Alas de ángel
“Había gigantes en la tierra,
en aquellos días,
y también después
que se llegaron los Hijos de Dios
a las hijas de los hombres,
y les engendraron hijos.
Estos fueron los Valientes
que desde la antigüedad fueron Varones de renombre.”
- Libro del Génesis 6:4-
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Me subí al automóvil con un suspiro. Y miré la casa por última vez. Aferré mi morral a mi pecho, como si fuera mi mejor amigo. En él estaba todo lo que tenía de importante en el mundo. Y me iba a acompañar a un pueblo que no me esperaba y al que yo no quería conocer. No le hice caso a mi rostro mojado. Ya se había hecho habitual. Siempre el exilio me hacía llorar.
Nos habíamos mudado más de veinte veces en los últimos quince años. Alice, mi madre- enfermera de profesión, esperaba con paciencia a que al fin me adaptara.
—¿Estás bien, Eden?
La dulce voz de mi madre, me obligó a sentarme erguido en el asiento. Me limpié la cara con rapidez y traté de sonreír.
—Verás que Crescent City te va a gustar.
—Eso mismo has dicho de los otros pueblos —murmuré.
Mi madre se mordió el labio mortificada y miró fijamente hacia la ruta.
—Tú conoces bien el motivo por el que nos mudamos tanto, Eden —dijo ella con voz entrecortada.
Y volvió sus ojos claros hacia mí. La observé en silencio.
Era una mujer tan bella, pese a que parecía no hacer ningún esfuerzo por conseguirlo. Su cabello fino, color caramelo y sus ojos grandes, azules, dulces, la hacían verse como una hermosa mujer. Yo no había heredado ni su belleza, ni su dulzura, ni sus múltiples talentos.
—Recuérdame, Eden, el porqué tenemos que mudarnos.
—Para que Albert no nos encuentre. —Suspiré.
Albert Mason, mi padre. (Yo prefería usar el apellido de mi madre). Se había casado con mi madre, muy jóvenes, en una etapa de la vida en la que parece que uno hace cosas simplemente para llevarle la contraria a los adultos. Autoridades que solemos no escuchar cuando nos dicen que tengamos cuidado, que nuestros actos siempre tienen consecuencias…
La consecuencia de que mi madre se casara sin terminar la escuela fue que, al año siguiente, se viera en la calle, sola- bueno, sola, no, yo tenía pocos meses- huyendo de la pobreza y de un ex marido alcohólico y violento. Pero quien siempre encontraba la manera de aparecerse y recordarnos que no estábamos a salvo. Que el abandonarlo había sido una mala decisión y que íbamos a pagar por ello. Con sólo pensar en él, y en su risa macabra y discordante, mi cuerpo empezaba a temblar.
Pero para cuando cumplí los doce años, Albert Mason ya no apareció más en nuestras vidas. No sabíamos si era por cansancio o porque ya tenía una nueva víctima a quien atormentar. O porque mi madre había perfeccionado nuestra forma de escondernos.
Con dos trabajos mal pagados, mi madre logró terminar sus estudios, por las noches y se recibió de enfermera con honores. Por lo que nuestra situación financiera mejoró un poco.
Aún así, no permanecíamos en el mismo lugar demasiado tiempo. Lo que no me permitía echar raíces. No llamar la atención, allí donde estuviéramos. Ésa siempre fue la orden. Pasar desapercibidos. Mi madre había elegido aquella ocupación a propósito. Podía encontrar trabajo prácticamente en cualquier lado.
Ya habíamos vivido en casi los cincuenta estados de la Unión. Ahora nos tocaba el oeste. California para ser precisos. El dedo índice de mi madre había caído, en el viejo mapa, sobre el nombre de un pequeño pueblo que, por casualidad- creía yo- aparecía en el mapa, ¿cómo era su nombre? Ah, sí: Crescent City. (Por alguna razón me costaba recordarlo) Población: entre cinco mil y veinte mil. A orillas del Océano Pacífico. Clima húmedo, fresco y lluvias frecuentes todo el año. Al menos había playa (aunque fuera fría y árida, según había investigado en Google) pero playa al fin. Veníamos de Texas, caluroso y seco. Esto iba a ser diferente.
Siempre he preferido el frío y la lluvia, al calor y el sol. Quizá fuera porque combinaba mejor con mi estado de ánimo.
