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Lo que nadie mira

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Sinopsis

Un domingo cualquiera. Una lavandería autoservicio casi vacía. Un edredón que no cabe en la lavadora y una conversación que no debería haber importado tanto. Clara solo quería lavar la ropa y volver a casa. Pero hay lugares donde el ruido de las máquinas tapa cosas que nadie quiere ver. Palabras que duelen. Golpes que llegan demasiado rápido. Silencios que pesan más que la culpa. Lo que nadie mira es un relato sobre el miedo, la huida y la violencia que ocurre a plena luz, mientras el mundo sigue girando como si nada.

Genero:
Mystery
Autor/a:
Annia
Estado:
Completa
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Pereza

Parte 1: Pereza

Suena el despertador.

No es una alarma épica ni nada heroico, solo un pitido seco y persistente que marca las 19:00 en punto, como si alguien se empeñara en recordarme que el domingo todavía no ha terminado de joderme del todo.

Tardo unos segundos en abrir los ojos. El techo inclinado del ático me devuelve la mirada, blanco, bajo, demasiado cerca, como si también estuviera cansado de mí. Veinte metros cuadrados dan para poco: una cama deshecha, una mesa que hace de escritorio, comedor y confesionario, y una cocina mínima que parece pedir perdón por existir.

Me he quedado algo dormida. Esta mañana me ha tocado trabajar, porque claro, los domingos también se trabaja. Teleoperadora. Seis días a la semana hablando con voces que no tienen cara, resolviendo problemas que no son míos pero que se me quedan pegados al cuerpo igual que el cansancio. Me duele la espalda, me pesan los párpados y tengo esa sensación rara de haber vivido ya el día sin haberlo vivido del todo, como si alguien hubiera pasado por mí sin avisar.

Fuera debe de hacer un frío de esos que se te mete en los huesos sin pedir permiso. Enero en Madrid no perdona. Y menos un domingo 11 de enero, cuando las fiestas ya han terminado y lo único que queda es la resaca emocional, los árboles sin luces y una ciudad que parece más gris de lo normal, más honesta en su tristeza.

Me incorporo despacio. No hay prisa, pero tampoco hay escapatoria. Hoy toca lavar el edredón. Ese edredón enorme y traicionero que no entra en mi lavadora y que lleva días mirándome desde la cama como diciendo a ver cuándo, guapa. Así que no hay plan mejor para esta tarde que salir de casa, bajar cuatro pisos sin ascensor y caminar hasta la lavandería autoservicio de la calle Desengaño. Domingo de mierda, versión doméstica.

Me visto sin pensar demasiado: vaqueros gastados, jersey ancho, abrigo largo, bufanda mal colocada. Me recojo el pelo como puedo. Cara cansada, ojeras que ya forman parte de mi identidad. Meto el edredón en una bolsa grande del Mercadona, de esas que prometen resistencia pero mienten sin pudor. Pesa más de lo que debería. O quizá soy yo la que pesa menos últimamente.

Antes de salir, cojo el móvil del escritorio. Lo miro un segundo. No lo enchufo. No sé por qué. Supongo que porque confío demasiado en cosas que luego me fallan.

Abro la puerta del estudio y el frío del rellano me da la bienvenida. Empiezo a bajar las escaleras arrastrando la bolsa, escalón a escalón, con cuidado de no caerme ni perder la poca dignidad que me queda. El edificio cruje a cada paso, como si también estuviera cansado. Yo lo entiendo.

Cuando por fin salgo a la calle Gravina, el aire helado me corta la cara. Camino despacio, cruzo Chueca casi en silencio, bajo hacia Fuencarral, luego hacia Gran Vía, y de ahí me adentro en las calles que llevan a Desengaño. La bolsa golpea mi pierna al andar. Me siento asqueada, agotada, pero también me hace gracia la escena: yo, un edredón gigante y Madrid un domingo por la tarde, como si esto fuera lo más normal del mundo.

Al final la veo. La lavandería. Luces encendidas, cristales empañados, máquinas girando sin descanso. Respiro hondo antes de entrar. No sé por qué, pero pienso que, al menos, aquí dentro hace calor.

Entro y el contraste me golpea de lleno. Calor artificial, olor a detergente barato y ese zumbido constante de las máquinas girando que siempre me recuerda a un hospital o a una sala de espera eterna. La puerta se cierra detrás de mí con un golpe seco y, durante un segundo, me quedo quieta, sujetando la bolsa del edredón como si fuera un animal dormido.

Está casi vacía.

Solo hay una chica de pie, concentrada en sacar ropa de una lavadora, doblando camisetas con una precisión que me resulta sospechosa para ser domingo por la tarde. Y un chico sentado en una de las sillas de plástico frente a las máquinas, mirando al vacío, como si llevara ahí horas o como si no tuviera ningún sitio mejor al que ir. Nadie habla. Nadie parece tener ganas.

Arrastro la bolsa hasta la pantalla enorme que preside el local, esa especie de tótem moderno donde decides cómo quieres lavar tu vida. Pulso lavadora. Todas están libres. Todas. Me da una satisfacción absurda, como si por una vez el mundo estuviera de mi parte. Elijo la lavadora número seis, la más pequeña: 15 kilos.

Mira, pienso, si esta mierda de edredón del Primark no entra aquí, ya no entra en ningún sitio. No me voy a quejar. Ha sido lo único decente que me ha mantenido caliente todo el invierno. Le debo respeto.

La pantalla parpadea.

Cinco euros.

Vale. Perfecto.

Meto la mano en el abrigo para sacar el móvil y pagar con tarjeta, sin pensar, en automático… y ahí llega el golpe final del día. Pantalla negra. Muerta. Ni una vibración. Nada.

Me quedo mirándolo como si fuera culpa suya. Luego me cago en mí misma. Claro que es culpa mía. ¿Cómo no va a serlo? Tonta. Idiota. Mi madre tenía razón, otra vez. Lleva siempre dinero encima. No te fíes del teléfono. Y yo convencida de que tenía batería, como si la fe cargara móviles.

Rebusco en los bolsillos. Uno. Nada. Otro. Nada. Solo las llaves. Ni una moneda. Ni cincuenta céntimos olvidados. Genial. Abrigo, edredón, móvil muerto y cero euros. El pack completo del fracaso funcional.

Me quedo de pie frente a la lavadora seis unos segundos, escuchando el zumbido de las máquinas, sintiendo el calor artificial y ese cansancio espeso que se te sube por la espalda cuando sabes que el día todavía no ha terminado de reírse de ti.

Respiro hondo.

Pues nada.

Domingo, edredón, sin batería y sin dinero.

¿Qué podría salir mal?

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