Chapter 1
Ashford Manor, Surrey — 15 de noviembre de 1854
El amanecer apenas se atrevía a entrar por los ventanales cubiertos de crespón. La escarcha había borrado los senderos del jardín, y cada rama parecía guardar silencio en señal de respeto. En la gran casa de los Ashford, todo olía a madera húmeda y a flores que hacía días habían perdido su fragancia.
Eleanor había pasado la noche sin dormir, revisando una vez más las notas del administrador y los papeles del despacho de su padre. Había tanto polvo sobre los libros de cuentas que al tocarlos se formaban huellas. Mientras tanto, en el pasillo principal, dos criadas cubrían los espejos con tela negra, y a cada golpe de martillo en los marcos a Eleanor le parecía que le martillaban también en medio de la frente.
Lady Margaret, la viuda, permanecía en el salón, vestida con un crespón demasiado brillante para la severidad que imponía el luto, incluso había insistido en añadir un broche de lavanda en el cuello —detalle que las damas locales sin duda comentarían antes del mediodía—.
El féretro aguardaba en la capilla doméstica, rodeado por coronas empapadas de rocío. Nadie se atrevía a decirlo en voz alta, pero el gasto en aquellas flores había sido insensato. La hija del conde lo sabía y, sin embargo, no corrigió la decisión: había cosas que una Ashford debía permitir, mejor sacrificar un par de monedas más por los débiles retazos que aún quedan del nombre de su familia.
Desde la galería superior, Eleanor observó cómo los criados disponían los bancos. Todo le parecía un ensayo mal preparado para una función inevitable. El aire estaba tan helado que el aliento formaba pequeñas nubes frente a sus labios, y ella pensó, con un temblor casi involuntario, que tal vez su padre habría preferido la modestia de un servicio sencillo antes que aquel espectáculo de apariencias.
«El conde detestaba la pompa», pensó. «Y ahora la soporta sin poder protestar.»
Una campanilla sonó en el vestíbulo: los carruajes de los primeros invitados habían llegado. Acto seguido, Eleanor ajustó el velo negro sobre su rostro y se encaminó a recibirlos.
El cortejo descendió por la avenida de tilos cubierto de escarcha, un sendero que en verano olía a miel y que ahora olía únicamente a frío y tierra húmeda. Las ruedas del carruaje principal dejaban marcas precisas sobre la grava congelada, y los caballos resoplaban nubes de vapor que parecían almas indecisas al abandonar el cuerpo.
Iba junto a su madre. Lady Margaret mantenía la espalda rígida y las manos cubiertas por guantes de seda más elegantes que apropiados. Cada cierto tiempo murmuraba palabras de consuelo a los presentes, como si el funeral fuera una recepción. Eleanor, por su parte, no respondía; miraba hacia adelante, al féretro, como si al mantener la vista fija pudiera sostener en pie lo poco que quedaba de su mundo.
La iglesia parroquial de Surrey estaba tan fría como el exterior. Los vitrales filtraban una luz gris azulada, y las velas titilaban sobre los bancos, lanzando sombras inquietas sobre las losas grabadas con apellidos ilustres.
El vicario leyó el oficio con voz firme y distante. El eco de sus palabras —polvo eres, y al polvo volverás— resonó más como advertencia que como consuelo.
En la segunda fila, Eleanor percibió la presencia de extraños. Hombres con abrigos oscuros, rostros atentos: acreedores disfrazados de amigos. Entre ellos, uno destacaba por su compostura. El duque Nathaniel Wren.
Su porte era impecable: alto, severo, y con una serenidad que llegaba a molestarle. Cuando sus miradas se cruzaron brevemente, creyó notar en él algo distinto a la cortesía común. No compasión, sino observación. Como si midiera su entereza.
Al salir, el viento les azotó el rostro. Lady Margaret aceptó el brazo de un primo lejanísimo, y los invitados se dispersaron en pequeños grupos que murmuraban con respeto fingido. Mientras Eleanor permaneció junto a la tumba recién cubierta, sola.
El sonido de la tierra al caer sobre la madera fue casi insoportable. Uno, dos, tres golpes sordos, y luego silencio. Un silencio tan profundo que ni el canto de los cuervos se atrevió a quebrar.
Nathaniel Wren se acercó, finalmente.
—Mis condolencias, lady Ashford. —Su voz era baja, contenida.
—Las acepta la casa —respondió ella sin alzar la vista—. Ya no quedan muchas más que recibir.
Él inclinó apenas la cabeza, comprendiendo que no era momento de insistir. Sin embargo, antes de alejarse, dejó caer una frase que Eleanor recordaría mucho tiempo después:
—El deber puede sostener un nombre, pero no un corazón, lady Ashford.
Cuando el duque se marchó, el viento se llevó con él la última calidez del día. Pero Eleanor permaneció allí hasta que el sepulturero cubrió por completo la tumba. Solo entonces se permitió descansar, no había más que hacer, por mucho que esperara su padre no se levantaría para protegerla y la sociedad no le permitiría escaparse.
Para ese momento, la casa olía a cera apagada y a flores marchitas. Las coronas enviadas por conocidos —y por aquellos que deseaban seguir siéndolo— se amontonaban en el vestíbulo como si intentaran llenar el vacío con perfume. El viento golpeaba los postigos con insistencia, un sonido hueco que se confundía con los suspiros contenidos de las criadas.
En el salón, Lady Margaret había ordenado encender todas las lámparas de gas, convencida de que mientras más luz hubiera, menos vacía se sentiría la casa.
Vestía un peinador de seda gris, inapropiado para la noche del entierro, y sostenía una copa de oporto con elegancia automática.
—No quiero que la casa parezca un sepulcro —dijo sin mirarla—. Tu padre detestaba la oscuridad.
Eleanor, de pie junto a la chimenea, no respondió. El fuego apenas ardía y las brasas se consumían despacio, igual que los últimos restos de dignidad familiar.
—La casa ya lo es, madre —susurró al fin—. Y no solo por él.
Lady Margaret fingió no oírla. Dio un sorbo lento al vino y observó el retrato del conde que presidía el salón: un hombre de expresión imponente, tan vivo en el lienzo como muerto en la memoria.
—He escrito a los Wren —dijo de pronto—. El duque estuvo hoy en la ceremonia. Fue muy correcto.
—Lo noté.
—Dicen que su fortuna es sólida. Que busca una esposa seria, de buen nombre.
Eleanor giró hacia ella, con una mezcla de incredulidad y amargura.
—Padre no ha sido enterrado ni un día, y ya piensa en alianzas.
—Tu padre pensaría lo mismo —replicó Lady Margaret —. La ruina no espera los tiempos del duelo.
Un reloj marcó las diez con un sonido seco y
Eleanor subió las escaleras sin despedirse, dejando tras de sí el murmullo distante de su madre hablando sola, tal vez al retrato, o tal vez ya había enloquecido finalmente.
Ya en su habitación, envuelta en la penumbra. Se quitó el velo, los guantes y los dejó sobre la cómoda, revelando unas manos temblorosas.
Sobre la mesa, una bandeja de plata contenía una tarjeta de condolencias sin abrir. Reconoció el escudo en relieve: el de los Wren.
No la tocó.
Optó por acercarse a la ventana. Afuera, el jardín estaba cubierto de escarcha, las fuentes habían quedado petrificadas y las flores estaban ennegrecidas por el frío. El reflejo del vidrio le devolvió una imagen que apenas reconocía: una mujer vestida de negro, con los ojos enrojecidos y la mandíbula tensa.
Ya no era la hija del conde.
Era su heredera, y ese título tenía más peso que su propio nombre.