Único
El departamento era un desastre: basura en cada esquina del salón. James no quería imaginar cómo estaría el resto del lugar. Su vista terminó de recorrer el espacio hasta toparse con el individuo sentado en el sofá.
Goo Kim prestaba más atención en la pantalla enfrente de él que de la presencia dentro de su casa. James tenía la manía de ir a su departamento cada que quería; hacía mucho que Goo había dejado de pedirle “amablemente” que dejara de hacerlo. Y, como era costumbre en el ex idol, James hizo caso omiso.
Desde que Gun dejó de estar presente en la vida de Goo, algunas cosas dejaron de importarle. La presencia de James era, en su mayoría, ignorada por él. A veces el ahora ex-cantante iba a donde vivía para molestarlo y burlarse de su situación actual, de lo miserable que era comparada con lo que había sido antes.
Aunque esta vez su visita se debía a algo mucho más serio.
James no hizo ninguno de sus típicos comentarios sarcásticos habituales. El ambiente se volvió pesado y frío al momento en que James entró por la puerta.
Goo no apartó la vista del juego en ningún momento, decidido a ignorarlo.
-¿Seguirás fingiendo que no estoy aquí, Goo?
No hubo respuesta.
El aire en la habitación se volvió más denso conforme el tiempo avanzaba, el silencio de Goo no ayudaba en absoluto. James perdiendo un poco la paciencia, insistió:
-No estoy aquí para reírme en tu cara... aunque estoy tratando de no hacerlo, no vine a eso.- Su voz era tranquila, pero arrastraba algo más. Algo que Goo no supo -o no quiso- interpretar.- Es algo que nos incumbe a ambos.
El rubio dejo de mover los controles de la consola por un instante. Apenas unos segundos, continuó.
En la inquietud del lugar, James escuchó perfectamente el gesto. Una sonrisa se dibujó en sus rosados labios.
James, tomando una posición más relajada, se recargó en la pared y cruzó los brazos, manteniendo esa sutil sonrisa.
-Puedo percibir tu disgusto. En ocasiones pienso... -hizo una breve pausa- hubiera sido genial que Kitae Kim estuviera aquí.
Volvió a recorrer el lugar con la mirada, visiblemente disgustado.
-En este lugar que llamas la guarida de tus amigos secretos. Aunque ustedes no son tan cercanos, ¿cierto?
El hombre frente a él se tensó visiblemente. La sonrisa en su boca se agrandó. James se había prometido no seguir burlándose de Goo, pero verlo encogerse apenas en su sitio, mostrando un rastro de vulnerabilidad, despertó en él una emoción desagradable. Una que llevaba tiempo conteniendo.
-Respóndeme esto.
La voz tranquila de Goo lo desconcertó. James no esperaba una pregunta como respuesta.
-Lo que sea que quieras.
-¿Por qué Kitae Kim?
La pregunta lo tomó por sorpresa. Esperaba sarcasmo, incluso furia. Esto superó sus expectativas.
-¿No sería yo un mejor Rey del bajo mundo?
-Señor Goo...
-¿Es porque traicioné a Charles...?
-Porque eres débil, ¿recuerdas?
James, cansado de los parloteos del otro, se acercó lo suficiente para estar detrás del rubio para susurrarle al oído con una voz gélida. Un recordatorio cruel de lo insignificante que era, de que no importaba cuánto esfuerzo pusiera: jamás tendría el control de nada.
No había ido a escuchar los lloriqueos infantiles de un hombre. Si vino a esa pocilga para...
-El Rey del bajo mundo no va por ahí contando dinero.- Su mano en el hombro del rubio se apretó poco a poco, moviéndose conforme seguía susurrando en su oído.- Es inevitable que uses la fuerza.
Apretó cerca de su cuello enfatizando.
- Si tuviera que buscar al rey del bajo mundo en corea, y Kitae no pudiera serlo...
Ahora el estaba a centímetros debajo de su oreja, casi rozando su cuello.
el cuerpo debajo de su mano tembló ligeramente. El aliento caliente de James hacia que Goo se distrajera de lo que el lunático le decía tan cerca de su piel. Estaba a punto de preguntarle si era necesaria esa cercanía, hasta que James le dijo:
-Elegiría a Gun en su lugar.
