces de victoria y agonía se entrelazaban en una sola marea. No era un espectáculo nuevo, sino uno anterior al tiempo mismo.

Una orquesta formada en caos y gloria, lista para ser reanimada.

La decisión se manifestó en el semblante de plata.

Ares atravesó los velos blancos que separaban los reinos, hasta que el frío de Asgard mordió su presencia. El brillo del oro nórdico contrastaba con la sobriedad de su sala personal. Avanzó sin detenerse.

Dos caballeros asgardianos custodiaban las puertas doradas, bloqueando el paso. Desde lo alto, un graznido grave cortó la quietud glacial. Dos centinelas alados descendían en círculos amplios, observándolo con ojos antiguos, portadores de una sabiduría anterior al juicio irrevocable.

Los cuervos tomaron la palabra.

Huginn — (solemne, reflexivo)

¡Rapa, rapa!

El forjador de batallas cruza el umbral del Allfather.

No trae súplica.

Trae un ciclo que exige reiniciarse con sangre.

Cada paso suyo resuena como un recuerdo que el mundo se niega a olvidar.

Muninn — (sarcasmo mordaz)

¡Caw, caw!

¿Un ciclo? Yo lo llamo costumbre.

Ares se aburre. El cosmos sangra. Equilibrio restablecido.

Siempre lo mismo: promete propósito, entrega cadáveres.

Y aun así… todos miran.

Narrador Omnisciente

Ares permaneció inmóvil. Entonces, la gravedad se inclinó.

La voz del Allfather se impuso como un estallido contenido, quebrando la quietud de las montañas.

Odín — (calma imponente, voz contenida)

Abran la puerta.

Que pase.

El destino no llama dos veces.

Escucharé lo que ha venido a poner en movimiento.

Narrador Omnisciente

Los custodios obedecieron. Las puertas se abrieron.

La presencia del dios griego tensó el aire al cruzar el umbral. El techo cedió levemente, como respuesta a la energía bélica que acababa de ingresar. Ares avanzó hasta quedar frente al trono. Inclinó apenas la cabeza. No era sumisión, sino reconocimiento entre entidades que comprenden el valor del conflicto.

Ares — (determinación fría)

Odín. Propongo un torneo.

Los mejores guerreros de todas las eras.

Los traeré de vuelta.

Lucharán hasta la muerte.

Narrador Omnisciente

El salón cayó en una mudez absoluta. Los cuervos, en cambio, no callaron.

Huginn — (grave, meditando)

¿Arrancar a los muertos del silencio para servir a un designio de sangre?

El destino se talla golpe a golpe en el campo de batalla.

Pero no toda alma resucitada soporta recordar por qué cayó.

Muninn — (desdén cínico)

Honor. Gloria. Ecos bonitos para los que ya no respiran.

Cuando el polvo se asienta, solo queda una verdad:

quien sigue en pie decide qué significaban esas palabras.

Odín — (curiosidad calculada)

¿Un torneo… dices?

Interesante.

Pero dime, Ares:

¿qué nombre das a eso que te devora?

Ares — (ambición implacable)

Gloria.

Demostrar quién es el más fuerte.

Entre todos los mortales.

Odín — (autoridad firme)

Silencio.

Su voz cayó como un invierno antiguo: denso e inapelable.

Te concederé audiencia en el Salón Divino, Ares.

No porque lo pidas.

Porque el hilo ya se ha tensado.

Recuerda esto:

No solo gobierno la guerra.

Leo sus finales.

Hay fuerzas que duermen, no por debilidad,

sino porque el mundo aún no ha pagado su precio.

Quien las despierta

no elige las consecuencias.

Solo las hereda.

Narrador Omnisciente

Ares acató la proclama sin una palabra más. Giró sobre los talones con porte marcial, sin devolver la mirada.

La decisión estaba tomada.

Sus pasos resonaron en los pasillos de Asgard como tambores anunciando un destino ineludible.

Narrador Omnisciente

Lejos del salón del Allfather, Ares recorrió los pasillos de Asgard con un andar que no admitía desvíos. Cada paso resonaba como un golpe seco contra la arquitectura dorada, marcando un ritmo que se propagaba más allá de la piedra y el metal, hasta las raíces mismas de Yggdrasil.

El dios de la guerra no caminaba como un visitante. Avanzaba como un conquistador que mide la resistencia de los muros antes del asedio.

Al atravesar corredores flanqueados por columnas de basalto y oro, portando el peso del mando sobre los restos del Olimpo, mantuvo una postura de hierro. No por orgullo, sino por necesidad: en territorio ajeno, la debilidad no era una opción.

