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Donde Habita el delirio #2

Sinopsis

Sinopsis: Byunghun es el poderoso CEO de una de las empresas más influyentes de Asia. Bajo su fachada impecable, esconde una personalidad oscura y una cruzada personal contra aquellos que la ley ha dejado impunes. Su secretario, Jungjae -leal, atento y enigmático- es mucho más que su asistente: es el único que logra traspasar la armadura del empresario y manipular sus impulsos. Pero entre crímenes meticulosamente planeados y una justicia que solo ellos entienden, las líneas entre amor, obsesión y venganza se desdibujan, poniendo a prueba hasta dónde es capaz de llegar un hombre cuando su corazón es su mayor debilidad. ✒ #2 Delirio (Saga) ✒ Shipp Lee Byunghun x Lee Jungjae ✒ Mención de otros shipps más adelante

Genero:
Thriller
Autor/a:
ʚSorielrɞ
Estado:
hace un año
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

“Cuando la noche cae, la verdadera justicia nunca pide permiso para actuar.”

En el eco del lujoso condominio apenas se percibía el sonido del noticiero local que emitía la pantalla del televisor de pared.

Byunghun, sin prestarle mayor atención, revisaba unos documentos impresos sobre su último contrato cerrado, concentrado y meticuloso como de costumbre.

Fue una frase —una sola frase— la que rompió la monotonía y le hizo alzar la vista:

> “Se cumplen tres años desde el secuestro sin resolver de varios jóvenes universitarios. El presunto captor, de nombre reservado, fue absuelto por falta de pruebas y buena conducta…”

Su mandíbula se tensó imperceptiblemente y, casi sin quererlo, sus dedos formaron un puño sobre la mesa de mármol.

Observó la pantalla unos segundos, su expresión inmutable salvo por la frialdad que ahora endurecía su mirada.

La incompetencia de la justicia le resultaba repulsiva, como una mancha en su mundo perfectamente controlado.

Lanzó un suspiro largo y lento, como quien reprime un arrebato, y tomó su celular sin dudar.

Mientras marcaba, sus ojos ya no estaban en la pantalla, sino en un punto fijo, lejano.

—Necesito que investigues a alguien —su voz era baja y precisa, sin margen para interpretaciones—. Te mandaré los detalles más tarde. Ya sabes, quiero un trabajo pulcro.

Colgó sin esperar respuesta, porque nunca la necesitaba.

Se levantó y, tras alisar con meticulosidad la corbata y ajustarse los gemelos, recogió su portafolio. Antes de salir, su reflejo en el ventanal le devolvió una imagen impoluta: traje oscuro impecable, lentes bien colocados y una serenidad que pocos sabrían descifrar.

Bajó al estacionamiento privado, entró en su auto y, tras mirarse unos segundos en el retrovisor —como si calibrara una máscara—, encendió el motor.

Con una calma perfecta, salió a la calle.

En su mente, sin embargo, una sola cosa estaba clara:

Esta vez, él sería quien impartiera la justicia que otros no se atrevían a ejercer.

Al cruzar la puerta giratoria del imponente edificio corporativo, una figura esbelta salió a su encuentro con una sonrisa tan impecable como su traje oscuro.

Era Jungjae. Su presencia, siempre impecable y casi etérea, hizo que el humor de Byunghun mejorara apenas unos grados.

—Buenos días, señor Lee —dijo su secretario, inclinándose levemente—. ¿Descansó bien?

Byunghun alzó una ceja, y una sombra de diversión pasó por su rostro antes de responder.

—Jungjae, hemos hablado de la formalidad. Llevas más de cinco años conmigo; ya eres alguien de mi entera confianza. —Su voz, grave y pausada, escondía un pequeño atisbo de calidez que solo él lograba provocar.

—Lo siento, Byung Hun —respondió Jungjae entre una ligera risa, sin perder esa aura de respeto que rozaba la devoción—. Aún me resulta difícil tratarte sin tanta cortesía.

Empezaron a caminar rumbo al elevador privado, cruzando el vestíbulo de mármol.

