Brujas y nigromantes 1 (Hermandad) - Raquel Brune

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Sinopsis

-ADAPTACIÓN- En la ciudad, las brujas ya no se esconden. Comparten sus vivencias en la red, graban vídeos practicando hechizos y celebran fiestas exclusivas a las que solo quienes pertenecen al aquelarre pueden acudir. Pero comienzan a sucederse los asesinatos de practicantes de la magia y solo Sabele, una joven bruja, puede descubrir la relación entre estos crímenes y el advenimiento de un poder sin igual que amenaza con alzarse de entre las sombras.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
WNLesb
Estado:
Completado
Capítulos:
64
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Sabele era de ese tipo de personas a las que todo el mundo adora, incluso aquellos que desearían odiarla. A pesar de las envidias que despertaba allá donde fuera, su lista de enemigos personales era casi tan escueta como la de sus defectos. Y su vida no solo parecía perfecta en las redes sociales, donde cosechaba miles de seguidores, sino que realmente lo era.

Compartía un coqueto pisito con sus tres mejores amigas en Malasaña, un céntrico barrio de Madrid frecuentado por todo tipo de artistas y gente interesante; y últimamente, también por muchos turistas y aquellos estudiantes de intercambio que podían permitirse pagar los alquileres al alza. Tenía un fondo de armario digno de una aristócrata; la mayor parte de su ropa eran regalos de las marcas que se peleaban por vestirla, aunque la mitad de sus prendas parecían sacadas del baúl de porsiacasos de una cantante de los noventa (y, evidentemente, en ella resultaban de lo más favorecedoras). Su piel era tersa e impoluta como la de una estatua griega, su risa contagiosa y su rostro tan geométrico que más de uno y de una casi habían sufrido el síndrome de Stendhal por mirarla durante demasiado tiempo.

No le había hecho falta estudiar una carrera ni matarse como becaria por un salario de chiste para ganarse la vida holgadamente a sus veintiún años. Todo gracias a su blog (que últimamente tenía algo abandonado), su canal de YouTube y su cuenta en Instagram. Tampoco necesitó la ayuda de ningún familiar para volar del nido a los dieciocho.

Sabele lo tenía todo. Era joven, independiente, inteligente y contaba con todos los medios para llegar adonde quisiese, además de que también era… ah, sí, una bruja.

Por fortuna para Sabele y su estilo de vida, en pleno siglo XXI una podía exhibir sus talentos mágicos ante millones de internautas sin correr el riesgo de ser quemada en la hoguera; incluso podía ganarse un sueldo haciéndolo.

Sí, Sabele era afortunada y era consciente de ello. Y por eso evitaba quejarse si en algún momento su vida parecía volverse cuesta arriba. Se limitaba a devolverle al mundo las oportunidades que este le brindaba siendo amable y generosa con quienes solicitaban su atención o ayuda; de hecho, se pasaba horas respondiendo a casi todos los comentarios de los seguidores que pedían sus consejos. Para ella, las preocupaciones eran simples baches pasajeros a los que no merecía la pena dar excesiva importancia; sabía que en algún momento pasarían, a veces lo hacían casi como por arte de magia.

Hasta que, por supuesto, llegó el día en el que le conoció.

Pero tomémonoslo con calma. Empecemos por el principio, por un día corriente, en el que el destino comenzó a hacer de las suyas. Y es que, a veces, es mejor dejar que el universo maquine a sus anchas en lugar de arriesgarse a desafiarle.

Ajena a la burla cósmica que se le venía encima, Sabele preparaba el guion de su próximo vídeo: Conjuros y piedras para aprobar los exámenes.

Agitaba los pies en el aire de manera casual, con el vientre sobre la cama y su larga melena rubia recogida en el típico moño desenfadado que solo favorece a unas pocas elegidas. A su lado, Rosita intentaba inútilmente sumergirse en la lectura de su nuevo libro: Pociones del Pacífico americano.

Ni siquiera sabían por qué se molestaban en disimular. Cuando las tres estaban en la misma habitación, concentrarse era tarea imposible.

—¿De verdad vas a hacerte Tinder? —preguntó Ame, sentada en el suelo sobre la alfombra de pelo sintético, tan blanca como el resto de la minimalista habitación de Sabele, ese que tan bonito e idílico quedaba en sus fotos y vídeos. Aquel blanco puro era interrumpido únicamente por el color de unos pocos libros en su estantería y por un estandarte gris con la figura de una serpiente que pendía sobre la pared, justo encima de la cama.

Sabele fingió hacer anotaciones en su cuaderno mientras respondía.

—¿Por qué no?

—Es que hacíais tan buena pareja… ¡Y solo han pasado tres días! ¡Tres!

—Deja que la chica se divierta un poco —dijo Rosita sin alzar la vista de las páginas amarillentas del pesado volumen negro.