Entonces, el aire cambió.

No fue un descenso brusco de temperatura, sino una distorsión sutil: el espacio cedió apenas un paso. Entre las columnas, una sombra se deslizó con un movimiento antinatural, serpenteante, una mancha de oscuridad impropia de un reino bañado por luz perpetua.

Una risa baja quebró el silencio.

No era carcajada ni burla abierta, sino el murmullo previo a la intriga: el sonido que precede a la ruina de reinos.

Narrador Omnisciente

Loki emergió de las sombras con la fluidez del aceite sobre el agua. Su media sonrisa torcida, portadora de una malevolencia lúdica, indicaba que había aguardado ese momento con paciencia deliberada. Ladeó la cabeza y observó a Ares sin temor, con la fascinación de quien encuentra algo nuevo y rompible.

Loki — (ironía sombría, falsa curiosidad)

Ares…

qué aparición tan inconveniente en pasillos diseñados para fingir civilidad.

(Una sonrisa breve, venenosa, que no alcanza los ojos.)

Dime algo:

¿de verdad crees que ese coleccionista de silencios, tan orgulloso de llamarse padre de todos, te ofrecerá algo más que advertencias disfrazadas de sabiduría?

Avanzó un solo paso, lo justo para existir en el margen del conflicto.

Ilumíname.

Tal vez conserve tu propósito con la lealtad que solo un hermano puede prometer.

O tal vez lo doble, lo estire, lo desgaste… hasta que ni tú recuerdes por qué parecía una buena idea.

Inclinó apenas la cabeza, como quien evalúa una grieta invisible.

No te confundas.

No miento por placer.

Solo pruebo la verdad… hasta descubrir cuánto resiste antes de romperse.

Narrador Omnisciente

Ares no se detuvo. Siguió avanzando, y su presencia se expandió de inmediato, reclamando el espacio que el embaucador buscaba corroer. Cuando habló, su voz no era solo sonido; era impacto: un choque seco, contenido, que dejó una marca invisible en el aire.

Ares — (desdén, amenaza contenida)

Esto no te concierne, Loki.

No a un bufón de sombras.

Cierra la boca

o te arrancaré la lengua

y la daré a los cuervos que finges despreciar.

Lo que trato con Odín es asunto de dioses,

no de serpientes que se arrastran en los márgenes.

Desaparece

o atravesaré tu pecho

y veré si tu sangre es tan real como tus mentiras.

Narrador Omnisciente

Por primera vez, Loki no respondió de inmediato.

El aire se densificó. No como un fenómeno visible, sino como una presión incómoda en los pulmones. El pasillo se encogió, como respuesta al cruce de voluntades. La risa del dios del engaño se extinguió, sustituida por una atención cauta.

Entonces, una sombra mayor se proyectó sobre ambos.

No avanzaba con sigilo ni con astucia, sino con peso. Con presencia.

Una silueta amplia, aureolada por una luz azulada y severa, se recortó contra el fondo dorado del corredor. Cada paso hizo vibrar el suelo con una cadencia grave, como un trueno contenido que se aproximaba sin prisa.

Thor — (voz grave, amenaza contenida)

¿Qué hacen aquí,

susurrando como ratas antes de la tormenta?

(Clava la mirada primero en Loki, luego en Ares. No hay confusión en sus ojos, solo cálculo y desconfianza.)

Y tú, griego.

No caminas por Asgard por accidente.

Cada paso tuyo mueve algo.

Y cuando algo se mueve, la tormenta escucha.

(Su mano se cierra despacio, como si el peso del mundo pudiera concentrarse en un solo golpe.)

No necesito conocer tus planes para olerlos.

Huelen a choque. A hierro.

A sangre antes del impacto.

Si tus juegos cruzan una línea,

si esa guerra que cargas intenta morder este reino,

me pondré en medio.

No por órdenes.

No por promesas.

Por Asgard.

Narrador Omnisciente

Ares encaró a Thor sin retroceder un solo centímetro. La tensión entre ambas naturalezas guerreras era palpable: una chispa suspendida, lista para incendiar el corredor. El griego avanzó un paso, sin alzar la voz, con una calma más peligrosa que cualquier rugido.

Ares — (desafío frío)

No perderé tiempo midiéndome contigo, Thor.

Un combate aquí sería una distracción.

No me interesan las distracciones.

(Sostiene la mirada del asgardiano.)

No te equivoques.

Si te interpones en mi camino, te apartaré sin dudarlo.

