Capítulo 1
Delilah Draven, a quien casi todos llamaban Della, bebía su champán sentada con elegancia en un sofá de terciopelo rojo. Estaba colocado estratégicamente cerca de la pista de baile para lucir a las mujeres lobo solteras ante los machos disponibles.
A pesar de su belleza, nadie se le acercaba. La reputación que se había labrado con los años la hacía parecer una mujer imponente y difícil de alcanzar.
Las fiestas del Rey Alfa eran el lugar ideal para los hombres lobo jóvenes y solteros que buscaban a su pareja predestinada.
También eran el sitio perfecto para rollos de una noche y un nido de borracheras y desenfreno. El Rey Alfa estaba soltero y era un mujeriego empedernido. Della aún no lo había visto y esperaba que siguiera así. Él no paraba de perseguirla, aunque ella ya le había dejado muy claro que no le interesaba.
A Della le gustaba la diversión, pero no había esperado tanto tiempo para perder su virginidad con cualquier hombre lobo loco de hormonas al que le diera igual dónde metía la polla.
Vio a su hermano gemelo, Jared, mirándola de reojo mientras bailaba con una morena guapa que no paraba de hablar. Él puso los ojos en blanco y sacó la lengua; ella aguantó la risa para no perder la compostura. Como miembro de alto rango de su manada, no quedaría bien que escupiera la bebida por todo el suelo. Se rascó la nariz con el dedo corazón y entonces fue el turno de Jared de aguantarse la risa.
Al hermano de Della, como futuro Alfa de la manada Snow Moon, no le faltaban pretendientes que se le lanzaran encima. Ella lo había observado con diversión toda la noche, sintiendo lástima por él un par de veces. Solo un poco. Sabía que a su ego de Alfa le encantaba la atención, pero también sabía que Jared solo aceptaría a su pareja predestinada como Luna.
Los habían criado para respetar a la Diosa Luna y su devoción era inquebrantable. Las lobas que hacían de todo para llamar su atención no se daban cuenta de que perdían el tiempo. Cuando terminó la canción, Della vio cómo un par de tetas gigantescas apartaban a la pareja de su hermano de un empujón.
Lanzó un silbido cuando la dueña de dicho pecho ocupó el lugar de la morena. Jared arqueó una ceja hacia su hermana, quien fingió inocencia mientras jugaba con la abertura de su vestido.
A la chica desplazada se le puso la cara roja de rabia y pareció pensar en vengarse, pero al final se fue a un rincón del salón para lanzarle miradas asesinas a su sustituta. No quería montar un numerito en la gala de emparejamiento del Rey Alfa.
El hermano de Della, igual que ella, tenía el pelo rubio, ojos azules y una sonrisa encantadora capaz de derretir a una estatua de hielo. Era mayor que ella por unos dos minutos. Le encantaba recordárselo, como si ese par de minutos fueran suficientes para acumular la sabiduría de toda una vida.
Los dos eran conocidos por sus bromas pesadas y sus piques, lo que los hacía muy populares. Con los gemelos Draven rara vez había un momento aburrido.
Se terminó su copa de champán, deseando tener algo más fuerte. Recordó la petaca que su hermano había escondido en su chaqueta. ¡Ajá! La había dejado caer como quien no quiere la cosa en uno de los sofás cercanos a la pista. La encontró rápido y salió fuera para tomar el aire y beber algo más potente. Era aguardiente casero de hombre lobo, fabricado por su hermano.
Un momento después, se arrepintió de su decisión. Al salir disparada hacia el porche que rodeaba la enorme mansión de piedra, chocó de frente contra un muro de puro músculo y arrogancia. Cayó de culo al suelo de mala manera. Su vestido se rajó hasta la cintura, dejando a la vista sus piernas largas y sus bragas de encaje negro.
Furiosa, levantó la vista hacia aquel hombre de casi dos metros y cuerpo de dios, encontrándose con unos ojos azul hielo que la miraban con fijeza. Él recorrió su cara con la mirada y luego bajó la vista. Sonrió con malicia y se lamió los labios, pero no hizo ni el gesto de ayudarla a levantarse. —Su alteza —dijo ella, sin poder ocultar el sarcasmo.