Ese nombre colgó en el aire. El temblor en el cuerpo de Goo cesó de forma abrupta, reemplazado por una rigidez que parecía convertir sus músculos en piedra. Durante un largo segundo, el único sonido fue el zumbido casi inaudible de la consola.
La furia que recorría el cuerpo de Goo se hundió en un vacío peligroso. La arrogancia de James se acentuó en una tensión expectante. La provocación inicial había sido un pretexto: no era el motivo real, y Goo lo sabía, James no era de los que provocan: él actúa y ataca. No hizo esto por nada, el hombre buscaba algo más de él.
James rompió el espacio del cuello del rubio, aspirando su aroma, embriagándose de esa exquisita esencia. Su toque no fue agresivo, sino de deliberado. Una calma que era más inquietante que su anterior honestidad.
-¿Sabes qué es lo peor de todo, Goo? - Dijo james en un murmuro bajo, casi íntimo.- No es que Gun...
-Gun, Gun y Gun... ¿Es lo único que sabes decir, James?
James se congeló, la confrontación lo tomó por sorpresa un segundo. Su mano aflojó su agarre y su respiración se entrecortó.
-¿Sabes qué es lo gracioso, James?- Goo pregunto sin mirarlo.- Ambos sabemos que no viniste solo a decirme esto.
Goo lo miro al fin, apenas movió su cabeza. Sus ojos se posaron en la cabellera negra de James.
Lentamente, James levantó la cabeza hasta encontrarse con su mirada. Sus ojos oscuros, casi vacíos, sino fuera por esa emoción fea, una que Goo nunca le había mostrado, hasta hoy.
-No viniste a hablar ¿verdad.?
James no respondió de inmediato.
Su silencio no fue torpeza; fue calculado. Una pausa que Goo noto... y aprovecho.
-Nunca provocas a menos que tengas algún beneficio.- Continuo Goo, girando por completo hacia él.
James sostuvo su mirada. A pesar de su ceño fruncido y labios apretados, no estaba enojado. Su vista descendió de los ojos de Goo hasta su camisa semi abierta, dejando ver sus clavículas y parte de su pecho brillante por el sudor. La respiración lenta del rubio llenaba el espacio reducido. James estaba hipnotizado por la apariencia del otro, recorrió su mirada a cada parte de la piel expuesta hasta detenerse en los labios entreabiertos de Goo.
James se relamió los labios.
-¿Y eso te molesta?- Preguntó finalmente.
Goo se puso de pie. El sillón marcó una mínima de distancia entre ellos, pero no fue suficiente: aún podían escuchar sus respiraciones entrecortadas. El leve temblor en el cuerpo de ambos cargo el aire de tensión.
No hubo necesidad de palabras.
Goo se movió. No fue un paso, fue brusquedad explosiva. Antes de que la arrogancia de James pudiera registrar la amenaza, el rubio ya estaba sobre él. Un jalón lo hizo estrellarse contra los cojines del sillón. El aire se escapó de sus pulmones en un gruñido ahogado. Goo lo siguió, cayendo sobre de él con una gracia predatoria, y sujetó sus manos juntas sobre su cabeza con una fuerza que no dejó lugar a la duda.
No hubo un beso al principio: hubo una colisión. Sus labios chocaron con una brusquedad que era más dominio que cariño, un beso castigador, amargo y desesperado.
Una parte de James quería empujar a Goo, recuperar el control de la situación, deshacerse del agarre en sus muñecas y romperle la mandíbula. Pero una parte, - la más fea, la hambrienta- disfrutó el tener a alguien que pudiera dominarlo, aunque sea esta noche.
Goo, sintiendo la tensión en el cuerpo de James. Sonrió con ferocidad sin apartar sus labios el otro. Empujó con más peso el cuerpo de James. hasta que su espalda se hundiera un poco más en el sillón.
Un jadeo ahogado salió de la boca de James y Goo aprovechó para profundizar el beso, volviéndose más dominante, más absoluto.