Lo que se aproxima no requiere tu aprobación.

(Desvía apenas la cabeza hacia Loki, con abierto desprecio.)

No tengo más tiempo para ninguno de los dos.

Narrador Omnisciente

Sin esperar respuesta, Ares reemprendió su marcha. El eco de sus pasos se diluyó en los corredores interminables de Asgard, dejando tras de sí un silencio cargado; el reino contuvo el aliento.

Loki observó su retirada sin sonrisa.

Thor permaneció inmóvil, con el ceño fruncido.

Ambos comprendían lo mismo, aunque ninguno pudiera nombrarlo aún: algo había sido puesto en movimiento.

Y no habría forma sencilla de detenerlo.

Narrador Omnisciente

Al franquear los grandes portones, la penumbra de los pasillos cedió ante un resplandor solemne y abrumador. Las puertas del Salón Divino, forjadas en una aleación ajena a toda tierra mortal, se abrieron con un movimiento lento y pesado, como respuesta a quien osó cruzarlas.

El recinto era un nexo de realidades.

Allí, las leyes de la física se rendían ante la voluntad de los presentes. El espacio se extendía más allá de lo posible; el techo abovedado reflejaba constelaciones en movimiento, estrellas que orbitaban en un firmamento contenido. En el centro, una mesa redonda de obsidiana pulida devolvía ese brillo cósmico en reflejos oscuros y profundos.

Un murmullo grave, compuesto por voces que hablaban lenguas olvidadas por el hombre, se extinguió en el instante en que Ares dio el primer paso dentro del salón.

No se volvió para observarlos. No lo necesitaba.

Cada mirada posada sobre él era un juicio.

A su paso, el aire se tensó. El eco de sus botas sobre el cristal negro fue el único sonido que desafió la solemnidad del lugar.

En el eje central de la mesa se encontraba Odín. Su mirada única, inmóvil y profunda, medía no solo al dios griego, sino las consecuencias que lo acompañaban.

A su derecha, el ambiente se tornaba abrasador y solemne a la vez. Ra se erguía envuelto en un fulgor solar perpetuo, una presencia que imponía orden mediante luz inclemente. A su lado, Shiva reposaba con una serenidad inquietante; su quietud no era pasiva, sino contenida, como la pausa exacta antes del colapso de mil universos.

A la izquierda del Allfather, el contraste era igual de marcado. Susanoo no Mikoto permanecía sentado con los ojos cerrados, inmerso en un silencio que no expresaba respeto, sino desinterés calculado. A su costado, Huitzilopochtli irradiaba una ferocidad latente. Las plumas de colibrí que adornaban su figura destellaban en tonos turquesa y sangre, y su presencia arrastraba consigo el aroma de la tierra seca y el sacrificio.

La jerarquía del cosmos estaba reunida.

Narrador Omnisciente

Ares avanzó hasta el borde de la mesa. Se detuvo allí, erguido, sin gestos innecesarios. Como líder de lo que quedaba del Olimpo, mantuvo una postura que no concedía espacio a la duda.

Cuando habló, su voz no buscaba aprobación.

Ares — (autoridad imponente)

Dioses de todos los rumbos.

No he venido a pedir permiso.

He venido a anunciar un cambio necesario.

La eternidad nos volvió complacientes.

Vivimos de una gloria que ya no vibra.

Propongo un torneo.

Veinte guerreros mortales.

Las almas más letales de la historia.

Serán devueltos a su punto máximo.

Lucharán hasta que solo uno quede en pie.

Narrador Omnisciente

El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. No era solemne, sino cargado de una estática invisible que impregnaba el aire de ozono. Incluso las estrellas reflejadas en la obsidiana ralentizaron su curso.

Susanoo no Mikoto — (tedio absoluto)

¿Y por qué habría de importarme?

(Exhala despacio, como una marea que se retira sin urgencia.)

Los mortales ya no llaman a la guerra.

Le temen al vacío que deja.

Huyen antes de mirar la tormenta de frente.

(Una pausa larga, sin intención de llenarla.)

El ciclo continúa.

Olas que rompen, se disuelven… y vuelven a romper.

No encuentro propósito en observar criaturas pequeñas disputarse restos,

cuando el mar sabe que todo termina hundiéndose.

Huitzilopochtli — (entusiasmo feroz, inclinándose hacia adelante)

Te equivocas, tormenta del este.

(Sus ojos brillan con fulgor ámbar.)

No subestimes a un mortal al que se concede otra oportunidad ante la muerte.