¡Qué mala pata! Tenía que chocar precisamente con el anfitrión de la fiesta, el mismísimo Rey Alfa, Jaden Montgomery. Era guapo a rabiar y se notaba que lo sabía. ¡Maldita sea su suerte!
—¿A dónde ibas con tanta prisa, Della? —Parecía disfrutar de su vergüenza mientras ella se tapaba con la chaqueta de su hermano. Al final, le tendió la mano y la ayudó a ponerse en pie.
—Solo iba a que me diera el aire —respondió ella, soltando un gruñido al ver que su vestido estaba arruinado—. Joder —dijo señalando el roto—. ¿Y ahora qué hago?
Sus ojos azules brillaron con diversión. —Creo que mi hermana y tú tienen la misma talla. ¿Por qué no te llevo a su habitación? Estará encantada de prestarte un vestido.
Della se lo pensó, deseando poder decir que no. Lo último que quería era que la vieran yendo a cualquier parte con él, sabiendo los chismes que se inventarían.
—¿Seguro que no pasa nada? —No tenía otra opción, el vestido estaba hecho un asco.
—Seguro. Tiene más ropa de la que podrá ponerse en su vida. Vamos a buscarte otro. Después de todo, es lo menos que puedo hacer por cruzarme en tu camino. —Él sonrió—. O mejor dicho, por no quitarme de tu camino.
—Está bien. —Lo siguió hasta la entrada trasera de la mansión y subieron las escaleras en silencio. —Su cuarto es este —le dijo él—, entra y mira en el armario. Volveré para acompañarte de regreso a la fiesta.
«Genial», pensó ella, «¡qué suerte la mía!». Entró en la habitación y buscó el armario.
¡Madre mía, cuánta ropa tenía su hermana! Agarró un vestido parecido al que llevaba y se lo estaba poniendo cuando la puerta se abrió de nuevo. Jaden entró en el cuarto con dos copas en las manos.
—¿No sabes lo que es llamar a la puerta? —le soltó ella, bajándose el vestido y ajustándolo a sus curvas. Se miró al espejo. Le quedaba perfecto y se parecía tanto al anterior que dudaba que alguien notara el cambio.
—Della, ¿por qué tanta hostilidad? —Él sonrió y le entregó una de las copas—. ¿No es esto lo que querías? ¿Algo con un poco más de fuerza? —Le guiñó un ojo con complicidad—. Encontré la petaca. —Ella lo miró con desconfianza, pero luego se le pasó la paranoia. Jaden no era el tipo de Alfa al que le importara que el aguardiente de lobo fuera ilegal.
—Supongo que sí —suspiró ella, tomando la copa y dando un trago—. ¡Está riquísimo! —exclamó, bebiéndose el resto de un tirón. Un calorcito le recorrió el cuerpo y empezó a relajarse. Esto estaba mucho mejor. Los hombres lobo aguantaban mucho el alcohol, pero el brebaje de su hermano lograba emborrachar y además sabía bien.
Se preguntó si él se enfadaría cuando fuera a buscar su petaca, pero decidió que le daba igual. Él estaba ocupado y ella aburrida. Ya lo entendería.
—¿Volvemos a la fiesta? —Él le ofreció el brazo. Ella estuvo a punto de aceptarlo, pero recordó que lo último que quería era bajar las escaleras del brazo del mayor mujeriego del reino.
Los cotilleos podrían arruinar su reputación. Y aunque eso significara que la dejarían en paz, ¿y si su verdadera pareja predestinada estaba allí? No era un riesgo que quisiera correr.
Della Draven era la loba más codiciada de la fiesta. No era un secreto que seguía virgen, siendo de las pocas que se reservaban para su pareja predestinada. Era guapa, rica y la gemela del próximo Alfa de Snow Moon. Además, nunca había perdido una batalla y ganaba todos los torneos en los que participaba.
Jaden una vez tuvo la esperanza de que ella fuera su pareja, y se llevó un chasco más grande de lo que admitía cuando ella cumplió la mayoría de edad y no apareció ningún vínculo entre ellos. Della Draven era para otro.
