EL COBRADOR DE DEUDAS

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

"En la oscuridad de su alma, ella encontró su jaula" Algunos padres dejan a sus hijas un legado. El mío me dejó una deuda. Veinte millones de euros. Ese fue el precio que Vladimir Petrov no pudo pagar con efectivo, así que lo pagó con sangre. Con la mía. Nikolai Volkov no es un héroe de cuento de hadas. Es un monstruo con traje a medida, un hombre cuyo nombre abre todas las puertas de Moscú y sella todas las salidas. Él no busca amor. Busca un pago. Desde el momento en que puse un pie en su casa, las reglas fueron claras como el cristal: no soy una invitada. Soy una garantía. Una propiedad. Tengo seis meses para pagar los pecados de mi padre, no con dinero, sino con obediencia, con mi cuerpo y con mi silencio. Pensé que me mataría. Pero Nikolai Volkov tiene planes mucho peores que la muerte. No solo quiere romperme. Quiere poseerme, pieza por pieza, hasta que olvide que alguna vez me pertenecí a mí misma. ⛓️ 🥀 ⛓️ ⚠️ ADVERTENCIA: Este es un Dark Romance. Contiene escenas explícitas de violencia, consentimiento dudoso (non-con/dub-con), contenido sexual gráfico, lenguaje fuerte y comportamiento dominante. Si buscas al Príncipe Azul, estás en la historia equivocada. Aquí, el lobo se devoró al príncipe. Vive el choque de sus mundos a través de perspectivas duales alternas: entra en la realidad de Ksenia en 'LA LUZ' y desciende a la mente de Nikolai en 'LA OSCURIDAD'.

Genero:
Romance
Autor/a:
EonniWorld
Estado:
Completado
Capítulos:
65
Rating
5.0 26 reseñas
Clasificación por edades:
18+

LA LUZ

El silencio en la casa sabía a polvo y a papel viejo. Era ese olor típico de un martes por la tarde. Afuera el mundo tiene prisa, pero adentro de estas cuatro paredes el tiempo parece estirarse como miel derretida.

Estaba sentada en el suelo de la sala, rodeada por una fortaleza de libros de derecho constitucional. Afuera, Moscú lloraba. La lluvia golpeaba los cristales con un ritmo irregular y nervioso. Creaba una cortina de sonido que separaba mi pequeño mundo seguro del gran mundo gris del exterior.

Mis dedos jugueteaban distraídos con un mechón de pelo, mientras mis ojos repasaban el mismo párrafo por tercera vez. Artículo 15. El derecho a la libertad. Qué ironía. En aquel entonces, solo era una definición que tenía que memorizar para un examen. No sabía que esa palabra pronto se convertiría en lo más caro que poseería.

Alargué la mano hacia la taza de té que estaba en la mesa de centro. La cerámica ya estaba tibia bajo mi palma. Bebí un sorbo. Sabor a manzanilla, suave y aburrido. Todo era tan común. Tan dolorosamente normal.

Papá no estaba. Eso no era raro. Sus "reuniones de negocios" se habían vuelto más largas últimamente y sus excusas más flojas. Pero no le di vueltas. Mi mayor preocupación en ese momento era una mancha de tinta en mi pantalón de chándal blanco y que se nos había acabado el café.

Y entonces ocurrió.

Toc, toc.

No fue el timbre. Fue un golpe pesado y pausado de nudillos contra la madera maciza de la puerta principal. Tres veces. Preciso.

Levanté la cabeza, frunciendo el ceño hacia el pasillo. Nadie venía los martes. El cartero ya había pasado por la mañana. Natasha estaba en clase.

«¿Papá?», grité, pensando que quizá se había olvidado las llaves.

Silencio. Solo se oía que la lluvia arreciaba.

Me levanté estirando mis piernas entumecidas. Las tablas del suelo crujían suavemente bajo mis pies descalzos mientras caminaba hacia la puerta. Sentía una ligera irritación. Ese fastidio cotidiano e inofensivo de cuando alguien te interrumpe mientras estudias.

