Capítulo I: Bosqueviejo
El carro avanzaba lento, demasiado lento, como si también estuviera cansado de llevarnos. Las ruedas saltaban entre piedras y surcos, y cada golpe hacía rebotar a Seren contra mí. Nunca se quejaba, pero yo sabía cuándo estaba incómoda: apretaba los dedos alrededor de su bolsa hasta que los nudillos se le ponían blancos.
La tarde estaba cayendo, y el cielo tenía ese color entre dorado y gris que no sabe decidirse si ya es noche.
El conductor —un hombre flaco, barba rala, ojos opacos de tanto camino— se aclaró la garganta.
—Una curva más —dijo—. Ahí está Bosqueviejo.
No dijo “bienvenidos”. Supongo que ni él creía que había algo a lo que dar la bienvenida.
Me incliné para ver mejor. Seren también. Ella siempre mira primero; yo, por costumbre, busco salidas antes que paisajes.
Y ahí estaba.
Bosqueviejo.
No era un pueblo: era un puñado de casas con más años que pintura, cercas remendadas con lo que hubiera a mano, un molino pequeño con un ala rota, un par de huertas pobres que sobrevivían por pura terquedad… y nada más.
Ni carteles. Ni guardias. Ni ruido.
Solo un silencio extraño, como si el pueblo escuchara nuestra llegada antes de decidir si le agradábamos.
Seren murmuró:
—No se ve tan mal.
Yo no quise mirarla. Ni dar pie a que se ilusionara.
—Ya veremos —respondí.
El carro entró por el camino principal. Algunas personas salieron a vernos: hombres con manos de tierra, mujeres con delantales gastados, un par de niños que dejaron de patear una pelota de trapo. No eran miradas amables precisamente; tampoco hostiles. Más bien esa mezcla de desconfianza y curiosidad que tiene la gente que vive lejos de todo.
Lo normal, considerando lo remoto que estaba este sitio. Un pueblo así solo recibe dos tipos de gente: perdidos… o problemas.
El bosque se alzaba detrás de las casas, enorme y demasiado cerca. Los troncos formaban una línea irregular, oscura, casi apretada contra las últimas viviendas. No había un campo grande separándolos. Ni un río. Ni siquiera un camino ancho. Parecía que si uno extendía la mano desde la última casa, podía tocar la primera raíz.
No me gustó. Nada que esté tan cerca sin pedir permiso es buena señal.
El conductor frenó.
—Llegamos.
El carro se detuvo frente a una casa situada casi al borde del pueblo. Dos plantas, madera oscura bien cuidada, un techo rojizo, y un huerto ordenado que contrastaba con el resto del lugar. Y había algo más: un corral simple con dos ovejas medio dormidas, y una cuerda con ropa colgando que se mecían con el viento.
No era un palacio, pero se veía… estable. Como si alguien aquí aún creyera en el esfuerzo.
La puerta se abrió.
Salió un hombre primero: alto, hombros fuertes, brazos marcados por años de trabajo. Llevaba la camisa remangada y el cabello oscuro, un poco despeinado. Sus ojos eran cansados, pero no duros.
Y detrás de él, una mujer: cabello recogido en un pañuelo oscuro, rostro delgado, expresión suave, pero firme. Sus ojos… esos tenían algo que dolía un poco mirar: la esperanza, o ganas de tenerla.
El conductor bajó del carro.
—Los muchachos —anunció sin emoción.
El hombre dio un paso adelante.
—Soy Merec —dijo—. Y ella es Lysa.
Seren respondió antes que yo.
—Yo soy Seren. Él es Arden. Somos hermanos.
Bajamos del carro. Mis piernas se sintieron torpes, como si hubiera olvidado cómo caminar en tierra firme. Tomé la bolsa, pequeña, casi simbólica.
Lysa nos observó como si memorizara nuestras caras.
—Deben venir cansados —dijo con una calidez contenida—. Vengan. Esta es su casa ahora.
No sonaba a formalidad. Sonaba a alguien que había pensado mucho esa frase antes de decirla.
Entramos.
La casa olía a pan recién horneado y a sopa. Un olor cálido, de hogar. La mesa grande en el centro, la cocina de piedra aún con brasas vivas, las sillas gastadas, los utensilios ordenados… Todo estaba en su lugar.
Era un sitio vivido. No rico, no triste. Simple.
