El Eclipse de Obsidiana : La Propiedad De Vitale

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Sinopsis

VENDIDA. MARCADA. TRANSFORMADA. Bianca De Marco era solo una pieza en el tablero de su familia. Para saldar una deuda de honor, su padre la entregó al único hombre al que incluso el Vaticano teme: Alessandro Vitale. Alessandro no es un marido, es un arquitecto del dolor y la belleza. Él no quería el corazón de Bianca; quería su piel. En el aislamiento de un castillo alpino, Bianca es sometida a un proceso que desafía la naturaleza: la Corona de Espinas. Un tatuaje de plata viva, una red de nanotecnología grabada en su muslo que la conecta directamente con el imperio financiero de los Vitale. Ella es la llave. Él es el dueño. A medida que la plata se funde con su sistema nervioso, Bianca descubre que la sumisión es su única arma. Pero mientras su hermano Lorenzo lucha por "rescatarla" y el mundo intenta destruir el código que ella lleva dentro, Bianca empieza a sentir algo más que agonía. Bajo el tacto de Alessandro, el mercurio en sus venas despierta una sed de poder que nadie vio venir. En un juego de traición que va desde los sótanos de Italia hasta las islas privadas de Grecia, Bianca deberá elegir: 1. Ser la víctima que el mundo quiere salvar. 2. O convertirse en la Diosa de Plata que el mundo aprenderá a temer.

Genero:
Romance
Autor/a:
Daniel Krausz
Estado:
Completado
Capítulos:
17
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

La deuda de sangre

CAPÍTULO 1

La deuda de sangre

El aire de Sicilia siempre me había parecido dulce, cargado con el aroma de los limones y la sal del mar. Pero esa noche, el aire sabía a ceniza y a miedo.

Mi padre estaba sentado frente a mí, con las manos temblorosas ocultas bajo la mesa de roble. No me miraba a los ojos. Sabía que me había vendido antes de que él pronunciara la primera palabra. En el mundo de la mafia, las deudas no se pagan con dinero cuando el nombre de los Vitale está de por medio. Se pagan con vida. O con carne.

—Bianca, por favor... —susurró él, su voz quebrada—. No había otra opción. Alessandro Vitale no acepta un “no” por respuesta.

El nombre de Alessandro golpeó mi pecho como una bala. El “Halcón de Obsidiana”. El hombre que no tenía alma, solo territorios. Se decía que sus ojos eran tan oscuros que podías ver tu propia muerte reflejada en ellos.

De repente, la puerta doble del salón se abrió de par en par. El frío entró con él, o quizás era solo su aura. Alessandro Vitale entró en la habitación con la elegancia de un depredador que sabe que la cacería ha terminado. Su traje negro estaba impecable, su mandíbula tensa, y sus ojos... Dios mío, sus ojos eran pozos de oscuridad pura.

No miró a mi padre. Ni siquiera le dedicó un segundo. Su mirada se clavó en mí, recorriéndome con una lentitud que me hizo sentir desnuda y vulnerable.

—Así que esta es la joya que tu familia ha estado escondiendo —dijo Alessandro. Su voz era un barítono profundo que vibraba en mis huesos—. Levántate, Bianca.

Mis piernas no respondían. El miedo me tenía anclada a la silla.

—He dicho... que te levantes —repitió, esta vez dando un paso hacia mí. El espacio entre nosotros desapareció.

Alessandro no se detuvo hasta que estuvo a escasos centímetros de mí. Su aroma me invadió al instante: una mezcla peligrosa de tabaco caro, madera de cedro y algo metálico, frío, que me recordaba al filo de un cuchillo.

—Levántate, Bianca —repitió, y esta vez su voz fue más baja, una vibración que hizo que mi piel se erizara.

Me puse de pie, con las piernas temblando tanto que temí desplomarme a sus pies. Era mucho más alto de lo que había imaginado. Su sombra me tragaba por completo, al igual que el eclipse en el cielo devoraba la luz de la luna.

Levantó su mano y, por un segundo, quise retroceder. Pero no me golpeó. Sus dedos, largos y de piel fina, atraparon mi barbilla, obligándome a sostenerle la mirada. El contacto envió una descarga eléctrica por todo mi cuerpo. No era calor; era un fuego helado.

—Tu padre me ha ofrecido muchas cosas para saldar su deuda —dijo él, observando mis labios con una intensidad que me dejó sin aliento—. Me ofreció tierras, negocios, lealtad. Pero yo quería lo único que aún tenía valor. Lo único que no había sido manchado por la miseria de este mundo.

—No soy un objeto, Alessandro —logré susurrar, aunque mi voz apenas se oía por encima de los latidos furiosos de mi corazón.

Una sonrisa cruel, casi imperceptible, apareció en sus labios.

—Todavía no, pequeña Bianca. Pero antes del amanecer, serás mi propiedad. Llevarás mi nombre, vivirás en mi casa y obedecerás una sola ley: la mía.

