Atada a ti

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Ella quería sentirse deseada. Él quería tener el control. Sloane tiene treinta y cinco años, acaba de divorciarse y ansía algo más que besos educados y mentiras corteses. Tras descubrir la aventura de su marido —y el hijo que espera con otra mujer—, está harta de ir sobre seguro. Está lista para explorar sus deseos. Lista para volver a sentir. Aunque eso signifique entregarse al único hombre que la aterra y la tienta a partes iguales. Rhys es un hombre que mantiene su mundo compartimentado: implacable en los negocios, controlado en su vida personal y dominante en el dormitorio. Él no cree en el amor. No después de ver cómo destruyó a su madre. Pero cuando ve a Sloane en una galería, algo en ella lo atrae. La necesidad de poseerla. De quebrarla. De arruinarla para cualquier otro. Le propone un trato de treinta días: sus reglas, su control, sin nombres, sin ataduras. Pero las líneas se difuminan, las fantasías se intensifican y la confianza se vuelve peligrosamente adictiva. Y cuando el control se escapa, también lo hace la ilusión de que esto fuera, alguna vez, solo un juego.

Genero:
Erotica
Autor/a:
C.L. Greyson
Estado:
Completado
Capítulos:
45
Rating
4.7 46 reseñas
Clasificación por edades:
18+

The End of Us

Doce años de matrimonio se terminaron un martes.

Sloane no podría decir el momento exacto en que pasó. ¿Fue cuando encontró los mensajes? ¿El recibo del hotel? ¿O el silencio que crecía entre ellos como algo podrido?

No. Fue la foto de la ecografía.

Estaba doblada con cuidado entre las páginas de su agenda. La escondió tras un recibo de comida para perro, como si no fuera la imagen más destructiva que ella hubiera visto jamás. Era una silueta borrosa con una fecha de parto. Debajo, el nombre Aubrey estaba escrito con letra redonda.

Ella no preguntó quién era Aubrey.

No gritó. No rompió nada.

Miró al hombre que había amado por quince años y se dio cuenta de algo. Él ya no la miraba a ella.

—Quería decírtelo —dijo él en voz baja. Parecía que la mentira le sabía a arrepentimiento—. Solo que no sabía cómo.

—Vas a ser padre —susurró ella.

Él asintió con los ojos llenos de vergüenza, pero no la suficiente. —No fue mi intención que pasara.

—Pero pasó.

Y eso fue todo.

Sin dramas ni grandes peleas. Sin ruegos ni traiciones de película. Solo un silencio tan fuerte que aturdía.

Firmaron los papeles del divorcio dos meses después.

Ella le dejó la casa. No lo hizo por dárselas de mártir. Era la casa que soñaron en la universidad y por la que ahorraron años. La casa donde pelearon por el color de la pintura y donde armaron una vida. Ahora él armaría otra vida allí, con alguien más.

El bebé no tenía la culpa de nada. Sloane se negó a ser la mujer que llenara de amargura el primer hogar de un niño.

Tomó su parte del dinero y se mudó a un departamento moderno y tranquilo al otro lado de la ciudad. Pisos de madera. Paredes blancas. Una vista de los edificios. Frío, hermoso y vacío.

La primera noche que durmió allí, despertó buscando a un hombre que ya nunca volvería a estar a su lado.

Algunos días lloraba. Eran sollozos roncos que parecían salir de la garganta de otra persona.

Otros días caminaba por las calles llenas de gente en Carroway. Se perdía entre el ruido, los neones y las personas que no sabían su nombre. El caos la ayudaba. Le recordaba que era solo una persona; sola, sí, pero seguía de pie.

Borró las listas de música que compartían. Donó la mitad de su ropa. Empacó las fotos de la boda y las dejó en casa de su hermana sin dar explicaciones.

Se decía a sí misma que estaba bien.

Y la mayor parte del tiempo, lo estaba.

Hasta que las pequeñas cosas la desarmaban:

Un padre besando la panza de una embarazada en el parque.

El olor de su loción en un extraño.

La maldita revista de exalumnos con su cara sonriente en la sección de noticias profesionales.

Evitarlo era fácil. Él odiaba la ciudad; decía que era muy ruidosa y caótica. Ahora vivía en las afueras con Aubrey. Sloane no sabía si se habían casado. No quería saberlo.

No se acercaba a esa zona. No les escribía a sus amigos comunes. Rechazaba cualquier invitación que pudiera traer silencios incómodos o noticias sobre el bebé.

Así era su vida ahora:

Vino blanco. Pilas de libros. Caminatas largas por Carroway. Un trabajo que aguantaba. Una cama demasiado grande para ella sola.

A los treinta y cinco años, estaba empezando de cero.

Sin hijos. Sin perro. Sin anillo. Sin idea de qué seguía después.

Pero cada día, el silencio dolía un poquito menos.

Y aunque todavía no se lo creía del todo, algo muy adentro le decía:

Este no es el final de tu historia.

Es solo la parte donde dejas de fingir que no quieres algo mejor.