Me dolió más de lo que debería.
—Su cuarto está arriba —dijo Lysa—. Síganme.
Subimos por una escalera que crujía, pero no como si fuera a romperse: más bien como si avisara que llevaba años cumpliendo con su función.
La habitación tenía dos camas individuales, una pequeña mesa entre ellas, una ventana que miraba hacia el bosque, y mantas gruesas dobladas al pie de cada cama.
Seren caminó directo hacia la ventana.
—Está muy cerca —susurró.
—Nada que temer si sabes por dónde no caminar —respondió Lysa con naturalidad—. Aquí todos saben respetar el bosque. O eso intentamos enseñar.
Su tono era suave, pero no despreocupado. La mujer sabía de lo que hablaba.
—Pueden descansar por ahora —añadió—. La cena estará lista en un rato. Bajen cuando huelan el pan.
Nos dejó solos.
Seren se sentó en su cama, probando el colchón con la mano.
—Esto… Esto está bien —dijo, como si temiera que yo lo arruinara con un comentario.
Yo me senté en la otra cama sin quitarme las botas.
—Es una casa —respondí.
Ella suspiró.
—Arden… podríamos intentar—
—Estoy cansado —la corté.
No me miró mal. Solo bajó la cabeza y empezó a contar con los dedos, suave, casi inaudible. Su forma de calmarse desde que éramos pequeños.
Un rato después, el olor a pan subió por la escalera como una mano invitándonos.
Bajamos.
La mesa ya tenía cuatro platos. Lysa servía la sopa; Merec estaba sentado, aparentemente esperando pacientemente.
—Siéntense —dijo él.
Nos sentamos. Seren primero, yo después.
La sopa estaba caliente, espesa, con verduras y algo de carne que no pude identificar, pero sabía a algo mejor que lo que había probado en meses.
Durante un rato, solo se escuchó el sonido de las cucharas.
—¿De dónde vienen? —preguntó Lysa finalmente.
Seren respondió:
—Del sur. No muy lejos de la costa. Una ciudad pequeña.
—Está lejos —dijo Merec—. Demasiado, si uno viene en carro.
Lo dijo sin compasión, sin lástima. Solo constatando un hecho.
—No les pediremos que hablen de lo que pasó —añadió—. No ahora. Ni después, si no quieren.
Levanté la vista. No esperaba esa… libertad.
—Solo necesitamos saber si hay algo que debamos tener en cuenta —continuó Lysa—. Enfermedades, heridas, alergias, algo así.
—Estamos bien —dijo Seren.
Tragué un pedazo de pan.
—Podemos trabajar —dije.
—Eso es lo único que pedimos —respondió Merec.
Hubo una pausa. Seren se animó:
—¿Tienen hijos?
Lysa se tensó apenas. Una sombra cruzó su mirada antes de desaparecer.
—No —respondió—. No podemos tenerlos.
No lo dijo con dolor explícito, pero la frase venía cargada de algo viejo.
Merec apoyó sutilmente la mano sobre la de ella bajo la mesa.
Seren bajó la mirada. Yo seguí comiendo, pero algo se movió por dentro. No sabría decir qué.
El resto de la cena fue ligera. Lysa preguntó por cosas simples: si sabíamos trabajar con animales, si alguna vez habíamos visto un molino, si nos gustaba madrugar. Seren respondió con una sonrisa tímida. Yo no dije mucho.
Cuando acabamos, Lysa nos indicó:
—Pueden subir a descansar. Mañana les mostramos la granja. Hoy ya hicieron suficiente.
Subimos en silencio.
En la habitación, Seren se dejó caer en su cama y cerró los ojos.
—Está bien —repitió—. Es un buen lugar, Arden.
No respondí. Me acerqué a la ventana.
El bosque estaba ahí, oscuro, inmenso, sin un solo sonido animal. Solo la silueta negra de los árboles recortada contra el cielo.
Nada se movía. Nada brillaba. Nada respiraba.
Pero aun así, algo en él daba la impresión de estar… atento.
Bajé la cortina.
—Buenas noches, Seren.
—Buenas noches, Arden.
Me acosté. El colchón era suave. No pensé que dormiría rápido.
Y aun así, lo hice.
Con la sensación —muy leve, muy tonta— de que el bosque, allá afuera, no quitaba los ojos de encima.




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