Recién volví de mis pensamientos cuando dejábamos la zona urbana. El viejo auto de mi madre también había quedado atrás. Uno en el que casi todos los asientos estaban rotos y la caja de cambios hacía un chirrido ensordecedor cada vez que se atascaba. Pero era un automóvil adorable pues era lo único- además de lo que estaba en mi morral- que me quedaba de mi infancia. No había sido una infancia muy buena, pero al menos era la única época de mi vida en la que recordaba haberme quedado por más de un año en un mismo lugar.
Mientras pasábamos una línea interminable de árboles altos, al costado de una ruta desierta, abrí mi morral y miré dentro. Junto a unas fotos viejas, unas piedras de colores que me acompañaban siempre- algo así como pequeños amuletos- estaba mi gran “tesoro”: una taza de porcelana, de boca ancha, pintada de un lustroso color negro por fuera y un hermoso y cálido mostaza claro por dentro. Tenía un asa bifurcada y unas líneas la cruzaban por la parte superior en tonos blancos, verde y rojos, como si alguien los hubiera pintado a grandes pinceladas, muy poco prolijas. Seguramente valiera un par de dólares y podría conseguirla en cualquier negocio. Pero para mí tenía un valor incalculable.
La saqué del morral con cuidado, como si se tratara de una antigua y rara reliquia, y la observé. Sonreí al ver la base. Aún tenía grabado lo que yo creía era el número de serie: 1 8 7. Aquel número ya se había convertido en mi número de la suerte. Y solía buscar asa cifra en todas partes. Y cuando los encontraba- producto claro de la casualidad y de las probabilidades- sin importar el orden en el que aparecieran, solía tomarlo como un buen augurio. No importaba si los veía en una dirección o en otro lado. Siempre me hacía sonreír. Me arrancaba una sonrisa cálida y reconfortante porque estaba asociado a un lindo recuerdo.
Todavía con una sonrisa de ésas, guardé la taza en mi morral, sin mirar las otras cosas que allí guardaba.
Me sorprendió ver que ya habíamos dejado la ruta principal y estábamos entrando al aeropuerto. Allí mi madre entregaría el coche de alquiler en el que viajábamos y tomaríamos el avión hasta Los Ángeles. Desde allí nos esperaba un nuevo automóvil hasta donde el azar nos había llevado.
Aunque la vida me iba a demostrar muy pronto que las cosas no suceden por casualidad sino por causalidad.
Me aferré inconscientemente a mi ala de ángel, que colgaba con un cordón oscuro de mi cuello. Extrañamente se sentía fría al tacto. Me estremecí. Nunca fui supersticioso pero que estuviera tan fría como un témpano me dió mala espina. Y entonces recordé el extraño sueño que había tenido justo antes de que amaneciera: un joven cuyo rostro no logré divisar, unas hipnotizantes alas carmesí y mi nombre pronunciado de una forma extrañamente familiar, aunque con una voz que nunca antes he escuchado...
Recién cuando el avión ascendió y tomó su lugar entre unas nubes esponjosas, me di cuenta que mi casa en Texas quedaba atrás para siempre. Recibí el jugo y las galletitas de la clase turista y los dejé a un lado. No me apetecía comer. Tenía un nudo en el estómago. Era increíble que después de tantas veces que había hecho lo mismo aún parecía no acostumbrarme. Las primeras veces fueron las peores. Luego empecé a pasar el trago amargo y ya. Y por un tiempo dejé de sentir. Como sabía que me iría apenas terminara el período escolar no me proponía entablar amistad alguna ni encariñarme con lugar alguno. Las casas empezaron a parecer simple habitaciones de hoteles. Y así las partidas se me hacían un poco más fáciles.
Esta vez, sin embargo, el período escolar ya estaba empezado. Estábamos en los primeros días de Septiembre y eso significaba que iba a ser el nuevo en una escuela en la que todos los demás ya se conocían.
Me recliné en mi asiento y observé los asientos alrededor. Un par de jóvenes, una mujer y un hombre- con toda la pinta de estudiantes universitarios- dormitaban en sus asientos. Hice un esfuerzo por no mirar al joven. Me moriría de vergüenza si llegara a darse cuenta de que lo estaba mirando. Además, nunca me veían. Yo era como invisible a los ojos de los demás, sobre todo si eran guapos. Más allá, un par de asientos adelante, una pareja de ancianos charlaba entre ellos. Hacia el otro lado, cerca de las ventanillas, una madre con sus cuatro hijos pequeños, hablaban todos a la vez. ¡Menudo viaje iba a resultar aquel! Mi experiencia me decía que si en un viaje había niños, sería un viaje bullicioso. Gritos, sollozos, arrebatos. Todo incluido. Aún así, me gustaban los niños. Me gustaba verlos sonreír y jugar, despreocupados por lo que los rodeaba. Vivían en su propio mundo. Igual que yo.