Casi cualquier loba se habría derretido en sus brazos, pero ella no. Sin embargo, el Rey Alfa siempre conseguía lo que quería. Los ojos de ella lo atravesaban, como si supiera exactamente lo que él tramaba. De pronto, él vio el miedo en su cara cuando ella tropezó hacia adelante. —No me siento bien —balbuceó ella, y él la agarró justo cuando empezaba a caerse.
A la mañana siguiente, se despertó en su casa, en su propia cama. No recordaba nada de la noche anterior después de llegar a la mansión. —Ay, cariño, gracias a la Diosa que has despertado —exclamó su madre, la Luna de Snow Moon—. Todos estábamos muy preocupados. —Le acarició la mejilla con ternura, mirándola con preocupación de madre.
—¿Qué pasó? —preguntó ella—. No recuerdo nada. Bajamos del coche para entrar y luego todo está en blanco. —Della tenía el presentimiento de que algo malo había ocurrido, pero su madre se apresuró a calmarla.
—Tuviste una caída muy fea —explicó la Luna Leah—. El mayordomo te encontró fuera, sangrando por un golpe en la cabeza. Te vio salir por la puerta y escuchó un ruido. Debiste caerte por las escaleras. Te llevó a una habitación de invitados, llamó al sanador y vino a buscarnos.
—Qué vergüenza —gruñó ella, tocándose el bulto en la cabeza. La herida ya se había cerrado gracias a su capacidad de curación. Cualquier lesión sanaba rápido, sobre todo si estaba durmiendo—. Espero que nadie me viera.
—No te avergüences, cielo. Nadie vio nada. —Su madre sonrió—. Les dijimos a todos que te sentías mal y te trajimos a casa temprano.
—Gracias a la Diosa —suspiró Della aliviada. Nadie había sido testigo de su ridículo.
Bueno, casi nadie.
Un mes después, Della y Jared terminaban de entrenar en el bosque y volvían a la casa de la manada. Jared estaba de mal humor. Se alegraba de que Della hubiera dejado de entrenar con él delante de los demás hacía un año, cuando cumplieron los diecinueve y él empezó a prepararse en serio para ser el próximo Alfa. Estaba casi listo; lo único que le faltaba era encontrar a su pareja predestinada.
¿Cómo era posible que Della, una princesita tan bajita y delicada, siempre le diera una paliza? Su cara ya casi estaba curada, pero su orgullo herido tardaría más.
Della le dio un puñetazo juguetón en el brazo. Ver la cara de derrota de su hermano le daba ganas de burlarse. Parecía un cachorro regañado. —Venga, deja de estar de morros —bromeó—. Es nuestro secreto. Nadie tiene por qué saber que tu hermana te patea el culo de Alfa.
—A lo mejor deberían nombrarte Alfa a ti —respondió él, dándole una patada a una piedra como si le hubiera ofendido.
—A lo mejor sí —dijo ella, riéndose ante la idea—. Pero no lo harán. —Le cogió del brazo y caminaron en un silencio agradable por el sendero que salía del bosque.
Se acercaron a la casa de la manada, que se alzaba alta y majestuosa frente al verde del bosque. Della olía el guiso de carne que los cocineros habían estado haciendo a fuego lento todo el día. ¡De repente tenía un hambre atroz!
—Huele que alimenta —dijo ella y apretó el paso. Jared ya sabía lo que venía—. ¡El último que llegue es un huevo podrido! —gritó Della, echando a correr a toda velocidad.
Entonces, de la nada, sintió una oleada de náuseas que la sacudió por completo. Se detuvo, con arcadas, sobre la hierba. Se tumbó, jadeando, esperando a que se le pasara.
—¡Della! —Su madre la había visto caer y llegó corriendo, seguida de su padre y su Beta, Joshua. Para cuando llegaron, ella ya se había levantado. Aunque se sentía un poco débil, lo peor parecía haber pasado.
—Me habré pasado entrenando con Jared —dijo ella, encogiéndose de hombros. Siguió hacia la casa, esperando que no le dieran más importancia. Debería haber sabido que no sería así.
