Prólogo: El amor del Duque
El jet sobrevoló la ciudad de Seoul en una calma silenciosa en pleno invierno. El Año Nuevo Chino comenzaría en dos días y, como buen nieto de sus orgullosos abuelos, él tenía que asistir a las celebraciones. En su mano izquierda la copa de champán recién servido intentaba transmitirle una tranquilidad que por dentro no sentía. En la derecha, el dedo índice dónde una vez estuvo su anillo de casado brillaba con palidez. Suspiró sabiendo que tendría que dar tantas explicaciones o, la misma mentira que se había dicho una y otra vez, a toda su familia. ¿Quién lo diría? Él no lo admitiría nunca, pero en su interior sabía que lo mejor era soltar para seguir adelante.
El cielo azul cubierto de nubes blancas en forma de esponja lo abrigaba. Allá arriba no tenían que existir preocupaciones.
-- ¿Sr. Hong? Aterrizaremos en pocos minutos – avisó la joven azafata dejando frente a él un aperitivo. Él asintió en agradecimiento y cortesía. Llevaban más de 16 horas de vuelo y él se había negado a comer nada. En un tiempo anterior, Jeonghan hubiera estado encima suyo todo el tiempo para que se alimentara correctamente o lo hubiera obligado a comer aunque fuera una manzana verde como las que le gustaban a él. Él protestaría porque no le gustaba comer alimentos antes de aterrizar y a su esposo le rebatiría de que no duraría ni cinco minutos después aunque ambos supiesen que no era verdad. Sonrió levemente ante el recuerdo feliz y masticó la manzana dulce en el platillo.
Joshua estaba pasando por algo parecido al duelo. Desde su divorcio con Jeonghan y el posterior casamiento de este con un conocido fotógrafo, él había estado trabajando en piloto automático. Dos años después y la herida seguía tan abierta que le daba miedo no poder avanzar y cerrar ese capítulo. Por supuesto, a diferencia de lo que la gente podría pensar, él y Jeonghan seguían siendo amigos o algo parecido a ello. Se alegraba desde el fondo de su corazón cada vez que este le contaba sus experiencias en los países a los que viajaba con su nuevo esposo de vacaciones y, sonreía. Sonreía de verdad porque eso era lo que el hombre se merecía. Todo lo que un día prometió y nunca cumplió, lo estaba consiguiendo con otra persona.
Asió el cinturón de seguridad cuando el piloto avisó por el interlocutor de que ya habían llegado. Poco a poco, la ciudad que le había recibido en un abrazo muchos años antes apareció ante él iluminada en su totalidad.
Seoul era, además de ser la ciudad de nacimiento de su padre y dónde aún vivían sus abuelos y resto de familiares, la ciudad más hermosa que él había visto. Desde los impresionantes edificios modernos hasta los más antiguos que aún conservaban la preciosa esencia de ser un impresionante hogar, todo allí olía a una mezcla efervescente de pasado y futuro.
Ajustó el traje negro y su abrigo largo junto a las gafas oscuras y la bufanda azul metálico, y bajó hacia el auto que lo esperaba. Ayudó a bajar la maleta con sus pertenencias y saludó al chófer de la familia. El Sr. Kim llevaba años trabajando para la familia Hong y, entre ambos se había formado una camaradería especial. Una suave melodía llenaba el auto como siempre. Joshua disfrutó de ella mientras el tráfico de Seoul albergaba su presencia.
-- ¿Cómo está el Sr. Yoon? – preguntó el Sr. Kim en voz baja – Supimos que se ha vuelto a casar.
-- Jeonghan está bien, Yunghyeon – afirmó desviando la vista hacia el paisaje -- ¿Conoces al fotógrafo Choi Seungcheol? Pues ese es su esposo. Viaja mucho por el trabajo de este y, es más feliz.
-- Sr. Hong…
-- Todo está bien, amigo mío – comentó con un suspiro – Lo mejor que puede, al menos. Fui yo quién no supo cuidar bien lo que tenía y ahora otra persona le está dando esa felicidad. Eso es, para mí, lo más importante.