El aire se volvió espeso y caliente. La mano libre de Goo recorrió el pecho de James y de un solo movimiento, desató la corbata para desabotonar los botones de su camisa y acto seguido, tocó la piel expuesta. Desde su largo cuello, sintiendo el pulso acelerado bajo sus dedos; un recordatorio vivo de que tenía a este hombre bajo su merced.
No todo era lujuria. Era la forma de ver a James, él siempre inalcanzable, arrogante y frío, reducido a un cuerpo tembloroso, desecho y caliente.
Cuando se separaron, no fue por voluntad propia, sino por la falta de aire en sus cuerpos. Se quedaron así, con las frentes juntas, sus respiraciones calientes se compartían en una danza de sensualidad y algo mas.
James jadeaba, con los ojos entrecerrados y perdidos. Sus labios siempre perfectos y arrogantes, estaban hinchados y brillantes, rojos por la brutalidad del beso. Una hebra de su cabello negro, impecable hasta un momento, caía sobre su frente sudorosa. Sus mejillas intensificadas por el rubor, una pequeña marca roja se empezaba a formarse por la fricción de la barbilla de Goo. No parecía un desastre; Parecía una obra de arte violenta y hermosa.
Goo tuvo que apartar la vista, para no ceder a sus deseos más profundos y cometer la estupidez de desnudar al bastardo y por fin joder a la pequeña mierda.
Y James, en el instante en que lo hizo, sintió un vacío y pánico. Su cuerpo, traicionero, anhelaba el peso que lo había inmovilizado.
La mente de James era un manojo de pensamientos contradictorios. Una parte de él le gritaba que se moviera, que rompiera la nariz de ese bastardo y recuperara su dignidad. Pero otra parte más oscura y deseosa, que él encerró durante años, susurraba que se quedará. Que se rindiera. Que por una vez en su vida, dejará que alguien más tomará las riendas, aunque fuera para hundirlo.
Goo volvió a mirarlo, y está vez sus ojos no eran feroces, si no evaluativos. Cómo si estuviera desmontando un reloj de complejidad infinita. Y James, deseo que lo hiciera, que lo desarmara.
Goo se quedó quieto, sintiendo el calor que emanaba el cuerpo debajo de él. Bajó la cabeza hasta que su boca rozó la oreja de James, sin besarla, solo respirando contra ella.
-¿A qué juegas, James?- susurro Goo, su voz era un ronroneo bajo y peligroso.
James no respondió, un temblor recorrió su cuerpo, una respuesta más honesta que cualquier palabra.
Goo río contra su piel. El olor de James era abrumador; Su colonia cara y limpia, ahora mezclada con el olor ácido de su sudor.
-¿Crees que puedes jugar con fuego, y esperar a no quemarte?- Continúo, dejando que su mano libre se deslizó por el costado de James, desde su costilla hasta su cadera, deteniéndose justo en el borde de su pantalón.- Puedo hacerte hablar. Puedo hacerte gritar mi nombre. La cuestión no es sí lo harás. La verdadera pregunta es: ¿cuál de esas tres cosas ocurrirá primero?
El sonido de la respiración acelerada de James, el sonido de su respiración ya no era de un gruñido de lucha. Goo dio una mordida juguetona en su oreja. Un jadeó húmedo y descontrolado que llenó los oídos del rubio y se quedó grabado en su piel.
Cerró los ojos un instante, escuchando esa música, siento el control que tanto anhelaba se le derretía en las manos como cera caliente. No se mueve unos segundos, respirando junto a él, disfrutando de la victoria. James, con los ojos cerrados, lucha una batalla interna. La humillación y el pánico luchaban contra su deseo oscuro.
Goo sintiendo el calor del otro, se aparta lo suficiente para mirarle la cara. Los ojos cerrados, los labios entreabiertos, entregado. No era el arrogante James Lee que conocía, era un hombre roto y deseoso de ser destrozado. Una sonrisa de pura satisfacción dibujo en los labios de Goo.
-Abre los ojos, James.- Ordenó con voz baja pero inflexible.