—Della, vamos a ir a ver al sanador —insistió su madre. Della puso los ojos en blanco, pero sabía que era inútil discutir. Sus padres siempre habían sido muy sobreprotectores.
—Vete tú a cenar —le dijo Della a Jared—. Mamá y yo podemos ir solas. Tú asegúrate de guardarme algo. —Estaba hambrienta y el olor del guiso que salía por las ventanas de la cocina la hacía salivar.
Entrenar gastaba mucha energía. Parecía fácil derrotar a alguien que le doblaba el tamaño, pero en realidad no lo era. —Jared luchó con valor —dijo ella—, pero el enemigo era un pelín más fuerte y habilidoso. —Le contó a su familia.
Deseó no haber dicho nada al ver que la cara de él se ponía roja de vergüenza y sus ojos brillaban de rabia. —Es broma, hermano —le dijo, dándole un abrazo para pedirle perdón.
Su padre, el Alfa John Draven, salió en defensa de su hijo. —Ella es un caso aparte —le recordó a Jared—. Es pequeña y rápida. Recuerda que puede tumbar a cualquiera, incluso a mí. —Se fueron hacia la casa y Della los miró con envidia, imaginando el sabor del guiso y el puré de patatas con mantequilla.
Ella y su madre caminaron de la mano hacia la consulta del sanador. —Así que Jared ya está listo para ser Alfa —comentó ella—, a falta de conocer a su pareja. ¿Tienen algún plan para eso? —Sabía que sus padres querían que pasara pronto. Su padre estaba deseando jubilarse y viajar con su Luna.
—La Diosa Luna le mostrará a su pareja cuando sea el momento —dijo Leah, parándose de repente para mirar a su hija—. Della, ¿hay algo que no me hayas contado? ¿Cualquier cosa? —Se inclinó hacia delante, como si hubiera olido algo. Della la apartó.
—¡Mamá! Te estás poniendo rara. ¿Acaso huelo mal? Estaba entrenando con Jared en el bosque otra vez.
—No, no es eso. —Su madre de pronto parecía más preocupada que antes—. Vamos a que te vea el sanador.
—Me estás asustando, mamá —protestó Della—. Hay algo que no me estás diciendo. ¿Qué está pasando?
Su madre la miró de una forma extraña, con una intensidad en los ojos que Della nunca antes había visto. —Della, ¿todavía eres virgen?
—¿Qué? ¡Claro que sí! ¿Por qué me preguntas algo así? —Se sintió insultada. ¿Cómo podía su madre pensar que ella iría en contra de la Diosa de la Luna de esa manera? Una sensación de espanto se apoderó de ella como una niebla espesa mientras se acercaban al pequeño consultorio de Trish, la sanadora de la manada.
—Luna Leah, Delilah —Trish las saludó con una sonrisa cálida y las hizo pasar al consultorio—. Me alegra verlas.
—Espero que podamos llegar al fondo de esto —dijo Della, mirando con dureza a su madre antes de prestarle atención a Trish.
Trish observó a Della de arriba abajo y frunció el ceño. —Della, tu aroma es diferente. Si no supiera que es imposible...
Della no pasó por alto la mirada que cruzaron la sanadora y su madre. El espanto se convirtió en puro terror y finalmente perdió la paciencia.
—¡Basta de rodeos y estupideces! ¡Díganme qué está pasando ahora mismo! —exigió Della, furiosa. Se quitó la ropa y se puso la bata que Trish le entregó. Trish le pidió una muestra de orina, así que fue al baño y orinó en el vasito. Al salir, entregó la muestra y observó a Trish hacer la prueba. El rostro de la sanadora era un misterio mientras leía los resultados.
—Della, no sé cómo decirte esto. Veo que realmente no crees que sea posible. —Miró a Della con lástima—. Della, estás embarazada.
El mundo empezó a darle vueltas. Se sentó en la camilla para no desmayarse. Esto tenía que ser una broma. No podía estar embarazada. ¡Era virgen! —Eso es imposible —dijo con rabia—. Soy virgen.
La sanadora y su madre la miraron con duda. —Puedes decirnos la verdad, cielo, nadie se va a enojar contigo. —A Della le zumbaba la cabeza. ¿Cómo podían no creerle? ¡Estaba segura de que se daría cuenta si hubiera hecho algo tan importante! —Podemos hacer un examen para ver si todavía estás intacta. ¿Te parece bien?
