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¡POR FAVOR!... Perdoname...

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Sinopsis

—¡POR FAVOR!... Perdoname... ¡Juró que era protegerte!— —¡¿Protegerme?!, tu perdón es barato, ¿crees que con todo el daño que me has hecho puedo perdonarte? ¡HAS MATADO A MI MADRE!— lagrimas se acumulaban en sus ojos. —Yo...—Buscaba la manera de explicar. —Eh odiado a los héroes por no salvarla, y tambiénte odio a ti... — dijo apuntandolo, no con un dedo, sino con la palma hacia arriba y bajandola de inmediato. —¿Crees que proteger a alguien mediaente humillación es proteger? La evidente respuesta es que no... Según tu, ¿Pot qué? ¿Por qué lo has hecho?— pregunto con las lagrimas recorriendole el rostro. Bakugō no encotraba una respuesta distinta a la que el tenía.—Dime... Kacchan, ¡¿POR QUÉ?!— Lee, esta buena la historia, actualizacion todos los domingos ヾ(•ω•`)o

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Demon King_
Estado:
hace 2 meses
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Comencé: 24/07/2026 - 10:30 p.m.

Terminé: 25/07/2026 - 05:43 p.m.



El señor y la señora Midorya, quienes vivían en un departamento en la ciudad de Mufutasu, cerca de la ciudad de Tokio, estaban felices de saber que formarían una familia en ese lugar.

El señor Midorya trabajaba en el extranjero desde hacía años. Su ausencia se había vuelto parte de la rutina, algo normal en el hogar. Las únicas veces que volvía eran durante las fiestas de fin de año.

La señora Midorya era una mujer delgada, de cabello verdoso y ojos del mismo color, acompañados por un pequeño par de pecas. Amable y dedicada, se encargaba del hogar con una paciencia inagotable.

Los Midorya tenían un hijo pequeño llamado Izuku, y para Inko, no existía niño más lindo que él.

Los Midorya tenían todo lo que necesitaban para llevar una vida tranquila, aunque no siempre todo estaba completo.

La ausencia de Hisashi era algo con lo que Inko había aprendido a convivir. En ocasiones se preguntaba si podría educar sola a Izuku, pero las palabras de su esposo siempre regresaban a su mente, asegurándole que ella sería capaz.

Nuestra historia comienza cuando la señora Midorya e Izuku despertaron en un martes gris y nublado. No había nada en el cielo cubierto de nubes que sugiriera que aquel día ocurriría algo fuera de lo común.

Izuku se preparaba para ir a la escuela mientras Inko tarareaba alegremente en la cocina, ocupada con el desayuno para ambos. La rutina transcurría con normalidad.

Ninguno de los dos notó las pequeñas gotas de lluvia que comenzaban a golpear las ventanas en silencio.

A las 07:25am, Izuku tomó su mochila, besó la mejilla de su madre y se dirigió a la puerta. Inko intentó convencerlo de que no fuera a la escuela al notar que la lluvia comenzaba a caer con más fuerza.

—Estaré bien, ¡no te preocupes! —le aseguró él con una sonrisa.

Inko no tuvo más opción que confiar. Izuku se despidió y salió del departamento.

Caminaba entre los callejones, ya empapado por la lluvia que golpeaba su rostro. Solo rogaba no enfermarse; no quería causarle preocupaciones a su madre.



Cuando Izuku llegó a la escuela, la lluvia ya se había vuelto constante. El edificio se alzaba gris frente a él, igual que todos los días.

Los estudiantes entraban apresurados, algunos riendo, otros quejándose del clima. Izuku caminó entre ellos sin llamar la atención, manteniendo la cabeza ligeramente baja mientras avanzaba por los pasillos.

El murmullo de voces llenaba el lugar, aunque ninguna parecía dirigida a él. Para Izuku, aquello no era extraño; estaba acostumbrado a pasar desapercibido.

Dejó su mochila en su asiento y se sentó en silencio, observando cómo el aula se llenaba poco a poco. Afuera, la lluvia seguía cayendo sin detenerse.


La mañana escolar transcurrió con normalidad, al menos en apariencia. Las clases comenzaron como cualquier otro día, con profesores hablando sobre temas que a Izuku le resultaban cada vez más lejanos.

Su mente no lograba concentrarse del todo.

En uno de los descansos, el tema de conversación comenzó a repetirse entre los alumnos: la U.A., el examen de ingreso, los rumores sobre quiénes tenían más posibilidades de entrar. Las voces se alzaban con entusiasmo, llenas de seguridad y expectativas.

Izuku escuchaba en silencio desde su asiento.

—Con mi don, entrar es pan comido —comentó uno de los estudiantes.

—Yo ya estoy entrenando desde hace años —dijo otro con una sonrisa confiada.

Entonces, una risa conocida rompió el murmullo.

—¿Y tú qué, Deku? —la voz de Bakugō sonó fuerte y clara—. ¿También piensas presentarte?

Algunas miradas se dirigieron hacia él.

Izuku tragó saliva, apretando los dedos contra su cuaderno.

—Y-yo… —intentó responder—. Yo quiero entrar… —dijo casi en un susurro inaudible.

Bakugō se acercó sin pedir permiso, inclinándose sobre su escritorio y apoyando las manos sobre sus libretas, arrugándolas en el proceso.