James tardó un segundo en obedecer. Cuando los hizo, sus ojos negros estaban vidriosos, perdidos en una neblina de lujuria y derrota. No había desafío en ellos.
-¿Esto era lo que necesitabas de mi, James?
Siempre había sido así. Desde el primer día, cada mirada entre ellos no había sido de atracción, sino de desafío. Una pregunta silenciosa de quién era el depredador y quién la presa. James, con su arrogancia helada y su poder recién adquirido, siempre había intentado someterlo con palabras y dinero. Goo, a su vez, había respondido con desprecio y una violencia contenida. Este deseo que ahora los consumía no era más que la manifestación más primitiva de esa misma guerra. No era cariño lo que querían darse, era sumisión. No era un encuentro, era una conquista. Y en este preciso instante, con James temblando bajo su peso, Goo estaba ganando.
-Vete a la mierda, Goo.- dijo con un gruñido bajo, negando lo que su cuerpo traicionero le pedía.
La sonrisa de Goo se desvanece. Por supuesto. El odio. Ese era el verdadero lazo entre ellos. No era amor, ni siquiera respeto. Era un odio puro y potente, una obsesión tan intensa que había terminado por curvarse sobre sí misma hasta convertirse en esto. Un deseo feo y doloroso que solo buscaba destruir al otro desde adentro. Cada roce, cada jadeo, no era para buscar placer, sino para arrancarle un trozo de alma al rival, para marcarlo como un trofeo de guerra. Y James, con su cuerpo ardiendo y su mente negándose, era el trofeo más codiciado.
Se apartó ligeramente, para observar mejor su obra.
-¿Lo ves?- Susurró Goo, mas para si mismo que para james.- Esto era lo que querías, y no te daré el gusto de tenerlo.
Soltó sus muñecas, ya no lo necesitaba. Se quedó arrodillado sobre de él, atrapado sobre su peso. James no se movió. la victoria inicial en Goo se sentía extrañamente vacía. Había desarmado a James, si, pero al hacerlo no llego la satisfacción de verlo roto, que no era lo mismo que una victoria.
-No vine a esto.- Dijo James, su voz ronca y rota.
-Mentiroso.
Se quedaron en silencio denso y cargado. El deseo no se había apagado el todo. La guerra no había terminado; solo habían llegado a una tregua silenciosa en un campo de batalla en el momento equivocado.
-Lárgate, James. La próxima vez -susurró, su voz tan baja que era casi un pensamiento-, no te dejaré ir.
Y entonces se levantó. Se alejó, dejando a James temblando en el sillón, no por frío, sino por la certeza de que esa no sería la última vez. De hecho, apenas estaba empezando.
James tardó un minuto en sentarse. Se abotono lentamente su camisa de vestir, cada uno una derrota. Se levantó y caminó hacia la puerta sin mirar atrás. Al salir, no se sintió humillado ni vengado.
Cuando la puerta se cerró. Goo se dejó caer en el sofá, en el lugar exacto donde James había yacido. El olor del otro hombre todavía impregnaba las almohadas. Se pasó una mano por el pelo y, por primera vez en meses, se preguntó si Gun era la única cosa que le importaba, o si simplemente era la excusa que usaba para no admitir que su único y verdadero enemigo siempre había sido el mismo, o James.
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Extra.
El agua caliente no lograba quitarle el frío de la piel. Tampoco lograba borrar la sensación de las manos de Goo en sus muñecas, el peso de su cuerpo sobre él, el sonido de su risa contra su oreja. Esa noche, tumbado en su cama de satén, limpia y fría, James se tocó. Pero no fue un acto de placer. Fue un acto de memoria. Cerró los ojos y no imaginó a una mujer, ni a un rostro anónimo. Imaginó la mirada evaluativa de Goo, la forma en que sus dedos se detenían en el borde de su pantalón. Imaginó la promesa en su voz. Su propia mano en su cuerpo se sentía ajena, un sustituto pobre. El orgasmo, cuando llegó, no fue una liberación. Fue una convulsión amarga y solitaria, la confirmación final de que, aunque estaba solo en su cama, todavía pertenecía a Goo.