Mientras esperaban el ascensor, Byunghun entrecerró los ojos y retomó su habitual tono pragmático:

—¿El CEO de Nine Company ya envió los detalles finales del convenio?

Jungjae revisó su tableta.

—Aún no. Ya contacté a su secretario y me dijo que los tendrá listos para esta tarde.

—No me agrada su impuntualidad —murmuró Byunghun, cruzando los brazos—, pero el contrato es demasiado beneficioso. Espero que cumpla su palabra; no toleraré problemas a futuro.

La campana del ascensor sonó, y las puertas se abrieron.

Entraron juntos en silencio, la luz del panel reflejándose en el semblante inquebrantable de Byunghun.

—Me encargaré de eso personalmente —aseguró Jungjae, mientras presionaba el último piso—. Por cierto, han llegado varias solicitudes de entrevista. Todos quieren hablar contigo después del premio EY World Entrepreneur of the Year.

La noticia apenas le arrancó una pequeña sonrisa.

—Escoge solo a los que sean convenientes. Rechaza al resto —indicó, sin apartar la vista del visor numérico que ascendía lentamente—. Ya sabes lo que espero.

Jungjae asintió sin dudarlo.

Al llegar a su despacho, la vista panorámica de la ciudad se desplegó tras los ventanales. Byunghun cruzó la alfombra y tomó asiento detrás del escritorio, mientras su secretario le entregaba una carpeta pulcramente organizada.

—Son los reportes administrativos que me solicitaste —mencionó Jungjae—. Los he revisado, pero es mejor que tú les des el visto bueno.

—Perfecto —respondió Byunghun, apenas dedicándole una mirada fugaz, sabiendo que el trabajo estaría impecable.

—Bueno, me retiro por ahora, señor —añadió Jungjae con una reverencia ligera antes de marcharse en absoluto silencio.

Al quedarse solo, Byunghun hojeó los documentos con meticulosidad. Como de costumbre, cada dato estaba en su sitio, cada cifra verificada, cada error corregido. Una vez satisfecho, firmó con pulso firme y apartó la carpeta a un lado, contemplando unos segundos el reflejo del rascacielos en la pantalla apagada del monitor.

Aquella mañana apenas comenzaba, y ya todo marchaba tal como él lo quería.

Byunghun encendió su computador y comenzó a investigar más a fondo el caso que había llamado su atención esa mañana.

A medida que examinaba los datos, fue encontrando pequeñas inconsistencias que solo alimentaban su certeza: aquel caso era mucho más sencillo de resolver que lo que las autoridades querían admitir.

Sin perder tiempo, tomó su teléfono y envió un mensaje a su contacto de confianza — una orden clara y concisa para que indagara más detalles.

Eran asuntos que la ley nunca tocaría, pero que para él merecían una verdadera justicia.

Tan sumido estaba en su investigación que no notó el paso de las horas hasta que la puerta del despacho se entreabrió suavemente y entró Jungjae.

Como siempre, traía consigo una bandeja cuidadosamente preparada.

—Te vi tan concentrado que no quería interrumpirte —dijo con esa voz serena que tan bien conocía—, pero ya es hora del almuerzo y debes alimentarte. Pedí comida de tu restaurante favorito.

Byunghun levantó la vista por primera vez en mucho tiempo y sintió que la rigidez en su cuello cedía apenas un poco. Una pequeña risa, casi imperceptible, escapó de sus labios.

—Gracias, Jungjae —respondió, genuinamente complacido—. Siempre tan oportuno. —Tomó el plato que le ofrecía, contemplándolo con aprobación—. ¿Comemos juntos?

Jungjae asintió sin dudarlo y tomó asiento frente a él.

Su presencia, tan luminosa y discreta a la vez, lograba que hasta el ambiente del despacho se sintiera menos frío.

Sin embargo, ese momento apacible se rompió cuando la puerta se abrió de golpe y una voz aguda, cargada de impaciencia, llenó la habitación:

—¡Oppa! Vine por ti para ir a comer.

La mujer —impecablemente vestida y de una belleza llamativa— entró con paso enérgico y una sonrisa que se esfumó apenas reparó en la escena.

