Prólogo
Todo me parecía estúpido.
Acorralada por los guardias, contemplé mi entorno con rabia mientras intentaban sujetarme para evitar que escape. Con un pie sobre el balcón del castillo, los amenace con lanzarme desde lo más alto si alguien se atrevía a quitarme la corona.
Su mirada intachable de mi padre, vacía de sentido, contenía una furia acumulada durante años. Una devastación interna que siempre había deseado liberar para apoderarse del mundo que me rodeaba.
—¡Alejense!
Amaba los lujos que la corona me entregaba: vestidos caros adornados con gemas, esclavas que me aseaban durante días enteros, súbditos que cumplían cada orden sin cuestionar.
Todo era perfecto hasta que él me lo arrebató.
—No se atrevan acercarse a mi
Era admirada, adorada, colocada en un pedestal donde mis palabra era ley. Yo decidía quién merecía vivir para atenderme… y quién debía morir por ignorarme.
Yo era la indicada.
Yo era la dueña de este reino.
Yo era la reina
Sin embargo, todo lo que tanto me pertenecía se iba desvaneciendo delante de esa mirada de aquel hombre que me quiere arrebatar mi trono.
Miré de nuevo hacia abajo. A unos dos pisos estaba el frío suelo, esperando mi respuesta.
Una voz grave me devolvió al presente.
Frente a mí estaba mi padre que tanto egoísmo ha causado nuestra separación, entrando a la habitación con las manos extendidas para protegerme de la muerte.
Retrocedí al verlo.
—Es mi corona —gruñí, ocultando el objeto que me convertía en soberana—. ¡No puedes quitármela! ¡Tú me la diste!
—Hija mía, nadie te la va a quitar —respondió con sus palabras manipuladoras, avanzó despacio para evitar que cayera del balcón—. Tú eres la reina de mis tierras. ¿Lo entiendes?
No conseguía reconocer esa expresión pacífica y dulce que él usaba para manipularme desde niña.
Una sonrisa capaz de dominar a cualquiera… menos a mi.
Ya no volvería a caer en sus juegos.
Me subí al barandal y, mirando directamente a mi padre, declaré.
—No voy a perder mi corona nunca más.
Y sin pensarlo, salté al vacío, aferrada al capricho que tanto me aferro y al poder que es mio. Pero en vez de tocar la fría oscuridad, sentí mi cuerpo atrapado por una manta.
Mi padre lo había planeado todo.
Siempre estaba un paso delante de mí.
Los guardias me inmovilizaron y me arrebataron la corona.
Me negué.
No quería ser castigada por sus palabras y su gobierno.
Me encadenaron.
—¡Suéltenme, mortales insignificantes! —grité, tratando de escapar—. ¡Soy su reina y me obedecerán o de lo contrario…!
Mi padre apareció frente a mí, sosteniendo la corona.
—Lo siento, hija mía —dijo mientras se colocaba en la cabeza—. Volveré al mando…
Fruncí el ceño un instante, pero enseguida adopté una expresión dulce, infantil, quebrándome en un llanto perfectamente fingido.
Porque en el fondo no quería las arrugas por la ira.
—Papi… mi amado papi… Tu hija se va a portar muy bien si me devuelves la corona —sonreí con inocencia—. Lamento lo que hice. No sé qué me pasó…
Un silencio se extendió entre los dos. Mis lágrimas corrían.
Nadie puede resistirse a una mujer indefensa. Lo sé, siempre he ocupado esta técnica para conseguir el futuro.
Pero mi padre se negó.
—Lo siento, hija mía… Tengo que encerrarte en prisión.
La expresión que tanto esfuerzo me costó se deformó en un instante, convirtiéndome en una muñeca con los días contados.
—¿Por qué eres tan cruel conmigo? ¿A tu propia hija la encadenas? —y, en un acto desesperado por escapar, clavé dos dagas envenenadas contra el cuerpo de mi padre.
Si vas a mandarme al infierno, vendrás conmigo.
—¡Voy a morir en ese agujero inmundo!
Él, incapaz de soportar más aquella escena, cerró los ojos y ordenó con voz rota:
—Llévenla a la celda.
Incluso encadenada, no quería perder contra el.
Intente manipularlo una última vez:
—Seré la mejor hija… Por favor, no me lleves a ese lugar decrépito…
Pero no obtuve respuesta.
Solo vi alejarse mis privilegios, sus manjares y su nobleza, arrastrados por los guardias mientras su corona volvía a la cabeza de un rey que nunca pudo controlar del todo.
—Tú no eres mi padre. Solo eres un lamebotas de mi madre…
Se acercó a mi.
Me sujetó los labios y confesó:
—Cuando tu madre fallezca. Tendré todo el privilegio de este reino… —Se aproximó a mi oído —Tu destino y mi futuro depende solo de mi.