Puse la mano en el pomo frío, sin pensar. No miré por la mirilla. ¿Para qué? Vivíamos en un buen barrio. Aquí no pasaban cosas malas.

Giré la cerradura y abrí la puerta.

Una ráfaga de aire frío me golpeó, trayendo el olor a asfalto mojado y gasolina. Pero el escalofrío que siguió no vino del viento. Vino de lo que vi frente a mí.

Dos hombres estaban de pie en mi umbral.

Eran demasiado grandes para el marco de nuestra puerta. Llevaban trajes negros que absorbían la luz. Estaban tan bien entallados que ni una costura se movía cuando respiraban. No parecían policías. Tampoco vendedores de seguros.

Parecían un muro.

—¿Ksenia Petrov?

La voz del hombre de la izquierda era profunda, sin emoción alguna. No era una pregunta. Era una afirmación. Tenía una cicatriz que le cortaba la ceja, la única imperfección en su rostro de piedra.

—¿Sí? —respondí, agarrando el borde de la puerta. De pronto, me sentí consciente de mis pantalones viejos y mi pelo revuelto—. ¿Quiénes son? Papá no está...

—No venimos por su padre —interrumpió el otro. Era más joven, pero tenía los ojos muertos—. Venga con nosotros.

Parpadeé. Las palabras quedaron flotando en el aire, absurdas y ridículas. —¿Perdón? —me reí de forma nerviosa y breve—. ¿De qué están hablando? ¿Ir con ustedes? ¿Es una broma?

Miré detrás de ellos, esperando ver a Natasha saliendo con una cámara, o al equipo de algún programa estúpido de bromas. Esto tenía que ser un error. —Tengo un examen mañana. No tengo tiempo para encuestas ni para lo que sea que vendan —dije, tratando de sonar tajante, y empecé a cerrar la puerta—. Adiós.

La puerta no se movió.

Una mano grande con un guante de cuero negro se apoyó en el borde de la puerta. La frenó con la facilidad con la que se detiene una pluma. El sonido del cuero apretándose contra la madera fue suave, pero para mí sonó como un disparo.

Mi corazón dio un vuelco. Luego otro. La irritación se evaporó. En su lugar apareció ese miedo primario y animal.

—Quite la mano —dije, pero me temblaba la voz—. Voy a llamar a la policía.

—No lo hará —dijo el de la cicatriz. No amenazaba. Solo decía un hecho—. El coche está aparcado afuera. No monte una escena, señorita. Está lloviendo.

—¡¿Están locos?! —grité, empujando la puerta con ambas manos y clavando los talones en el suelo—. ¡¿Quiénes son?! ¡Déjenme en paz!

No esperaron más.

La puerta se abrió de par en par con una fuerza que me lanzó hacia atrás. Ni siquiera alcancé a gritar bien antes de que entraran en mi pasillo. Sus zapatos dejaron rastros de barro en la alfombra de papá. Eso, de una forma extraña, me horrorizó más que nada. Esa violación de nuestro hogar.

—No lo haga difícil —gruñó el más joven.

Me agarró del brazo. Su fuerza no era humana. Era como una pinza de acero. Un dolor agudo e instantáneo me recorrió el brazo.

—¡Suéltenme! ¡Auxilio! —grité con la voz rota, lastimándome la garganta. Lancé un manotazo con el otro brazo, buscando su cara con las uñas, pero él simplemente echó la cabeza atrás sin soltarme.

El otro hombre me agarró por la cintura. Me levantó del suelo como si no pesara nada. Mis piernas patalearon en el aire y golpearon la cómoda. El jarrón, el jarrón azul favorito de mamá, cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.

Clang.

Ese fue el sonido de mi vida desmoronándose.

