Capítulo 1
BIANCA
Me crié en las tierras de los renegados.
Esa sola frase suele cambiar el ambiente en cualquier habitación.
La gente no siempre dice algo de inmediato. A veces hay una pausa, apenas medio segundo de más. Luego me miran de arriba abajo, como si buscaran marcas de dientes o sangre bajo mis uñas. Otras veces, ni siquiera se molestan en ocultarlo. Tuercen los labios y se ponen rígidos. Es como si acabara de admitir que tengo algo contagioso.
La gente siempre habla.
Dicen que es peligroso. Dicen que ser un renegado es una estupidez y una imprudencia. Dicen que los lobos como nosotros somos salvajes. Según ellos, somos el resultado de cuando falla la ley de la manada. Lo que queda cuando el orden se derrumba y el instinto se pudre sin control.
No se equivocan del todo.
Es peligroso. Cualquiera que diga lo contrario nunca ha pasado una noche escuchando cómo respira la oscuridad a su alrededor. Nunca ha sentido ojos vigilándolo desde más allá de la fogata. Tengo cicatrices que lo demuestran. Son finas líneas blancas que recorren mis costillas como marcas de conteo. Tengo un tajo profundo en el muslo que todavía me duele cuando cambia el tiempo. Y una marca de mordida en el hombro que nunca sanó bien.
La tierra siempre se cobra su parte.
Pero lo que la gente no entiende, o se niega a entender, es que algunos no tuvimos elección.
Algunos no buscábamos libertad ni rebeldía. No nos movía una idea romántica de vivir fuera de las leyes de la manada. No fuimos valientes, ni tontos, ni teníamos hambre de poder.
Algunos solo éramos niños.
Algunos nacimos en esto.
A algunos nos obligaron a entrar.
A mi familia la echaron de nuestra manada cuando yo era muy pequeña.
No sé cuál fue el motivo oficial. Las manadas siempre tienen uno: infracciones, disputas o chismes disfrazados de justicia. Pero nadie le explica nada a los niños. Solo esperan que sobrevivamos a las consecuencias.
Lo que yo recuerdo no es la razón.
Lo que recuerdo es el antes y el después.
Un día tenía cinco años y estaba sentada en la tierra con un palo. Dibujaba formas que aún no entendía mientras otros niños pasaban corriendo y riendo. Recuerdo ese sonido: despreocupado, fuerte y sin miedo. Recuerdo que el sol se sentía cálido y eterno, como si siempre fuera a estar ahí. Recuerdo que los adultos olían a calma y seguridad; a pino y cuero.
Recuerdo a mi madre llamándome por mi nombre. Me decía que no me alejara demasiado.
Recuerdo que le creí cuando me dijo que todo estaba bien.
Al día siguiente, o quizás ese mismo día —el trauma altera el tiempo—, todo fue ruido y movimiento.
Unas manos me agarraron con fuerza, tanto que me dolió. Los dedos de mi madre se cerraron alrededor de mi muñeca, firmes y sin soltarme. La voz de mi padre cortó el aire, afilada y urgente. No quedaba ni rastro de la suavidad que yo conocía.
—No te detengas —me espetó.
—Cárgala —dijo mi madre sin aliento—. Ahora.
Los lobos nos rodeaban por todos lados; eran demasiados y estaban muy cerca. Sus gruñidos no eran salvajes, sino controlados y deliberados. Eran lobos de la manada. Nuestra propia manada. Los mismos que antes comían con nosotros. Los que me habían visto dar mis primeros pasos.
Ya no nos miraban como si fuéramos familia.
Nos estaban expulsando a la fuerza.
Y mi hermana...
Stella solo tenía un año.
Era demasiado pequeña para entender lo que pasaba. Demasiado pequeña para correr. Mi madre la llevaba apretada contra el pecho, envuelta en una manta que se resbalaba mientras avanzábamos. Stella lloraba, pero no a gritos ni con pánico. Estaba confundida. Hacía sonidos cortos y quebrados, como si no entendiera por qué el mundo se había vuelto tan ruidoso de repente.
—Sigan caminando —gritó alguien.
—El límite está adelante.
—No miren atrás.
Me tropecé.
Se me abrió la rodilla contra el suelo. Antes de que pudiera gritar, mi padre me puso en pie de un tirón. Me apretaba el brazo con tanta fuerza que me dejó moratones.
—Te tengo —dijo, pero le temblaba la voz—. Estás bien. Estás bien.
No le creí.
De todos modos, miré hacia atrás.
Vi cómo la tierra que había sido todo mi mundo se alejaba. Era como si nunca nos hubiera pertenecido. Árboles que reconocía. Senderos conocidos. Rostros en los que había confiado, ahora duros e indiferentes.
Cruzamos la línea del límite.
Y así, de la nada, todo terminó.
Nos dijeron que nunca volviéramos.
Sin ceremonias. Sin explicaciones. Sin piedad.
Solo el exilio.
Stella no recordará nada de esto.
No recordará el miedo ni las corridas. No recordará cómo mi madre lloraba en silencio mientras seguía caminando. No recordará el sonido de los lobos lanzando dentelladas a nuestros talones. Tampoco cómo mi padre se puso entre nosotros y la oscuridad, como si su sola voluntad fuera suficiente para protegernos.
Ella tenía un año.
Pero yo lo recuerdo todo.
Esa primera noche en las tierras de los renegados me enseñó lo que era el verdadero silencio.
Las tierras de la manada tienen un zumbido. Incluso cuando están en calma, hay algo allí: una estructura, una conexión, el consuelo de estar acompañado. Te sientes arropado por eso, aunque no te des cuenta en el momento.