Su ceño se frunció de inmediato.

—Ugh, ¿está él aquí de nuevo? —se quejó con un tono chillón y despectivo, sin molestarse en ocultar su molestia.

Byunghun esbozó una mueca apenas perceptible y sintió una punzada de irritación. Jungjae, por su parte, bajó la vista unos segundos, incómodo por la interrupción, y fingió concentrarse en su comida para evitar la tensión.

Byunghun soltó un suspiro apenas audible y levantó la mirada con calma controlada, midiendo a la recién llegada como quien sopesa un estorbo.

—Ya te dije que si quería verte para almorzar te habría llamado —respondió sin subir la voz, con un tono frío y cortante que contrastaba con la calidez que solo unos segundos antes compartía con Jungjae.

La mujer quedó paralizada por un instante, sin la respuesta que esperaba.

La atmósfera del despacho, que segundos antes se sentía ligera, ahora pesaba como una losa.

La mujer que los interrumpía no era otra que Kim Jooryoung, heredera de la poderosa Ming Corporation y la antigua prometida que su padre le había impuesto. Aunque él rompió el compromiso tras la muerte del patriarca —y ya habían pasado cinco años desde aquello—, ella insistía en comportarse como si el tiempo nunca hubiera transcurrido.

—Vine por ti para ir a comer —anunció con una sonrisa que no alcanzaba a ocultar su obstinación—. Me enteré de tu premiación por tercer año consecutivo y quería celebrarlo contigo. Pero veo que sigues acompañado por… este de nuevo —añadió, lanzando a Jungjae una mirada cargada de desdén.

Byunghun levantó la vista y, sin alterar su expresión impasible, habló en un tono frío y cortante:

—No le hables así a Jungjae. Ya te he dicho que merece tanto respeto como tú.

Jooryoung rodó los ojos con una mueca impaciente.

—Ugh, no pienso tener esta charla otra vez —murmuró, acercándose a él con paso seguro. Lo tomó del brazo y su voz cambió a una cadencia melosa—. Mejor vamos a comer juntos, ¿sí?

—Es mejor que me retire —se adelantó Jungjae, bajando la mirada con una pequeña reverencia. La sonrisa satisfecha que asomaba en los labios de Jooryoung apenas duró unos segundos.

—No tienes que irte, Jungjae —replicó Byunghun, apartando suavemente el brazo que ella sujetaba—. La que se retira es ella. —Su mirada severa hizo que la expresión de Jooryoung se congelara por completo—. Cuando aprendas a comportarte como es debido, podremos hablar. Por ahora, no tienes nada que hacer aquí.

La mujer apretó los labios, ofendida, y soltó un bufido antes de girarse sobre sus talones. Al cruzar la puerta del despacho soltó una serie de maldiciones entre dientes, lanzando una última mirada venenosa a Jungjae antes de desaparecer por el pasillo.

El silencio volvió a reinar en la oficina. Byunghun soltó un suspiro largo, el ceño todavía fruncido.

—Lamento mucho su comportamiento —murmuró, girándose hacia su secretario con un gesto de disculpa que pocas personas tenían el privilegio de ver—. Ella no debió tratarte así.

Jungjae levantó los ojos y le regaló una sonrisa suave, como si nada hubiese pasado.

—No te preocupes. —La calidez de su respuesta desvaneció la tensión que unos segundos antes llenaba la habitación—. ¿Seguimos comiendo?

Byunghun asintió y tomó los palillos.

Durante unos minutos solo se escuchó el sonido discreto de la cubertería y una sensación apacible que volvía a envolverlos como un escudo.

Entonces, el vibrar del celular rompió la calma.

Byunghun miró la pantalla y su expresión cambió de inmediato: la mirada relajada que tenía hace un momento se tornó gélida y calculadora.

> “Te veo a media noche en el lugar de siempre. Tengo información que te va a interesar.”

Se quedó unos segundos en silencio, el mensaje suspendido entre sus dedos, mientras en su mente comenzaba a tejerse su próximo paso

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