Se giró hacia mi padre sin soltar mi barbilla.

—Los papeles están firmados. La isla está lista. Espero por tu bien, viejo, que no hayas omitido ningún detalle sobre la pureza de tu hija. Si descubro que me has mentido, no quedará nada del nombre Vitale más que cenizas.

Mi padre soltó un sonido ahogado, pero no se atrevió a decir nada. Alessandro me soltó bruscamente, dejándome tambalear.

—Ve a preparar tus maletas. Tienes diez minutos. No te lleves más que lo esencial. Todo lo que fuiste hasta ahora... se queda en esta habitación. A partir de hoy, tu vida empieza y termina conmigo.

Subí las escaleras corriendo, con el sonido de mis propios pasos resonando como una sentencia de muerte en el pasillo vacío. Mis manos temblaban tanto que me costó abrir el armario. ¿Qué se lleva una mujer cuando acaba de ser vendida? ¿Qué equipaje es adecuado para el fin de su libertad?

Metí un par de vestidos ligeros y algunas fotos antiguas en una maleta pequeña, ignorando las joyas que mi padre me había regalado. Nada de eso me pertenecía ya. Al cerrar la cremallera, sentí una punzada de náuseas. Miré mi habitación por última vez: las cortinas de encaje, el escritorio donde solía escribir... todo parecía de repente el escenario de una vida que le pertenecía a otra persona.

Cuando bajé, Alessandro me esperaba junto a la puerta. No me ayudó con la maleta; simplemente me miró y señaló con un gesto seco hacia el exterior.

Fuera, la noche se había vuelto densa. Un coche negro de cristales blindados esperaba con el motor en marcha, rugiendo como una bestia impaciente. Un hombre alto, vestido de gris, abrió la puerta trasera. Alessandro entró primero, obligándome a deslizarme en el asiento de cuero junto a él.

El interior del coche olía a lujo y a encierro. El espacio era reducido, y su presencia parecía ocupar cada rincón, dejándome casi sin aire. El coche arrancó con una suavidad aterradora, alejándome de la mansión de mi padre sin un solo adiós.

—No mires atrás, Bianca —dijo Alessandro sin apartar la vista de su teléfono móvil—. En mi mundo, mirar atrás es una debilidad que no puedo permitirte.

—No es debilidad —respondí con un hilo de voz, apretando mis manos contra mi regazo—. Es humanidad.

Él dejó el teléfono y giró la cabeza lentamente hacia mí. Una luz roja de un semáforo iluminó su rostro por un segundo, acentuando la cicatriz casi invisible cerca de su ceja.

—Esa será tu primera lección: la humanidad es lo primero que se pierde cuando entras en mi órbita.

Llegamos a la pista privada del aeropuerto en menos de veinte minutos. Allí, bajo la luz de los focos, descansaba el jet privado con el emblema de los Vitale.

La imponente silueta del avión contra la noche me hizo comprender la magnitud de su imperio. No era solo un mafioso; era el dueño de todo lo que alcanzaba la vista.

Subí la escalerilla sintiendo el viento frío golpear mi rostro. Al entrar en la cabina, me di cuenta de que no volábamos hacia una ciudad conocida. Volábamos hacia su territorio privado. Hacia el eclipse que él mismo había creado para mí.

El rugido de los motores del jet privado ahogó el último sollozo que intenté contener. A través de la pequeña ventanilla, vi cómo las luces de Sicilia se convertían en meros puntos brillantes, como estrellas agonizantes, hasta que finalmente desaparecieron bajo un manto de nubes negras.

Sentada en el lujoso asiento de cuero, me sentía como un animal sacrificado en un altar de oro. Alessandro estaba sentado frente a mí, sirviéndose un whisky con una calma que me ponía los pelos de punta. El tintineo de los hielos contra el cristal era el único sonido en la cabina.

—Bebe esto —dijo, extendiéndome un vaso. Su mirada era una orden silenciosa.

—No quiero nada de ti —respondí, apretando los puños.

Él dejó escapar un suspiro cansado, casi aburrido. Se levantó y se inclinó sobre mí, atrapándome entre su cuerpo y el asiento. Su cercanía era sofocante.

—No me obligues a perder la paciencia antes de aterrizar, Bianca. Todavía no eres consciente de cuánto dolor puedo causar con un solo movimiento de mis dedos. Bebe.

Tomé el vaso con manos temblorosas. El líquido quemó mi garganta, pero casi de inmediato, un peso extraño empezó a apoderarse de mis párpados. Un mareo dulce y oscuro me envolvió. Miré el vaso y luego a él. Sus ojos de obsidiana fueron lo último que vi antes de que mi cabeza cayera hacia un lado.

—Duerme, pequeña joya —susurró su voz, que parecía venir de otra galaxia—. Cuando despiertes, el mundo que conocías habrá dejado de existir.

La oscuridad me tragó por completo.