—¿Quieres entrar a la U.A.? —repitió, esta vez con burla—. Sin don. Sin talento. Sin nada… —sonrió—. Eres patético, visto de esa manera.

Las risas no tardaron en aparecer.

—Deja de soñar, Deku —continuó Bakugō—. En la próxima vida quizás tienes más suerte.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Izuku no respondió. Bajó la mirada, sintiendo cómo el calor le subía al rostro. No era la primera vez, y tampoco sería la última. El resto del día pasó lento, pesado, como si cada minuto se arrastrara.

Cuando sonó la campana final, Izuku tomó sus cosas y salió del aula sin mirar atrás. El clima había mejorado; ya no llovía, aunque el cielo seguía nublado.

Al llegar a su hogar, fue recibido por el cariño y la preocupación de su madre. Inko intentó hacerlo hablar, pero él permaneció en silencio. Ella, sin darse cuenta, le contó cómo había pasado el día, la conversación que tuvo con su amiga Mitsuki Bakugō y otros detalles sin importancia.

Izuku escuchaba en silencio, respondiendo de vez en cuando con algún sonido bajo mientras comía.

Después de ayudar a su madre, se dio una ducha y se encerró en su habitación.

Las palabras no lo dejaban en paz.

Intentó distraerse con la tarea, pero no lo lograba. Era como si Bakugō tuviera razón.

No tenía nada que demostrar en ese examen.

Nada que ofrecerle al mundo.

Y por primera vez, la idea de intentarlo dejó de parecerle una opción.



Aquella noche, el departamento de los Midoriya permanecía en silencio.

La lluvia había cesado hacía horas, aunque el cielo seguía cubierto por un espeso manto de nubes que ocultaba las estrellas. De vez en cuando, el sonido lejano de algún automóvil rompía la calma del vecindario antes de volver a desaparecer.

Inko ya se había retirado a descansar.

Antes de apagar la luz del pasillo, se asomó con cuidado a la habitación de su hijo.

Izuku permanecía sentado sobre la cama, con un cuaderno abierto entre las manos. El lápiz descansaba inmóvil sobre la hoja desde hacía varios minutos.

—¿Todavía sigues despierto, Izuku? —preguntó con una sonrisa amable.

El niño levantó apenas la vista.

—Sí... Ya iré a dormir.

Inko se acercó despacio.

Con la misma ternura de siempre, acomodó algunos mechones rebeldes de su cabello y apoyó una mano sobre su cabeza.

—No te desveles demasiado, cariño. Mañana será un día mejor.

Izuku intentó devolverle la sonrisa.

—Buenas noches, mamá.

—Buenas noches, mi pequeño.

La puerta se cerró con suavidad.

El departamento volvió a quedar completamente en silencio.

Izuku observó el techo durante varios minutos.

Las palabras de Bakugō seguían resonando dentro de su cabeza.

“Sin don.”

“Sin talento.”

“La próxima vida capaz tienes más suerte.”

Cerró el cuaderno lentamente.

Había intentado terminar la tarea.

Había intentado leer.

Incluso había pensado en escribir un nuevo análisis sobre algún héroe.

Nada funcionó.

Por más que buscara distraerse, aquellas palabras siempre encontraban el camino de regreso.

Se acostó e intentó dormir.

Giró hacia un lado.

Luego hacia el otro.

Miró el reloj.

Cerró los ojos.

Los abrió otra vez.

Las horas parecían avanzar con una lentitud insoportable.

Finalmente, cuando el cansancio terminó por vencerlo, el sueño llegó.

Pero no fue un descanso.

...

Se encontraba frente a las enormes puertas de la U.A.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

Aquello era todo lo que siempre había querido.

Sonrió.

Estiró la mano para abrir la puerta.

Pero antes de que pudiera tocar el picaporte...

—¿Qué haces aquí?

La voz era conocida.

Bakugō.

Izuku giró lentamente.

No estaba solo.

Todos los estudiantes de su clase permanecían detrás de él.

Algunos reían.

Otros simplemente lo observaban.

—¿Todavía sigues creyendo que puedes convertirte en héroe? —preguntó Bakugō con una sonrisa burlona.

Izuku quiso responder.

Abrió la boca.

Ninguna palabra salió.

Intentó dar un paso hacia la entrada.

Las puertas comenzaron a alejarse.

Cuanto más caminaba...

Más lejos parecían estar.

Una risa inundó el lugar.

Luego otra.

Y otra.

Las voces terminaron mezclándose hasta formar un único murmullo.

“No puedes...”

“No perteneces aquí...”

“Jamás serás un héroe...”

Izuku bajó la mirada.

Sus manos...

Comenzaban a desvanecerse.

Como si nunca hubieran existido.

Intentó detenerlo.

No pudo.

Entonces despertó de golpe.

Abrió los ojos mientras su respiración permanecía agitada.

Durante unos segundos tardó en reconocer el techo de su habitación.

Todo había sido un sueño.

O eso quería creer.

Miró el reloj que descansaba sobre su mesa de noche.

Aún faltaba para que sonara la alarma.

Suspiró.

Ya no tenía sentido intentar volver a dormir.

Permaneció sentado sobre la cama, abrazando sus propias piernas mientras esperaba que amaneciera.

Afuera, el cielo seguía completamente gris.

Y, sin saberlo, aquel sería el último amanecer que compartiría con la persona más importante de su vida.


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