—¡Suéltenme! ¡Papá! ¡Que alguien me ayude! —gritaba mientras me sacaban a la lluvia.

Las gotas frías se mezclaban con las lágrimas calientes en mi cara. Nadie abrió una ventana. El vecindario estaba muerto. La calle estaba gris y vacía, salvo por un SUV negro y robusto que esperaba frente a nuestra puerta. El motor rugía suavemente, como una bestia esperando su comida.

Abrieron la puerta trasera. Intenté agarrarme al marco del coche, arañando la pintura con las uñas para dejar rastro de mi lucha, pero fue en vano. Me empujaron adentro, al asiento trasero. El olor a cuero caro y aire frío me envolvió.

La puerta se cerró de golpe. Clic. Bloqueada.

Estaba dentro. Mojada, aterrorizada y completamente sola con dos extraños en los asientos delanteros.

El coche arrancó antes de que pudiera tomar aire. Mi casa, mi fortaleza segura con olor a manzanilla y libros de derecho, desaparecía por el retrovisor. Se perdía en la niebla gris de la lluvia de Moscú.

⚬──────────✧──────────⚬

El tiempo perdió todo sentido. No sabía si llevábamos diez minutos o diez horas de camino. Moscú se había convertido en un borrón lejano. Ahora un bosque espeso e impenetrable nos tragaba por completo. Pinos altos se alzaban sobre la carretera como guardias. Sus ramas pesadas por la lluvia formaban un túnel de oscuridad por el que el SUV negro se deslizaba en silencio.

El aire adentro era extrañamente cálido.

Alguien, en algún momento, había encendido la calefacción. Yo esperaba frío, humedad o un sótano. Pero no. El aire caliente salía de las rejillas, con un ligero aroma a vainilla y ambientador caro. Esta pequeña y banal comodidad era peor que una bofetada. ¿Cómo podían darme calor mientras me secuestraban? Era una perversión de la amabilidad.

—¿A dónde me llevan? —pregunté de nuevo. Tenía la voz ronca, irritada de tanto gritar hacía ya varios kilómetros—. Tienen que decírmelo. Tengo derechos. Mi padre...

Silencio.

El conductor ni siquiera parpadeó. Sus ojos en el espejo estaban fijos en la carretera, vacíos como los de un muñeco. El más joven, en el asiento del copiloto, escribía algo en su teléfono. No le interesaba mi existencia en absoluto.

—¡Contéstenme! —grité, lanzándome hacia adelante. Agarré el respaldo del asiento del copiloto y clavé los dientes en el reposacabezas de cuero. Era un intento desesperado de provocar cualquier reacción. Quería que me pegaran. Quería que gritaran. Cualquier cosa menos este maldito silencio que me borraba como persona.

El joven se dio la vuelta despacio. No me pegó. Solo me miró con esos ojos muertos y pulsó un botón en la puerta. Una mampara de cristal oscuro subió lentamente entre los asientos, aislándome por completo.

Me quedé sola atrás. Insonorizada.

Apoyé la frente contra el cristal frío de la ventana. Mis lágrimas se habían secado, dejando solo sal en mis mejillas y un dolor sordo en el pecho. Vi pasar los árboles a toda prisa. Negro, gris, negro, gris. El ritmo de mi ruina. Me invadió una calma extraña. No era paz, sino la tranquilidad de quien sabe que se está ahogando y deja de luchar contra el agua. Entumecimiento.

Entonces, el bosque se abrió.

El coche redujo la velocidad. Levanté la cabeza, entornando los ojos tras el cristal empañado por la lluvia. Frente a nosotros se alzaba una puerta de hierro de al menos cuatro metros de altura. Tenía puntas afiladas que desgarraban el cielo gris. Se abrió despacio con un sonido metálico y pesado que vibró en el suelo del coche.

Entramos.