—Sí —respondió Della con firmeza, segura de que eso demostraría que decía la verdad. Nunca había estado con nadie, ¡no podía estar embarazada! Se recostó en la camilla y esperó a que la sanadora la revisara con cuidado. Cuando Trish volvió a mirarla, su cara era sombría.
—Della, te creo. Creo que tú piensas que eres virgen. Sin embargo, el examen muestra que no lo eres. Como no recuerdas nada, la única conclusión posible es que te drogaron. Alguien se aprovechó de ti mientras estabas inconsciente.
El peso de las palabras de la sanadora la golpeó con fuerza. Cerró las piernas de golpe mientras el miedo, el impacto y el asco la invadían.
Pero por encima de todo eso, surgió un instinto protector muy fuerte. Había una vida dentro de ella. Sintió cómo se formaba el vínculo y supo que tendría que luchar por su bebé.
—¿Me violaron? —susurró. Las paredes del consultorio parecían cerrarse sobre ella. Las miradas de lástima de su madre y de Trish hicieron que el cuarto empezara a dar vueltas otra vez. Se levantó de un salto para correr al baño, pero no llegó. Terminó vomitando en el suelo, justo antes de entrar.
—Della, nena, mi pobre niña —su madre se acercó y la abrazó, meciéndola de un lado a otro para tratar de calmarla.
—Della, tenemos que hablar de tus opciones —dijo Trish con suavidad—. Necesito hacerte un ultrasonido para saber cuánto tiempo tiene el... embarazo.
—¿Te refieres a cuánto tiempo tiene mi cachorro? —dijo ella. Las dos mujeres mayores se miraron. Esto iba a ser mucho más difícil de lo que pensaban.
—Della —su madre le tomó la mano con cautela—. Nadie espera que cargues con un cachorro que te fue impuesto. Es pronto, puedes tomar una pastilla y será como si nada hubiera pasado.
Della se quedó mirando a su madre. Intentaba hablar, pero las palabras se le quedaban en la garganta. ¿Lo decía en serio? Ya podía sentir la vida en su vientre, esa conexión ligera. ¿Cómo podía sugerir algo así?
—No me digas que quieres criar a un cachorro que sepa que su padre es un violador —dijo su madre. Della sospechaba que la verdadera duda de su madre tenía más que ver con que su hermano pronto se convertiría en Alpha. Siempre había rivales que usaban cualquier cosa para manchar el nombre de la familia y tratar de quitarles el puesto. La furia hizo que a Della le hirviera la sangre y luchó por no transformarse en loba.
—Que quede clara una cosa. Mi cachorro es inocente. Va a nacer y no le va a faltar nada —sentenció mirando fijo a su madre—. Podemos hablar de opciones, pero ninguna incluye matar a mi cachorro indefenso.
Della volvió a sentarse en la camilla. —¿Podemos ver al pequeño? —le preguntó a Trish con lágrimas en los ojos. El dolor era soportable gracias al amor que crecía en su corazón, un amor que ella sabía que era más grande que el odio hacia el cerdo que la había dejado así.
Trish preparó el equipo de ultrasonido y le puso gel en el vientre. Della se preguntaba cómo no se había dado cuenta. Sus periodos nunca eran regulares, pero había tenido náuseas por la mañana y los pantalones le apretaban un poco. Pensó que era por comer demasiados dulces, ya que los cocineros habían hecho muchas tartas de manzana este año.
—Claro que no me di cuenta —murmuró—. No tenía razones para sospechar que estaba embarazada. —Se preguntaba cómo le podía pasar esto a ella—. De verdad no sé cuándo pudo haber pasado —dijo llorando mientras miraba a su madre, rogando que le creyera.
—¿Estuviste en alguna fiesta, bebiendo, y que no recuerdes qué pasó después? —preguntó su madre. Della negó con la cabeza.
—No, nunca. He dado algunos besos, jugueteado con la ropa puesta, pero nada que pudiera llevar a... a esto. —Se miró el vientre y notó que ya tenía una pequeña curva—. ¿Por qué nadie notó que mi aroma cambió?