-- Entiendo.
Joshua sabía que no lo entendía, pero no hizo amago de corregirlo. Yunghyeon estaba felizmente casado con su novia de toda la vida y tenían dos hijos preciosos. Su familia no era perfecta, pero al menos estaba unida y se respetaban los unos a los otros. ¿Sería esa la receta para un matrimonio más feliz?
-- ¿Cómo está Yugyeom? – curioseó Joshua cuando el semáforo pasó al verde – He oído que este año tomará el examen de funcionario público.
-- Mi Gyeom está bien, y si, este año cumplirá su sueño de trabajar en la administración – contestó el Sr. Kim – Le he dicho que elija lo que elija su madre y yo estaremos orgullosos de él y eso le da mucha más fuerza. Ese pequeño me ha dado más alegrías que mi propia esposa, que le puedo decir.
Joshua sonrió. Yugyeom y él se llevaban pocos años de edad y, siempre lo ha visto como un hermanito menor. Le daba gusto de saber que su joven amigo estuviera cumpliendo sus sueños.
La casa señorial de la familia Hong apareció en su vista y, supo que había llegado el momento. Debía dejar atrás su costumbres inglesas y disfrutar de la parte coreana. En su juventud le encantaba venir a Corea y disfrutar un poco de la libertad que este país le daba, pero mientras más rápido crecía sentía que había una barrera que lo separaba de los que vivían allí. Esperaba que, al menos eso hubiera cambiado en algo. Como todas las casas de la comunidad, la casa de los Hong era grande y espaciosa. El jardín cubría al menos dos hectáreas de tierra y, por detrás de la casa, habían tres hectáreas más. La construcción había sido de su familia por muchísimos años, incluso durante la ocupación japonesa, su familia se habían arreglado lo suficiente para mantenerla. Y allí se alzaba tan imponente como la familia que la habitaba.
Dejó que el Sr. Kim entrara la maleta pequeña y él entró por la puerta delantera. Se quitó los zapatos en la entrada quedando en medias y, tomó las pantuflas que eran asignadas a los invitados. Ajustó el traje y se encaminó hacia la cocina dónde sabía que su abuela estaría. El olor a cebolla y kimchi lo atrajo hasta la estancia y una sonrisa se tatuó en su rostro. La abuela Hong estaba de pie junto a la cocinera y bajo la atenta vista de su cuidadora joven, enseñándoles a las jóvenes como se hacía. Joshua se quedó ahí de pie observando hasta que aclaró su garganta avisando de su presencia.
-- ¡Jisoo! – exclamó la abuela con una sonrisa y soltó la espumadera de madera en la encimera de la cocina -- ¡Ven y dale un abrazo a tu abuela!
Obedeció como el buen nieto que era y, al acercarse, estrechó a su abuela en un fuerte abrazo. Su abuela había pasado 87 inviernos y, en un par de meses llegaría al número 88, y en todos los años en los que Jisoo había disfrutado de ella, el aroma a violetas envolvía su cabello blanco como la nieve. Las arrugas en su rostro mostraban el paso de los años y la sabiduría que en sus ojos oscuros habitaba dejaría a todos sorprendidos.
-- ¡Te extrañe tanto, mi pequeño! – exclamó en un susurro suave con los ojos empañados en lágrimas y Joshua la apretó más fuerte – Déjame verte bien, mi niño.
Se alejó solo un poco cumpliendo los deseos de la anciana. Era ese ángel de cabello blanco el que mejor lo conocía, mejor que su propia madre incluso, y aún así evitaba presionarlo demás. Una sola mirada de su abuela a su rostro y esta sabría todo lo que lo acongojaba, lo que le dolía, lo que lo hacía feliz y cuanto la había extrañado.