El sol exige sangre para continuar su curso.

Debemos presenciar ese fuego de nuevo.

(Golpea la mesa con los nudillos, sin quebrarla.)

Respaldo la moción del griego.

Quiero ver si queda algún corazón digno de ofrecerse al universo.

Shiva — (sonrisa enigmática, voz serena)

La guerra es danza, Ares.

Una coreografía donde la destrucción abre paso a la creación.

(Observa sus manos, sin prisa ni expectativa.)

Si estos mortales aprenden a seguir el ritmo del fin,

el espectáculo será revelador.

Toda destrucción guarda belleza.

Ustedes, a menudo, lo olvidan.

Ra — (juicio solar, voz resonante)

Tu propuesta brilla.

Pero el equilibrio no se negocia.

(El fulgor a su alrededor se intensifica, irradiando orden.)

Si este evento ocurre,

debe existir un marco inquebrantable.

Reglas que incluso nosotros respetemos.

El caos sin límites no es guerra.

Es ruina esperando.

No permitiremos que una ambición sin contención

desgarre el tejido del cosmos.

Narrador Omnisciente

Las posturas estaban trazadas.

No había consenso, pero tampoco rechazo absoluto.

La mesa redonda reflejaba no solo a los dioses presentes, sino también la fractura ideológica que comenzaba a abrirse entre ellos: guerra como rito, como espectáculo, como necesidad, o como amenaza al equilibrio.

Ares permaneció en silencio, observando. No era necesario responder aún. La semilla había sido plantada.

Y el terreno estaba preparado para el conflicto.

Narrador Omnisciente

Mientras las deidades sostenían sus posturas en un silencio cargado, una presencia adicional se manifestó.

No hubo anuncio.

No hubo ruptura.

El aire del salón se ordenó.

Desde el perímetro externo de la estancia, entre columnas fundidas con la penumbra cósmica, Hera avanzó con paso sereno. No reclamó atención; la recibió por derecho. Su presencia no imponía fuerza bruta, sino control. Cada movimiento transmitía una autoridad pulida por siglos de intriga, pactos y supervivencia política.

Se detuvo a una distancia medida detrás de Ares.

No lo tocó.

No lo interrumpió.

Su sombra se superpuso a la suya como advertencia silenciosa.

Hera — (control frío, voz contenida)

Ares.

Una sola palabra bastó.

Este no es un espacio para impulsos,

ni para maniobras que tensen lo poco que aún se mantiene en pie.

(Su mirada recorre la mesa, sin fijarse en ningún rostro.)

El Olimpo no puede absorber las consecuencias de una ambición mal calculada.

Y tú lo sabes.

(Una pausa breve. Exacta.)

Si Zeus percibe movimiento a sus espaldas,

su respuesta no será indulgente.

Las leyes que nos rigen no desaparecen cuando se las ignora.

Solo esperan el momento de cobrar su precio.

Narrador Omnisciente

Ares no se giró al escucharla.

No fue desdén inmediato.

Fue contención.

Cuando respondió, su voz carecía de volumen innecesario, pero no de filo.

Ares — (frialdad absoluta)

No lo menciones.

Zeus eligió ausentarse.

Quien no ocupa su lugar no dicta el rumbo.

Yo cargo con lo que venga.

No delego lo que otros abandonaron.

Narrador Omnisciente

Hera sostuvo su posición. No replicó de inmediato. En su expresión no hubo sorpresa, solo confirmación: algo había cambiado de forma irreversible.

Alrededor de la mesa, las demás deidades observaron el intercambio con renovado interés. No por la disputa en sí, sino por lo que representaba. La grieta dentro del panteón griego ya no era un rumor. Era visible.

Odín, desde el centro del consejo, inclinó levemente la cabeza.

No como aprobación.

Como reconocimiento de que la discusión había alcanzado su límite natural.

Nada más debía decirse en ese momento.

Narrador Omnisciente

Ares dio media vuelta.

No aguardó veredictos ni concesiones. Su postura dejaba claro que la decisión no dependía de un consenso inmediato. El eco de sus pasos se alejó del Salón Divino, absorbido por la vastedad del recinto.

Tras su retirada, el silencio que quedó no fue vacío.

Fue expectativa.

Cada deidad presente comprendía que algo había sido puesto en marcha. No por decreto. No por acuerdo, sino por la voluntad firme de quien ya no pedía permiso.

Porque la guerra —como siempre— no anunciaba su llegada con estruendo.

Primero se manifestaba como una idea.

Y esa idea había echado raíces.

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