—Tres días —insistió Ame.

—Bastante he hecho con dejar que pase el primer fin de semana. ¿Por qué tendría que esperar más tiempo? Yo quiero conocer gente nueva ahora —se defendió Sabele, consciente de que lo que acababa de decir no era del todo cierto. Las pruebas de aprendiz de la Dama eran en un par de semanas y le convenía concentrarse, pero quería dejar claro que no tenía intención de pasarse el día lloriqueando por las esquinas.

—¿Para qué tanta prisa? ¡Por la Diosa, Sabele! Todos dábamos por hecho que Cal y tú estaríais juntos para siempre, ¡sois la pareja perfecta!

—Lo éramos —corrigió Sabele, sin permitirse el lujo de mostrar el más leve signo de pena.

Ninguna de las dos estaba exagerando. Eran perfectos el uno para el otro en su pequeño mundo ideal, y precisamente por eso, Sabele le había dejado.

Desde el flechazo a la ruptura, pasando por casi cuatro años de noviazgo, Sabele y Cal habían reunido todos los requisitos de un amor de película. Se conocieron en un festival de música en pleno verano cuando él se ofreció a auparla para que viese mejor después de que un tipo de casi dos metros se colase a codazos justo delante de ella. Después del concierto comieron algo juntos, pasearon por la playa y acabaron viendo el atardecer a la orilla del mar tras pasarse horas hablando sin parar. Desde entonces, no se habían separado.

Su relación no tenía fisuras, no habían permitido que la rutina acabase con la pasión de los primeros días; los celos, las mentiras y el control no tenían cabida entre ellos, y jamás se reprochaban nada que hubiesen acordado olvidar. Por no hablar de que los dos eran asquerosamente fotogénicos, juntos y por separado.

Sin embargo, como tantas otras cosas en las redes, lo que parecía tan perfecto gracias a los filtros y a los pies de foto filosóficos, no lo era tanto en la vida real. Sabele se había valido del clásico «no eres tú, soy yo» para explicarle que los dos se merecían algo más que un amor de postureo. Ella había cambiado mucho en aquellos cuatros años, él no tanto. No había mucho más que pudiesen hacer al respecto.

La noticia de su ruptura se extendió por internet a una velocidad vertiginosa, y miles de corazones se rompieron al ver como su referente de «amor verdadero» se resquebrajaba. Entre todos esos corazones, estaba también el de su buena amiga Ame.

—¡Venga ya! Eso no hay quien se lo trague. Corta el rollo y confiesa de una vez —dijo Rosita, cerrando su libro de golpe y dejándolo a un lado. No tenía sentido seguir engañándose. No iban a tener una tarde productiva—. ¿Por qué lo dejasteis? ¿Quién le puso los cuernos a quién?

—¡Nadie! ¿Por qué todo el mundo siempre supone que hay una tercera persona implicada?

Los rumores y los intentos de explicar una ruptura que nadie vio venir se propagaron casi a la vez que la noticia. A pesar de las numerosas y variadas versiones, de los mensajes de ánimo y de la preocupación de centenares de desconocidos, nadie había logrado dar en el clavo. Sabele se sintió algo decepcionada, creyó que alguien la comprendería. ¿De verdad todavía hay alguien que crea que el amor puede ser eterno, que la chispa nunca va a desaparecer? En las novelas románticas, la chica inocente y callada de dieciséis años siempre se enamora perdidamente del chico misterioso de mandíbula definida y ojos verdes, pero nunca te cuentan qué pasa cuando esa chica cumple veintiuno y está cansada de sentirse como una niña pequeña a su lado.

—No sé lo que piensa el resto del mundo, pero nosotras somos tus amigas. Nos puedes contar la verdad —insistió Rosita.

—Por última vez, no hay cuernos.

—¿Y por qué lo has hecho entonces? —replicó Ame, que casi se lo tomaba como una afrenta personal.

«Ni que te hubiese dejado a ti», pensó Sabele ante la indignación de su amiga.

—No teníamos muchos motivos para seguir juntos más allá de la inercia. Una relación así no es muy sostenible. Prefiero tenerlo como amigo.

A Sabele no le bastaban ni la perfección ni la comodidad, ella quería más. Quería el peso ineludible de la gravedad, de un amor del que no quisiese huir, de una persona a su lado que le recordase que era fuerte y valiente, pero que estuviese dispuesto a ofrecerle su ayuda si se la pedía y a dejarse ayudar por ella si lo necesitaba. Porque, si lo que podía esperarse del amor verdadero era lo que ella había sentido en los últimos meses que pasó junto a Cal… Bueno, eso sería una gran decepción.