Las tierras de los renegados no son así.
Tienen un silencio que te aplasta. Es el tipo de silencio que hace que cualquier ruido parezca demasiado fuerte. Es el que te recuerda que aquí afuera no hay reglas. No hay jerarquías. No hay protección.
Solo hambre.
Solo supervivencia.
Fue entonces cuando todo cambió.
Fue entonces cuando sobrevivir dejó de ser una idea abstracta. Se convirtió en algo que llevaba grabado en los huesos.
Por eso tuve mi primera transformación antes de tiempo.
La mayoría de los lobos no se transforman hasta la adolescencia. Esperan a que sus cuerpos y mentes sean lo bastante fuertes para aguantarlo. El mío no esperó. No podía permitirse ese lujo.
Yo tenía siete años.
Nos atacaron otros renegados. Eran de esos de los que la gente habla en susurros para asustar a los cachorros. Auténticos salvajes. Lobos que habían perdido por completo la noción de quiénes eran. Tenían los ojos hundidos y cargados de odio.
Stella empezó a llorar.
Eso fue todo.
Algo dentro de mí se rompió.
No fue miedo, fue enfoque.
Una necesidad única y cegadora: protegerla.
Mi lobo salió a la superficie con una fuerza brutal. Los huesos crujieron. El calor inundó mis venas. El instinto rugía tan fuerte que no podía oír nada más.
Recuerdo la sangre. Recuerdo los dientes. Recuerdo el sonido de mi propio gruñido devolviéndome el eco. Era demasiado profundo y poderoso para ser el de una niña.
Cuando terminó, yo estaba temblando y a medio transformar, con la piel manchada de sangre. Mis padres me miraban como si no supieran si abrazarme o arrodillarse ante mí.
Yo tenía siete años.
Después de eso, ya no pude fingir que era normal.
Porque algunos lobos sí se vuelven salvajes aquí afuera.
Lo he visto pasar. A veces poco a poco, otras de golpe. He visto cómo se les apaga la mirada y cómo el instinto los vacía por dentro hasta que solo queda violencia. Cuando no tienes manada, ni futuro, ni a nadie que te sujete, tu lobo llena el vacío como puede.
La tierra no los detiene.
Las tierras de los renegados no castigan la crueldad ni premian la bondad. Simplemente existen.
Y tú te adaptas o te mueres.
He tenido más peleas de las que puedo contar. Algunas las gané. En otras apenas sobreviví. Algunas todavía me despiertan por la noche con el corazón a mil y las garras medio fuera.
Pero la tierra no solo me endureció.
Me dio una base.
Me dio forma.
Me convirtió en la loba que soy ahora.
Alguien en quien confiar.
Luchadora, si le preguntas a las personas adecuadas.
Abel soltaría un bufido y diría: «Eres un dolor de muelas, pero siempre das la cara».
Tiffany sonreiría con malicia y añadiría: «Y pegas más fuerte de lo que parece».
Ellos son mi gente.
No somos de la misma sangre ni de la misma manada. Solo somos renegados que he ido recogiendo con los años. Somos piezas que no deberían encajar, pero lo hacen. Abel, con su presencia tranquila y su sonrisa torcida, finge que no le importa nada mientras se asegura de que todos coman. Tiffany, con su lengua afilada y sus instintos aún más agudos, es peligrosa de una forma que nadie espera.
No somos una manada.
Pero somos algo muy parecido.
¿Y esta noche?
Esta noche vamos a hacer mi actividad favorita.
Vamos a la ciudad de los humanos.
Solo pensarlo me da un vuelco al corazón. Luces brillantes, música que te retumba en los huesos y multitudes tan densas que nadie mira a los demás dos veces. En la ciudad, nadie sabe lo que soy. Nadie huele mi pasado. A nadie le importa.
Mis padres lograron construir algo estable en las tierras de los renegados. Lo suficiente como para crear una pequeña comunidad. Refugios. Rutas comerciales. Acuerdos silenciosos. Un lugar donde Stella pudiera crecer sin tener que correr cada noche.
Ella no recuerda el exilio.
Ella no recuerda el miedo.
Para ella, esto simplemente es su hogar.
No somos monstruos.
Tenemos ropa. Tenemos techo. Trabajamos y comerciamos. Sobrevivimos. Algunos favores son feos. Pero sobrevivir suele serlo.
Puede que me haya acostado —o no— con algunos lobos por dinero o protección. No pido perdón por ello. Al hambre no le importa el orgullo, y al frío tampoco. Además, tengo veintidós años.
Tengo mis necesidades.
¿Y esta noche?
Esta noche se trata de divertirse.
La ciudad está en el límite entre las tierras de los renegados y las de la manada. Se supone que es terreno neutral. Se supone que es seguro. Pero no siempre es así. La neutralidad es más una sugerencia que una regla.
A los cachorros de las manadas todavía les gusta buscarnos las cosquillas. Son presumidos y se sienten protegidos. Saben que alguien más se encargará de las consecuencias.
La primera vez que me crucé con Crystal —una chica de nuestra antigua manada—, intenté ser amable. Le sonreí. Le pregunté cómo le iba.
Ella arrugó la nariz y dijo: «Hueles a mugre».
Esa mirada suya, cargada de superioridad, lo dijo todo. Abel ya estaba interviniendo cuando Tiffany murmuró: «Solo di la palabra».
No lo hice. Pero ganas no me faltaron.
Los cachorros de manada no entienden lo que cuesta valerse por sí mismos.
Pero esta noche no se trata de ellos.
Esta noche se trata de música, luces y risas que no hacen preguntas.
Esta noche se trata de olvidar.
Y por unas cuantas horas preciosas...
con eso basta.