-- Minji – llamó la abuela a su joven cuidadora – Estaré en la oficina del segundo piso con mi nieto. Hasta que no terminemos de ponernos al día no deseo ser molestada. Haneul, llévanos dos tazas del té del frasco que tiene el paisaje bonito y la tapa roja, es un té inglés que solo se abre en ocasiones especiales. Dile a Chan que prepare la habitación de Jisoo.
-- ¿Algo más, Sra. Hong? – preguntó Haneul comenzando los preparativos del té inmediatamente -- ¿Una merienda quizás?
-- No – negó la anciana tomando la mano de su nieto – Joshua no come nada hasta el mediodía y para eso aún falta una hora y poco.
Se alejaron hacia las escaleras. Joshua todavía se preguntaba como era que su abuela era capaz de subir las escaleras a su edad y no le dolían las rodillas cuando el apenas y tenía aliento. Caminaron por la extensión del pasillo del segundo piso hasta la última puerta en tonos marrones: el despacho de la abuela. El olor a tabaco había permanecido en las paredes a pesar del tiempo, y el retrato de bodas de sus abuelos por su 50 aniversario, yacía detrás del escritorio. A la izquierda, un aparador de madera con puertas de cristal y diseños en dorado conservaba todas las fotos de la familia Hong a lo largo de los años mientras que, en el lado derecho del despacho, un sofá cama de color burdeos con cojines grandes del mismo color ocupaba gran parte del espacio. En el centro, el escritorio de la misma madera del aparador yacía con una silla de cuero negro que su abuela ocupaba como la cabeza de la familia. Ya preguntaría por dónde andaba su abuelo esa mañana, pero conociéndolo como lo hacia, debía estar detrás de alguno de sus bisnietos.
-- Cuéntamelo todo – ordenó la abuela – Y no omitas ningún detalle.
Suspiró y comenzó a relatar lo sucedido. Como su relación se había enfriado tanto que la separación había sido inevitable. Lo contó todo, desde el segundo en el que le había fallado a su ex esposo, la infidelidad porque legalmente estaban casados y vivían bajo el mismo techo, el divorcio y lo fácil que se le había hecho el fingir una sonrisa, desearle lo mejor y seguir con su vida; hasta que, le había entregado en el altar al hombre que ahora lo hacia más feliz. Los últimos meses se le habían pasado como un borrón largo y, aún dos años después del divorcio, seguía de luto por una relación de tantos años.
-- Ay, Jisoo – suspiró la abuela cuando terminó de derramarlo todo – Ustedes se casaron demasiado jóvenes, y antes de que me interrumpas y me digas que se amaban y se amaron, un matrimonio no solo está basado en amor. Confianza, entendimiento, paciencia, saber cuando ceder y cuando no dar el brazo a torcer. Todas esas cosas son las que conforman un matrimonio. No estamos en los años 50 dónde tenías que casarte y el divorcio era una vergüenza para la familia, y si temías regresar por ello, te golpearé tan duro con mi bastón que cuando regreses a Londres ninguno de los subordinados te conocerá lo suficiente.
Joshua rio en voz baja – Lo sé.
-- Es hora de dejar el pasado atrás. Te casaste y te divorciaste. Ya está. No se habla más del tema.
Su corazón se llenó de júbilo ante las palabras y, por primera vez en un largo tiempo, su corazón se calmó. Sabía que la herida llevaría tiempo para cerrar por completo, pero bajo el calor de su familia y su abuela, esperaba que el camino fuera más corto.
Cenó en familia. Su abuelo lo abrazó con fuerza al verle y, su primo con el cual compartía cumpleaños, lo tacleó al suelo al divisarlo desde la entrada. Las carcajadas no tardaron en llenar la casa de los Hong mientras compartían la cena. Él había extrañado esa calidez tan brillante que lo llenó de esperanzas para un nuevo comienzo. Esa noche se permitió escribir sus nuevos propósitos para el año que se avecinaba. Escribió con la determinación de que el año traería alegrías y cosas buenas; con la esperanza de que el tiempo que estaría en Corea sería más que sanador y, como último punto llenó la opción de que el amor lo encontrase en el tiempo adecuado.