Tal vez se equivocase, como sugerían las expresiones anonadadas de sus amigas. Puede que lo que buscaba no existiese, pero no podía soportar esa vocecilla constante en su cabeza que no dejaba de repetirle que había algo mejor ahí fuera, algo que podría hacer que se sintiese como la persona que era y no como lo que ya había dejado de ser hacía tiempo, como una chica «perfecta» que no podía permitirse el lujo de tener ningún defecto. Podría haberles hecho caso y conformarse con lo que tenía, que era mucho más de lo que encontraban la mayoría de las personas, pero sabía que eso la habría convertido en una egoísta.

Cal era una buena persona; él también merecía algo más, alguien que tuviese claro si quería o no estar a su lado.

No había tenido más remedio que romperle el corazón. Mirarle a los ojos y ver la verdad cayéndole encima fue lo más duro, pero cuando todo terminó, se sintió tan liviana y libre como cuando tenía quince años y salía a la plaza a comer helado en pleno verano.

—¿Inercia? ¡¿Amigo?! —Rosita alzó las cejas, sorprendida—. A ver… cariño, llevas mucho tiempo fuera del mercado y no sé qué crees que vas a encontrar en internet. —Se acercó a ella para mirarla fijamente a los ojos—. No hay muchos tíos como Cal ahí, ¿sabes?

—¿Tú no deberías estar de mi parte?

—¡Lo estaba cuando creía que el muy lerdo había hecho algo para merecérselo! En fin, yo no voy a decirte lo que tienes que hacer, pero… a ver, Cal… —Rosita se mordió el labio y cerró los ojos con intencionada lascivia a modo de explicación.

—No seas superficial —protestó Ame de nuevo, acurrucándose bajo una manta de colorines, como si el mundo exterior fuese demasiado inhóspito para ella—. Lo importante no es eso, lo importante es… que teníais algo.

—Sí, una historia que se ha acabado. Punto. —Sabele apartó su cuaderno, harta de dar explicaciones, y se estiró hasta alcanzar su móvil en la mesilla de noche.

Desconectó el altavoz, desde el que hasta hacía un segundo emanaba la voz de Lorde, lo que las sumió en un brusco silencio. Se sentó con las piernas cruzadas, armada con su teléfono móvil como si de una declaración de intenciones se tratara.

—Y para que quede constancia de que estoy muy segura de lo que hago… voy a hacerme una cuenta en Tinder ahora mismo. —Aunque solo fuese por llevar la contraria.

—Tú misma. Ahí no vas a encontrar al amor de tu vida —sentenció Ame a la vez que se cruzaba de brazos, casi ofendida.

—¿El amor de su vida? ¡Por Morgana! —exclamó Rosita entre risas—. Qué antigua eres…

—No quiero encontrar al «amor de mi vida», Ame. Solo quiero saber cómo es eso de ser una veinteañera soltera, tener unas cuantas citas, ver cómo está la cosa ahí fuera… Nada más. Aunque… ¿cómo estás tan segura de que no se puede encontrar el amor verdadero en internet? Tal vez mi príncipe azul esté a un match de distancia.

—Eso ha sonado como el eslogan de web de citas más cutre de la historia. Brujas y príncipes, lo que me faltaba por oír… —dijo Rosita, quien se puso en pie de un salto—. Voy a la cocina a por picoteo, ¿queréis algo?

—Los valores de nuestros antepasados se derrumban y tú te vas a comer… —dijo Ame en su peculiar guerra contra el mundo moderno.

—Habla por tus antepasados, las brujas del Caribe jamás han sido precisamente aficionadas al matrimonio y a la familia tradicional. —Le guiñó un ojo—. ¿Quieres papeo o no?

—Ya que vas… Trae marshmallows —dijo Ame, repentinamente convertida en una dulce niña que no había desobedecido a sus padres jamás.

—Hecho. ¿Y tú, Sabelita, quieres algo?

—Yo quiero que Ame me responda —responde Sabele negando con la cabeza.

—A lo mejor no te gusta lo que tengo que decir…

—Sobreviviré.

—Pues… está bien. Creo que esas cosas son solo para gente desesperada o que solo busca… bueno, ya sabes. Y la verdad es que no creo que quieras relacionarte con ese tipo de gente, ¿no?

—Bueno, a lo mejor yo estoy desesperada y solo quiero… ya sabes. A lo mejor yo soy «ese tipo de gente».

Ame frunció el ceño horrorizada.

—Rosita puede, pero tú no. No se te ha perdido nada ahí, no es romántico —dijo Ame, como si la vida sin romance no tuviese el más mínimo sentido. Sabele conocía demasiado bien a su amiga como para volver a tener ese debate con ella. Si por Ame fuese, todos los seres de la Tierra vivirían felizmente emparejados.

—Hay parejas que se conocieron en Tinder —dijo Sabele; aunque una pareja fuese lo último que buscaba en ese momento, quería demostrarle a su amiga que los prejuicios estaban nublando su juicio.

—¿Conoces a alguna que haya durado?

