Prefacio - La marca del hacha y la rosa
El mensajero de Ferro llegó con la brusquedad habitual del Norte, su aliento helado en cada palabra. No traía una súplica, sino una orden envuelta en papel de pergamino grueso y un sello de cera negra con el blasón del hacha. Una invitación. O mejor dicho, una sentencia.
“La Princesa Liora de Lys,” leyó el heraldo con voz resonante, “es cordialmente invitada a la corte del Rey Aric para la consumación de la Alianza y la celebración de su sagrado matrimonio.”
sagrado
Mis dedos se crisparon sobre el delicado encaje de mi vestido de Lys. Los ancianos del Senado de las Rosas asintieron con resignación. La paz, me recordaron, siempre tiene un precio. Y ese precio era yo. Mi hogar, mi libertad, mi propio corazón, todo destinado a ser sacrificado en el altar de un rey que solo conocía el miedo y el acero. Sentí la primera punzada de la Resonancia, un temblor en mi pecho. No por el miedo a lo desconocido, sino por la verdad ineludible que susurraba en mi interior: este no era el principio de una unión, sino el inicio de una guerra. Una guerra silenciosa, librada en los pasillos de un castillo sombrío, contra un rey paranoico y un guardián de ojos oscuros que prometía ser tanto mi protector como mi final.
La invitación estaba hecha. Y yo no tenía más remedio que aceptar.