Lo que había tras la puerta no era una casa. Era una fortaleza moderna. Una estructura de hormigón oscuro, cristal y acero. Tenía líneas geométricas marcadas que parecían haber caído con violencia en medio de la naturaleza. No había flores ni calidez. Solo ventanales enormes que reflejaban el cielo de plomo. El camino estaba iluminado por luces de suelo que proyectaban sombras largas y lúgubres.

Se veía imponente. Se veía caro. Y se veía como un lugar del que nadie escapa.

El coche se detuvo ante las enormes puertas de la entrada. Un momento después, abrieron mi puerta. El aire frío me golpeó de nuevo, cortando el calor del coche.

—Baje —dijo el de la cicatriz.

No me moví. Mi cuerpo se negaba a obedecer. Él no esperó. Se inclinó, me agarró del brazo y me sacó a rastras. Mis piernas flaquearon sobre el hormigón mojado, pero él me mantuvo erguida, empujándome con brusquedad.

—¡No quiero! ¡No voy a entrar! —me resistí otra vez, arrastrando los zapatos por el suelo para intentar frenarme—. ¡Suéltenme!

Fue inútil. Era como luchar contra la marea. Me arrastraron por los escalones mientras sus dedos se clavaban en mis músculos.

Las puertas macizas se abrieron sin hacer ruido.

Nos empujaron adentro. De pronto, silencio. Un silencio absoluto, de tumba. El olor fue lo primero que noté. No olía a hogar. Olía a sándalo, a coñac viejo y a piedra fría. Olía a poder masculino.

El vestíbulo era inmenso, con techos que se perdían en la oscuridad. El suelo era de mármol negro, tan pulido que podía ver mi patético reflejo en él: pelo mojado, maquillaje corrido, chándal gigante. Yo era una mancha en esa perfección.

—Tráiganla.

La voz venía del fondo de la estancia. No era fuerte, pero resonó en las paredes como un trueno. Era profunda, aterciopelada y con una autoridad que me hizo temblar hasta los huesos.

Me empujaron hacia adelante, hacia una sala enorme con una pared de cristal que daba al bosque. Allí estaba él.

Estaba de espaldas, mirando el fuego que ardía en una chimenea de tres metros de largo. El fuego era lo único que se movía en la habitación. Llevaba una camisa negra con las mangas remangadas hasta los codos y pantalones negros. Su figura era imponente, de hombros anchos, con la postura de un depredador al acecho.

Se dio la vuelta despacio.

Se me cortó la respiración. No por miedo, sino por la impresión. Era mayor, eso era obvio, quizá de unos cuarenta y pocos. Pero el tiempo no lo había castigado; lo había esculpido. Tenía la mandíbula marcada y arrugas junto a los ojos que delataban que había visto demasiado. Su pelo negro tenía hilos de plata en las sienes, lo que le daba un aire de diablo sofisticado.

Pero sus ojos... Sus ojos no eran humanos. Eran de color ámbar. Oro líquido y translúcido que brillaba en la penumbra. Me miraban sin parpadear, fijos y salvajes, como un lobo que analiza a su presa.

Y entonces lo vi. Su mano izquierda, que sostenía un vaso de whisky, era una oscura obra de arte. Un tatuaje negro, denso y enmarañado como espinas o raíces quemadas, cubría sus dedos y su palma. Le rodeaba la muñeca, subía por el antebrazo y desaparecía bajo la manga para volver a salir por el cuello. La tinta oscura trepaba por el lado izquierdo de su garganta, siguiendo la línea de la carótida, y se detenía justo bajo la mandíbula. Era como si la propia oscuridad lo tuviera agarrado por el cuello.

Daba miedo. Era hermoso.

Dejó el vaso sobre el estante de la chimenea. El golpe del cristal contra la piedra fue seco. Me miró con esos ojos dorados de pies a cabeza, despacio, como si estuviera comprándome en ese mismo instante.

—Ksenia —pronunció mi nombre como si saboreara cada letra. Su voz era baja y grave—. Bienvenida a casa.