—Pues hay una chica que tiene una amiga…

—No, leyendas urbanas no, te he preguntado que si tú conoces a alguien —insistió Ame, y Sabele se vio obligada a desviar la mirada.

—No, pero…

—Pues eso —sentenció Ame.

—Pero si nunca has usado internet para ligar, ¿cómo estás tan segura de tener razón?

—Porque la tengo, no hay más. Estas cosas no funcionan así. El amor no se encuentra al final de una noche de borrachera o en una app de ligoteo. Eres bruja, deberías saberlo; el amor necesita magia para ocurrir.

—Has visto demasiadas películas —dijo Rosita, que acababa de volver a la habitación cargada con todo tipo de bolsas de comida basura.

Lanzó un paquete de marshmallows a Ame, que lo atrapo en el aire, lo abrió y comenzó a masticar las nubes de azúcar con la misma delicadeza con la que hacía todo. Sabele, que era más dada a los zumos de apio y manzana, se abstuvo.

—Soy bruja como la que más, pero el amor no es magia, es estadística —se defendió Sabele.

El gesto de exasperación con el que Ame recibió aquellas palabras fue suficiente para dejar clara su opinión al respecto. ¿Estadística y amor en la misma frase? No, gracias.

—Piénsalo —continuó Sabele sin que nadie se lo pidiera, en un vano intento de persuadirla con sus argumentos. Para Ame, el amor tan solo podía sentirse, nunca razonarse o explicarse, y mucho menos pensarse—. Imagínate que somos compatibles con, qué sé yo, supongo que depende del nivel de exigencia… Vamos a decir que podemos serlo con una de cada mil personas, por ponernos exquisitas. Pues solo tienes que ver todos los perfiles y, tarde o temprano, encontrarás a alguien de quien enamorarte.

Rosita se echó a reír con la boca llena de patatas fritas de bolsa.

—Eso son muchas horas en Tinder, maja. Yo que tú diría uno de cada diez o vas a tardar más años en tener una cita que Ame en encontrar marido.

—¡Oye! —Ame suspiró—. Ni diez ni mil. Solo hay una persona especial para cada uno en este mundo, por eso se habla de almas gemelas, no de almas trillizas o cuatrillizas.

—Gracias por la aclaración, Ame —dijo Rosita, y su amiga respondió sacándole la lengua.

—Búrlate todo lo que quieras, pero es la verdad. Todos estamos unidos a otra alma humana por un…

—Hilo rojo del destino —recitaron Sabele y Rosita al unísono.

—¡Chispa! —exclamó Rosita, y Sabele cerró los labios a cal y canto.

Tal vez los menos supersticiosos, o en general, cualquiera con más de seis años, den por hecho que ignorar las normas de este, en apariencia, inofensivo juego (que consiste en que al decir lo mismo a la vez, una de las dos personas obliga a la otra a callar hasta que alguien diga su nombre con solo exclamar ¡chispa!), carece de consecuencias. Una bruja, en cambio, conoce de sobra el poder de su maldición.

—Pues sí, un hilo rojo del destino cuyos extremos se atan a los dedos meñiques de quienes están destinados a conocerse. No importan las decisiones que tomen en sus vidas, dan igual las suertes y desdichas que padezcan en el camino, porque tarde o temprano, acabaran por encontrarse. Es imposible Lucíahar contra el destino. —Ame se cruzó de brazos, decidida.

De haber podido hablar, Sabele le habría recitado la lista de motivos por la que ese mito del folklore japonés era una paparrucha, así que quizá su mutismo temporal fuese lo mejor para todas. Lo último que necesitaba después de una ruptura amorosa era perder una amiga por bocazas. Aunque Rosita se encargó de resumir la idea principal sin reparos.

—Un cuento precioso.

—¡No es un cuento! —Ame apretó los puños y, por un instante, Sabele temió que fuese a lanzarle un maleficio, a pesar de que la magia de Ame era la más blanca y pura que jamás había conocido.

—Vale, vale. Tranquila. El hilo rojo es real, y el ratoncito Pérez, y los Reyes Magos… son todos reales. No es necesario que te alteres.

—Os lo demostraré, a ti y a Sabele, brujas de poca fe. —Al oír su nombre, Sabele sintió un calambre recorriendo su espalda y supo que estaba libre del hechizo que le impedía hablar—. Os voy a demostrar a las dos que el amor verdadero existe y que no está en una app de ligue.

Sus grandes y rasgados ojos negros se clavaron en Sabele, tan oscuros como buenas sus intenciones, cargados de una determinación que no admitía frenos, excusas o retrasos. Sabele se ajustó las finas gafas metálicas sobre el fino puente de su naricilla de muñeca a modo de preparación para lo que fuera que estuviese a punto de ocurrir.

—Adelante.

¿Qué era lo peor que podía pasar?