—Bueno, lo notamos, pero pensamos que eran las hormonas. Quizás tu cuerpo llamando a tu pareja destinada. —Leah suspiró—. Te creo, Della. No pensamos en un embarazo porque te conocemos. Lo que sea que pasó, está claro que tú no quisiste. —La Luna mostró rabia en su cara—. ¡Quién se atrevió a hacerte esto! ¿Cómo pudieron hacerlo sin que te dieras cuenta?
Della miraba la pantalla. Sus ojos brillaron cuando escuchó el latido. ¡Era su cachorro, vivo y con un corazón fuerte! Trish frunció el ceño y a Della se le dio un vuelco el corazón. —¿Qué pasa? —preguntó con pánico.
—Como sabes, los embarazos de hombres lobo son más rápidos que los humanos. Duran cuatro meses en lugar de nueve. Tu cachorro parece tener un mes, según su desarrollo. Pero el tamaño es un poco más grande de lo normal.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Della asustada—. ¿Tiene algo malo?
—¿Por qué estás tan segura de que es niño? —preguntó su madre, mirando la figurita en la pantalla con una sonrisa—. ¿Ya se puede saber? —le preguntó a Trish.
—No con seguridad, pero el tamaño sugiere que es un macho, y uno muy poderoso. —Trish se quedó pensativa un momento antes de limpiar el gel y darle a Della la imagen impresa del estudio.
—Es un niño —dijo Della—, y no es su culpa cómo fue creado. No voy a odiarlo por eso. No voy a abortar. —Suspiró—. No juzgaría a nadie que lo hiciera, creo que siempre debe haber una opción. Pero en mi caso, elijo tener a mi cachorro. —Esbozó una media sonrisa—. Siempre soñé con ser mamá. Mamá, tú deberías entenderme, ¿no sentiste algo cuando supiste que veníamos nosotros?
El rostro de Leah se ablandó. —Claro que sí, y te entiendo, Della. Pero vas a pasar por muchas dificultades que no mereces. Y a tu hermano esto también podría afectarle la vida.
Della se volvió a enojar. —Jared me apoyaría en esto —dijo—, él renunciaría a su título si lo supiera. Por eso tengo que tomar decisiones sobre mi futuro. —Della ya estaba planeando algo. Usaría un bloqueador de aroma antes de irse de la manada para que nadie supiera nada. No dejaría que su reputación arruinara el futuro de su hermano.
—Trish, ¿tienes algún bloqueador de aroma que pueda usar para ocultar el embarazo? —preguntó ella.
—Sí, te daré un poco. Della, tengo que decirte que tienes poco tiempo para cambiar de opinión. Este cachorro crece muy rápido. Eso podría ayudarte a saber quién es el padre. —Della se levantó y empezó a vestirse a toda prisa.
—No me importa quién sea el padre. Si llego a saberlo, lo más probable es que lo mate yo misma. —La frialdad de su voz no dejaba dudas de que hablaba en serio.
—¡Della, ¿no te das cuenta?! ¡Vas a odiar la mitad de tu cachorro que es de él! —gritó su madre—. ¡Della, no es tu culpa, pero vas a pagar por esto toda la vida!
—El cachorro —dijo señalando el punto en la imagen del ultrasonido— es MÍO. La Diosa de la Luna nos cuidará. Esto pasó por una razón.
—Della, lo más probable es que el padre sea un Alpha —dijo Trish—. Sus hijos crecen más rápido. Al tener tú sangre de Alpha, el embarazo será más fácil, pero necesitamos vigilarte. El ritmo de crecimiento es algo que nunca había visto. —Della asintió—. Yo me las arreglaré.
Ella y su madre tomaron el spray bloqueador y salieron de la clínica en un silencio pesado. Finalmente, Leah le preguntó: —¿Piensas decírselo a tu hermano y a tu padre?
—Claro. Pero no te preocupes. Me esconderé hasta que nazca el cachorro. Dile a todos que me fui a visitar amigos. Cuando nazca, ya veré qué invento. —Miró a su madre con esperanza—. ¿Podríamos decir que es un huérfano que adopté? —Su madre negó con la cabeza.
