Prólogo
Amor.
Ja.
Qué gran mentira.
Un fallo neurológico. Una señal corrupta en un cerebro desorientado. Impulsos eléctricos que se descontrolan e inyectan locura directo al corazón. Y el idiota se lo cree. Se vuelve salvaje, irracional. Como un niño al que le dan dulces y luego se lanza al vacío, convencido de que puede volar.
Un mito maldito que se le ha dado al mundo durante milenios.
¿Almas gemelas? Pura mierda. ¿Mariposas en el estómago? Un truco.
Si crees en el amor, estás aturdido, drogado como cualquier otro ser en este planeta, felizmente lavado del cerebro para que te sometas.
Así que déjame decirte la verdad.
El amor es una puta broma. Un arma disfrazada de salvación. Una cobra que se enrosca alrededor de su presa, lenta, íntima, implacable. Los ojos de la víctima se apagan y el dolor se convierte en su prisión.
Y ahí estoy yo, al borde de una azotea, mirando la ciudad.
La gente se mezcla como tinta en papel mojado. Los coches gritan abajo; las bocinas se estiran en un concierto interminable y discordante. Los edificios se alzan altos y orgullosos, con sus cimientos agrietados susurrando secretos que nadie quiere escuchar.
Todo esto parece un cuadro tan asqueroso que podría vomitar encima solo para volver a pintarlo yo mismo.
Cierro los ojos. Y salto.
El aire me golpea las mejillas como puños en una puerta que no quiere abrirse. El asfalto se acerca a toda prisa para recibirme. La humedad me roba la frescura de los labios.
Entonces… mis alas se liberan. Negras, violentas, inesperadas.
Brotan de mi espalda como una detonación, desplegándose con una fuerza que me arrebata la caída. En lugar de eso, me elevo y planeo sobre el cristal y el hormigón, huyendo de un final que se niega a reclamarme.
Por una vez, desearía que esas malditas alas se quedaran enterradas donde pertenecen. Pero nunca escuchan. Esperan, acicalándose, exigiendo aplausos por salvarme la vida otra vez.
Que se jodan.
La caída no me habría matado de todos modos. Nunca lo hace. Quizás me habría dejado un par de cicatrices más. Que así sea. El tiempo me ha enseñado cosas peores.
Me llamo Graven.
Inmortal. Esculpido a base de angustia y miseria. Dolor hecho carne. Una consecuencia antigua nacida de heridas demasiado profundas para sanar.
No elegí esto. Me fue impuesto. O eso creo.
He visto a la humanidad arrastrarse desde caballos hasta caravanas, desde trenes hasta aviones. He visto guerras pudrir la tierra, hambrunas vaciar ciudades, imperios levantarse y ahogarse con sus propios huesos.
Nada de eso me afectó.
No como lo hizo el desamor.
Cada fractura me moldeó, me templó, me obligó a ser lo que sigo convirtiéndome. Soy el retroceso de la devoción. El grito ahogado tras un “confiaba en ti”.
Cada vez que el amor hiere a alguien, me vuelvo más pesado, más afilado, más profundo. Y sufro. La herida se graba en mí para poder abandonar al humano, dejándolo sangrando, temblando, pero vivo. Ellos siguen adelante. Yo no.
Yo permanezco. Un recipiente para lo que ellos no pueden cargar, para lo que se niegan a nombrar.
Hay cicatrices que, una vez hechas, se niegan a desaparecer.
Esta noche, en algún lugar bajo esta ciudad, otro corazón está a punto de romperse.
Es entonces cuando vuelvo a nacer.
Soy la Cicatriz Eterna.