El resto de los asientos estaba vacíos. Hurgué de nuevo en mi morral. Esta vez no saqué mi taza sino las fotos. Eran tres. En la primera- en blanco y negro- aparecía yo, con un año, en los débiles brazos de mi abuela. Apenas si la recordaba. Había fallecido cuando yo tenía cuatro y, por supuesto, no pude despedirme de ella. No pude porque estábamos en un barrio a las afueras de New York, cuando ella estaba internada- por una enfermedad que la consumió joven- en un hospital de Luisiana. Y aún cuando hubiéramos estado viviendo más cerca, mi abuelo nos hubiera prohibido la visita. Nos enteramos gracias a una llamada de mi tío Jasper. Aquella había sido la última vez que mi madre y su hermano hablaron por teléfono.
Mi abuelo nunca le había perdonado que ella se escapara de la casa para casarse con “aquel bueno para nada”- tal como lo llamaba a Albert, mi padre. Y no le había faltado razón. Pero cuando supo que estábamos en la calle, él le prohibió el regreso a su casa. Y nunca más hablaron. Mi abuela- en viajes furtivos cuando mi abuelo, se iba en sus propios viajes de negocio- venía a visitarnos al estado en el que nos encontráramos. Luego de su muerte, sólo volvimos a hacer nosotros dos. Nadie más.
Mi madre me había contado miles de anécdotas sobre mi abuela. Así que yo sentía que la conocía profundamente, cuando en realidad sólo la recordaba vagamente. Inconscientemente me aferré a mi collar: un ala de ángel plateada con una roca de cuarzo morado- conocida también como amatista- incrustada, pequeña pero muy brillante. No era costoso pero formaba parte de mis “tesoros”. Había sido de mi abuela. Y ella se lo había dado a mi madre para que me lo entregara cuando fuera lo suficientemente grande como para comprender su significado.
Con un suspiro, pasé a la segunda fotografía. El niño allí reflejado tenía cinco años y estaba rodeado por el brazo cálido de un niño de cabellos oscuros y miles de pecas en el rostro. Teníamos ambos unas sonrisas tan risueñas…
Al ver aquella imagen, me transporté de inmediato a aquel día. Nos habían sacado aquella instantánea el último día de clases a Adam y a mí, como recuerdo.
Adam Bleu fue el único amigo que he tenido. Y también fue quien hizo darme cuenta de que yo no era como los otros niños…Que mis gustos eran diferentes. Por supuesto que él nunca se enteró. Compartimos sólo un semestre en el jardín de niños de Florida. Pero parecía que nos conocíamos desde siempre. Él fue el único niño que se había acercado a mí, mi primer día, con una amplia sonrisa y un caramelo en la mano- cuyo envoltorio aún conservo en mi morral. Después de aquel día no nos habíamos separado hasta la despedida. Ser el alumno nuevo siempre era difícil. Y yo no soy muy sociable que digamos. En realidad, nada sociable. Pero no lo hago por soberbia- como he escuchado que hablaban de mí, más de una vez, en los pasillos o los baños de las escuelas- sino por timidez.
Recordar su nombre me llenó el cuerpo de un extraño escalofrío. Y otra vez mi mente me condujo a aquel enigmático sueño de la noche anterior. Y otra vez, me estremecí al recordar la manera hipnotizante en la que, al murmullo de sus alas, pronunció mi nombre, una y otra vez...
—Un Ángel humano que conoce mi nombre..., ¿qué clase de sueño es ése? —balbuceé sin darme cuenta.
—¿Qué me decías, Ángel? —preguntó mi madre sin levantar sus ojos de su libro.
Le respondí negativamente con un leve movimiento de mi cabeza...
Ella volvió a sumergirse en su lectura y yo volví a estremecerme...
"Ángel..."
Mi madre nunca me llamaba así.
Me preparé. No sé muy bien para qué. No era supersticioso pero tampoco creí nunca en las casualidades...