—Della, es casi imposible ocultar esto, incluso con el spray. Cuando nazca, tu aroma va a cambiar. No podrás esconder que es tuyo.
El teléfono de su madre sonó justo cuando llegaban a la Casa de la Manada. — ¿Qué? Vaya, qué sorpresa. ¿Dijo a qué venía? Ah, entiendo. Bien, llegamos en un momento. Ella está bien. Dejaré que ella lo explique. —Della miraba a su madre con curiosidad. Se bajaron del auto y caminaron hacia la entrada. —El Alpha Dustin y su Beta, Marcus, vinieron a visitar a tu hermano. Dustin es el nuevo Alpha de Blue Moon y quería saludarlo porque pasaba por aquí.
Della casi ni escuchó a su madre. Salió corriendo hacia la casa como poseída. Abrió la puerta principal y cuatro hombres lobo la miraron sorprendidos.
¡Su loba estaba saltando de alegría en su cabeza y Della quería hacer lo mismo! Se acercó a Dustin, quien le tomó la mano. Saltaron chispas al contacto y Della exclamó: —¡Mate! —Dustin la miró a los ojos y ella se llenó de felicidad. Mila, su loba, estaba de fiesta.
Entonces la mirada de él cambió. La alegría se volvió asombro y luego rabia. La empujó como si le diera asco. Dio media vuelta y salió furioso por la puerta. Su Beta la miró con desprecio y lo siguió.
—¿Pero qué mierda? ¿Cómo te atreves a tratar así a mi hermana? —gritó Jared siguiéndolos—. ¡Detente! ¡No vas a venir a mi casa a faltarle el respeto a mi hermana! ¿Qué carajo te pasa? —exigió una explicación.
—Tu hermana —escupió el Alpha Dustin— es una cualquiera. ¿Esperas que críe a su cachorro bastardo? —Jared miró a Della, y los ojos llenos de lágrimas de ella confirmaron la verdad.
—Sí, estoy embarazada —dijo Della con una voz baja y peligrosa—. Para mí también fue una sorpresa. Pensé que nadie me había tocado hasta que supe lo del cachorro.
—Eso dicen todas —soltó Dustin—. Admítelo de una vez. Abriste las piernas y tuviste lo que mereces. Ahora nadie te va a querer como compañera. —Tomó aire, listo para rechazarla, pero Della se le adelantó.
—Yo, Della Draven, de Snow Moon, te rechazo a ti, Alpha Dustin Edgewater de Blue Moon, como mi compañero. —El dolor la golpeó fuerte. El vínculo se rompió y sintió como si se le quebraran todos los huesos del cuerpo. Ambos cayeron de rodillas.
—Yo, Dustin Edgewater, acepto tu rechazo —gruñó él, y el dolor aumentó. A Della no le importó. ¡Ese idiota ni siquiera la dejó explicar y la llamó cualquiera! ¡Que le vaya bien! Se le rompió el corazón y se asustó pensando en su cachorro, rogando que no sintiera su dolor. Su vínculo con el bebé estaba intacto y no sentía angustia. Eso era lo único que importaba.
Escuchó a su padre obligando a Dustin y a su Beta a hacer un juramento de sangre para no contar nada de lo ocurrido, bajo pena de muerte. Ella no se quedó ahí; entró a la casa, fue a su cuarto, se metió en la cama y lloró hasta dormirse, ignorando los golpes de su madre en la puerta.
—Todo va a estar bien, pequeñito —le dijo al cachorro que crecía en su vientre—. Te voy a querer más que a nada en el mundo, cueste lo que cueste. —Se lo prometió, y Della siempre cumplía sus promesas.
Mila, su loba, aullaba con tristeza en su mente, deseando consolar a Della y a su cachorro, lamentando la crueldad de su destino. Luego empezó a ronronear suavemente para calmar al bebé.
Ese aullido triste y hermoso fue escuchado por la única con poder suficiente para manipular el destino. De inmediato se puso a trabajar, haciendo pequeños ajustes y cambios, creando hilos que solo el tiempo revelaría.